¿QUÉ PASÓ, POR QUÉ Y QUÉ DEBEMOS HACER?
Carlos Flores Rico*

Los resultados del 2 de julio: ¿alguien apuntó las placas?

La característica de la elección fue el voto diferenciado. Se votó por el candidato de un partido para un cargo y por el de otros para los demás. Fox obtuvo 15.9 millones de votos, casi 1.8 más que sus senadores y 1.7 por encima de sus candidatos a diputados. Cárdenas acusó el efecto contrario:

obtuvo 770 mil menos que sus aspirantes al Senado y 730 mil que los de la Cámara de Diputados.

Con excepción de los mayores de 55 años, Fox ganó todos los estratos. Los partidos compartieron el voto juvenil; pero, la mitad votó por Fox. Su ventaja en los segmentos más jóvenes le alcanza para cubrir la diferencia que le permitió ganar. Si la elección hubiera sido entre los plus 40, el PRI hubiera triunfado.

El voto por «el cambio»: fue la razón para el 43% de los votantes. La AC con su Cambio Ya, se llevó el 66% de ellos: 10.7 millones; AM, jaló el 18%, 2.9. El Cambio con Rumbo alcanzó el 15% con 2.5. La «propuesta» con el 22%, fue la segunda razón: significó 8.3 millones de sufragios. De ellos, el 42% fue para el PRI, 37 % para AC y el 17% para AM. La AC fue el partido «del cambio», el PRI el «de la propuesta» y el «del candidato». De éste último se llevó el 50%; empero, éste sólo fue el 9%. El voto «leal» apenas llegó al 5%: 1.88 millones; el 79% de ellos, casi 1.5 millones, fueron priístas. El 53% de los que votaron por Roberto Madrazo en la primaria, lo hicieron por Fox en la buena.

En todas las ocupaciones, excepto el hogar, triunfó Fox. La oposición juntó al 63% de los servidores públicos. 2.5 millones de los 6.7 que votaron, fueron al PRI. El grueso foxista estuvo en los casi 5 millones de empleados privados que le dieron ventaja de casi 2 sobre el PRI; y en los casi 700 mil estudiantes con que también lo superó. De 1.9 millones de educandos votantes, más de un millón eligió AC. En los estratos con estudios primarios o menos, el PRI obtuvo 7.3 millones; AC llegó a 5.1. En secundaria y bachillerato, el PRI llegó a 5 millones contra 7.8 de Fox; esta sola diferencia le dio una suma igual a su ventaja total. En el segmento más preparado, la ventaja de Fox fue de casi 2 millones.

La elección se distinguió por la polarización de los votos opositores en uno de los dos atacantes, combinada con la pérdida de competitividad del PRI, que habiendo aumentado sus votos no lo hizo al ritmo del padrón, rezagándose particularmente en el DF, el Estado de México y Guanajuato.
El entorno: la desinformación de la sociedad informada.

Determinado por lo que Daniel Bell llamó la sociedad informada, el 2 de julio fue presidido por una percepción preñada en buena parte de la sociedad mexicana: el PRI tenía 71 años de infausta permanencia en el poder.

Para el PRI la situación incluía los saldos del mediano plazo: aumento de la pobreza, concentración del desempleo en la clase media, la guerrilla chiapaneca y su epígono en Guerrero. De igual forma, los asesinatos del 94, la crisis de diciembre, la elevación del IVA, los deudores bancarios, el Fobaproa y los escándalos financieros, el sentimiento de inseguridad, junto a los macro secuestradores, y la pérdida del gobierno de la capital. A lo anterior, agreguemos la coyuntura conflictiva: una elección primaria sin marcos que impidieran los excesos de la campaña negativa, la no regularización de autos chocolate, escándalos de corrupción en el DDF, la aplicación del Renave, y las magnitudes insospechadas de los fraudes contra los ambiciosos como indefensos depositantes de las cajas de ahorro.

En los últimos 15 años la discusión de la agenda política había acentuado y estimulado una percepción hipercrítica en los estratos más expuestos a la persuasión mediática: la población urbana, en particular los sectores medios menores a 35 años, que por su edad y hábitat, no vivieron los años felices; pero, sí los estragos de la globalización, el deterioro mediático del PRI, y los efectos de la confrontación que ha sido la construcción del México de fin de siglo. Estratos que serían, a la postre, los receptores naturales de la oferta de «cambio».

Ante la irrupción de la sociedad informada, los operadores políticos, las estrategias de comunicación y los hilos de argumentación del aparato priísta no alcanzaron a desarrollarse para la competencia mediática. Menos para revertir, con los avances, el sentimiento crítico sembrado en buena parte de los mexicanos.

