«La clase política en el Estado de partidos»*
Hilario Valenzuela**

*Beyme, Klaus von, La clase política en el Estado de Partidos», Madrid, Alianza Editorial, 1995

Excelente pieza de ciencia política. «La clase política en el Estado de Partidos», es un basto análisis en el que Klaus von Be-yme explica, con la característica rigurosidad de la academia germana, cual ha sido la evolución del concepto teórico y práctico de «clase política». Con ello, examina también el proceso mediante el cual las elites de los partidos se separan de su base, y lo que ocurre una vez perdido tal cimiento.

Es un estudio completo de lo que es la clase política como concepto abstracto de investigación y como objeto, parte fundamental del entramado social. Es en sí, un estudio de las elites del poder político, dentro del concepto empírico y racional de las clases políticas.

El autor califica el concepto de clase política, como de reciente cuño, siendo que surge como tal, apenas a principios del siglo pasado, pero es hasta las décadas recientes cuando el concepto se globaliza y toma cierta popularidad. A pesar de ello, comenta el autor, este sigue siendo, en gran medida, intercambiable con el hasta ahora más usado de «elite política».

En esos términos, el libro de Klaus von Beyme pretende demostrar la tesis de que la clase política es diferenciable de la elite política, a pesar de que las personas a las que se designa con ambos nombres son parcialmente idénticas. Con ello, define a la clase política como un cartel de las elites de los partidos; que aparecen sobre todo debido al desarrollo del Estado de partidos en la democracia moderna.

Generalmente, al referirnos a clase política, debiéramos pensar en la suma de las elites funcionales en el ámbito de la política, o sea, a un conjunto mayor de personas de las que se encuentran en la elite decisoria de los asuntos políticos.

A principios del siglo XX, Pareto en un ensayo sobre las elites del poder, ilustra esta diferenciación, en términos matemáticos y propone que «imagine-mos... una clase formada por las personas que tienen el índice superior en su rama de actividad y demos a esa clase el nombre de elite. Cualquier otro nombre, e incluso una simple letra, sería igualmente adecuado para nuestros fines».

Lo más importante es reconocer que la diferencia entre clase política y elite política no sólo es cuantitativa sino, mayormente, debe ser una diferencia cualitativa, en la que como lo explica Weber, la clase dirigente (un modo más preciso de identificar a la elite política) forma parte de la clase política, pero no al revés. Es decir, la clase política en su conjunto, y como tal, no es parte de la clase dirigente, aunque ésta se encuentre formada por diversas elites de la clase política y otras que en muchas ocasiones distan de lo político.

El objeto, la razón de ser y de actuar de la clase política tienen eje articulador en el control político. En cuanto a ello, comenta el autor, que los enfoques social-estructuralistas muchas veces tienen que trabajar con el postulado de que la elite misma es quien controla a la sociedad o a la política. Por el contrario, los enfoques más bien orientados a la acción, requieren una mayor fe en la capacidad de control del sistema político por sí mismo.

Bajo estos parámetros, resultado del análisis que el autor realiza sobre la clase política en el sistema de partidos, precisa que el abismo entre las elites y las no elites no se ha hecho mayor, sino menor, mediante la orientación que en la actualidad se hace de la policy (práctica política), que exige de la clase política, como principio de supervivencia, mayor sensibilidad respecto a las aspiraciones de las no elites.

Comenta además, que bajo los escenarios actuales se ha puesto de manifiesto otra paradoja: «los procesos mediante los que la clase política se distancia de sus electores se han hecho necesarios precisamente porque han aumentado la vinculación a los deseos de los electores a las posibilidades de presión de las minorias organizadas ad hoc en iniciativas ciudadanas». Si esto es expresado en términos funcionalistas, como lo describe el autor, significaría que debe existir un mínimo básico de distanciamiento entre la clase política y su pueblo, ya que esa distancia entre uno y otro se traduce en el margen de acción que tienen los primeros para poder cumplir con las aspiraciones de sus gobernados.

Ante tal argumentación, cabe aclarar que como lo dice Von Beyme, la clase política no es tanto una comunidad de actores que desarrolla una actuación conjunta concreta, sino la abstracción de ciertas tendencias de desarrollo de las sociedades modernas, en las que todos los actores que participan en el intercambio político generalizado pueden definirse como una clase política y como favorecidos de esas relaciones de poder.

Pero el concepto de clase política también debe anclarse en el aspecto de la organización de los partidos. Ya que a raíz del enfoque sociológico de Weber, se ha cultivado mayor comprensión para el desarrollo de la política como profesión, en la que el político no sólo vive para la política, sino también de la política, y su actuación política y social se enmarca en la vida de las instituciones del poder público.

En términos prácticos, y bajo un enfoque más integral sobre las relaciones sociales, el concepto de clase política tiende, de forma natural, a diluirse. Lo anterior dado que en ese concepto se incluyen las élites de muchos sectores que se «vedarian» el término «político». Esto debido a que en el marco de la clase política, la elite política debe servirse de la cooperación con las élites de otros sectores en los que la política quiere regular un problema. Más aún, en una sociedad globalizada, como se vive en nuestros días, es más claro que la clase política lucha por alcanzar una cierta autonomía respecto a sus electores, y estos en mayor medida y con mayor fuerza, a participar activamente del mundo de lo político, dejando a tras su papel de espectador.

Dado que la élite política está orientada a la acción, y la clase política incluye también a los políticos de segunda fila que solo tienen una participación periférica en las decisiones políticas pero que participan de sus privilegios, en escenarios plurales como el que vive nuestro país, ésta tiende a ser más gruesa, lo que hace que la elite política, dado su fuerte jerarquización, tenga menor movilidad y sea mayor su reciclaje. Por el contrario, la clase política es necesaria para el control que la elite política ejerce en otros ámbitos del tejido social, y por ello le es adyacente y necesaria para su legitimación.

Las experiencias recientes en nuestro país, el resultado electoral del 2 de julio y su saldo político, en términos de clase política y elite de poder, nos refieren a tiempos inéditos, en los que tal pluralidad y participación política, habrán de ser caldo de cultivo para el desarrollo de dos escenarios opuestos: el despliegue total de la creatividad y riqueza del pueblo mexicano, o la balcani-zación de los grupos de poder y la putrefacción del entramado social, agudizando las hasta ahora «administrables» pero inadmisibles diferencias abismales de nuestro pueblo. Lo que en mi opinión, y para nuestra fortuna, significa que el caer en uno u otro escenario, habrá de ser tarea no sólo de las elites, sino también y espero que en mayor medida, de los ciudadanos comunes y corrientes, de aquellos que en mayor o menor grado nos interesa la «cosa» pública.

**Analista político