EN
BUSCA DEL VOTO JOVEN
Elias Rafful Vadillo*
Desde
1957, con la publicación de su Teoría económica
de la democracia, Anthony Downs nos enseñó que los
partidos políticos modifican su posición en el espectro
electoral para atraer el mayor número de votos, y que los
electores escogen el partido más cercano a sus preferencias
personales; es el perfeccionamiento del mercado a través
de la libre competencia. Los electores cambian sus preferencias
con base en la estabilidad o crisis del sistema político,
en las condiciones económicas y culturales, en las circunstancias
internacionales. Los partidos, a su vez, se mueven de izquierda
a derecha tratando de maximizar sus utilidades.
Pero
lo que Downs no desagregó en su teoría, es la capacidad
que tiene el partido gobernante para influir en la modificación
de preferencias de los ciudadanos. Con sus políticas, el
gobierno orienta a los individuos y puede generar cambios ideológicos
a lo largo del tiempo. La profunda liberalización económica
emprendida por los gobiernos de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas
y Ernesto Zedillo, enmarcada en la lógica globalizadora,
arrastró a las preferencias ciudadanas hacia la derecha,
retirándolas de la izquierda revolucionaria. El PRI, en
todo momento, apoyó a los Presidentes, pero a cambio, abusando
de la institucionalidad de los priístas, ellos impidieron
que éstos se adecuaran a la nueva realidad, condenando
al Partido al anacronismo, favoreciendo a la larga el triunfo
de la derecha panista.
Del
Programa Inmediato de Reordenación Económica de
Miguel de la Madrid, al Fobaproa de Ernesto Zedillo, la postura
del PRI y de los legisladores priístas estuvo caracterizada
siempre por la sumisión.
Ni
en los Pactos, ni en la liberalización comercial, ni en
las privatizaciones masivas de Carlos Salinas, ni en la adopción
de diferentes políticas cambiarias, ni en el aumento al
IVA, la participación del Partido y sus legisladores influyó
decisivamente. Si bien en algunas ocasiones se opusieron a las
propuestas del Ejecutivo, la aprobación de todas fue, por
generalidad, unánime. He ahí la paradoja:en
sus principios y en sus prácticas corporativistas el PRI
siguió siendo un partido de los años 50, pero en
el legislativo apoyó incondicionalmente las políticas
de gobiernos de centroderecha emanados de sus propias filas.
Mientras
los gobiernos priístas trastocaban paradigmas ganándose
el aplauso de la comunidad internacional, al PRI se le dejó
la trágica suerte de asumir los rezagos y los escándalos.
El Partido no fue capaz de desligarse de los actos de corrupción
de algunos de sus miembros, ni de capitalizar los éxitos
de los gobiernos (se satanizó a Salinas, pero nunca fue
expulsado del Partido). El crecimiento económico, los tratados
comerciales y la apertura democrática han sido percibidos
por la opinión pública como logros de los Presidentes
de México; Chiapas, AguasBlancas y Mario Villanueva, como
culpa del PRI.
El
2 de julio pudieron votar por primera vez para Presidente 7 millones
de jóvenes, lo que implicó una modificación
sustancial en el padrón electoral. A ellos, que han vivido
siempre con el estigma de la crisis, nada los identifica con el
PRI que no fue capaz de sumarse al cambio, con un PRI representado
por sindicatos oficialistas, por líderes corruptos, por
componendas, por «los mismos de siempre». Muy atrás
quedó el Frente Juvenil Revolucionario que reclutaba a
los mejores jóvenes del país. El «Nuevo PRI»,
que pudo serles atractivo, tuvo su única señal de
vida en las elecciones internas del 7 de noviembre pasado. La
perenne presencia de los sempiternos líderes sindicales
y caciquiles, el promedio de edad en las listas de candidatos,
la oscura campaña del PRI de la capital del país,
el reforzamiento post-primer debate del equipo de campaña
con la llegada de quienes «sí saben cómo hacerlo»,
demostraron que no era más que una fachada.
Como
consecuencia natural, votaron por un partido de derecha heredero
del conservadurismo decimonónico. Vicente Fox consiguió
que la elección fuese percibida como un parteaguas y así,
convencer a los votantes de la utilidad de su sufragio. Los jóvenes
asumieron su derecho a votar (por la oposición) como una
obligación patriótica. Frente a la necia racionalidad
priísta, según la cual los jóvenes pueden
siempre esperar porque tienen mucho por delante, los excesos autoritarios
de Fox fueron indultados por un público ávido de
cambio.
El
2 de julio derrumbó muchos mitos priístas: el peso
de los sectores y las organizaciones, la importancia del emblema
tricolor, la precisión de la estructura, la relevancia
del voto verde, la efectividad de los operadores electorales.
Fox ganó con una campaña ágil e inteligente
que movilizó a la sociedad, ganó con encuestas,
haciendo uso oportuno de la mercadotecnia; el PAN triunfó
sin estructura y con candidatos jóvenes carentes de un
amplio liderazgo, pero símbolos, tan sólo por su
edad, del cambio.
Ahora,
una de las principales tareas para todos los partidos políticos
es ir en busca de los millones de jóvenes que anualmente
alcanzan la mayoría de edad. Sin propuestas concretas para
los jóvenes, sin espacios reales de participación
para las nuevas generaciones, el PRI no recuperará el poder.
Para mantenerse como una opción de gobierno, el Partido
debe hacer uso de las nuevas técnicas de la competencia
política; dejar atrás lo inservible y asumir su
nueva realidad; rescatar el dinamismo con el que hace décadas
lo identificaba Sartori; recuperar su lucha por los sectores más
desprotegidos de la sociedad. Cada día que pasa, el PRI
pierde: pierde con Chimalhuacán, pierde con el Renave,
pierde con su silencio.
A
partir del 1 de diciembre, el Presidente de México será
un administrador de empresas egresado de una universidad privada,
sin interés por nuestra historia y con un estilo informal
de gobernar. Ese es el tamaño del cambio que quiso la mayoría
de los mexicanos. Pero todas las señales indican que el
priísmo no lo ha comprendido.
Para
que su silencio sea pasado, el PRI requiere ruido: el ruido que
genera la discusión de militantes y simpatizantes, el de
la opinión de los jóvenes, el de abrirse a la sociedad.
Para ganarse la confianza de los jóvenes, el PRI deberá
integrarlos no como un partido de masas sino como uno de individuos.
Para atraerlos, deberá aceptar su rebeldía.
Los
jóvenes del siglo XXI no son los mismos a los que el PRI
reclutaba hace 30 o 40 años. Los de hoy quieren expresarse
no por ser jóvenes sino por ser mexicanos. Quieren hacerlo
libremente en la radio, la televisión, la prensa escrita,
el internet, en las plazas, en foros de discusión, a través
del arte, en la tribuna pública. El reto de los partidos
con los jóvenes, es abrirles esos espacios. Los jóvenes
a quienes se enfrentan los partidos no buscan cuotas de poder,
sino ser tratados de igual a igual. El PAN lo entendió
a tiempo; el PRD lucha por despojarse de su herencia priísta.
Sabremos que el PRI ha asumido el cambio, cuando lo representen
caras nuevas que hagan de la inteligencia, la honestidad y la
imaginación su mejor arma.
*Politólogo.
Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
de la UNAM. 30 años
