EDITORIAL
Un
mismo poder, aunque bajo otra forma de gobernar, se perfiló
entre los mexicanos en las recientes elecciones.
Nuestro
sistema político inició, a partir del dos de julio,
una carrera hacia la experimentación democrática.
Ante la imposibilidad de que el PRI conservara su signo de partido
del poder, quedaron en evidencia dos tiempos sociales, dos tesituras
políticas, dos temperaturas y dos modos de entender el
presente y el porvenir: uno convive con resabios coloniales que
no tienen solución bajo el modelo existente; el otro dialoga
con los países más avanzados en lo que respecta
a los privilegios de la minoría, el movimiento de capitales
y la capacidad de participar en la dinámica global.
Continuamos
siendo, por tanto, un país dividido.
Sin
embargo, en medio de esta realidad, se desarrolla el mejor legado
de nuestra historia. Aunque todavía insuficientemente representativo,
ese México que concentra logros profesionales y niveles
satisfactorios de bienestar, nos indica que la lucha contra la
pobreza y la miseria no puede perder de vista que ése,
el modelo de vida de la clase media, justamente es el que hay
que ensanchar para dignificar a los marginados.
Unificar
en equilibrio nos señaló el electorado
es la tarea a lograr. Abolir los extremos, fortalecer las expectativas
vitales de la mayoría y crear instrumentos para hacer de
la justicia social una realidad confiable. Estas son y deben ser
metas políticas fundamentales.
La
ciudadanía lo exigió. Su madurez electoral demostró
que la sociedad, cuando organizada y decidida, es más fuerte
y persuasiva que los poderes constituidos.
El
cambio, de tal modo, resulta inminente. Cambiar para mejorar.
Transformarse para hacer del estilo de gobernar y de la acción
partidista una obra a la altura de las exigencias ciudadanas.
De otra manera perderíamos nuestra razón de ser
como instancia representativa; como eficaces intermediarios entre
las presiones del poder y las necesidades comunitarias.
El
compromiso social fue la gran motivación en los orígenes
del PNR-PRM; hoy vuelve a determinar nuestro ideario. Cumplirlo
bajo las nuevas condiciones requiere extraer de raíz los
atavismos que a la fecha obstaculizan el salto hacia una nueva
concepción de partido, de proselitismo y de aspiración
política, sin la cual el PRI se quedará a la zaga
de nuestro tiempo, de la democracia y hasta de la misma sociedad
que lo dota de sentido.
Si algo quedó claro en las urnas fue que los sistemas de
poder se agotan. El presidencialismo llegó a su término
bajo las condiciones aceptadas durante casi todo el siglo XX.
Hoy comienza el porvenir.
Es
la hora en que la sociedad dicta sus propias normas. Al PRI corresponde
eliminar lo caduco de su propia estructura para convertirse en
paradigma político de apertura y democracia.
Concluida
la etapa de subordinación, centralismo y dependencia del
Ejecutivo, nuestra estructura debe rehabilitarse mediante la formación
rigurosa de priístas dotados con verdadera conciencia social.
Hay que insistir en que un partido sin políticos no es
más que un fardo que entorpece la vida social del país.
Conciencia
social, aptitud, liderazgo y probidad, son los requisitos indispensables
para el priísta del siglo XXI.
José
R. Castelazo
