VIDA Y OBRA DE JOSÉ FRANCISCO RUIZ MASSIEU
Dr. Sergio García Ramírez*

Con afecto y respeto, que datan de mucho tiempo, concurro al homenaje merecido que se hace a mi antiguo amigo José Francisco Ruíz Massieu. Se trata de una invocación pertinente y de una recordación oportuna. Agradezco la invitación a los organizadores de este acto. Traigo a él la representación de mi partido político, el Partido Revolucionario Institucional, que lo fue de José Francisco, y mi propio testimonio de aprecio permanente por quien supo ser, como pocos, un militante leal y un político ilustrado.

Mi cercanía con Ruíz Massieu ocurrió en el camino de la vida, hace casi treinta y cinco años. Ambos actuamos en diversos círculos concéntricos de una misma inquietud vital: uno, la academia; otro, la administración pública y la política. En 1966, yo me desempeñaba como investigador de carrera en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México –que entonces se llamaba Instituto de Derecho Comparado–, y el joven Ruíz Massieu hacía sus primeras armas, como becario, en trabajos de investigación.

Nuestra sede fue la primera torre de humanidades en la Ciudad Universitaria. Ahí, un pequeño grupo de investigadores, en estrecha sociedad, compartía la enseñanza de viejos maestros y la esperanza de jóvenes generaciones. En una de éstas, entre las más esforzadas, talentosas y fecundas, figuró José Francisco Ruíz Massieu. La falta de espacio físico obligó a los investigadores a compartir los pequeños cubículos, pletóricos de libros y revistas, donde se estaba fraguando una nueva y copiosa bibliografía. Me correspondió compartir el mío con José Francisco, recién llegado al Instituto.

Corrieron los años. Pronto aquel joven becario, aquel universitario inquieto y tesonero, realizaría, paso a paso, mayores y mejores tareas. Comenzó su producción en revistas y libros, suyos y colectivos. Ejerció la cátedra, en la licenciatura y el postgrado, además de hacer sus propios estudios superiores. Inició la exploración sistemática, cuidadosa, de la administración pública, que fue uno de sus temas preferidos. Andando el tiempo, obtendría, con sobrados merecimientos, el prestigiado premio del Instituto Nacional de Administración Pública.

Conocemos sus pasos por la política y por altos cargos administrativos. Con vocación de servicio, cumplió funciones de creciente importancia en el Instituto Mexicano del Seguro Social, el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores, del que sería director general, y la Secretaría de Salud, en la que fue director jurídico, oficial mayor y subsecretario de planeación. Estos hechos no son menores, y sí elocuentes, en su formación: el hombre con vocación política y preparación administrativa aplicó aquélla y perfeccionó ésta en el área social del Estado, donde se miran los temas y se resuelven los problemas de los trabajadores, columna fundamental de la nación.

Adelante, siempre adelante, iría el ya maduro funcionario. Hombre de partido, fue candidato del PRI a la gubernatura de su Estado natal, Guerrero. Llegó en buen tiempo y con excelente formación. Conocía los asuntos de su entidad, no sólo como ciudadano de ésta, sino también como servidor público en la administración local. Cumplió puntualmente los años de gobierno que le encomendara el pueblo. Cumplir, y hacerlo bien, era un rasgo de su carácter. También lo era fijarse metas muy altas y trabajar con ahínco para alcanzarlas.

También entonces lo frecuenté. Leal amigo y competente funcionario, recibió con simpatía y cumplió con solidaridad las respetuosas iniciativas que le presentara la Procuraduría General de la República.

La más amplia y valiosa publicación de esa etapa –la llamada «Obra jurídica mexicana»– se benefició de su generosidad, siempre atenta a los trabajos de la cultura: el quinto y último tomo de tan importante obra, que no ha tenido las nuevas ediciones que merecía, vio la luz gracias al apoyo que le brindara el gobernador de Guerrero.

Luego de otros cargos, siguió sirviendo a su Partido, en el que tuvo una larga militancia de varios lustros. Para su condición de estudioso, hombre de leyes y letras, fueron idóneos los cargos de subdirector del Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales, primero, y presidente de Cambio XXI, Fundación Mexicana, A.C., que entonces todavía no ostentaba el nombre de nuestro recordado compañero Luis Donaldo Colosio. Y para su calidad de político enérgico, creativo, lo fue la tarea que se depositó en sus manos competentes y en su imaginación laboriosa: secretario general del Partido Revolucionario Institucional.

