PRI: LAS NUEVAS GENERACIONES Y EL PODER
Miguel Angel Maggi Aguilera*

«Las generaciones no se suceden en fila india, sino que se entrelazan, se solapan o se empalman.»
Julián Marías

Pocos son los estudios que en nuestro país se han llevado a cabo sobre el poder desde el punto de vista de la antropología política. Las obras más conocidas en torno a la formación de las élites políticas en México, son sin duda alguna las de Roderic Ai Camp. Sus análisis están basados en la lógica de la sociología política norteamericana y en ocasiones no contemplan factores culturales propios de nuestra realidad histórica y social.

La formación de las élites en México se ha orientado a partir de las circunstancias históricas que se han vivido en el país. Al respecto, cabe destacar la obra de Luis González y González, «La ronda de las generaciones», en la cual hace el recuento de las minorías dirigentes que influyeron en el destino de México desde 1856 hasta 1958. En el Colegio de México también existen algunas publicaciones sobre la conformación de las redes de poder y su trascendencia en la vida política del país.

El fenómeno de las élites políticas en el panorama nacional tiene su origen en las logias masónicas.

Desde que se logró la independencia política durante todo el siglo XIX las logias yorkina y escocesa, fueron los semilleros de líderes políticos, militares, de empresa, de la cultura y hasta religiosos. Por sus «talleres» pasaron los hombres más destacados que construyeron la patria en esa centuria.

Ya entrado el siglo XX, al triunfo de la Revolución mexicana, se establecieron nuevos paradigmas para la formación de las minorías dirigentes. Basta mencionar el llamado «Grupo Sonora», formado por los gobernadores de esa entidad federativa (Adolfo de la Huerta, Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles) quienes establecieron las bases del nuevo sistema político mexicano.

Otro grupo político de gran trascendencia fue el denominado «Grupo Atlacomulco» del Estado de México, donde se nucleó por varios años una parte importante de la rica clase política mexiquense.

Todos estos grupos, o redes de poder, fueron los que dieron viabilidad a México durante más de 70 años. La historia política del país es consustancial a la evolución histórica formada por el eje PNR-PRM-PRI. En este partido se formaron las élites políticas que década tras década transmitieron pacíficamente el poder, al grado de que algunos politólogos norteamericanos llegaron a considerar a éste como el sistema político más exitoso del siglo XX.

Sin embargo, algo pasó en los últimos treinta años, porque la famosa «política de la escalera» citada por Jesús Reyes Heroles, mediante la cual, cuadros nuevos eran reclutados, adoctrinados y formados en el PRI, para llegado el momento ocupar los cargos de dirección política, dejó de llevarse a cabo.

El «padrinazgo» que algunos líderes de la clase política ejercían sobre jóvenes destacados apoyándolos económicamente, y orientándolos ideológica y políticamente, se perdió. Se olvidaron de construir lealtades generacionales. El PRI dejó de tener una rotación de élites, característica de toda organización social y política.

Al respecto, Ortega y Gasset señalaba que las minorías rectoras, los cuerpos de dirigentes de una nación, «como las hojas de los árboles, nace y mueren»; están sujetas a un ritmo estacional, a un vaivén de vida media conocido con el nombre de generación, a un ritmo generacional.

Sobre el particular Luis González y González decía que los grupos minoritarios que dirigen a una mayoría no duran más que las existencias individuales que los componen ni suelen mantener su hegemonía plena por un período mayor de 15 años.

¿Qué paso entonces en el PRI? Los resultados del 2 de julio, además del desgaste público de tantos años en el poder y de los errores de la campaña presidencial, entre otras lecturas, deberían servir para reflexionar en nuestro partido, en torno a esa rotación generacional que no se ha dado.

No es gratuito que la mayor parte del voto joven que participó en las elecciones presidenciales del año 2000 se inclinó por los partidos de oposición. Fue la juventud quien decidió poner fin al viejo régimen priísta y votó por el cambio. Un cambio que no sabemos que dirección lleva, y que nos puede conducir al precipicio. Pero es un cambio.

El PRI necesita darse cuenta que históricamente puede desaparecer del mapa político, si seguimos conservando únicamente el voto de generaciones maduras, de sectores con bajo nivel educativo y de viejas organizaciones viciadas. Esto sin contar con los riesgos de fracturas internas que, como tambores de guerra, amenazan constantemente.

A veces pareciera, como dice Sartori, que nos convertimos en un partido aristocrático, no por ser miembros una aristocracia, sino porque volvemos al origen y dejamos ver un interés de grupo, de coyuntura, olvidándonos del gran proyecto de nación y de lo que como partido representamos históricamente y para el futuro.

Las nuevas generaciones queremos pertenecer a un partido que tenga viabilidad. Es legítimo tener ideales y aspiraciones. Hoy que el PRI no nos garantiza un porvenir exitoso como en antaño, aquí estamos. Como generaciones incipientes , tenemos otro modo de ver las cosas, con una sensibilidad distinta, con ganas de poner los muebles de la patria en orden diferente, con nuevos afanes de renovación, con metas y métodos que tal vez no coinciden con los de nuestros predecesores.

Por ello, la reflexión sobre la reforma que requiere el PRI, no sólo pasa por discutir los planteamientos ideológicos, replantear las tácticas y las estrategias o reformular las estructura orgánica. Se necesita un cambio de actitud, una visión renovada que sustituya a las viejas recetas que hoy son caducas. Se requieren rostros nuevos, liderazgos renovados, una generación diferente que sea la fuerza motriz para interpretar y ejercer los cambios del siglo XXI. Sólo así se tendrá un partido con futuro.

*Profesor de la Universidad Iberoamericana. Coordinador Académico del ICADEP. 34 años