EL PRI Y LOS JÓVENES
Pablo Pruneda Gross*

En el lapso transcurrido desde el 2 de julio a la fecha, innumerables reflexiones se han vertido en torno a la exigencia de nuestro partido de reinventarse por completo para establecer una nueva relación con la sociedad que detenga la inercia de descrédito, desconfianza y ¿por qué no decirlo? de hartazgo que ha definido el sentido del sufragio de millones de mexicanos.

Tras la derrota surgieron voces que exigieron la renovación de nuestra dirigencia nacional, atribuyéndole toda la responsabilidad de lo sucedido. Otras se alzaban contra el Presidente Ernesto Zedillo y nuestro candidato Francisco Labastida. Se comenzaba a sentir la desesperación de quienes siempre la habían jugado «a la segura» y ahora simplemente no podían asimilar la nueva realidad. Lo más fácil era emitir un diagnóstico simplista que les evitara profundizarse en un análisis que podría evidenciar un cáncer de tal magnitud que imputara responsabilidad para todos aquellos que o no lo detectaron a tiempo, o no lo quisieron mensurar hasta que resultó demasiado tarde.

El deterioro del PRI no se dio en estas elecciones; no se inició en este sexenio; se ha venido desarrollando poco a poco. El PRI fue perdiendo solidez por mostrarse impávido o complaciente ante quienes omitían su responsabilidad en la aplicación del derecho contra quienes se enriquecieron desmesuradamente a costa del pueblo o contra quienes se atrevieron a privar de la vida a personajes que representaban la esperanza de un México mejor. Muchos vicios fueron anidándose en las entrañas de nuestro instituto político y pocos fueron los correctivos que se aplicaron...

Hoy, la tarea de quienes vemos al PRI como una fuerza política vigente, va mucho más allá del duelo y la lamentación. Ocioso resultaría adentrarnos en la crítica de lo que se pudo haber hecho y no se hizo, de lo que se podría tener y se perdió.

Debemos, con toda seriedad, analizar los vicios que generaron nuestra derrota pero que no por ella han desaparecido. Es menester ordenar nuestras reflexiones para generar las nuevas condiciones que coloquen nuevamente al Partido como una opción atractiva para la sociedad, que actualmente no sólo no encuentra motivos para apoyarla, sino que la consideran nociva o antagónica.

Dentro de este análisis resulta válido e imprescindible emitir cuestionamientos como:

¿Cuál debió ser la postura del PRI cuando el Presidente aprovechó su mayoría en el Poder Legislativo para impulsar leyes profundamente impopulares (aunque necesarias) evitándose la molestia de tener que convencer de esto a los demás partidos?

¿Cuál debió ser la postura del Partido frente a un servidor público que por pretender evitarse la molestia de enfrentar los cargos que se le imputaban ocurriendo ante las instancias jurisdiccionales para demostrar su inocencia, echa mano de sus correligionarios para que con su fuerza política le protejan su fuero?

En la medida en que ordenemos nuestras inquietudes con sus respectivas respuestas, iremos encontrando el perfil de lo que debe ser el PRI como oposición y posteriormente el PRI como opción renovada de gobierno.

Por supuesto que este ejercicio no sólo debe constreñirse al ámbito de las generalidades. Es quizá en la reflexión sobre realidades concretas donde podremos encontrar algunos elementos que nos sirvan para establecer directrices que debemos observar si deseamos en verdad sacar algo bueno de una derrota presidencial.

Dentro de nuestras filas militan toda clase de liderazgos. Tenemos desde los auténticos luchadores sociales, hasta verdaderos hampones que han encontrado en el Partido el escudo de impunidad que les ha permitido enriquecerse a costa de violar la ley y abusar de sus representados.

Los nombres salen sobrando. Todos los conocemos ya que por gracia del bautismo popular son identificados como «Lobas», «Lobos», «Zares» o «Zarecitos», entre tantos. Los toleramos bajo la falsa premisa de que garantizan votos. Es urgente que reconozcamos que en realidad constituyen una de las razones para no creer y mucho menos votar por el PRI.

Si bien es imperativo realizar este análisis en todos los rincones de la Patria, queremos exponer brevemente un caso que consideramos de especial relevancia. Uno en el que la estructura partidista local simplemente tiene tantos vicios que se podría documentar un verdadero libro de texto de lo que no se debe hacer. La primera entidad federativa en la que nuestro partido cayó al tercer lugar en preferencias electorales compitiendo contra el PAN y PRD en forma separada: el Distrito Federal.

Aquí no ganamos ni la Jefatura de Gobierno, ni absolutamente ninguna Delegación Política, ni absolutamente ningún diputado de voto uninominal (ni federal, ni local).

Desafortunadamente este resultado no es nuevo. Es igual al obtenido en las elecciones de hace tres años con la pequeña salvedad de que de once pasamos a tener cinco diputados locales por el principio de representación proporcional y de igual forma se nos redujeron nuestros diputados federales por el mismo principio. En esta entidad la canasta de los huevos no sólo ya no tiene huevos, ni siquiera aparece la canasta...

Dentro de todas las situaciones que podrían explicar el fenómeno sucedido en el Distrito Federal, una en particular merece especial estudio y análisis:

La TERRIBLE relación del PRI con los jóvenes.

El grupo social de mayor peso electoral en nuestra Capital de la República, lo constituyen los jóvenes. A aquéllos que buscaron encauzar sus inquietudes políticas dentro del Partido se les recibió con el penoso argumento del «ahorita no, ya te tocará, por lo pronto observa y aprende de los que repartimos y nos repartimos».

En el PRI los jóvenes siempre encontraron cabida moviendo sillas, pegando propaganda, pintando bardas; sólo los menos veían recompensada su entrega siendo postulados como suplentes de algún candidato o incluídos en los últimos lugares de las listas de plurinominales...

La instancia «oficial», el Frente Juvenil Revolucionario del DF, lleva alrededor de una década siendo controlado por el mismo grupo. Su líder ha encontrado en esta organización incorporada a la estructura del partido, la mejor justificación para exigir cuota de poder «en nombre de los jóvenes».

Sus diversas candidaturas y diputaciones hablan por sí solas. Cuando la presión para relevarlo de la dirigencia juvenil fue incontenible, simplemente colocó en su lugar a un incondicional amparado en la fuerza que le da su liderazgo (ese sí) con pepenadores. Cuando una organización tan importante para nuestro Partido cae en estos vicios, lejos de servir para la integración de jóvenes al PRI, se constituye como una auténtica barrera que hace muy difícil su acceso, especialmente si cada joven que ingresa, constituye una potencial amenaza para quienes han usufructuado esta calidad de «únicos y auténticos interlocutores con la juventud».

El PRI debe desterrar estos vicios especialmente si su interés de congraciarse con la sociedad incluye a los jóvenes. Debe partir del irrefutable principio de que el electorado es ahora mucho más exigente y observador que antes.

Si quienes pretenden encabezar la renovación lo hacen excluyendo a los jóvenes, correrán el riesgo de ser calificados de demagogos y manipuladores.

Seamos inteligentes y enérgicos para generar los cambios que la sociedad nos exige:

¡APOSTEMOS POR LOS JÓVENES!

*Diputado Suplente en la Asamblea Legislativa del DistritoFederal (1997-2000). 29 años