EL PODER QUE QUEDA: LAS LECCIONES DEL PSOE
LUIS CASTRO OBREGÓN*

Es común, en política comparada, cometer el error de sumar peras con manzanas y emparejar, no sin cierta irresponsabilidad, prácticas históricas diferentes. Aunque también es cierto que existen tendencias globales, fenómenos parecidos y vasos comunicantes entre las fuerzas políticas de hoy en día, que permiten revisar paralelismos, distinguir similitudes y diferencias, así como asimilar experiencias de otras latitudes.

El error típico de la comparación entre México y España consiste en querer extrapolar la transición española a la situación mexicana y traer los pactos de la Moncloa a nuestros terrenos, sin entender que allá sí se vivió un cambio de régimen y que los pactos no fueron para garantizar el nuevo orden político que emergía, sino para afianzar la estabilidad de los factores de la producción, es decir, del también nuevo orden económico.

El gobierno del PSOE llevó a una España encerrada en sí misma y atrasada, al centro del escenario europeo y a la dinámica de los países más avanzados de occidente. Negociaron -no sin contradicciones- su ingreso a la OTAN y a la Unión Europea. Es cierto que el modelo de desarrollo neoliberal adoptado por los socialistas españoles comenzó el desmantela-miento de las instituciones del Estado de Bienestar, y que tuvieron que sortear dificultades económicas y problemas extremos de desempleo, pero también ha sido un hecho que lograron reinsertar a España en el mercado internacional con una gran competitividad en el sector terciario, primero, y en ciertos sectores industriales posteriormente.

Las características del régimen de monarquía parlamentaria en España impiden precisión en la comparación de su sistema político, como tal, con el mexicano, pero las características del PSOE como partido político y el proceso que lo llevó a perder las elecciones generales dos veces consecutivas –en 1996 y 2000– frente al Partido Popular, hasta llegar a la reciente renovación de su dirigencia nacional en julio pasado, permiten desentrañar algunas lecciones.

Acostumbrarse al poder. La dirigencia nacional del Partido y los miembros de gobierno socialista fueron olvidando que el poder es un medio y no un fin en sí mismo y esto no como una valoración ética, sino ontológica, que define las relaciones entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes, militantes, adherentes, simpatizantes, neutrales y contrarios. El Partido se acostumbró al poder, se desgastó en su ejercicio, perdió representatividad y no ha sabido, primero evitar la derrota y, después, ejercer la oposición para recuperar la presidencia de gobierno.

Alejarse de la sociedad. Al seno del Partido los diferentes intereses -incluso contradictorios- de la sociedad encontraban espacios de representación y, en el peor de los casos, de expresión. Con el correr de los años, poco a poco, casi sin sentirlo, como la humedad que va penetrando un muro, se fueron cerrando espacios y hubo un alejamiento que no solo estrechó la capilaridad entre la sociedad política y la civil, sino que, además, atrofió la capacidad para medir el desgaste de la imagen pública, para leer el descontento social y la irritación de la gente que llegaron a alcanzar niveles de hartazgo en grandes capas de la sociedad.

Exceso de confianza y soberbia. Ejercer el poder durante periodos largos permite observar como el discurso político que comenzó siendo movilizador, se convierte en instrumento de desmovilización; como la distribución de espacios de representación popular y de gestión pública generan adhesiones y corrientes de opinión a favor que, sumados a triunfos electorales consecutivos, a la lealtad burocrática y a un tejido de intereses oligárquicos, constituyen una red de alianzas que facilitan la gobernabilidad y la permanencia en el poder, pero que, simultáneamente, propician un exceso de confianza y actitudes de soberbia política. Se crea una lente que hace ver que quienes reaccionan en contra, quienes se oponen, adquieran la categoría de enemigos que no pueden entender «las razones de Estado» y «los intereses más altos de la nación» los que, de esta manera, son confundidos con los intereses del Partido.

Liderazgo extra partidario y disciplina ciega. Tener una dirección formal conviviendo con una fuerte figura afuera del Partido generó una bicefalia que se hizo aún más compleja cuando se pretendió democratizar la elección de candidato presidencial. Se generó así una esquizofrenia política que diluyó la eficacia y llegó a confundir tanto a las bases del Partido, como a la opinión pública. Aquí han sido corresponsables tanto quienes crearon esta situación, como quienes no sólo la permitieron, sino que, en aras de sobrevivir, se subordinaron a ella y la alentaron.

Sin relevo generacional. Una reducida rotación de cuadros dirigentes en el Partido, en el Congreso y en el Gobierno. La juventud, antes bastión de la movilización partidista y fuente de energía social, comenzó a ser captada por la oposición. Los cuadros más jóvenes fueron incorporados al gobierno, pero provenientes sólo de un núcleo social elitista específico, y con el requisito de la, eso sí extraordinaria, formación técnica en postgrados de las mejores universidades europeas y estadunidenses. La militancia dejó de ser espacio de ascenso político.

Existen múltiples enseñanzas que se pueden derivar del proceso que ha llevado al PSOE a una situación límite en su pasado Congreso, a partir del cual, se renovó la totalidad de su dirigencia nacional (alcanzando un promedio de cuarenta años de edad entre sus nuevos cuadros de dirección) y en el qué las corrientes internas optaron por dar el triunfo a una opción emergente, antes que permitir que la hegemonía histórica impusiera a su candidato. Quizá vale la pena detenernos en una reflexión más, pronunciada por un renombrado político del PSOE, después de perder las elecciones generales, esta sí aplicable directamente al PRI: «el Partido debe dedicarse a identificar y decidir cuál es la nueva mayoría social que quiere representar políticamente y reorganizarse para conseguirlo, en lugar de disputarse internamente el poder que le queda...»

*Analista político. Universidad Complutense de Madrid.