Una encuesta de Reforma de septiembre de 1998 detectó que sólo el 31% de los ciudadanos expresaba una opinión favorable de la Cámara de Diputados; Este País reportó, a mediados de 1999 que los ciudadanos confiaban poco o nada en los partidos: el PAN con el 67 % aparecía con menos desconfianza; le seguía el PRI con el 73%; el PRD llegaba al 81%. El mismo diario, informó que en diciembre de 1998, el 69% desconfiaba del sistema de impartición de justicia. Consulta, reportó en junio de 1999, que el 91% de los ciudadanos tenía poca o ninguna confianza en la política. En agosto de 1999, Nueva Época documentó que el 77% de la gente tenía poca o ninguna confianza en el gobierno. En abril de 2000 según Reforma, el 82% de los mexicanos consideraba que el gobierno era «algo o muy corrupto». Según encuesta de Este País publicada en el 2000, comparando septiembre de 1999 con el de 1998, las personas que consideraban que la situación del país empeoraría en el resto del sexenio pasó de 17 a 40%; y las que consideraban que mejoraría se esfumó de 42 al 12%.

Un sondeo de Zogby a principios de junio, informó que la incertidumbre y pesimismo volvieron a reflejarse: el 60.7% dijo que el país iba por mal camino, contra el 26.3% que afirmó lo contrario.

Además, el 77.6% dijo que su situación económica actual estaba igual o peor que el año anterior.

Otra mayoría (56.9%) afirmó que el PRI no merecía retener la presidencia, comparado con el 30.8% que dijo que sí.

Es sabido que en estas condiciones se genera el value vacuum y el bajo nivel de lealtad en las sociedades son el caldo de cultivo para que las campañas con propuesta de cambio tengan efecto.
Explicaciones inacabadas, recetas equivocadas.

Para algunos analistas la disminución de votos del PRI obedeció a un proceso asociado a la transformación del país. Según este determinismo, los resultados se originan por el deterioro irremediable; el PRI está condenado a su desaparición. Por ello hay que refundarlo. Para otros militantes, el deterioro no está predeterminado; deviene por el manejo deficiente del gobierno, como consecuencia del abandono de los orígenes. La solución es purgar a los culpables de las «desviaciones» y regresar al nacionalismo revolucionario.

La explicación más recurrida por los opositores es la del «hartazgo». Según ésta, «la gente» ya estaba harta del PRI–gobierno. Era corrupto, asesino y autoritario. A tal engendro había que conjurarlo con esa nueva perestroika llamada alternancia. Esta hipótesis embona con la de la transición, según la cual, el país vive en una dictadura, de la que no se podía salir, excepto por la transición «democrática», que implicaba alternar el poder con todos, menos con el PRI.

Otras explicaciones extremas internas sostienen que no hubo fallas, sino acción concertada. Ernesto Zedillo, fascinado por la macroeconomía, al mando de los neoliberales entregó el poder a la ultraderecha. En ese esquema, similar al de la campaña de Colosio, el presidente no dejó actuar a Labastida, le impidió hacer alianzas y críticas al gobierno, y le mandó al comité de campaña. Otros sostienen que fue Carlos Salinas quien construyó la derrota y financió los trescientos millones de dólares que se supone costó la campaña de tres años de Fox.

En mi opinión, ocurrió una combinación de elementos que van desde la carencia de una política de comunicación federal desde hace tres sexenios cuando al calor de la «renovación moral» los presupuestos federales redujeron a la mínima expresión las partidas de gasto en prensa, comunicación, publicidad y difusión que reprodujeran el sistema ideológico y las tareas propagandísticas, hasta el pésimo diseño y conducción de la campaña presidencial pasando por el deficiente manejo de las políticas públicas de carácter social y económico, amén de la desigual conducción política del partido y los gobiernos estatales en los últimos lustros.
¿Y ahora, qué debemos hacer?

El desafío político de México es consolidar el régimen de partidos. El del PRI, su compromiso con la democracia: acreditarse por sí mismo, autónomo de los poderes, como parte de aquel. Los partidos están en crisis, se han vuelto pragmáticos en busca de votos y del centro político; pero, la vida democrática moderna no puede desarrollarse sin partidos; y la de éstos, sin ser competitivos.

Desde hace unos años, las contiendas electorales se han ido deslizando a una mayor competencia.

Ello reclama replantear, al interior del partido, los sistemas de trabajo y su relación con la sociedad.

En las nuevas condiciones, los medios de comunicación tienen mayor influencia en la percepción e intencionalidad electoral y adquieren importancia nuevos elementos. Hoy, las campañas multitudina-rias han cedido su espacio a las estratégicas. Las técnicas de competencia reclaman información preelectoral, diagnóstico de la tensión competitiva, aplicación de técnicas persuasivas y apego a elementos jurídico restrictivos para el fondeo y el gasto, además, la utilización de técnicas sofisticadas, la disminución de los índices de error. Para competir con posibilidad de éxito, un partido requiere la aplicación de planes efectivos, programas eficaces, una mejor organización, pero sobre todo estar atento a la sociedad que va a decidir quién gobernará.

