Origen
y esplendor de nuestra mexicanidad
Salvador Ortiz Montero*
*El
Museo Nacional de Antropología e Historia
La
historia, junto con el lenguaje, costumbres y sentido de pertenencia
son los elementos que forman la identidad de una Nación.
Por ello va más allá de la narración cronológica
de los hechos -desde Heródoto, el propósito de nacer
historia es la búsqueda de la verdad-. Estudiar la historia
es un ejercicio científico que exige revisar los acontecimientos,
a partir de testimonios tangibles, observables.
Desde
los amoxaque, guardianes precortesianos de los Códices;
los estudiosos del Colegio de Santiago de Tlatelolco, que permitieron
a Bernardino Sahagún culminar su Historia General de las
Cosas de la Nueva España; Fernando Alvarado Tezozómoc,
autor de la Crónica Mexicáyotl, obra depositaria
de la tradición oral de los antiguos mexicanos; Francisco
Javier Clavijero, jesuita mexicano que en el exilio escribió
su Historia de México, obra que profundiza con precisión
en la sociedad precolombina; es de notarse la sensibilidad del
Conde de Revilla-gigedo, Virrey en 1790, quien, lejos de la ignorancia
y el fanatismo de los inicios coloniales, ordenó la conservación
a buen recaudo del calendario Azteca encontrado casualmente mientras
se hacían obras de alcantarillado en el Zócalo de
la Ciudad de México.
Ya
en el México independiente, a pesar de las convulsiones
políticas y bélicas, internas y extranjeras, Carlos
María de Bustamante nos entrega México a través
de los Siglos; el propio Maximiliano de Habsburgo dispone la creación
del Museo Nacional en la calle de Moneda, costado norte del Palacio
Nacional, donde habría de funcionar por 100 años;
Don Antonio Peñafiel interpreta los topónimos a
partir de los glifos del Códice Mendocino.
Es
el cambio del siglo, los últimos años del XIX se
caracterizaron por la apertura a lo foráneo, incluso en
la arqueología, extranjeros exploran el altiplano, la sierra
oaxaqueña, la selva y la península mayas. En las
primeras décadas del siglo XX destacan los descubrimientos
de Antonio Caso y Eulalia Guzmán.
Los
descubrimientos van enriqueciendo el acervo del Museo Nacional,
se ordenan, se les da coherencia y significado.
En
1939, el Presidente Lázaro Cárdenas dispone la creación
del Instituto Nacional de Antropología e Historia, cuyo
primer director fue el ya mencionado Maestro Antonio Caso. Un
año más tarde, el Museo de la Moneda es dedicado
exclusivamente a conservar colecciones antro-pológicas.
Así funcionará hasta 1964, cuando el Presidente
Adolfo López Mateos inaugura el majestuoso Museo Nacional
de Antropología e Historia, en un sitio de gran tradición:
el bosque de Chapultepec. Un hecho singular asociado a su inauguración
fue el traslado de Tláloc, dios de la lluvia, desde su
emplazamiento original en el pueblecito de Coatlinchán,
cercano a Texcoco, al noreste de la Ciudad de México; el
monolito de ciento ochenta toneladas hoy se yergue a la entrada
del museo para dar la bienvenida a sus visitantes.
En
las doce salas de la planta baja se muestra la historia de los
pueblos mesoamericanos, desde su origen hasta el esplendor de
las culturas teotihuacana, tolteca, olmeca, azteca, maya, mixteca,
del occidente y del norte del país. En la planta alta se
ubican las salas de etnografía, donde se pueden apreciar
la vestimenta, hábitos y modos de producción, artesanías,
las costumbres de grupos étnicos contemporáneos.
Nuestro
museo digo nuestro porque es patrimonio de todos los mexicanos
nos acerca a cumplir los propósitos esenciales de la historia:
entender el devenir de los actos humanos y explicar cómo
arribamos a nuestro momento, el porqué de las características
económicas, culturales y sociales de nuestro pueblo.
El
Museo Nacional de Antropología e Historia es el baluarte
donde se depositan las riquezas culturales que afortunadamente
poseemos (a pesar de los saqueos y depredación), gracias
al celo de hombres y mujeres que han rescatado, restaurado y conservado
los vestigios arqueológicos en nuestro país. Allí
está, es de nosotros.
*Colaborador
de examen.
