"UN DESTINO COLECTIVO EN TORNO A UN PROYECTO NACIONAL..."

Hacía tiempo que no nos preguntábamos, con una pregunta imperiosa y decisiva, dictada por el instinto y hundida en la emergencia, ¿qué hacer? en y con el Partido Revolucionario Institucional, nuestro partido. Hoy día, ésta es una manera de formular dos interrogantes fundamentales, que se hallan en el fondo de las inquietudes que compartimos. Por una parte, cuál es el quehacer del partido en la nación, y el de nosotros mismos –sus militantes– en ambos círculos concéntricos de la vida política. Por la otra, cuáles serán los motivos para seguir siendo priístas y conservar unido y activo a nuestro partido cuando llegue el 1º de diciembre y cambien radicalmente algunas de las condiciones primordiales que hasta ahora influyeron en la militancia de muchos priístas y en la unidad de esta organización política. En otros términos: cuando el Poder Ejecutivo, con su enorme capacidad de convocatoria, pase a otras manos y los priístas nos quedemos solos con nuestras convicciones, nuestros proyectos y nuestro partido.

Tuvimos las respuestas para todas las preguntas. Caminamos a la luz o bajo la sombra de aquellas respuestas. Durante setenta años bastó esa certeza fundamental, sólo alterada por incertidumbres menores y ocasionales. Ya no es así. Ya no será así. Por eso debemos preguntarnos, como lo propone este foro, ¿qué hacer en y con el partido?; ¿qué hacer ahora mismo?, antes de que sea demasiado tarde y nos enfrentemos, de nuevo, con un futuro que no previmos, o que previmos pero no resolvimos. Es indispensable que aportemos, entre todos, una respuesta que nos convenga y nos convenza, que reúna todas las posibles respuestas de nuestros militantes y de nuestras organizaciones. Así sortearemos la circunstancia y erigiremos la nueva etapa de nuestra historia. De lo que no hay duda es de que ésta no será –no podría ser– la simple prolongación de un capítulo concluido. Hay páginas que dejaron mucho y bueno. Estamos orgullosos de ellas. Podemos beneficiarnos de esa herencia. Pero lo que ahora sigue es, obviamente, lo que está adelante.

Los fundadores previnieron el sentido y el destino. A ellos se acomodaron la estructura y la estrategia, y de ahí provino un discurso optimista sobre el universo conocido. Ha llegado la hora de cambiarlo. Si no lo hacemos, sólo giraremos en torno a un eje, sin avanzar verdaderamente. Es verdad que nuestro partido tuvo la virtud, entre otras, de acompasar su existencia al progreso del mundo en que nacimos. Y lo es que sostuvo, con razonable congruencia, un haz de tradiciones y promesas persuasivas. Sin embargo, llegó un momento en que ese mundo aceleró la marcha, y nosotros no lo hicimos. Por otra parte, ciertas novedades, distantes de nuestro ideario, alejadas de nuestras creencias y contrarias a la exigencia del pueblo –este pueblo concreto–, impulsaron a veces nuestras velas en una dirección extraña. Y al cabo descubrimos que muchas de nuestras palabras no convencían ni nuestras ofertas entusiasmaban. Lo vimos el 2 de julio del año 2000, cuando se reveló la fotografía de una realidad que ya estaba ahí, lejos de nuestra precaución y de nuestra conciencia.Se había puesto la simiente de una derrota que ahora es enseñanza y de una circunstancia que hoy es oportunidad de renovación y grandeza. Por eso estamos aquí, preguntándonos –con franqueza y entereza– ¿qué hacer?, desde ahora, con este gran partido en el que muchos mexicanos seguimos cifrando la confianza y la esperanza.

No obstante la apariencia, esa pregunta tiene un sentido que va más allá de nosotros mismos. Si sólo se tratara de saber qué será de nosotros en esta hora difícil, la respuesta interesaría a quienes formulan la pregunta, y a nadie más. Pero lo que nos preguntamos ahora mismo es más, mucho más que nuestro destino personal. Nos preguntamos por un destino colectivo que se resume en un proyecto nacional. El pragmatismo exuberante que otros practican –como sucede, por ejemplo, cuando convienen raras alianzas, que prescinden de la convicción y militan contra la naturaleza– hace suponer que sólo nos interesa el proyecto individual y la suerte personal. Sin embargo, no es así. Lo que nos mueve es, precisamente, lo que nos trasciende. En ello –y sólo en ello– está el motivo para la supervivencia del partido y la razón profunda de nuestra militancia.

