¿PARA
QUÉ QUEREMOS EL PODER?
Beatriz Paredes*
Estamos
frente a inminentes cambios en el sistema político mexicano,
cuyos signos es todavía temprano para prever a cabalidad.
Pero sí podemos atisbar ciertas tendencias que durante
los últimos tiempos se han venido presentando, con certeza
se van a profundizar, y forman parte del paradigma que proponen
la mundialización de la economía y lo que se ha
dado en llamar el «fin de las ideologías».
Esta
mundialización de los capitales ha sido acompañada
de un proceso de individualización de la política,
que se va reflejando también en el ejercicio público,
en el marco, a su vez la contracción del aparato del Estado.
Es una confusión entre el discurso democrático y
la invalidación de la acción colectiva. Confusión
que al avalar la «ciudadanización de las causas sociales»
pasa por encima de las reivindicaciones de los estratos socioeconómicos.
Esta confusión, adquirirá nitidez en el próximo
diseño y ejecución de las políticas públicas
para el desarrollo social. Me quiero preguntar entonces, ¿Cuáles
serán los cuerpos sociales que se beneficiarán de
la oferta institucional? ¿Cómo se definirá
la legitimidad representativa? ¿Quiénes ejercerán
la gestión social? ¿Qué sustituirá
a las formas tradicionales de organización y de asociación?.
Esta
reflexión que comparto, me conduce a preguntarme ¿Para
qué queremos las mujeres ejercer el poder? En estos albores
del Siglo XXI, en este país en reacomodo de sus instituciones.
En este nuevo escenario para la participación social.
Este
cuestionamiento reiterado, no siempre ha encontrado las respuestas
que ilustren el compromiso de las mujeres por dotar al ejercicio
del poder de un sentido alternativo. El propósito del poder,
desde la perspectiva de las mujeres, ha vuelto a traducirse en
su generalidad en un fin en sí mismo.
La
vocación, sigue siendo la misma: llegar a la representación
popular, a las posiciones de dirección, a la cúpula
de la Administración Pública, por llegar. Desde
esta actitud, se reproduce un círculo vicioso. Las mujeres,
no tienen base social y por lo tanto no llegan a las posiciones
en la calidad y la cantidad necesarias.
Otro
aspecto del círculo vicioso, es que las mujeres que sí
logran acceder a las posiciones, no necesariamente representan
a los intereses del conjunto de las mujeres. O simplemente, la
dinámica, el entramado de las redes de los intereses, las
asimilan a su maquinaria, en la medida de la debilidad de sus
propias fuerzas. Estamos siempre refiriéndonos a las mujeres
que manifiestan querer representar a otra mujeres o a las que
argumentan que merecen obtener un posición por el hecho
de ser mujeres.
El
análisis que ha acompañado al cuestionamiento sobre
el sentido del ejercicio del poder para la mujeres, ha sido el
de comprender la naturaleza estructural de la discriminación
de género y de la repercusión del rezago de los
estratos socioeconómicos más amplios de la sociedad.
Del cual se infiere, que las mujeres han contribuido al desarrollo
a través del trabajo doméstico y del cuidado de
los hijos, actividades insuficientemente valoradas por la
sociedad de las posiciones más desventajosas en la
escala ocupacional, de la falta de reconocimiento y apoyo crediticio
a su aportación productiva en la producción agropecuaria
y de bienes y servicios, y de su participación desprotegida
en el sector informal de la economía . Esta contribución
inequitativa, se ha traducido a su vez en beneficios del desarrollo
poco redituables para las mujeres y sus familias.
La
marginación el las áreas productivas de la sociedad,
se acompaña de los vicios de una sociedad culturalmente
señalada por una ideología todavía muy significativamente
patriarcal, (que los medios de comunicación alimentan y
que la sociedad reproduce incluso en violencia) que contribuye
a la reproducción del ciclo de la pobreza y la marginalidad
de las mujeres y repercute en el menor acceso a la educación,
a la salud, a la capacitación laboral y productiva, al
financiamiento productivo, a la seguridad social y a la vivienda,
entre otros factores que concurren para su desenvolvimiento.
Reiteradamente,
también ha sido propuesta una aproximación metodológica
que nos permita abordar el trabajo político con las mujeres,
desde una perspectiva mixta que comprenda tanto a los factores
de la discriminación de género, como aquellos que
se derivan de su ubicación socioeconómica. De tal
manera que incida en los elementos comunes al tratamiento del
género en las esferas de lo social, lo cultural, lo económico
y lo político; y de abarcar a todas las determinantes de
la diversidad de las mujeres, a saber, posición en la esfera
económica, ubicación en la familia, condición
civil, edad, pertenencia étnica, ubicación geográfica.
Este concepto metodológico es el que permitiría
plantearse el trabajo político con las mujeres y la acción
pública, con criterios de diferencialidad que permitieran
tanto la eficacia de las acciones, como establecer los vínculos
de articulación solidaria entre las distintas expresiones
del género.
Las
premisas son dos, fundamentalmente: En primer lugar, es necesario
impulsar un movimiento social de la mujeres, a partir de su diversidad,
que les permita convertirse en una fuerza transformadora de la
sociedad, a partir de su propio redimensionamiento en lo público
y en lo privado.
Y
en segundo, no menos importante, es imprescindible orientar el
trabajo político, el fortalecimiento de la participación
equitativa y estructural de la mujeres en la economía del
país , en el entendido de que su autosuficiencia económica
será el eje articulador que les permita realmente armonizar
al conjunto de las esferas relativas a su desenvolvimiento pleno
como entes individuales y colectivos, a partir de su propia decisión.
Las
condiciones actuales, son las de un Gobierno entrante, convencido
de la necesidad de la contracción del aparato de Estado,
ajeno a la responsabilidad de la igualdad de oportunidades, confundido
acerca de su relación con los otros Poderes de la Unión;
imbuido de una visión gerencial, en el que la capacidad
de concurso de la mujeres, será sometido al arbitrio de
la libertad del mercado confundida con democracia, y arrojado
a políticas sociales compensatorias, de carácter
cada vez más asistencial. Y signado por erráticas
contradicciones que incluso han puesto en tela de juicio al carácter
laico del Estado, factor básico para nuestra propia libertad
como mujeres en una sociedad moderna.
Repensemos
la orientación del trabajo político con las mujeres
y nuestra vocación de poder.
*Coordinadora
del Grupo Parlamentario del PRI en la Cámara de Diputados
del Congreso de la Unión.
