La relación entre los jóvenes y el PRI: ¿un proyecto cancelado?
Eduardo Topete

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La reflexión va encaminada a las lecciones que nos dejó el ejercicio electoral de julio pasado, particularmente aquella relativa a las formas posibles que asumirá la relación del partido con los distintos grupos sociales. El reciente desplazamiento del Partido Revolucionario Institucional como principal fuerza electoral a nivel del poder federal, que lo enfrenta a una situación inédita, obliga a un replanteamiento de la estrategia con la que en adelante habrá de vincularse con la sociedad.

Partiendo de la tesis de que la derrota del 2 de julio no implica per se la cancelación de su proyecto político y de su vínculo con los grupos de la sociedad, ello obliga a un replanteamiento de la estrategia con la que el PRI habrá de establecer una nueva relación con la juventud.

A partir del 2 de julio, la opinión pública alentó una versión de los hechos según la cual, la inclinación de los jóvenes hacia la personalidad y liderazgo de Vicente Fox habría sido un elemento central para que éste triunfara en las elecciones federales, movilizando a la opinión pública a favor del guanajuatense. Me parece que se tendría que analizar a fondo el significado de dicha participación juvenil.

Independientemente de la importancia que haya reportado el voto de los jóvenes en el triunfo de Fox, habría que reflexionar sobre la naturaleza de esta convergencia de intereses. Es indudable que el carisma del empresario guanajuatense ejerció un papel central en la orientación final de las votaciones, toda vez que, para muchos, pero especialmente para los jóvenes, Vicente Fox encarnaba una posibilidad real de cambio.

Conforme se desarrollaban las campañas, el discurso foxista fue permeando la opinión pública en torno a la necesidad de un cambio; cambio que la propia sociedad llegó a identificar de una manera insostenible con una simple transferencia de poderes. Insostenible porque el candidato del PRI formulaba también y de manera insistente la necesidad de un cambio en los sistemas político, económico y social del país, pero –a diferencia de Fox– sin convencer del carácter genuino de su propuesta a la población.

A medida que las campañas llegaban a una ríspida culminación, el debate entre las dos principales fuerzas políticas se centraba en torno a la noción de cambio. Por un lado, el PRI fue vocero de una propuesta de cambio con rumbo –léase: con contenidos– que no logró impactar plenamente en los electores. Por su parte, los Amigos de Fox, no así el PAN, apostaron a la efervescencia que provocaba en el electorado la idea de una derrota del PRI, cobrando mayor importancia que los mismos contenidos y formas que asumiría ese cambio.

La simplificación del discurso, a través de la reducción foxista de la noción de cambio a un cambio puramente procedimental y abstracto, centrado en la transferencia en el mando de la nación fue, no obstante, posiblemente el elemento que le permitió acercarse a la población joven del país.

Así, el voto joven, el voto por el cambio se convirtió en el voto de la moda. Sin que nadie tuviera una idea clara de dónde habría de parar el país con ese cambio, la gente votó por este último. Fue el momento de la convergencia entre un proyecto político construido alrededor de un líder carismático y un electorado juvenil que no temía al cambio porque lo único que reconocía en México era un país en situación de crisis permanente.

Muchos de los jóvenes que votaron por Fox y que orientaron otros votos en esta misma dirección serían parte de una generación sin identidad propia. No obstante, los mensajes de la campaña foxista («ya ganamos», «ya, ya, ya», «hoy, hoy, hoy», etc.) con todo y su vacuidad política e ideológica representaron más de lo que habrían conocido en todos los años de su vida, una esperanza nunca alcanzada con las administraciones priístas.

El equipo de campaña de Fox reconocía esta circunstancia y predisposición de la gente y alentaba el voto a favor del cambio por el cambio. Los jóvenes, ante la disyuntiva de votar por una oferta política que identificaban irremisiblemente como causa de su malestar, o por otra que se reducía a sacar al PRI de Los Pinos, sin cuidar demasiado los detalles de un proyecto de nación acabado y que permitiera mejores alternativas a la población juvenil, eligieron la segunda opción. De esta forma, en medio de un vacío ideológico y político, sin tener una idea clara de qué proyecto de nación estarían construyendo a través de su voto y participación política, los jóvenes habrían expuesto por fin a la sociedad sus reclamos.

