EL
CONGRESO DE LA UNIÓN ES BALUARTE DEL
INTERÉS SOCIAL Y LA PLURALIDAD: BEATRIZ PAREDES
Este
año 2000 es inédito en muchos sentidos, desde el
punto de vista de la política, sus símbolos y ritos.
El mensaje del Dr. Ernesto Zedillo con motivo de su VI informe
de gobierno, estuvo precedido por ocho intervenciones de los partidos
actualmente representados en la Cámara de Diputados. En
su turno, la diputada Beatriz Paredes Rangel, Coordinadora del
Grupo Parlamentario del PRI , hizo una profunda reflexión
sobre el momento político que se vive en nuestro país
y el propio Partido; examen publica el texto íntegro este
discurso, que sin duda, resultará del interés de
nuestros lectores.
Acudo
a esta Tribuna, con orgullo de militante del Partido que fue factor
esencial de la estabilidad política y la transformación
del México del siglo XX. Participo, con la responsabilidad
de quien representa en esta Ceremonia a las Bancadas que hacen
la mayoría relativa en el Senado y la Cámara de
Diputados. 60 Senadores priístas y 211 Diputados, integran
la fuerza del Partido en el Poder Legislativo de la Unión.
A aquellos que nos brindaron su respaldo para acceder a esta representación,
nuestra gratitud y compromiso de congruencia. A la nación
entera, a todo el conjunto social, la certidumbre de que seremos
parlamentarios responsables, conscientes del momento histórico
que atraviesa el país, capaces de seguir el ritmo de la
sociedad actual, llegando al consenso cuando del interés
superior del país se trate, y siendo enérgicos en
la divergencia cuando de afectar principios, conquistas o expectativas
sociales se refiera.
A
la LVIII Legislatura del Congreso de la Unión, le corresponderá
ser la primera del siglo XXI mexicano y del nuevo milenio. Este
siglo XXI en el que el pueblo de México quiso mostrar,
a través de sus instituciones, su rostro plural y diverso.
Pero no nos engañemos, la proyección del voto ciudadano
en el Poder Legislativo implica que ninguna de las fuerzas políticas
aquí representadas puede legislar por sí misma,
resultando indispensable el acuerdo entre diversos Partidos para
lograr la mayoría absoluta y la necesaria convergencia
del Partido Revolucionario Institucional con el Partido Acción
Nacional cuando se requiera de las dos terceras partes para realizar
reformas constitucionales. El voto ciudadano no desechó
el criterio del PRI para la toma de decisiones fundamentales.
Efectivamente,
no nos engañemos. Al nuevo Presidente de México
lo eligieron cuatro de cada diez votantes. Así se expresó
la regla de la mayoría en la elección presidencial,
nada menos. Pero nada más. El mensaje del electorado deberá
derivar en prudencia, tolerancia y apertura de todas las fuerzas
políticas que ejerzan el poder público, tanto en
el Poder Ejecutivo como en el Legislativo. En este México
de hoy, nadie detenta la unanimidad.
No
llego a este Foro con el rostro bajo, la mirada huidiza o la voz
titubeante; que no confundan los analistas, que no magnifiquen
nuestros adversarios y nuestros detractores: el PRI perdió
la elección presidencial, pero no está aniquilado.
Detrás de cada uno de los legisladores, Diputados y Senadores
que ostentan nuestra divisa en el seno de las Cámaras,
está una genuina representación social y el legado
de la corriente histórica que estableció el principio
de igualdad de todos frente a la Ley; la libertad de los mexicanos
de pensar, de escribir, de expresar y de crear; de reunirnos y
asociarnos; la libertad de conciencia y de cultos. Que forjó
al Estado Mexicano como un estado laico, democrático y
federal, que consagró a la educación como un derecho
universal a través de la Educación Pública
y el Libro de Texto Gratuito; que distribuyó más
de la mitad del territorio nacional, a través de la Reforma
Agraria y reconoció patrimonio y espacio social al campesinado;
que reivindicó la propiedad de la nación sobre los
hidrocarburos, que perfiló un sistema de economía
mixta, alentando la inversión privada con sentido social;
que consagró el Derecho de Huelga; que instituyó
la Seguridad Social; que, en síntesis, estableció
las bases del México moderno y realizó las reformas
estructurales que nos pusieron a tono con el entorno mundial de
nuestro tiempo.
