EL SÍMBOLO DE ATENEA
Martha Robles*

Figura de la «feminidad viril», Atenea es uno de los portentos de la imaginación griega. Sin ser andrógina ni sugerir imposturas por su castidad elegida, su personalidad anticipa un modelo de feminismo que tardaría milenios en incorporarse a la civilización occidental. Los intérpretes la consideran «viril» por avezada y valiente. Sus arreos de guerrera simbolizan decisión, arrojo y poder activo entre dioses y hombres. Desconcertante incluso en el pensamiento helénico, su presencia contradice el prejuicio de que la mujer es incapaz de honor; sin embargo el Olimpo no sería el mismo sin su intervención juiciosa, ni los asuntos humanos encontrarían el rumbo conciliatorio que ella, en general combatiente a favor de la paz, discurre en situaciones difíciles.

De entre las seis diosas que presiden el panteón clásico ninguna se aproxima a su destreza política ni podría competir con su raciocinio. Con ofrecer en ocasiones el lado oscuro que confirma la vanidad caprichosa que casi todas las culturas atribuyen al género, sólo Atenea reúne las más altas aspiraciones de la mujer contemporánea. Remontar el mito orienta la función que desempeñamos en sociedades que, cada día con mayor claridad, tienden a reconocer que la inteligencia, la sagacidad, la astucia y la cordura son dones humanos que no guardan ninguna relación con el sexo, aunque culturalmente se desmerezca la sola intuición que se considera fundamentalmente «femenina», como si se tratara de un atributo menor y no, como es, el nutriente esencial de sabiduría.

Sus múltiples habilidades y el papel tutelar que ejerce esta versión de la Diosa Luna respecto de los héroes la ubican en los sitios más preeminentes de la mitología, la épica y la tragedia. Pese a los deslices caprichosos que la «feminizan» en el más puro estilo convencional, esta laboriosa patrona de los constructores, de los herreros, de las artes y la artesanía urbana en general consiguió, por méritos propios, personificar la prudencia y la sabiduría que acaso adquirió de la océanide Metis, su madre y primera esposa de Zeus, por lo que sobre Atenea recae la significativa importancia de ser la primogénita de una incontable lista de vástagos atribuidos al Padre del Cielo, el más lujurioso, dominante y peculiar personaje olímpico, de cuyo mito, indiviso del triunfo sobre su padre Cronos, deriva la fundación de la edad ateniense.

Respecto del misterioso origen de la Diosa, solía contarse que Urano y Gea revelaron a Zeus que si Metis esperaba de él una hija, después engendraría un varón que lo destronaría. Intimidado por el propio antecedente, Zeus no se tragó a los hijos, como era costumbre en Cronos, sino que engulló de un solo bocado a su esposa Metis, en cuanto la supo preñada. Llegado el momento del parto, al dios le atacó un dolor de cabeza tan insoportable que le ordenó al laborioso Hefesto que la partiera en dos de un hachazo para acabar con su sufrimiento de tajo. Al punto surgió de su frente Atenea totalmente armada, vestida como guerrera y en medio de grito tan prodigioso que cielo y tierra se estremecieron.

De tan súbito e inimaginado, el peculiar nacimiento de esta entidad adulta sembró el espanto en los rodios. Al advertir sin embargo la importancia del suceso se apresuraron a subir a la Acrópolis para ser los primeros en celebrarlo, pero era tanta la urgencia de anticiparse a los otros pueblos nativos que se olvidaron del fuego ritual para realizar la imprescindible ceremonia del sacrificio. Conmovido ante celo tan grande para honrar a su hija, por siempre bienamada y elegida entre su prole, Zeus los recompensó con una lluvia de oro que hizo caer sobre la ciudad. A partir de entonces, a Atenea la envolvió la leyenda: invariablemente al lado de su padre, intervino con él en la lucha contra los Gigantes y no sólo consiguió vencer al temible Encélado en la Gigantomaquia, sino que arrojó su cuerpo a la isla de Sicilia. Desde allí, enterrado y sin vía de salvación, el monstruo hace sentir desde entonces el alcance de su ferocidad mediante las bocanadas de fuego que arroja de tanto en tanto por el volcán Etna.

Nadie, como ella, veló la seguridad del Estado. Mantuvo, además, la salud pública y resguardó los tribunales de justicia no sólo de Atenas, cuyo nombre entraña el tributo rendido desde tiempos inmemoriales a diosa tan única, sino del Ática entera, sin cuya intervención oportuna hubiera sido difícil concentrar los más altos logros de civilización o época alguna. Durante las votaciones cerradas, solía otorgar su divino voto a quien ofreciera mayor cordura. Es ella quien encuentra resoluciones pacíficas a los más intrincados conflictos; ella, quien hace posible la victoria del colérico Aquiles sobre su contrincante Héctor; ella, además, la que dirige flechas y jabalinas de sus devotos hasta el punto exacto de la victoria. De este modo, en lo más apretado de una batalla, orientó por ejemplo el dardo de Diomedes para herir y derrotar a Ares, dios de los troyanos, signo de la contienda y maestro de la táctica y la estrategia.

