CAMBIO O MODA
Luis Farías Mackey*

Hace mucho que la moda dejó de ser un signo de ambición de clase para convertirse en una especie de fuga o salida del mundo de la tradición. Moda hoy es la negación del poder inmemorial del pasado tradicional, el embeleso por la novedad, la celebración de un presente social sin idea de pasado ni interés de futuro.

Por eso dice Gilles Lipovetsky que somos esclavos de lo efímero. Diríamos más, somos juguetes de su seducción. Paradójicamente, siendo una sociedad más comunicada, estamos dominados por la frivolidad y esclavizados a lo fugaz. Y en este «Imperio de lo efímero»1 los proyectos colectivos movilizadores de las democracias son desplazados por el aturdimiento de los goces privados del consumo, el infantilismo de la cultura minuto, la manipulación publicitaria y la política espectáculo.

El riesgo de las democracias sometidas a la mercadotecnia es convertir al ciudadano en consumidor, a los políticos en clowns, a la participación social en masificación y a la democracia en plebiscitos frívolos.

Las sociedades hoy se ven hipnotizadas por los líderes–estrellas (algunos sólo se cosntriñen a seguir sus sketch), engañadas por los juegos de imágenes personalizadas, por artificios y falsas semejanzas. Los problemas son enmascarados por la política espectáculo, los programas sustituidos por el encanto de personalidades mediáticas, la razón y el juicio desplazados por reacciones emocionales y sentimientos irracionales de atracción o antipatía. La política show termina por anestesiar al ciudadano y mantenerlo mediatizado (narcotización mediática) en la neutralización de un discurso político reducido a lo insustancial. «La comunicación escandalizadora anemiza el debate colectivo», pero vacía a la democracia de todo contenido, convirtiéndola en una diversión más.

Hoy festejamos el «cambio», así en genérico, sin mayor referente que permita descifrar su contenido o al menos su orientación. Se ha perdido de vista que el cambio es un concepto relativo, se cambia de un estado a otro, se requiere saber qué se cambia y a qué se cambia, pero además cómo, para poder valorar las bondades y costos del mismo. El cambio no tiene que ser esencialmente positivo y benéfico para el sujeto que cambia. Cambios son la enfermedad, la quiebra financiera, la calvicie, la menopausia, el golpe de Estado.Hoy, sin embargo, hemos hecho del cambio un fetiche, cuando en realidad no somos artífices de ningún cambio, sino bien somos peleles movidos por una moda -efímera, vana, insustancial, sin destino- del cambio por el cambio. Al ser moda, nadie se detiene a preguntar qué se cambia, a qué se cambia, por qué y cómo; lo que priva es una adicción a la movilidad frívola erigida en sistema, una negación y salida de todo mundo tradicional.

Para que este fenómeno social haya prosperado fue necesario aceptar -más emotiva que racionalmente- el menosprecio y denigración por todo lo pasado. Hoy una gran mayoría de mexicanos están obnubilados con un nuevo génesis nacional: «antes de Fox la nada». Este acto de fe, que hace que se nieguen a sí mismos los que así piensan, se funda en el criterio de que toda perpetuación en el tiempo, toda tradición, todo pasado es esencialmente ilegítimo y nefando. Así, hombres y sociedades van perdiendo -negando- su pasado y, por ende, su identidad. Si hubo un tiempo en que el pasado definía y prestigiaba, hoy condena y macula.

Lo único legítimo y aceptable es el «cambio» constante como regla permanente de un placer fugaz que se anula con su propia satisfacción y que carece de visión porque no tiene necesidad de preocuparse por el futuro.

En todo esto hay sin duda un ejercicio de autoafirmación, pero afirmación que es eminentemente entrópica, ya que responde a imperativos de desmesura, excesos, rarezas, inmediatez.

No me opongo al cambio, de hecho la vida es cambio y fui educado en un mundo donde la política era un instrumento privilegiado para orientarlo. Hoy, sin embargo, «el cambio» (así, en genérico) ha terminado por cambiar la política hasta reducirla a algo despreciable y nefasto. Ya no hay pues, por lo menos visible socialmente, un rumbo del cambio y una conducción del mismo, sino la sucesión de un happening hedonista que lo único que premia es el mudar por el mudar. En este mundo el hombre pierde sus coordenadas, se mueve pero no avanza; la maquinaria social acelera al máximo de sus revoluciones pero la palanca de velocidades permanece en neutral, se carece de instrumento y de sujeto conductores. El hombre ya no es autor del cambio, sino consumidor de su moda.

Recordemos que gobierno y gobernante provienen de gobernalle, que en griego quiere decir timonel, el que lleva el timón. Actor, uno, e instrumento, el otro, de la navegación. Hoy, surcamos mares sin timón, sin timonel y sin buen viento, ya que no lo puede haber para quien no sabe su puerto de arribo. Festejamos en la cubierta de un crucero de sensaciones fugaces sin importarnos rumbo, clima ni encallamientos. Por eso es que hablamos de democracia frívola, de apariencias, lemas vacíos, emociones e imágenes, pero ajena a razones, juicios y proyectos.

Si ello es válido para la sociedad nacional y su circunstancia, más lo es para nuestro instituto político. Todos hablamos de cambios. Nueva versión de Babel. Tiempo es de dejar de ser juguetes del cambio y convertirnos en timoneles, ergo responsables. No vaya a ser que así como perdimos el poder por desentendernos hace mucho del puerto de destino y la ruta de navegación, vayamos también a perder el Partido mientras bailamos la moda del cambio sin cambiar.

1 Lipovetsky, Gilles, El Imperio de lo efímero, Anagrama, Barcelona, 1990.

*Coordinador de asesores en la Secretaría de Salud.