En
este largo proceso, el PRI evidenció siempre su aptitud
no sólo para renovarse, sino para renovar a las Instituciones
del país y ensanchar los cauces democráticos por
los que habría de transitar el México contemporáneo.
Baste
recordar que la Reforma Electoral de 1977, que confirió
a los Partidos políticos el carácter constitucional
de Entidades de interés público e incorporó
la participación de fuerzas otrora marginadas, fue votada
sólo por el PRI. Baste recordar que las sucesivas Reformas
Electorales contaron siempre con la concurrencia del PRI, y que
la de 1996, fue votada sólo por nuestros correligionarios,
porque teníamos que actuar con responsabilidad frente a
la exigencia mayoritaria de la ciudadanía y en concordancia
con la convicción democrática que ha animado nuestros
mejores momentos.
A
los logros que con rigor histórico nadie podrá escatimarnos,
habrá que sumar también problemas, desaciertos e
insuficiencias. Sin duda, el continuo gobernar implica un proceso
de desgaste; y gobernar un país que vivió 300 años
de coloniaje, en el que se engendraron desigualdades sociales
abismales y procesos de discriminación que no hemos sabido
erradicar; gobernar un país, cuya vecindad geopolítica
marcó su sino en el siglo XIX y el modo de su inserción
económica en el siglo XX; gobernar una nación pluriétnica,
pluricultural, que se ha multiplicado por más de seis veces
en los últimos 100 años, ha representado un grave
reto. Y en el claroscuro del juicio al PRI, en muchas ocasiones
se encuentra poca objetividad y también mezquindad política.
De los errores sabremos ocuparnos los priístas -ya nos
dio su veredicto el electorado-, nos haremos cargo también
de realizar las reformas internas necesarias e ineludibles para
reforzar nuestro lugar en el espacio social; para ampliar nuestra
representatividad; para construir vínculos con las nuevas
causas del nuevo protagonismo ciudadano; para que, en fin, los
mexicanos acrediten que somos una opción viable, democrática
y experimentada para un buen Gobierno.
Quienes
creemos que la política es el instrumento privilegiado
de la civilización humana para transformar la historia,
pensamos que debemos aquilatar con estatura moral y con visión
de Estado el espíritu de cambio que anima a la sociedad
mexicana, para que nuestro accionar se le corresponda.
Todas
las ofertas que contendieron el pasado 2 de julio presentaron
una propuesta que tenía como eje el cambio; en el fondo,
los votantes se expresaron, todos, a favor de planteamientos que
proponían cambios, con diversas intensidades y matices,
con diferencias, pero, finalmente, lo que aglutinó a la
ciudadanía es una vocación por la renovación
que caracteriza a los tiempos nuevos de la patria, ésa,
que asoma su rostro joven en las Universidades, ésa, que
emigra al norte a buscar empleo y sustento, ésa, que puebla
urbes y megalópolis, en el país latinoamericano
que constituye la décima tercera economía del mundo.
El
compromiso es mayúsculo; debemos evitar recaídas
personalistas y monopolios de poder. Debemos reconocer sin ambages
que la política no goza de prestigio entre muchos mexicanos
y que los políticos en general somos vistos con desconfianza.
Tenemos por delante la tarea de demostrar que la política
no es una actividad facciosa. Deberemos acreditar, con hechos
tangibles, que sabemos y podemos construir los nuevos escenarios
que la nación necesita y espera.
Nuestro
papel es claro:
Privilegiar
la capacidad de iniciativa de los legisladores, respondiendo a
los compromisos adquiridos en el proceso electoral, y encontrando
los acuerdos pertinentes para que las iniciativas con sentido
social y las que sean básicas para continuar el desarrollo
del país se conviertan en Leyes.