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El divorcio entre el PRI y distintos núcleos de la población, entre ellos, los jóvenes, no es reciente. La inclinación hacia el candidato panista entre la población joven y la sociedad en general fue alimentada por periodos amplios en los que el PRI no habría sabido actualizar su proyecto político, a partir de una lectura apropiada de las transformaciones que experimenta la historia reciente de México.

Esta incapacidad para incluir en su proyecto a una sociedad cambiante a ritmos acelerados, a una diversidad creciente de actores e instituciones sociales y políticos, hizo que el PRI dejara de perfilar a las nuevas generaciones en el acceso y distribución del poder, con lo que dejaba de ser una opción real de movilidad social, económica y política para estos grupos, cediendo esta función a otros partidos y organizaciones políticas tanto emergentes como tradicionales.

Comprometido con un proyecto moderni-zador de la economía, el partido atendió las demandas planteadas por los grupos financieros internacionales, pero descuidando, con altos costos para esta institución política, el fortalecimiento de sus vínculos con los diversos grupos y organizaciones de la sociedad, incluyendo a los jóvenes.

Hasta 1980 el PRI era un medio de acceso al poder para la población juvenil con inquietudes políticas o vocación de servicio público. Pero a partir de estos años, se inician nuevas formas de reclutamiento político que inciden en la relación que guarda el PRI con los jóvenes.

Por una parte, se inicia un periodo de profunda crisis y transformación económica que reduce de manera drástica la capacidad del Estado de absorber a nuevos cuadros. En el campo, por ejemplo, la situación fue y ha sido crítica, pues la falta de oportunidades aceleró movimientos migratorios hacia los centros urbanos y los Estados Unidos. Por otra parte, en el escenario nacional, las universidades privadas y las extranjeras empiezan a ser los medios más viables de acceso a puestos de servicio público.

Desde otro frente, el divorcio entre las capas amplias de la juventud y el partido se agudiza a partir del boom de la subcultura de las bolsas de valores y otras nuevas profesiones, que se convierten en un medio para la proliferación de la imagen del joven exitoso, o yuppie. Históricamente, el PRI habría parcialmente asumido estos cambios en la estructura formativa y ocupacional en el país, a través de la inclusión de estos jóvenes exitosos (pero improvisados en el terreno de la política), en puestos claves de la dirección del partido, en lugar de tomar en cuenta a nuevos cuadros priístas, forjados en la disciplina del trabajo diario con las bases. Así, de repente, el partido se llenó de yuppies, mismos que en la campaña pasada, armados con celulares y títulos en universidades extranjeras, enrojecían al no saber responder qué era un seccional.

Para 1988 el PRI sufre la más fuerte escisión de su historia, de donde se derivará el PRD, institución que desde su inicio representó un gran atractivo para los jóvenes, ya que se convierte en una agrupación de izquierda que busca precisamente atraer el voto de los grupos marginados de la órbita del poder. A ello se suma la participación de actores y partidos distintos, entre ellos, los del Trabajo, Verde Ecologista y otras organizaciones políticas, que entran en una competencia abierta por captar la atención, no sólo de los votantes, sino de aquellos interesados en participar en el servicio público y en cargos de representación popular. En este aspecto, hay que destacar que los partidos políticos rivales del PRI han mostrado éxito en la inclusión de jóvenes entre sus cuadros. Por ejemplo, el PAN tiene el más bajo promedio de edad entre los senadores, además de contar con jefes delegacionales entre el rango de los 28 a 35 años.

