EDITORIAL
Sin
atender el impulso renovador de la juventud, el PRI no podrá
continuar a la vanguardia de la historia política del país.
El
partido no ha sido ni es ajeno a las conquistas democráticas
de nuestro tiempo. Ayer participamos de la modernización
de las instituciones; hoy, de la apertura para actualizar y corregir
procedimientos políticos arraigados en el sistema. Si bien
durante el pasado era imprescindible la experiencia, ahora no
podemos ignorar la enérgica contribución de las
nuevas generaciones.
Integrar
es la respuesta al desafío que incita a la dispersión.
Convocar
a los jóvenes; atender sus propuestas; abrir su participación
a nivel nacional e intercambiar con ellos el espacio en términos
equitativos, significa la reserva vital de nuestra organización.
Aferrarse
al pasado y defender la sóla experiencia significaría
retroceder. Hay que atender las críticas y subsanar nuestra
debilidad. Funcionales en el pasado, las cuotas de representatividad
mediatizan la voluntad política al someterla a un régimen
de concesiones bajo criterios de edad, género o referencia
social: justo lo que más aprovechó la oposición
para vencernos en las urnas.
Lo
deseable es que con lenguajes propios y un ideario actualizado,
los jóvenes promuevan causas sociales desde perspectivas
reales. A campesinos, obreros y clases populares urbanas corresponde
identificar sus necesidades y demandas para ser representados
con espíritu innovador y democrático. Éstas,
hasta ahora, eran interpretadas bajo procedimientos que ya no
son adecuados para la competitividad electoral.
Como
puede leerse en las colaboraciones que forman este número
de examen, abierto a la opinión juvenil, existe
interés crítico y el medio es propicio para que
sean ellos mismos quienes abanderen, dirijan, valoren y sean incansables
en la construcción de una democracia que no sólo
satisfaga las aspiraciones de las generaciones pasadas, sino que
dignifique nuestra actividad política elevándola
a la altura de los tiempos.
Al
Partido corresponde formar los mejores liderazgos, los más
honestos y vocacionalmente aptos para servir a la comunidad. En
su favor está la experiencia de quienes los anteceden y,
en bien de nuestro ideario, la ventaja de aportar una preparación
más rica, diversa y entusiasta. Que nuestros jóvenes
impriman a su militancia la responsabilidad y el compromiso que
requiere toda organización, con un solo propósito:
politizar para integrar a la sociedad.
Para lograrlo se deben abandonar las prácticas paternalistas
y clientelistas. Estamos en plena lucha entre el pasado y el porvenir.
Nuestro presente depende, por tanto, de incorporar con inteligencia
en vez de restar por aferrarse a técnicas abolidas.
El
perfil del líder partidista existe en la propia sociedad.
Es nuestro deber incorporarlo a las filas para alcanzar y mantener
el poder del Estado. Los caminos para acceder legítimamente
a ese poder están suficientemente delimitados por la Ley.
No tenemos más que atenernos a los principios para actualizar
el proselitismo.
Dos
son las vías de acceso que los partidos políticos
en México ofrecen a la participación juvenil: los
cargos de elección popular y el trabajo directo en las
organizaciones sociales. Si en lo primero hay que concientizar
en bien de los intereses generales de la población, lo
segundo demanda una precisa responsabilidad para hacer eficiente
el trabajo comunitario. Ambas situaciones entrañan la urgencia
de restituir la confianza popular no sólo en sus autoridades,
sino en sus líderes y representantes mayores y menores.
Naturalmente
el liderazgo político no surge ni se propicia sólo
en los partidos. Tampoco depende de ellos el éxito o fracaso
de sus miembros en los gobiernos, pero las organizaciones partidistas
son el instrumento mejor logrado para orientar y llevar a buen
fin las demandas mayoritarias. Si desde los días de Aristóteles
quedó establecido que si bien todo hombre es político,
no todos estamos preparados para dirigir ni ascender al poder.
Para eso se forman cuadros, para hacer de la vocación política
una actividad profesional.
En
este sentido, el PRI debe contar entre sus prioridades la preparación
sistemática y sucesiva de líderes. Hay que combinar
teoría, experiencia y acción para hacer expedito
tanto el proselitismo como la obra comunitaria. Si la primera
condición de la democracia es la existencia de demócratas,
nuestro partido no puede sustraerse del deber de aportar a los
mejores. Y, de entre ellos, los jóvenes llevan consigo
la frescura propia de su naturaleza.
Esta
reflexión es una franca invitación al cambio, pues
los líderes se forman desde la juventud. Nuestras filas
deben ser campo fértil para desarrollar sus ideas y aspiraciones,
orientar y consolidar su vocación para el mando.
José
R. Castelazo.
Director