Adelante, todavía, fue José Francisco. Reverdeció su experiencia como funcionario de elección popular, y obtuvo una curul federal con el voto de los ciudadanos. Por su vigorosa personalidad, recibió la encomienda de coordinar la tarea de los diputados priístas en la LVI Legislatura del Congreso de la Unión. Y también ejerció la representación de su partido –nuestro partido– ante el Instituto Federal Electoral. Eran tiempos de contienda, que él enfrentó con rigor de combatiente y prudencia de político. Comenzaba, clara, visible, inquietante, una nueva etapa en la lucha por la nación: esa batalla que ahora mismo se libra y en la que estamos y estaremos empeñados. Hubiera sido –lo era ya– la trinchera natural para un hombre como José Francisco Ruíz Massieu.

Así llegamos a donde no imaginábamos, ni debimos nunca llegar: al día en que unos oscuros personajes, hervor de los bajos fondos de la historia, privaron de la vida a José Francisco. El 28 de septiembre de 1994, hace sólo seis años –que parecen muchos más–, murió nuestro compañero y amigo, dejando atrás una inmensa experiencia y teniendo adelante una enorme esperanza. En la oración fúnebre que entonces hizo el presidente del Partido Revolucionario Institucional, Ignacio Pichardo, se rescató la huella que dejó en una generación de mexicanos que siguieron con admiración su trayectoria: «la del hombre de bien, a un tiempo innovador político y sólido intelectual»; un hombre cuyas «armas fueron siempre las palabras y las ideas».

Bien que recordemos, pero mejor que analicemos, rescatemos, trabajemos. Al pensamiento y a la acción de un ciudadano como éste se debe ir con aire de explorador y actitud de continuador: para hallar incitaciones, sugerencias, ejemplos, enseñanzas. El homenaje que se hace con palabras se dispersa muy pronto, aunque algo quede en el corazón y en el recuerdo de quienes las escuchan. El verdadero homenaje, el perdurable, se hace con los hechos: los de hoy y los de mañana, que recojan y atesoren los hechos de ayer; una conducta que venga del pasado y se proyecte hacia el futuro, fiel a sí misma, a su origen y a su objetivo, llevada por un hilo conductor: la persuasión y la convicción, el rumbo y el destino. Aquellos hechos –obras e ideas–abundan en la vida pública, que debió ser mucho más larga, de José Francisco Ruíz Massieu, hombre de ideas y hombre de acción: riguroso en aquéllas y eficaz en la práctica, que «combinó con talento el papel de ideólogo y las funciones de operador político excepcional», como destacó Dulce María Sauri, un año atrás, en el quinto aniversario luctuoso de José Francisco.

Se dice que nos hallamos en transición. Esta expresión es a un tiempo acertada y equívoca. Acertada, porque la existencia entera, minuto a minuto, hora tras hora, siglo tras siglo, es necesariamente transición: paso, camino, evolución, con mayor o menor sentido y con mayor o menor premura, pero al fin y al cabo transición. Y también es equívoca, porque la mayoría de quienes la utilizan quieren acotar en el breve plazo de unos meses o unos años el inmenso esfuerzo del pueblo mexicano por marchar hacia adelante, ensanchar su libertad, construir su democracia, realizar su justicia y animar su esperanza. Y esto no es así: ese trabajo viene de generaciones numerosas, de hombres y mujeres de ayer, que pasaron la consigna y la estafeta a los hombres y las mujeres de hoy.

En todo caso, nuestro homenajeado fue un estudioso inteligente de los procesos de transición en países que estuvieron a punto de perder el rumbo o de naufragar. No es nuestro caso, pero se trata, ciertamente, de experiencias aleccionadoras, que invitan a la reflexión. En un ejercicio de política comparada, Ruíz Massieu analizó los procesos de cambio en Francia, Italia, España y Chile. Al hacerlo, advirtió o sugirió los riesgos del caudillismo, por una parte, y de la partidocracia, por la otra. Un demócrata no podría pasar por alto estos peligros, sobre todo cuando se exalta el papel, la exigencia y el gobierno de la sociedad: ni unas solas manos, que serían tiranía, ni un solo grupo, que sería oligarquía.