El partido se fundó, en un trabajo lúcido y enérgico, con el propósito de mantener en el poder a la Revolución Mexicana y formalizar la búsqueda de sus objetivos históricos. Ahí residía su idea de la libertad, de la justicia y de la democracia. Sabemos que así caminaron el partido y sucesivos gobiernos revolucionarios. Es absurdo decir que la Revolución Mexicana significa un retroceso, que es ocioso insistir en ella, invocarla y ponerla en la divisa del partido y en la entraña del discurso; que ha perdido actualidad y se debe olvidar y silenciar, como lo han hecho, en ocasiones, algunos de nuestros candidatos y de nuestros gobernantes, en una suerte de amnesia o de vergüenza que nos han costado identidad y sufragios.

Es absurdo, porque la Revolución –cualquier revolución– es, en esencia, un impulso moral, una exigencia colectiva, un proyecto de vida que sólo pierde vigencia cuando sus pretensiones se instalan en la realidad o se ven contradichas de manera irreparable. Entonces no habrá más revolución. No será necesaria. Habrá llegado a su meta o la habrá perdido para siempre. Entonces, y sólo entonces, se podrá olvidar y reposar. Sobra decir que eso no ha ocurrido en México, y por mucho tiempo no sucederá. Ni hemos llegado a la meta ni podemos aceptar, a pesar del 2 de julio, que los ideales de la Revolución se han extinguido y que los partidarios que conserva –entre ellos, nosotros mismos, los militantes del Partido Revolucionario Institucional– debemos capitular.

¿Dónde perdimos el hilo de nuestra propia tradición, que era también, obviamente, el hilo de nuestro propio destino natural, y además de nuestro atractivo electoral? Lo perdimos, sin duda, cuando dejamos de llevar el pulso de la nación, negamos las alianzas históricas, preferimos a los menos sobre los más, abandonamos el signo nacional, aplicamos el breviario de la perfecta dependencia, cesamos de escuchar el rumor de la tierra, desconocimos la transformación de la sociedad, permitimos que nuestras palabras oscilaran entre un torrente envejecido, que nadie quiere, y otro aséptico y neutral, que nadie entiende. Lo perdimos cuando dejamos de saber que México tenía un camino propio para el desarrollo, al que entonces llamábamos vía mexicana, y que hoy, importada, algunos nos proponen como sorpresa y novedad. Lo perdimos cuando se creyó que lo universal pugna con lo nacional, y se resolvió el dilema –un dilema falso, por supuesto– en perjuicio de lo nacional. Lo perdimos cuando se extremó el contraste entre los hechos y las promesas.

Perdimos, en consecuencia, cuando cesamos de atender a lo que dice, con justicia y prudencia, nuestro Programa de Acción: es preciso convertir la voluntad popular en actos de gobierno, no a la inversa: convertir los actos de gobierno en voluntad del pueblo. Lo primero nos instala en la verdad; lo segundo, en la mentira o la ilusión. Ya sabemos el precio. Por eso se previno: si el partido no vota por el pueblo, en cada foro al que llegue su representación, el pueblo dejará de votar por el partido, en cada urna a la que llegue el sufragio. Ahora sabemos que así puede ser. La paciencia se agota y cede el sitio a la insurgencia, que opera en el secreto de las casillas.

En este foro nos preguntaremos por la ideología que compartimos –a despecho de quienes sostienen que se puede vivir sin ella y que esa vida vale la pena– por el partido que somos y el que queremos, por la democracia que tenemos y la que deseamos. Creo que somos todavía, pese a todo, un partido nacional y popular, arraigado en la mayoría de la población y comprometido con ésta y con su exigencia tenaz: la justicia social. Ese es nuestro origen remoto, que tiene un par de siglos, y ese nuestro pasado cercano, que proviene de la fundación formal y se ha mantenido –con oscilaciones y retrocesos, claudicaciones y afirmaciones– en los mejores años de nuestra vida y entre los mejores hombres y las mejores mujeres de nuestra organización. Pero lo más importante es que ese es nuestro porvenir natural y racional, político y moral. Muchos dirían, y yo con ellos, que esa filiación y esa posición nos conducen hacia la izquierda del espectro político, donde se oye más el clamor y se sirve mejor la demanda de la muchedumbre.

