LOS DILEMAS DEL PRI
RODOLFO MEDINA PALOMINO*

Lo que la sociedad espera del PRI aparece estrechamente ligado con lo que espera de la clase política en general. Y lo que espera lo expresó el dos de julio al enviar a Los Pinos al poco definido candidato del Partido Acción Nacional –que difícilmente hubiera podido ganar si no se hubiera distanciado de las posturas tradicionales. Pero al mismo tiempo impuso a ese poco definido candidato, un Congreso del que no obtendrá un cheque en blanco, y en el que a colocado al PRI como la principal fuerza de oposición.

La cuestión de los equilibrios, por sí misma, podría sugerir que la sociedad ha ordenado al PRI convertirse, primero que todo, en una organización con una verdadera estructura de partido. No lo ha condenado a la desaparición. Le brinda, en cambio, la oportunidad de probar desde las cámaras legislativas que puede, además, operar como un partido que desde la oposición es capaz de defender las conquistas reales que a lo largo de 70 años, moldearon lo que México ha llegado a ser.

Puede entenderse, desde esta óptica, que la sociedad no está del todo desencantada con lo que tiene, pero tampoco ve satisfechas sus expectativas. 70 años suenan a mucho tiempo en una época en la que el desarrollo tecnológico hace obsoleto en horas lo que apenas un año atrás era novedoso.

En un país en el que tres generaciones seguidas han vivido de crisis en crisis; que experimentó la transición de un sistema dominado por un partido de Estado al de uno en el que el voto cuenta, y en el que el voto joven determina una elección. El cambio aparece entonces como una posibilidad real.

Pero los resultados del 2 de julio lucen acaso como la tímida expresión de la búsqueda de un cambio, sin arriesgar ciertos modos que el país construyó en el pasado en cuestiones muy específicas. De ahí el equilibrio de fuerzas, aderezado por la incursión de nuevas corrientes que han comenzado a decir algo en el tejido de la compleja sociedad mexicana.

Si el PRI será capaz de responder o no a las expectativas de los mexicanos, es algo que no está del todo claro y que presenta serias complicaciones.

La confusión que generó en el PRI la pérdida de la presidencia parece lo más normal, para un partido cuyos códigos y elementos de cohesión dejaron de depender de la claridad de valores que defendía en la retórica, para dar paso a la cimentación de intereses y fórmulas de los cuales la sociedad no percibe beneficios concretos.

La necesaria inmersión de México en la corriente globalizadora obligó a por lo menos tres gobiernos emanados del PRI a impulsar una agenda económica de la que no podrían estar más alejados los postulados de la Revolución. La discusión de si esto era necesario o no, es algo ocioso en el contexto del resultado del 2 de julio, pues las sociedades votan con base en percepciones inmediatas a las que las grandes acciones de impacto histórico no pueden satisfacer.

Si el fruto de esos cambios estructurales en la economía no ofreció beneficios perceptibles en lo inmediato para la sociedad, las reformas políticas permitieron, en cambio, poner a su alcance mayor información, y ofrecieron condiciones favorables a las fuerzas opositoras para canalizar el descontento y acentuarlo a partir de las evidentes muestras de corrupción que, paradójicamente, los propios aparatos de gobierno sacaron a la luz pública como parte de una campaña para combatir el fenómeno.

El escenario de altísima competitividad que ofrecía la oposición, obligó, al mismo tiempo, a que el PRI abandonara las fórmulas tradicionales de asignación de candidatos, y buscara, en los procesos abiertos, la selección de candidatos a gusto de la gente, y capaces de ganar bajo las nuevas reglas del juego. Triunfos si hubo, pero evidentemente la maquinaria operativa del PRI sufrió daños irreversibles.

Los costos de todos estos eventos son muy altos, muy variados y en muy corto tiempo, como para no generar confusión en una organización cuya estructura de funcionamiento dependía casi absolutamente del Poder Ejecutivo y los cuantiosos beneficios que de éste derivan.

A esa confusión interna, los priístas deben sumar la existencia de un espectro político que no parece favorable.

La afirmación de que los sistemas políticos en la era de la globalización se han movido hacia el centro es ya un lugar común, tanto como la certeza de que el rango de operación de los gobiernos nacionales se ha ido estrechando para concentrarse básicamente en la aplicación del mayor o menor gasto público en programas sociales, mientras que el resto de las decisiones pasan a depender de fuerzas políticas y económicas dominadas por las condiciones de los mercados.

Este escenario sugiere la prevalencia de dos o tres fuerzas políticas fundamentales que se desplazan entre el centro, el centro–derecha y centro–izquierda. Para el PRI resulta un reto gigantesco proyectarse como el legítimo representante del centro–izquierdismo, pues tiene en el PRD un contrincante formidable, mientras que el centro y el centro derechismo habrá de definirse por la forma en que el PAN y el foxismo resuelvan sus propias contradicciones.

Sin embargo la sociedad le ha dado la oportunidad al PRI, al designarlo la fuerza opositora más importante en las cámaras legislativas. El resto dependerá del arreglo o no entre los cuadros medios y dirigentes del partido, y su posibilidad de definirse como un partido político actuante y moderno en el contexto democrático que se ha abierto en México.

*Subdirector editorial del periódico unomásuno.
Excorresponsal en Washington.