La forma en que el PRI enfrenta esta nueva realidad es a través de viejos cuadros, camarillas y cacicazgos que llevan a una exclusión, más o menos sistemática de los jóvenes, no sólo del poder, sino también de las políticas gubernamentales. En este contexto, al interior del PRI surgen movimientos renovadores que son abiertamente marginados por la dirigencia. Durante todo este periodo, el PRI no ha logrado articular una política coherente e inclusiva para los jóvenes.

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Ante este panorama, el éxito futuro del partido puede depender de la medida en que tome en cuenta a su militancia joven y a confiar en los mexicanos que creemos que la mejor opción política es la que enarbola nuestro partido. Esta nueva relación PRI–jóvenes debe estar basada en la plena confianza, teniendo en cuenta que el PRI no debe temer a la plena democratización de su vida institucional. En la participación libre y democrática de los miembros y militantes del partido en la toma de decisiones, se sustentará una de las vías más eficientes para lograr la cohesión que el partido necesita para asegurar su viabilidad como opción de gobierno.

Por otro lado, creo que el Partido debe seguir a favor de un proyecto de nación serio y propositivo, capaz de convertirse en una alternativa ante la incertidumbre ideológica que enfrentará el país cuando Vicente Fox asuma el poder. En esta nueva etapa, a partir del 1 de diciembre deberá ser contraparte efectiva del Ejecutivo, ejerciendo un responsable co-gobierno. Sería muy triste ver al partido convertido en un nuevo PRD, opositor a ultranza de cualquier medida que se propone. En este sentido, debemos aprender, como nos lo muestra la historia reciente, que la sociedad aprecia y valora la congruencia política.

Con respecto a los jóvenes, ¿cómo podemos acercarnos a los miles que cada año se ven en la necesidad, aun bajo el riesgo de perder la vida, de cruzar la frontera hacia los Estados Unidos?.

¿Cómo podemos hacerlo con aquellos que egresan de alguna universidad pública, y por este sólo hecho ven disminuidas sus oportunidades de empleo?

Primero, creo que el PRI debe dejar de ser visto como una instancia anacrónica, incapaz de reactivar sus mecanismos de movilidad social y política que lo caracterizaron a lo largo de su historia, cambiando esta imagen por la de una organización moderna y flexible que articula las demandas de un mundo cambiante y los requerimientos de una sociedad en crecimiento, que se diversifica a cada instante.

Por otro lado, me parece que habría que permear entre la juventud, a través de un contacto regular, el hecho de que no todo ha sido negativo para las actuales generaciones. Por ejemplo, entre los aspectos positivos que nos ha tocado presenciar, y en los que tenemos una activa participación, ha sido en el énfasis que se le ha dado desde hace unos años a la cultura de la calidad. Así como en el ámbito de la administración pública se han registrado avances en este sentido, sería deseable que un partido político fuera organizado a partir de estos mismos criterios de calidad.

Creo que ese es uno de los caminos que el PRI debe explorar en su ineludible transformación. Me parece deseable que en el futuro se pudiera hablar a los jóvenes acerca del PRI como un instituto político que se rige mediante procesos internos con normas de calidad estandarizadas y, que puedan ser, metafóricamente hablando, certificados por organismos externos. Las posibilidades de esta línea son amplias.

Un acercamiento real y honesto a los jóvenes no es una cuestión irrelevante para el Partido Revolucionario Institucional. Para cuando termine el sexenio de Vicente Fox, los jóvenes mexicanos de entre 15 y 29 años de edad representarán alrededor de la tercera parte de la población total de nuestro país. En la medida de que el PRI no construya puentes con este segmento de la población, diseñando esquemas de actividad e ideología política que atraigan a jóvenes, tanto a los que simpatizan con él, como con aquellos que buscan colocarse en el servicio público o en cargos de representación popular, la aventura electoral hacia el 2006 podría irse a pique antes de tiempo.

Si bien estos son tiempos de crisis para el Revolucionario Institucional, prefiero en lo personal entenderlos como momentos para la reflexión y la reconstrucción de este instituto político. Coincido con quien opina que el momento de crisis es momento de oportunidad.

*Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública. Director de Atención a la Comunidad y Concertación del CONALEP.