Es memorable la evidencia de su disposición con los hombres al asistir a Odiseo en su azaroso retorno al Ática. Protectora y misericordiosa hasta grados conmovedores, salvó a su hijo Telémaco de la agresiva codicia de los pretendientes de Penélope y, gracias a sus oficios, pudo el héroe recuperar con gran astucia su reino, tras enfrentar peripecias sin cuento.

Eslabón infaltable de la rica mitología helena, los atenienes tuvieron el genio de asociar el carácter súbito de su nacimiento a las más disímiles expresiones del ser, a partir de la inescrutable conciencia femenina. De ahí que, por sobre el símbolo trascendental de una Antígona trágica que resguarda el honor familiar y mitiga el dolor de su padre hasta que Edipo se adentra en la muerte con la paz del alma recobrada, Atenea signifique un vínculo femenino con la figura paterna tan complejo y diverso que el propio Freud se antoja rebasado por sus posibilidades interpretativas. De ahí el silencio que la envuelve en las referencias actuales que explicarían los dramas entrañables del poder entre los sexos.

El misterio de la diosa comienza con una Metis que da al amado la droga que hizo que Cronos vomitara a sus hijos. Luego, devorada por el consorte a consecuencia del oráculo que anticipaba que los hijos que engendrara con Zeus serían peligrosamente talentosos, Metis, inteligencia primordial por excelencia, continúa aconsejando a Zeus desde su vientre, lo que es tanto como reconocer que la sabiduría del padre del cielo era en realidad expresión absorbida de la voz femenina. Hembra bravía, Atenea no es en consecuencia parida directamente por su madre ni nace niña o desnuda en medio del llanto habitual, sino que, «la más querida de su padre», sale adulta de su cabeza quebrada para protagonizar, encarnándolos, los alcances del raciocinio supremo.Lejos de significar la intuición femenina puesta al servicio de la energía viril, las hazañas de Atenea demuestran hasta dónde los griegos sabían que la inteligencia es un arma de dos filos, útil y peligrosa, porque descifra, rectifica o ajusta la determinación del destino. Empero, ahí mismo, en la variedad de trabajos que desempeña, están los matices que nos enseñan hasta dónde los griegos auscultaron la vulnerabilidad cambiante de la conducta, aun en los casos menores en que el talento no tendría rival ni motivo para sentirse acosado.

Nada mejor que el episodio relacionado con Aracné para comprender que el poder de la rivalidad también es uno de los instrumentos fasto o nefasto del Hado, sobre todo si consideramos que las fábulas griegas eran traslados de su experiencia.

Princesa en la Lidia, Aracné era hija de un tintorero de Colofón. Habilísima tejedora y afamada por la perfección que lograba con sus tintes purpúreos, ni la propia Atenea, señora que era de las labores manuales y en general de todas las habilidades femeninas, podía igualar la belleza de sus bordados.

Atacada por la Soberbia, un día la muchacha se atrevió a provocar a su santa patrona y diseñó en su telar un tapiz monumental que representaba los asuntos más enredados de dioses y hombres.

Pese a que Atenea se apareció ante ella disfrazada de anciana para disuadirla e infundirle modestia, la joven artista no pudo renunciar a la tentación de realizar una obra sublime.

De espaldas al buen consejo, se entregó a su tarea de hilar, tejer, bordar y pintar de noche y de día con una pasión creadora tan inocultable que agitó la frágil sensibilidad de la Envidia, cuyo efecto no tardó en aquejar a Atenea. Aracné, mientras tanto, ilustró en telas magníficas los amores escandalosos de los Olímpicos, los castigos que infligen a quienes se atreven a desafiar su supremacía y, en un pasaje más, las peculiaridades contradictorias de todos los dioses.

Mujer al fin, la curiosidad de Atenea desencadenaba la urgencia de espiarla. Por consiguiente, mientras la muchacha tejía, la diosa aguardaba con ansia que su humana rival cometiera un error que confirmara su inferioridad. Diosa como era, su condición le impedía tolerar que alguien superara sus cualidades. A pesar de no haberle otorgado sus bendiciones, Aracné sin embargo concluyó su obra y, satisfecha, ya se preparaba para iniciar un nuevo trabajo cuando, imbuida de magnificencia vino a pararse la diosa delante de ella. Examinó con minucia el paño, esperanzada en encontrarle siquiera un defecto menor. Encolerizada porque no pudo hallarlo, golpeó con su lanzadera furiosamente a la tejedora. Luego, dominada por las Irinias, desgarró el lienzo con atronadora violencia.