Y también nos preguntaremos por la democracia. Nos hemos enfrascado en el desarrollo de la democracia formal, que se concentra en los organismos electorales y el buen desempeño de los comicios, como si esa fuera toda la democracia posible. Hemos atendido la reclamación –que es perfectamente atendible– de una democracia sin adjetivos. Pero al prescindir de éstos también se prescinde de los más grandes y graves compromisos. Los seres humanos no carecemos de adjetivos; por el contrario, vivimos con ellos y para ellos: somos obreros, maestros, campesinos, estudiantes.Con esta predilección por la democracia formal, que llega a ser exclusiva, ignoramos la otra expresión de la democracia: sistema de vida, fundado en el constante mejoramiento del pueblo. Y también ignoramos que quienes depositan su voto en las urnas no son ciudadanos en abstracto, sino seres humanos en concreto. El PRI ha hecho contribuciones fundamentales a la democracia en México. En setenta años no tuvimos dictadura; ni perfecta ni imperfecta. Marchamos sobre el camino de la democracia, incluso cuando el PRI era partido hegemónico y casi no tenía adversario al frente.Nuestro partido amplió, deliberadamente, la base popular del poder. Esa ha sido la verdadera transición: hecha en mucho tiempo, por muchos mexicanos, paso a paso, con visión y rigor. No coincido con la idea de que nuestro país entró definitivamente en la democracia cuando el PRI fue derrotado en los comicios. Si así fuera, nuestro partido no tendría razón moral de existir.

Estas mismas ideas pueden informar nuestra versión del Estado y de la reforma que hoy queremos reanudar. Si el Estado es instrumento para la felicidad de los ciudadanos, la reforma del Estado no se reduce a la ingeniería constitucional, la reforma administrativa, el trasiego de atribuciones, la relación entre los poderosos. Esa es una versión aristocrática o estructural sobre la reforma del Estado, con escaso calado ético y mínima penetración social. La reforma del Estado –que tampoco se refiere a Estados en abstracto, sino en concreto: en nuestro caso, el Estado mexicano– comprende la suma de las tareas del Estado frente al individuo y la sociedad, se traduce en beneficios inmediatos para éstos y atañe, por lo tanto, al conjunto de la nación. De ahí que ésta deba tomar la obra en sus manos y hacer con ellas la reforma que necesite y disponga.

El quehacer supone el ser. Debemos ser primero. Lo dicta la razón. Lo exige el instinto de conservación, que los priístas podemos desarrollar. Hay asedio. Pronto crecerá. Ya vemos su desempeño. Lo veremos mejor a partir del 1o de diciembre que se avecina, una fecha crucial para nuestra integridad, nuestra fortaleza y nuestra convicción. Se acosará al partido y a sus militantes. Jamás propondría, en este partido de mujeres y hombres libres, que han recuperado la voz y la decisión, una versión de unidad que congelara las expectativas, proscribiera la crítica, impusiera el silencio y restaurara la obediencia, sucedáneo indigno de la disciplina. Hemos salido de todo eso, y no queremos regresar.

Pero es la hora –precisamente porque la batalla no cesó el 2 de julio, sino apenas comenzó, y durará mucho tiempo– de mantener la unidad en nuestras filas, que podrían ser diezmadas, si no acreditan y ejercen su fuerza en la virtud de la unidad. Unidad que exista. Unidad que se vea. Hoy, que desaparece la energía que provino de fuera, subsiste la que se hallaba dentro: energía natural de un partido, que se sostiene y conduce, avanza y defiende con y por disposición de sus militantes.Desaparece la línea vertical, que operó desde la cumbre, y aparece la horizontal, que opera en el valle donde todos residimos y nos encontramos.

