LOS JÓVENES Y EL PODER
JAIME MORELOS CANSECO GÓMEZ*

De los varios fenómenos culturales que impactan la evolución del ser humano en su tránsito cronológico hacia los diferentes roles de la vida en comunidad, destaca el del poder público o poder político. Desde las primeras impresiones de la convivencia, ante el niño están presentes las imágenes de la organización social en la cual se desenvuelve y de la autoridad, pero la percepción del poder político requiere un elemento específico de comprensión: es capacidad de acción, que puede llegar a ser irresistible si es necesario, basada en el dato de lo popular, que la califica y legitima. Por eso es poder público, porque deviene del pueblo, a través de los distintos mecanismos constitucionales para incorporar la voluntad popular: las elecciones (legisladores y ejecutivos, federal y locales; cabildos y presidentes municipales); la designación corresponsable de los titulares de una función por los órganos que constituyó el voto ciudadano (conformación de la Suprema Corte, del Consejo General del IFE o del Tribunal Electoral), la designación de servidores públicos dependientes de un órgano constituido por la voluntad de los electores (secretarios del despacho, directores de organismos públicos descentralizados o secretario general de la Cámara de Diputados); o la designación de funcionarios públicos dependientes de un órgano constituido por la aludida actuación corresponsable de otros órganos (magistrados y jueces de distrito en el poder judicial o directores ejecutivos del IFE).

¿Cuándo se produce esa percepción? ¿Es un asunto relacionado con el paso del tiempo? ¿Es una cuestión vinculada al entorno político, económico, social y cultural en el cual nos desenvolvemos? Corresponde a los estudiosos de la cultura cívica, a partir de los métodos de investigación que aportan la sociología y la ciencia política, establecer respuestas a esas interrogantes. Estoy cierto de que, en mucho, se encontrará un cruce en las hipótesis cronológica y del entorno de las personas para intentar dar una respuesta al momento en el cual se percibe el fenómeno del poder público, no sólo en sus manifestaciones externas, sino en la comprensión de su especificidad.

En atención al desarrollo demográfico del país, la población joven que hoy accede a la calidad de ciudadanos, o que accederá a ella en el horizonte de los próximos seis años, constituye un reto mayúsculo para toda formación política. Se trata de un reto doble; asumir la visión que aporten -con sus elementos de pluralidad- al momento político presente, pero también considerar que los jóvenes que votarán por primera vez en 2003 y cuya expectativa de vida rebasará los 80 años, en el 2050 tendrán 65 años, habrán podido sufragar en 8 elecciones presidenciales y serán –de conservarse las tendencias de planeación demográfica– cerca del 25 por ciento del electorado de ese momento.

Abordar ese doble reto es esencial, porque no hay una percepción política de los jóvenes que vaya mudándose con el tiempo; más bien puede haber una percepción política -en términos de generalización- de generación o derivada de las condiciones con que un determinado segmento de la población aprecia el fenómeno del poder público y su ejercicio.

En diversos círculos de opinión y reflexión se expresa que los jóvenes no votaron por el PRI en los comicios del presente año. A falta de estudios o documentos que permitan comprobar esa afirmación, por lo menos cabe colegir que el joven ciudadano tuvo un comportamiento electoral que guarda proporción al resto social: no más del 37 por ciento de los jóvenes que acudieron a las urnas sufragaron por los candidatos priístas (con el ingrediente de que el análisis de otras elecciones ha acreditado que en los jóvenes de 18 a 24 años, el promedio de absten-cionismo es mayor al del resto de los ciudadanos). Ese debe ser, por lo menos, el punto de partida de la introspección del Partido en torno al voto de la juventud y el horizonte por venir.

Si aceptamos la premisa mínima del voto de los jóvenes, en un contexto de sufragios decrecientes en proporción a los ciudadanos con posibilidad de votar, las interrogantes que tienden a establecer la razón del comportamiento general y del comportamiento particular, deben ser necesariamente diferentes, aunque no excluyentes sino complementarias. No aspiraré a enunciar ambos rangos, sino tan sólo a apuntar lo que hace a quienes en una a tres ocasiones (1994, 1997 y 2000) han ejercido el derecho al sufragio activo. En el conglomerado multicausal de que no hayamos alcanzado el buen éxito que nos propusimos para obtener el triunfo en la elección presidencial y la mayoría absoluta en las Cámaras del Congreso de la Unión, entre los ciudadanos jóvenes es preciso detenernos a pensar, sobre todo, en la conciencia que se tiene de la situación socio-económica de las familias y las expectativas para superarla –en el supuesto de que mayoritariamente no es ventajosa. En muchos hogares mexicanos observamos a jóvenes que aprecian a sus padres –no obstante una vida de trabajo y sacrificio– como parte de un sistema político y social que no ha sido capaz de asegurarles condiciones de bienestar en su etapa productiva y en el retiro. A partir de esta realidad, el discurso del esfuerzo y el sacrificio personales puede no decir nada, al tiempo que el atractivo fundamental radica en obtener –aquí y ahora– los satisfactores que demandan las concepciones del bienestar que la juventud actualiza válidamente para sí.

Obvio es decir que, en este tránsito, el ejercicio del poder político desgastó a nuestra opción partidaria y que la oferta llana de cambio que se desprendía del solo contraste de ser una formación política distinta a la nuestra, capturó el interés y la atención de muchísimos jóvenes. Ellos esperan resultados y, casi seguro, con espacios de paciencia inversamente proporcionales al ánimo de oportunidades vinculadas con la transformación positiva de sus condiciones de acceso al bienestar.

En este entorno se ubica el trabajo político que los jóvenes priístas estamos llamados a realizar, a partir del rescate y revaloración de la política en el Partido y hacia la sociedad, entendida como actividad vinculada al acceso y ejercicio del poder público.

Al poder, debemos verlo nuevamente desde una triple perspectiva legitimadora de la gestión pública del Partido y de los gobiernos emanados o que emanen de nuestras candidaturas: ¿quién ejerce el poder?, ¿cómo ejerce el poder? y ¿para qué ejerce el poder? De la forma en que respondamos a estos cuestionamientos, podremos alentar que los jóvenes que sufragaron por nuestro emblema encuentren razones para volver a hacerlo; que los jóvenes que no sufragaron por nuestro emblema, encuentren razones para a hacerlo; y que los jóvenes que sufragarán en próximos comicios valoren nuestra opción y la sustenten.

A la primera pregunta no debe haber más respuesta que la democrática; los ingredientes de la participación ciudadana y del imperio de la regla de la mayoría con respeto a las minorías, no cejarán en su importancia para la convivencia política en el Partido y fuera de él. A la segunda pregunta no puede responderse sino con el camino de la ley; en los asuntos públicos rige, para quien actúa y como garantía ante quien se actúa, el principio de ceñirse a las normas dictadas por los órganos competentes; así, no hay ejercicio caprichoso del poder, sino mandatos de ley que pueden obedecerse con sentido democrático. A la tercera pregunta ha de contestarse con lo que más apremia hoy en día a la juventud: para beneficio de la comunidad, entendida en su diversidad y complejidad de intereses y puntos de vista, muchas veces contrapuestos; no bastan el acceso democrático y el apego a la ley para que los asuntos que atañen al poder político queden colmados, es indispensable que la comunidad alcance los objetivos de desarrollo de toda índole que se propuso.

El desafío está echado: de esta triple concepción del poder público depende, al menos en parte, la posibilidad de sostener y reconstruir las relaciones del Partido con los jóvenes de hoy y del mañana.

*Secretario General Adjunto del CEN del PRI.