Sorprendida, Aracné no distinguía si era mayor su terror a la diosa o la humillación padecida por la destrucción de su arte. Sea cual fuera la causa, supo la joven que para ella no habría salida. Quiso entonces la Fortuna que saltara a una viga cercana con la intención de matarse. En vez de dejarla morir, lo que indicaba otra victoria de su voluntad, la diosa le salvó la vida aunque, empeñada en consumar su venganza, transformó en hilo la cuerda con la que trataba de ahorcarse y a la muchacha la convirtió en araña, el animal que más detestaba.

Afamada especialmente en la Ilíada por tejer y bordar tanto su propio manto como el de la caprichosa Hera, Atenea enseñó el secreto de los hilos, los colores y sus tramas a Pandora, la primera mujer. La diosa misma se ocupó de ataviarla con una túnica blanca y, «maravilla para los ojos», a juzgar por los cantos de Hesíodo, incluso hizo caer de su frente un velo adornado con mil bordados. En agradecimiento por sus lecciones se instituyó en las Panateneas la costumbre de ofrecerle la hermosa vestimenta elaborada solamente por doncellas atenienses que habían sido inspiradas por su espíritu divino. Así que, en paralelo, su brutal reacción contra Aracné conllevaba la advertencia de que, no obstante iluminado por un dios al pretender la belleza perfecta, el hombre no es el dios mismo ni sus obras son equivalentes a las del poder superior.

Casi no hay asunto que no le ataña, especialmente cuando se trata de apaciguar a Las Furias, siempre necesarias para intimidar y limitar la tentación de la bajeza que ataca a los hombres. Su prestigio deja los primeros indicios de devoción popular a partir de que su majestad consigue imponerse a Poseidón, «el sacudidor de la tierra», dios de los mares, del caballo y de los «poseídos», al disputar el dominio de Atenas. Temible de por sí, esta entidad rival era nada menos que hermano de Zeus y padre de Teseo -héroe nacional de Atenas que encarna la nobleza, la fineza y la distinción, cualidades nativas de la raza ática-, así como de un sinnúmero de monstruos y bandidos que completaban su estirpe.

En plena lucha por la ciudad, Poseidón dio un golpe en la Acrópolis con su tridente e hizo brotar la talasa en su cima, una fuente de agua salada. Atenea respondió blandiendo su espada legendaria allí mismo, de cuyo efecto vino a crecer el olivo. Sin dudarlo, los atenienses reconocieron con templos y ceremonias magníficas su protección y su triunfo.

La sonrisa con que Zeus responde al grito de Atenea cuando ésta sale de su cráneo sella para todos los tiempos esta aleccionadora relación padre-hija. Metis, la madre, es una presencia oculta en las tripas masculinas. En cierta forma disminuida por su feminidad, Atenea es complemento, reflejo y producto de Zeus. Metis, en cambio, es la madre de la que se puede prescindir cuando se trata de señalar la naturaleza independiente de una diosa que, de todas maneras, debe su existencia y sus atributos a los deseos y pensamientos paternos. Y Zeus ama a su hija por ser tan juiciosa como arrojada, sutil al expresarle sus desacuerdos, de notable claridad no obstante apasionada y por sobre todo tan fiel a sus designios como digna representante de sus peculiaridades viriles.

Sólo por el amor que profesaba a su padre, Atenea accedía cíclicamente a bajar desde lo alto del cielo para auxiliar a Heracles cuando más exhausto se hallaba el héroe al realizar los trabajos impuestos por Aristeo. Y lo hacía con gusto la diosa, según lo reclamaba ella misma en voz de Homero, sólo porque Heracles era el hijo favorito de Zeus. Pero sus sentimientos a favor de los griegos durante la contienda de Troya fueron el semillero de sus desacuerdos olímpicos. Casi impotente frente a la implacable voluntad paterna, hay pasajes en la Ilíada en los que resulta difícil separar la devoción filial del revelador despecho amoroso: «... día llegará en que de nuevo me llame su querida hija de ojos verdes...» Así se lamentaba esta virgen eterna al acusar a su padre de desviar su voluntad y sus propios impulsos cuando no coincidían en la oportunidad de proteger a sus héroes. Por consiguiente, sin quererlo, confundida por la cruel irracionalidad de Zeus, Atenea apoyaba a sus enemigos troyanos creyendo que tutelaba al bando de los aqueos en lo más apretado de los combates.

Pocos detonadores más efectivos que la desobediencia de Atenea para desatar la ira de Zeus. Cuando su «hija bienamada» desatiende sus órdenes, él deja asentado lo que es el padre, el padre absoluto, el padre/dueño, el poder verdadero, así en la tierra como en el cielo... En uno de esos episodios homéricos la relación entre ambos desencadena una crisis cuando Zeus, además de golpearla de manera brutal, amenaza con destruirle el carro y derribarla de su sagrado sitial por haber atentado contra su voluntad y su mando. Diez años míticos tardaría Atenea en curarse de las heridas infligidas por su rayo: «Así aprenderá la joven de ojos verdes -gritó Zeus-, lo que cuesta combatir a su padre.»

