Guardianes
del tiempo, los guerreros de terracota
SALVADOR
ORTIZ MONTERO*
Hoy
deseo compartir con ustedes, amigos lectores de examen, una sucesión
de emociones que se subliman al penetrar en una cultura, si bien
lejana en el tiempo y el espacio, muy cercana a nuestra condición
humana.
Uno
de los hallazgos más reveladores tuvo lugar hace apenas
veinticinco años en las montañas Li, del vasto territorio
chino. Una casualidad, como ocurre con frecuencia en la investigación
arqueológica, permitió descubrir el extraordinario
recinto funerario del Emperador Qin Shi Huangdi, unificador de
los siete reinos combatientes, inspirador de la terminación
de la Gran Muralla y, aunque su dinastía fue breve, considerado
como el fundador del sistema político con mayor permanencia
en la historia de oriente, que incluso fue adoptado por quienes
le derrotaron, para prolongarlo por 2000 años.
Qin
Shi Huangdi fue un gran planificador: él mismo escogió
el sitio para fundar la capital del imperio, Xianyang: estratégica
en lo militar, protegida por montañas, fácil de
defender y de difícil acceso para el enemigo; estratégica
en lo social con suficiente abasto de agua, cerca del río
Amarillo y atravesada por el río Wei, con extensas planicies
aptas para la agricultura; estratégica en lo comercial,
situada en el cruce de caminos que unen los cuatro puntos cardinales.
Pero
lo que distinguió a este personaje fueron sus dotes de
constructor: carreteras, palacios y ciudades lo testimonian. Es
su propia tumba, cuyas obras fueron ordenadas y dirigidas por
él mismo, la que de alguna manera le dio la inmortalidad
anhelada. ¡Un sepulcro de 50 mil metros cuadrados! Mas no
para allí el asombro, el Emperador ordenó la colocación
de un ejército de terracota ¡Ocho mil figuras militares!
Desde
China, gracias a un intercambio cultural promovido por los gobiernos
de México y de aquel país, ha llegado a la sala
de exposiciones temporales del Museo Nacional de Antropología,
una muestra de ese tesoro arqueológico que son los Guerreros
de Terracota, en los que se combina a la perfección el
arte escultórico y la técnica cerámica, que
hacen de la simple arcilla, obras que han vencido al tiempo
Causa
admiración tener a escasos centímetros de nosotros
soldados, arqueros, cocheros, todos en tamaño natural,
cada uno con sus rasgos diferentes y perfectamente definidos,
pudiera decirse, con personalidad propia. Carros de guerra, caballos,
armaduras, espadas, todas esculpidas a la perfección hasta
en su mínimo detalle, que revelan las minucias de la vida
cotidiana china, los rangos en la organización social y
militar, las tácticas bélicas, la disciplina y división
del trabajo. Causa asombro saber que son más de ocho mil
figuras diferentes las encontradas y aun quedan por salir a la
luz algunos cientos más, según lo estiman los investigadores.
Causa
fascinación el motivo que llevó a Qin Shi Huangdi
a disponer la construcción de semejante obra: la incertidumbre
universal y el simultáneo afán de explicar el misterio
que compartimos en todas las culturas, y nos aferramos a creer
que la vida trasciende al orden material.
De
acuerdo a las antiguas creencias chinas, al fallecer una persona
su espíritu no se extingue, sino permanece y continúa
necesitando de las mismas cosas que en la vida terrena. Al Emperador
no debía faltarle nada, ni siquiera la protección
de su ejército.
Los
Guerreros de Terracota tenían, y han cumplido hasta nuestros
días, la misión de estar al lado y servir a su emperador;
es más, hoy han contribuido a darle mayor presencia en
el mundo. La tumba de la montaña LI ha sido incluida en
el catálogo de sitios arqueológicos de la Organización
de las Naciones Unidas, y ya es un símbolo de la cultura
china.
Los
Guerreros de Terracota les esperan, allá en Chapultepec,
en el Museo Nacional de Antropología.
*Colaborador
de examen.