A estas alturas, la única receta que no podemos prescribir, ni administrar ni apurar es el inmovilismo. Vale la pena que nos persuadamos, al fin y al cabo, de que el mundo se transforma con celeridad y que nosotros somos parte de ese mundo y debemos girar con la misma o mayor presteza, y hallar, con meditación, acción y profundidad., el cambio que nuestras instituciones necesitan y que sólo se proveerá con el cambio que nosotros mismos uno a uno –y todos juntos– podamos aportar.

Si miramos hacia el pasado, no con la turbia mirada de quienes nos asedian y hablan ya del poder con aires de vindicta y dispendio, sino con la mirada clara de quien pone la perspicacia y la objetividad por encima de la pasión, advertiremos lo que bien dijo, en su hora, Ruíz Massieu: las últimas décadas «son escenario del proceso de construcción nacional que bajo la guía de la Constitución de Querétaro, ha conducido el partido de la Revolución. Ese proceso constructor ha modificado el cuadro general de México y esas modificaciones del cuadro general del país han sido, al mismo tiempo, implacables acicates de la modernización de nuestro partido».

Vaya que la Revolución Mexicana –silenciada en el discurso neutro y anodino, sin compromiso, de tantos candidatos y gobernantes– ha sido fértil en el largo curso del siglo XX. Y vaya que lo ha sido, como instrumento de esa Revolución –pese a errores, fatigas, desviaciones, claudicaciones, que las hubo–, el partido histórico de la nación. Este ha tenido, además, la sabiduría de acoger en sus mejores páginas y en sus mayores tareas –tanto en la ideología como en la aplicación política– la gran tradición libertaria y justiciera del pueblo, sepultada en la Colonia y emergente en la Insurgencia; reanimada en la Reforma; formidable en la Revolución. Por eso el PRI es un partido histórico, que asume, además, el partido de la historia. Lo saben sus militantes y lo saben sus adversarios. No en balde hemos estado frente a frente más tiempo del que duran una campaña y unos comicios: todo el tiempo que ha durado nuestra vida independiente. Dos siglos dejan buenas lecciones. Entre ellas, no bajar la guardia y no ceder el campo, sobre todo cuando hay riesgo de retroceso y peligra la nación.

Hoy el PRI se renueva. Los vientos de cambio soplaban desde hace tiempo. Algunos los advirtieron y llamaron a impulsar con ellos las velas del partido. Debimos hacerlo con suficiencia y oportunidad. Pudimos y podremos modernizarnos, renovarnos, reconstruirnos: no desde ruinas o cenizas, obviamente, porque nuestro partido sigue siendo –y será, si lo queremos– una poderosa organización nacional y popular. Pudimos y podremos renovarnos, repito, desde la circunstancia que hoy nos toca vivir, que es lección y oportunidad, y a partir de las ideas que hoy nos corresponde revisar, sin ánimo de abrogación y con voluntad de actualización.

Cuando Ruíz Massieu se refirió a la modernización del partido –y lo hizo con frecuencia–no sugería una aventura tecnocrática ni un liberalismo frágil, excluido de la historia, alejado de las necesidades y las expectativas de los mexicanos. Esto nos desviaría de nuestro origen y alteraría nuestro destino, que son, uno y otro, el pueblo mismo. Ruíz Massieu aludía a una reflexión inteligente y fervorosa, que no renegara del pasado, ni ignorara el presente, sino instalara a tiempo su propia versión del futuro.

En este orden, mantienen vigencia sus palabras de hace diez años: «La actualización del PRI para no liquidarlo, que no es el propósito, y no dejarlo igual, que tampoco es el propósito, debe principiar en un esfuerzo de introspección sólida, y por veraz, valiente, que lleve a reconstruir lo que realmente es el PRI, el papel que desempeña en el sistema político mexicano, tanto en su dimensión constitucional, como metaconstitucional». En esa introspección estamos, atareados con la verdad, sin más profeta ni más dirección que la conciencia de los priístas y su enérgica decisión. De aquí vendrá la reconstrucción que haga de nuestra organización política un partido responsable y combativo, que jamás oculte el sol con un dedo ni vote sin mirar al pueblo.

