EL PRI ¿UNA OPCIÓN PARA EL FUTURO?
Sonia Salazar Ham*

El PRI y el presidencialismo eran, hasta hace poco, los dos elementos básicos del sistema político mexicano. El origen revolucionario que le dio legitimidad al PRI, su carácter inclusivo, la aglutinación de las masas y la capacidad de respuesta ante las demandas sociales, hizo que nuestro partido tuviera un papel protagónico en el proceso de institucionalización y estabilidad social del país, por lo que la construcción del sistema político mexicano no se puede entender sin el PRI. Hasta antes de las elecciones presidenciales de 1988, el PRI era un partido hegemónico, cuyos miembros, a lo largo de su historia, propiciaron reformas políti-coelectorales en apoyo al reconocimiento legal de la oposición.

Mucho se ha hablado del presidencialismo mexicano, de ese «tlatoani» que hasta ahora ha sido el Presidente de la República, de ese presidente con exacerbadas facultades constitucionales y metaconstitucionales, del primer priísta del país. Nuestro partido, apoyo incondicional al Presidente, malinterpretó el presidencialismo mexicano como una limitante para exigirle a los servidores públicos priístas el cumplimiento de sus tareas. Ese presidencialismo, ocasionó que sus tres últimos titulares llevaran al partido por un camino diferente al que le dio origen sin que los priístas hiciéramos nada al respecto.

De acuerdo a la clasificación hecha por Giovanni Sartori, México tuvo hasta 1988 un sistema de partidos no competitivo: con la presencia de un partido hegemónico, se permitía la existencia de una oposición subordinada y se impulsaba la creación de partidos satélites que daban legitimidad al sistema, sin representar una oposición política real. Esto cambió con las elecciones de 1988 y con el nacimiento del PRD un año mas tarde. A raíz de la creación del Instituto Federal Electoral y la subsecuente ciudadanización del mismo, las elecciones de 1988, 1991, 1994 y 1997 nos dieron señales de que el sistema de partidos en México cambiaba, volviéndose competitivo.

El 2 de julio es un parteaguas en la historia de México y del PRI. Después de haber nacido en el poder y permanecer más de setenta años en él, es difícil aceptar la realidad: el poder ya no está en nuestras manos. Nos tomará tiempo analizar con objetividad qué fue lo que pasó. Sin embargo, aún cuando estemos dolidos y resentidos, debemos darnos cuenta de que México cambió, la realidad nos trascendió y muchos priístas no lo entendieron y, desgraciadamente, parecen aún no entenderlo.

La nueva problemática social y el camino por el que los últimos Presidentes de la República llevaron al propio PRI y al país, motivaron el hartazgo de los ciudadanos, en especial de los jóvenes, quienes en las recientes elecciones votaron en contra del PRI, del partido que para ellos representa la corrupción, los cacicazgos y las viejas formas de hacer política. Votaron en contra de esas viejas prácticas que muchos priístas también rechazamos y por las que nos juzgan sin ser culpables. En cambio, eligieron a un partido que les significó oportunidades en el presente, un partido que, desafortunadamente, representa valores contrarios a lo que México históricamente ha buscado.

El error de los dirigentes ha sido no reconocer quiénes forman la fuerza real del partido y hacia quiénes se deben dirigir los esfuerzos. Existe en el partido mucha gente honesta, trabajadora y con ideas nuevas. Todavía hay jóvenes que creemos que el PRI puede cambiar, siempre y cuando se renueven sus cuadros. Las decisiones no estuvieron en manos de las bases ni de líderes reales, no estuvieron ni están en manos de caras nuevas, de gente joven.

El error de las bases ha sido no exigir el lugar que merecemos y no luchar para que nuestra voz se convierta en acciones de partido y de gobierno. Muchas veces el PRI intentó transformarse y las cúpulas no lo permitieron. Los intentos de algunos líderes por reformar al Partido quedaron inconclusos.

México creció con gobiernos priístas, pero el PRI se estancó y algunos dirigentes priístas no se dieron cuenta. En las recientes elecciones se creyó que el voto verde, la estructura electoral, nuestros eternos líderes, y la bandera de ser el único partido con experiencia, nos harían estar vigentes en las preferencias de la ciudadanía.

Si en esta ocasión, con el Ejecutivo en manos de la derecha, no logramos refundar el partido, no habrá más PRI. Con 13.5 millones de votos que nos avalan, y sin un Presidente a quien rendirle cuentas, debemos asumir nuestra nueva realidad como primera oposición. No debemos engañarnos, no tiene caso seguir con luchas internas por un poder político que ya no tenemos. Tenemos por delante, en cambio, varias tareas por cumplir: hacia adentro de nuestro partido con nuestra militancia, y hacia afuera, con la sociedad.

No podemos prorrogar la XVIII Asamblea Nacional. Antes que nada, los priístas debemos tener claro quiénes somos, definir qué partido queremos, cuál será su ideología, cuál será la relación con el gobierno.

Es preciso depurar las estructuras del partido. Durante años nos preciamos de ser el partido que tenía mayor estructura y aglutinaba a más grupos. Se generaron cacicazgos vergonzosos y en las cúpulas del partido se creía erróneamente que apoyándolos se Preservaría la paz social y se conservarían los votos. El hecho de tener una gran burocracia partidista no significa que la mayoría de la ciudadanía esté con el PRI. Nuestro partido no puede ser ya el «modus vivendi» de sus militantes. No solamente es necesario, es impostergable adelgazar la estructura partidista. No cabe duda que mucha gente saldrá, pero seguramente serán los mejores quienes se queden.

El PRI nació como un partido que buscaba responder las demandas de la población con justicia social. Sin embargo, a lo largo del camino esa búsqueda se desvirtuó, se buscó el poder por el poder mismo y no para atender a la sociedad. Por ello, es preciso retomar los valores con los que el PRI surgió y adecuarlos a la nueva realidad. Debemos abanderar las causas de la gente que representamos; de las minorías, de esos grupos a los cuales la intolerancia del panismo afecta; de las mujeres y los jóvenes, quienes no sólo piden se atiendan sus problemas, sino colaborar en las soluciones a los mismos.

Como partido de oposición, tenemos la gran tarea de ser una oposición seria y consciente. Tenemos la obligación de hacer una crítica propositiva a las acciones del Ejecutivo y pugnar por una verdadero equilibrio de poderes. Nuestros legisladores deben defender los logros sociales que a lo largo de la historia se han obtenido e impulsar leyes que en verdad promuevan la justicia social. Los priístas que trabajen en el gobierno, deberán velar por que se atiendan los intereses del país y de la ciudadanía.

El PRI es parte fundamental de la historia reciente de este país. No se pueden negar los logros y avances que se han obtenido durante los últimos 70 años, pero tampoco se puede negar que para los jóvenes, la Revolución Mexicana no es más que historia, y que hoy no les significa una propuesta de vida. Para continuar siendo una opción de gobierno, el PRI no puede fincar sus esperanzas en los logros del pasado, debe trabajar en el presente y tener una propuesta viable para el futuro.

*Licenciada en Derecho. Presidente de Comité Seccional, Miembro del Consejo Político en el Distrito Federal. 28 años