ECUACIÓN*
PARTIDO Y GOBIERNO EN MÉXICO

VICENTE FUENTES DIAZ**

Desde hace tiempo plantee la necesidad, más apremiante cada día, de revisar críticamente la tesis que habla de la absoluta hegemonía priísta en la vida de este país durante los últimos 70 años.

Parecería, a primera vista, que tal revisión sería inútil porque a estas alturas nadie duda de la preponderancia priísta en ese largo lapso. Pienso, contrariamente, que la tesis requiere ser matizada porque ello ayudaría a caracterizar mejor lo que ha sido, políticamente, la vida de este país en las últimas décadas.

Para hablar con propiedad de que ese periodo ha sido de incontrastable hegemonía del PRI se habría necesitado demostrar, de modo riguroso, que tal fenómeno ha sido a todas luces innegable y evidente, lo cual, en estricto rigor, no ha sido así; al menos no lo ha sido con la característica que se le atribuye. Los gobiernos que se han sucedido de 1929 a la fecha se han apegado, en primer lugar, a la Constitución General de la República, y sólo en segundo término han respondido a su origen partidario y a influencias momentáneas. Esto último ha sido condicionado por el grado de conciencia partidista de los altos funcionarios y porque la acción priísta hubiese sido muy penetrante, de un incontrastable espíritu rector. Los hechos han demostrado que las cosas no se han dado siempre así y que es indispensable analizar con cuidado cada etapa y cada gobierno.

Pondré un sólo ejemplo: la nacionalización petrolera, quizá el hecho político y social más trascendente del siglo XX en la vida mexicana, no fue producto directo del programa partidario, sino fruto de una serie de circunstancias que desembocaron, convergentes, en la gran decisión de 1938.

Sería un tanto ocioso hacer la relación pormenorizada de ese proceso. Baste decir que fue un esfuerzo nacional prolongado, incluso contradictorio en cierto grado, que comprendió desde la organización sindical de los petroleros hasta el fallo de la Suprema Corte, que condenó a las empresas a pagar determinado aumento a los trabajadores de la industria. Obró también, de manera definitiva, la audacia histórica del Presidente Cárdenas. Es posible, muy posible, que de no haber mediado entonces la decisión del patriota mandatario, la nacionalización se habría dado de todos modos, dado que cristalizó una aspiración que fue conformándose con el transcurrir de los años. Lo concluyente fue que la expropiación se dio por la decisión del mandatario, clamorosamente apoyada por el pueblo, pero sin haber estado inscrita, de modo expreso, en el programa del PNR-PRM. Sólo en cierto modo, por tanto, el Partido tuvo que ver, con antelación, en las grandes decisiones del poder público.

Malamente, pues, se puede hablar de «70 años de gobiernos priístas» si con ello se quiere significar que la influencia del Partido ha estado presente, clara y expresa, en los actos del gobierno durante ese largo lapso. El enunciado sólo es justo si se quiere hablar del respaldo activo del PRI a las decisiones del gobierno, pero no como una decisión partidista que hubiese inducido al poder público a la toma de las grandes decisiones. Lo que sí ha existido es el aprovechamiento oficial –justo y legítimo– de la influencia y de la acción del partido para darle cauce y solidez a las determinaciones sustanciales del propio gobierno.

Y aun en este aspecto la realidad no abona íntegramente la relación partido–gobierno como una ecuación en que el programa y la acción del organismo político hayan determinado siempre las acciones oficiales. Ha habido momentos, y no pocos, en que el Ejecutivo no ha podido o deseado aprovecharse de la acción del partido para darle a sus propias decisiones un apoyo masivo de tal magnitud que hubiese facilitado el logro de esas determinaciones. Tal circunstancia ha debilitado la acción oficial, y esto debe reconocerse.

Interpreto este hecho como expresión del temor presidencial de ver crecer a su lado una fuerza política que, aun afín, podría en cierto momento contrarrestar la omnipotencia del propio Ejecutivo. Este es el resultado histórico del régimen presidencialista que nos rige.

De todo lo anterior se puede concluir que los «70 años de gobiernos priístas» es una tesis que generaliza, por comodidad de definición, lo que ha ocurrido en esas siete décadas, pero no es un hecho histórico, incontrovertible, que se haya dado en la realidad. Lo ideal habría sido que la acción gubernamental hubiese respondido, en todo momento, a la influencia del partido, ideológica y práctica, pero en los hechos no ha sido así. Y no se ha dado de esa manera porque el Presidente de la República, cabeza pensante y actuante del gobierno, ha actuado en función de factores imponderables, ajenos muchas veces a su voluntad, o bien por su inspiración personal, diferente en muchos casos a lo que podría significar la influencia directa del partido.

Será necesario, pues, que cada etapa de gobierno sea analizada en su propio contexto histórico, a fin de que el examen sea riguroso, de un gran realismo, lo que en manera alguna significa que se le desligue de los hechos que la preceden y que en mucho la explican.

*Artículo aparecido en Excélsior (pag. 4), el 26 de septiembre de 2000. Por su pertinencia en el debate actual sobre nuestro Partido, se presenta a los lectores de examen, con autorización del autor.

**Legislador, periodista, politólogo.
Presidente de la Comisión de Honor y Justicia del CEN del PRI