El progreso en la democracia formal, del que nuestro partido ha sido agente laborioso –díganlo, si no, las sucesivas iniciativas priístas, elevadas a la ley suprema, para reconocer, no para desconocer, la pluralidad política–, se proyecta ahora en la vida interna del Partido Revolucionario Institucional. Desembocamos, por fin, en una sociedad plural, heterogénea, con pensamiento alerta y exigencia crítica. De la nación uniforme, o casi, que comenzó la marcha el siglo anterior, se ha llegado a la nación diversa en la que viajamos hoy. Este dato de la evolución social, que tiene copiosas consecuencias, se vuelca sobre nuestro partido y empuja su transformación.

Ruíz Massieu, buen observador, con talante de estadista, hombre que no se resistía al progreso, sino trabajaba con él, convocó a avivar la pluralidad interna, que haría de nuestro partido un reflejo exacto de sus propios grupos, sus propias corrientes, sus propios individuos. Pluralidad que sería, en los discursos y en los hechos, mapa fiel y consecuente de lo que es la República y de lo que comienza a ser –los días de Ruíz Massieu fueron jornadas del alba; horas de rumorosa formación– el Partido Revolucionario Institucional. Somos numerosos y diversos, aunque unidos en un vértice político, filosófico y moral que da sentido a nuestra agrupación. Debemos reconocer, por ende, lo mucho y profundo que nos une y aceptar con aprecio lo que nos distingue.

El nuevo capítulo del PRI sugiere y necesita un priísmo renovado: en la conciencia, en la voluntad y en el desempeño de sus militantes. Es verdad que hay resistencia al cambio, una resistencia que reside en cada uno de nosotros, muy adentro, en cada fibra; una resistencia natural, producto del oficio y la costumbre, el uso y la tradición. Setenta años, que no son poca cosa en la vida de un hombre, tampoco lo son en la vida de una institución. Finalmente, cada quien lleva dentro de sí su propio impulso de renovación y su propia resistencia al cambio. Aquélla es factor de vida; ésta, reticencia, que pudiera ser claudicación. La dialéctica personal, inexorable y fecunda, es el anuncio y el factor de la dialéctica institucional. Ni la desconocemos ni la reprobamos. La asumimos, porque es parte de la realidad, una realidad que ya no nos empeñamos en negar.

A esto se refería también nuestro recordado correligionario y amigo, en la antevíspera de su muerte, cuando organizaba las tareas de la legislatura inminente, en la que ya no pudo participar. En septiembre de 1994, último año y último mes de su vida, proponía los valores del priísta, que lo serían del parlamentario de nuestro partido, y debieran serlo del militante de estos días y los días que pronto llegarán: más que disciplina, solidaridad; más que arrogancia, dignidad; ejercicio de la política con pasión, pero también con paciencia y desprendimiento. No sobra recordar estas palabras, que pudiéramos recibir como consejos, cuando nos hallamos comprometidos –después de un formidable sacudimiento– en la preservación del partido y en la obra, posible y probable, de su futura grandeza.

Los amigos de Ruíz Massieu han dado cuenta, en una bella obra colectiva, del pensamiento que cultivaba aquél –y que sus allegados cosechamos– en el umbral de la nación inquieta, a riesgo de ser incierta. El sociólogo Ricardo Pozas Horcasitas recuerda que solía repetir: «En el momento en que agotemos nuestra capacidad de transformarnos, agotaremos también nuestra capacidad dirigente».

Es que el político guerrerense, a la sazón secretario general del PRI, «tenía una clara visión del costo potencial de no refuncionalizar a su partido y del riesgo de que se presentara un desfase cada vez más marcado entre una sociedad en proceso de apertura y un partido con tradiciones políticas cerradas».

Ruíz Massieu, hombre de novedades, requirió una nueva política, y seguramente anheló encarnarla y se esforzó en que así fuera. Era una expresión, pero podía ser una realidad, y desde luego traía consigo, entrañado y poderoso, un compromiso firme y un contenido ético: «política como ejercicio de moral pública y no como juego de cuotas de poder». Su colega Suárez Dávila lo pondera de esta forma en sus reminiscencias: «El oficiante de la nueva política sabe que las cosas han cambiado: que hoy existe una oposición combativa..., una prensa implacable y un ciudadano impaciente y contestatario. El político moderno se afana en responder para reclutar adhesiones y sale a la palestra consciente de que la lucha existe, aun si no saliera a luchar».