Nunca, como ahora, resulta más necesario recobrar el mito del poder femenino por su inevitable supeditación a la masculinidad superior. Valor, valentía, virtud son voces que, por emparentadas al miembro viril, fueron abolidas de lo que, culturalmente, sujetaba a las mujeres a todas aquellas funciones no-ciudadanas que, en torno del hogar y si acaso como influencia indirecta, correspondían a la esposa, despensera, madre, hija y guardiana de los bienes domésticos. Sin embargo, tanto los poemas homéricos como los trágicos están sembrados de referencias que contradicen la supuesta docilidad femenina. Clitemnestra, Penélope, Medea, Electra y prácticamente todas las diosas del Olimpo abundan en ejemplos del imposible triunfo femenino no obstante su infatigable desafío a la autoridad consagrada. Invariablemente aparece el castigo ejemplar del destino para demostrar sus límites en la definición y el ejercicio autónomo del poder. Aún así, por sobre advertencias y antecedentes brutales, la mujer continúa empeñada en equiparar sus derechos y asumir las libertades que conquista mediante el cultivo de su Metis, su inteligencia primordial.

Resultaría por tanto difícil comprender la complejidad de las mujeres modernas sin la referencia de esta diosa virgen, guerrera, protectora de la ciudad que le debe su nombre y tan enérgica como desconcertante por la piedad que es capaz de inspirar. Nada más alejado del concepto de feminidad en la Grecia clásica que este modelo de astucia tramado de suavidad y una más que contradictoria destreza para administrar el poder e influir en el destino de los demás. Casi no hay leyenda, mito poema o tragedia que no la invoque y aun para referirse a la civilización «ateniense» hay que considerar que detrás, a veces delante, arriba en ocasiones, aunque supeditada siempre a los designios de Zeus, está la mirada vigilante de esta doncella que llevaba en la castidad la prueba fehaciente de su naturaleza invencible. Pero, también, de su incapacidad para combinar el amor a las exigencias del poder, especialmente cuando no logra apartarse de la sombra omnipresente del padre.

Fascinante y sugestiva por donde se la vea, inventó la flauta que, por tocarla con belleza sin par, convertiría a Orfeo en protagonista de uno de los mitos más ricos, inescrutables y deslumbrantes de todos los tiempos. A Atenea se le atribuye además el origen de la trompeta, el arado, la olla de barro, el yugo para los bueyes, el barco, el rastrillo y, emblemáticos de su atuendo, también la brida y el carro de caballos. No hay, pues, actividad urbana o mental alejada de su influencia ni asunto humano o divino que no pueda resolverse con su intervención, sea ésta delicada o colérica, pero siempre «femenina» y, por eso, digna del honor que suele contrastar la caprichosa naturaleza de los hombres.

Tan sabia como prudente, Homero le atribuyó tal perfección que sólo descifrando el trasfondo de sus trabajos puede extraerse el indicio de humanidad que nos permite apreciar la fuerza de los Olímpicos, su significación perdurable. Ninguna entidad se iguala a la lógica de esta diosa ni menos aún se encontrará quien ostente la coherencia que ella consigue sostener sin flaquear, incluso en los momentos de mayor tribulación, como puede advertirse en su difícil relación con el Padre, a propósito del partido que tomó por la causa griega en el conflicto de Troya.

Mujer al fin, cuando otras diosas o simples mujeres discuten su belleza austera o vulneran de manera alevosa su refinada emotividad, Atenea deja escapar una rabia que hace temblar al mundo. La cólera, entonces, la domina al grado de suscitar reacciones que no sólo repercuten en contra de su reciedumbre, sino que deja tambaleante su naturaleza esencial. Un solo capricho suyo basta para comprometer la paz, la armonía y la razón que supuestamente cultiva como rasgos distintivos de su carácter. Feroz como puede ser la insidia femenina, nadie escapa a la injusticia ni a las consecuencias nefastas que provocan los infundios, las burlas y la envidia. Ni siquiera ella se sustrae del poder de la confusión. Ella, una entidad que reúne tan altas virtudes que el mismo Zeus se antoja limitado ante el alcance de su grandeza.

Producto final del supremo cráneo, ni ella, la mismísima «feminidad viril», se sustrae, pues, de la determinación del destino. Y el destino quiso, al parecer, que no hubiera diosa o mujer, por perfecta que fuera, digna de consumar los alcances de su autonomía cuando se trata de comprometer la definición del poder.

*Voz independiente. Escritora. Autora de novela, cuento, ensayo y periodismo político.