Asumir
la trascendencia de formar mayoría relativa en el Congreso
de la Unión, y ser al mismo tiempo una opción distinta
a quien encabezará el Poder Ejecutivo a partir del 1°
de diciembre. Distinta, que la supone antagónica y opositora
a todo aquello que lesione principios, cancele conquistas, distorsione
la naturaleza popular, democrática, representativa, laica
y soberana del Estado Mexicano; distinta, que con originalidad
y perfil propio, evidencie que es posible se oposición
seria, constructiva, en la legalidad y en la congruencia pertinente
en aquellas cuestiones válidas para el interés público
y de las mayorías sociales; distinta, pues a la vez que
nuestro origen partidario es diferente al de quien ejercerá
la Presidencia, somos corresponsables de la conducción
gubernamental Federal en el Poder Legislativo de la Unión;
lo somos en lo niveles de las Entidades Federativas, a través
de Gobiernos Locales y de Congresos de Estados, lo somos también
en centenares de Ayuntamientos. Para los legisladores, reza válidamente
la sentencia de Jesús Reyes Heroles:
«Nuestra
obligación como representantes no se da exclusivamente
frente a los miembros y militantes del Partido, sino que tenemos
un compromiso de mayor alcurnia con la nación. Siendo parte
de la nación, debemos subordinar fines estrictamente partidarios
a los grandes propósitos nacionales.
Creemos
que los otros partidos tienen un compromiso igual ante el país.
Así
como la sociedad está arriba del Estado, la nación
está muy por encima de los Partidos. Éstos sólo
son organismos voluntarios intermedios entre la sociedad y el
Estado.»
Nuestra
Agenda Legislativa será de la mayor relevancia, construida
en el consenso al interior de la bancadas y con una visión
progresista, de compromiso social, de género, de evolución
democrática del Estado, de robustecimiento federalista,
de atención de los asuntos estratégicos del desarrollo
nacional cuya formulación no puede posponerse; nuestro
comportamiento cotidiano, nos permitirá estar permanentemente
vinculados a las expectativas regionales de nuestra representación.
Los
priístas vivimos esta etapa en medio de sentimientos paradójicos.
Compartimos la responsabilidad de haber respaldado durante 6 años
la gestión gubernamental de un Presidente que entrega un
país en paz social, con Instituciones constituidas, con
estabilidad macroeconómica y significativos avances en
las diversas materias de la función pública, y nos
encontramos ensombresidos, debatiendo, críticos, porque
nuestra campaña electoral, nuestro esfuerzo partidario
y la valoración del quehacer público a cargo de
nuestros correligionarios, no fueron suficientes para obtener
el triunfo en la elección Presidencial. Es cierto. El proceso
de decantamiento de esta nueva realidad política todavía
tiene su curso, así como la justipreciación sobre
el deber cumplido por parte del régimen. Será el
paso del tiempo, el que precise la justa valoración.
Apreciamos
los logros de la gestión realizada y en todo aquello que
beneficia a la sociedad mexicana y sustenta la viabilidad del
país, los legisladores estaremos atentos para cuidar su
vigencia y consolidación. Sabremos, también, adecuar
lo que, a criterio de nuestras bancadas, amerite revisión
o complemento, a la luz de los nuevos escenarios de la vida nacional.
Señoras
y Señores Legisladores:
Ubicada
en el parteaguas de la historia política contemporánea
de México, la LVIII Legislatura del Congreso de la Unión
puede constituirse en el espacio privilegiado del quehacer político
nacional, y en el eje del procesamiento de los acuerdos que le
den certidumbre y perspectiva al país que queremos ser
en el nuevo siglo. Quienes formamos parte de esta Institución,
enfrentamos el enorme desafío de prestigiar el papel del
Poder Legislativo, como representante legítimo de la pluralidad
social mexicana, como expresión decantada de las fuerzas
partidarias del país, como foro de debate trascendente
y con visión de futuro, y como un Poder de la Federación,
el que legisla la norma, que da armonía y cauce al devenir
social y dirime contradicciones en «la buena ley que a todos
honra y distingue». Un Poder de la Unión, que ha
de ser eficaz interlocutor ante el Poder Ejecutivo y correa de
transmisión del interés popular.
Sólo
podrá afirmarse que la transición política
de México corresponde a la vocación democrática
y de cambio que alienta a la ciudadanía, si contamos con
Cámaras de Diputados y de Senadores vigorosas y actuantes,
y si se propicia un mayor equilibrio entre los Poderes, si logramos
generar en nuestro pueblo la certeza de que el Poder Legislativo
será balanza y contrapeso fiel para evitar yerros y excesos
en el ejercicio de los otros Poderes. Un Congreso de la Unión
baluarte del interés social y de la expresión plural
de un conglomerado capaz de renovar Instituciones y seguir avanzando
en la construcción democrática. Tolerante y moderno.
Perceptivo y auténtico.
Legisladores
y cámaras a la altura del pueblo que les dio su mandato.
Que así sea.