Si queremos acreditarnos como partido competitivo las líneas ya no serán del gobierno, vendrán de la sociedad y con una legitimidad distinta. Construir una identidad competitiva en un entorno diversificado formado por la opinión ciudadana, otros partidos, las iglesias, empresarios, ONG’s, etc. implica redefinir nuestras alianzas y establecer temas de convergencia con y desde la sociedad.

La comunicación interna debe mejorar. Tener orden en las redes interiores de enlace; significa el desafío de la descentralización, sin fragmentación. Se trata de tener relaciones buenas en la dirección y con las bases. En los estados hay intereses locales vivos pero habrá que conciliarlos con los nacionales. ¿Cómo ser partido en el gobierno local sin comprometer la estrategia nacional?

Otra cuestión lo son las reglas formales. En el Partido las escritas pesaban menos que las no escritas. En un proceso democrático unas y otras tienen que ser compatibles. Sin reglas explícitas no se desarrolla la democracia interna. Es necesario verificar nuestro nivel de respeto y garantía de los derechos de los militantes, la organización y los procedimientos, la existencia y el papel de las corrientes; la funcionalidad y vigencia de los órganos de gobierno y control interior.

La unidad y la eficacia son necesarias, pero los derechos de los militantes se tienen que garantizar: participación directa o de representantes en asambleas, la calidad de elector activo y pasivo, igualdad de voto, respeto a la periodicidad y revocabilidad de cargos, carácter colegiado de los órganos de decisión, vigencia del principio de mayoría, libertad de expresión, afiliación libre, derecho de audiencia y de información, libre debate de ideas, formación de corrientes y existencia de mecanismos democráticos para reformas partidarias. El mandato imperativo con los legisladores debe conciliarse con las decisiones de conciencia.

En la vida interior se deben precisar los contenidos, como tipificar las causas de sanción, la existencia de un órgano neutral de jurisdicción interna, posibilidad de impugnación ante decisiones lesivas, articulación de lo organizativo con lo territorial, responsabilidades claras de los órganos y condiciones para acceder a cargos, autonomía local, elección de dirigentes con procedimientos aprobados por asamblea, no intervención de las directivas para modificar candidaturas, respeto a formalidades, financiamiento transparente y rendición de cuentas.

Los sistemas de selección de candidatos y dirigentes se han modificado, pero permanecen atrapados. Aunque siempre se ha advertido el peligro de la descentralización ante las formas tradicionales del poder local, nunca se ha puesto en entredicho la unidad territorial. Ni la consulta directa, ni los sistemas descentralizados han fomentado la creación de organizaciones de base democrática, y sí han reforzado las oligarquías locales. La descentralización puede provocar exclusión, pero es inevitable redistribuir el poder interno hacia las regiones para reforzar la competitividad externa.

La democracia directa es el ideal de la democracia antigua; sin embargo, tanto los sistemas directos como los de delegados pueden operar si se establecen reglas claras y democráticas, de manera que si representan intereses, no se impongan y se equilibren en la visión e interés general del partido. El riesgo es que predomine la carrera escalafonaria que excluye a jóvenes y a miembros poco «militantes».

No debiera restringirse la oportunidad de ser candidatos sólo a quienes tienen una militancia probada en la experiencia del voto pasivo, o el desarrollo de la carrera en el aparato; pues, buena cantidad de cuadros está en la juventud y muchos, tan valiosos como los demás, en la administración pública y la sociedad. Exigencias así son antidemocráticas y limitan a candidatos atractivos. La democracia interna debe, por otra parte, asegurar la circulación y la recreación de los dirigentes.

Otra discusión son los sectores. Se dice que hay incompatibilidad de la estructura sectorial con las condiciones de competencia. Que hay contradicción entre modernización y la rigidez de la estructura laboral. otra vertiente sostiene que hay agotamiento del «voto corporativo» debido a factores de desarrollo social, pero también por prácticas antidemocráticas derivadas de candidatos impuestos por respeto a posiciones de las organizaciones. En las nuevas condiciones de competitividad esta concepción reclamaría la liquidación de esta práctica.

Esta disyuntiva es un falso dilema. Hacer creer que los sectores fueron creados para ganar elecciones, confunde poder con voto, olvida que fueron creados para mantener el poder, más allá de los procesos electorales. Afirmar que deben desaparecer porque no ganan elecciones es ignorar que éstas se ganan con la estructura territorial y que el poder se conserva por la sectorial.

Una opinión creativa refiere la necesidad de analizar las condiciones particulares de cada sector para proponer reformas; en el popular de agrupar y vincularse con los movimientos emergentes; en el obrero de agrupar al nuevo sindicalismo; y en el campesino, ante el fin del reparto, reeditarse e impulsar a la nueva clase de trabajadores rurales, jornaleros migrantes, la integración productiva de las comunidades indígenas y la organización económica de segundo piso.

*Secretario Técnico del Movimiento Territorial.