Esto implica una infinita conciliación de intereses legítimos y voluntades enérgicas. Hay que ensayarla, con perspicacia, inteligencia y humildad. Convencer, mejor que vencer. Conciliar, mejor que imponer. Así, los proyectos personales cederían a favor del proyecto colectivo. El primer propósito de éste, por cierto, es mantener el barco a flote y los pasajeros a salvo, porque ahora todos corren riesgo. En este momento, la discordia, la reticencia, el abandono, serían suicidio. Más que dar el partido a cada uno lo que cada quien ambiciona, debe recibir lo que cada quien pueda aportarle. Generosidad, que es clarividencia, sería la única consigna razonable.

Los gobernadores priístas, los diputados, los senadores, los sectores, la estructura, tienen una fuerza enorme si están unidos: la fuerza que se necesita para mantener vivo al partido y amparados a sus integrantes contra la tentación de reducirlos, excluirlos o suprimirlos. Unidos tienen, sobre todo, la posibilidad de sostener e impulsar, contra viento y marea –que serán muy intensos–, el proyecto de nación soberana, libre y justa que nuestro partido postula. Si aquello es importante, esto es trascendente. Desunidos, podrían ser vulnerables en los encuentros que inexorablemente les aguardan. Su vulneración, que sería deplorable en términos personales o institucionales, resultaría catastrófica en términos históricos. Significaría el crepúsculo de una idea, una razón y una propuesta que la mayoría de los mexicanos ha sostenido frente a sucesivas minorías.

La deliberación que se realizará en esta jornada tiene un objetivo práctico, aunque se traduzca en expresiones doctrinales. Ese objetivo es el vigor del partido y de lo que esta organización representa y defiende. No buscamos acumular ponencias. Buscamos poner en movimiento la energía del partido y resolver la incertidumbre que pudiera haber –y la hay, sin duda– entre los priístas de toda la República. Obviamente, nuestras conclusiones no serán absolutas e irrevocables. Rechazamos los dogmas, y no incurriremos en ellos. Pero aquéllas podrán mostrar el camino para que nuestro partido abra un nuevo capítulo de su historia. En éste, el Partido Revolucionario Institucional, que se dirige a su gran Asamblea renovadora, deberá reinstalarse en el lugar que le corresponde: el corazón, la confianza, la esperanza de los mexicanos. Con ello mantendrá el poder que tiene y recuperará, en breve plazo, el que perdió en una primera batalla de la contienda larga que nos aguarda.

Nuestras reflexiones pueden y deben traducirse en respuestas, y éstas en propuestas. La democracia moderna se eleva sobre la noción del pacto social, que sigue siendo fecunda y enérgica. Como en el origen y conforme al sentido de toda sociedad democrática, habrá que plantear un pacto, doble pacto inicial de una nueva relación duradera. Para el exterior, donde los otros mexicanos observan y esperan, debemos proponer un pacto social que perciba la realidad emergente, admita sus reglas, reconozca sus protagonistas, asuma sus necesidades y emprenda los cambios indispensables, tan radicales como la vida lo demande. Para el interior, donde los priístas queremos mantener nuestra vigencia, debemos celebrar un pacto social entre nosotros mismos, que despida la época que concluye y reciba la que comienza: un pacto que despeje el horizonte y recoja el proyecto de cada uno en el proyecto de todos.

La deliberación de los priístas comenzó hace tiempo. Ahora sale a la luz pública. Lo que permaneció en el coloquio, puede y debe salir a los foros abiertos de un partido que se renueva, y formar el nuevo discurso inquirente y propositivo que ahora necesitamos. Este es uno de esos foros. Debemos enfrentar el tema de nuestro propio reencuentro, y desde aquí comenzar, con ánimo renovado, el reencuentro con la sociedad de nuestros conciudadanos. Sabemos que es difícil, pero también que no es imposible. Otras veces lo hemos hecho. Lo haremos ésta, si queremos hacerlo. Y ciertamente queremos.

Intervención de Sergio García Ramírez, encargado de la Secretaría General del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional, en la inauguración del Foro Nacional Discutamos el Partido.¿Qué Hacer?