Ruíz Massieu, por su muerte prematura, no pudo participar en estos días de intensa definición, lindero entre el PRI de siempre –que ha hecho aportaciones magníficas al desarrollo de México– y el PRI de ahora –que se prepara para hacerlas. Seguramente hubiera tenido propuestas y anticipaciones sobre la nueva identidad del partido y acerca de las razones de sus militantes –una vez transferido, por breve tiempo, el Poder Ejecutivo– para mantener intacta y activa su militancia. Seguro de su doctrina, que era la doctrina de la Constitución mexicana –no una hechiza y ambigua, sino ésta, la que tenemos, sembrada en la tierra–, seguramente nos hubiese convocado a resolver esa identidad y cimentar esa militancia en el proyecto de nación que abriga la ley fundamental. Si el PRI se sostiene, ese proyecto se salva.

Me alegra que este acto, entre los varios dispuestos para el homenaje guerrerense a José Francisco Ruíz Massieu, haya sido organizado por mujeres. Cuando el entonces candidato a la gobernatura de Guerrero recorría su Estado en procuración del voto de sus conciudadanos, dijo en Tixtla, el 5 de septiembre de 1986, con buenos motivos y mejores razones: «Sin fuerza no se puede hacer nada, y para tener fuerza hay que saber a quién pedírsela, y yo se la pido a las mujeres». José Francisco pensaba, como ahí puntualizó, en la entereza y la bravura de las mujeres de Guerrero. Y a la petición asoció el compromiso. De éste surgió un esfuerzo que las guerrerenses valorarán mejor que yo. Para la causa de las mujeres –una causa de siglos– se fundó la Secretaría de la Mujer, organismo insólito, que me dio esta tribuna y cuya hospitalidad agradezco.

¿Por qué extrañamos a José Francisco Ruíz Massieu? Por muchas cosas, sin duda. Guerrero, porque perdió a uno de sus hijos notables, que supo gobernar al Estado fronteras adentro y prestigiarlo fronteras afuera. Los juristas, porque echamos de menos a un colega eminente, que honró y exaltó la profesión del abogado. Los universitarios, porque ya no contamos con la compañía visionaria de quien sabía

–y así lo practicaba– que el progreso de la república depende, como de pocas cosas, de la calidad de su educación superior. Los priístas, porque no podríamos olvidar el pensamiento y el ejemplo de quien pudo decir, con honrada convicción: «Nunca he tenido duda de cuál es el partido del progreso, de cuál es el partido de la nacionalidad, de cuál es el partido del pueblo, y dónde se le sirve mejor...

Nunca he dudado cómo se sirve eficazmente a la Revolución. Desde 1967... sin interrupción, sirvo al gobierno revolucionario y milito en el partido de la mayoría».

Libramos –lo dije ya– una gran batalla por la nación. Se trata, en esencia, de la misma batalla que hemos librado en todo el curso de la historia, con derrotas y victorias. No ha cesado, ni cesará. En ella existe un lugar definido para los hombres como José Francisco Ruíz Massieu. Su presencia nos hubiera hecho bien en las horas de prueba, que son todas las horas de un tiempo vertiginoso e incierto. Hubiera servido a la unidad del Partido Revolucionario Institucional. Hubiera trabajado para la democracia en esta era de autonomía que los priístas celebramos. Hubiera contribuido a despejar la confusión: una confusión que pudiera prosperar si no advertimos que más allá de la nueva gobernabilidad del partido, que nos empeñamos en lograr, con paciencia, prudencia y buena fe, se halla el nuevo rumbo de la nación.

La batalla crucial, de la que depende nuestra vida republicana, tiene como centro a la nación. Es ésta lo que se disputa. Es su futuro. Es su soberanía. Es su justicia. Es su libertad. Es su condición nacional. Es su identidad. Es su independencia. Hoy están comprometidos el camino y el destino. En la batalla por la nación, tiene su lugar el Partido Revolucionario Institucional. Lo tiene donde lo tuvo: al lado del pueblo. Nuestras antiguas banderas son nuestras banderas actuales: democracia integral y justicia social. Si no contamos hoy con la presencia de José Francisco, disponemos en cambio de la fuerza de su pensamiento. Y esta es ya una magnífica contribución, perdurable y generosa.

*Mensaje en la ceremonia de homenaje a José Francisco Ruiz Massieu, Chilpancingo, Gro. 27 de septiembre de 2000.