Hacia la nueva democracia
V. S. Atman*

Por su capacidad de apertura y transformación incesante, la democracia contemporánea guarda apenas el nombre como referencia de su origen. Es la concepción universal de ciudadanía lo que finca las principales distancias del selecto rigor excluyente, establecido en la remota Grecia. Una ciudadanía sin fronteras, ésta, con su complementario fervor por las instituciones que tienden a mundializarse a la velocidad de las hegemonías empresariales. Además, no existe ningún parentesco entre la antigua polis y la cultura urbana de nuestros días. En extinción, el actual fundamento de patria tiende a sustituirse por apego al Estado de bienestar; y en general es difusa, siempre dinámica, la responsabilidad burocrática sobre la red de poderes que están inclinados a desacreditar la función de los partidos políticos.

La nueva organización democrática se distingue por la fuerza que adquieren los grupos de presión en una realidad que necesita definir territorios para ejercer el derecho al voto y establecer lineamientos republicanos. Empero, aunque la soberanía popular se conserva en espacios delimitados geográficamente, las decisiones más importantes dependen del mercado internacional, cuya expansión rompe fronteras y constriñe, de hecho, las posibilidades de acción de los ciudadanos. De tal modo el desarrollo de la democracia para el siglo XXI se anuncia en tirantez contradictoria entre la oligarquía fusionada a las mayores potencias y el brote de un individualismo reforzado por la cultura del libre comercio.

Con ser republicanas las instituciones vigentes, tampoco los ideales fundadores de la República guardan relación alguna con lo que sólo podemos identificar actualmente bajo el término de sociedades abiertas: estructura aún difusa de vida en común que, no obstante basada en la soberanía popular, entraña la supremacía internacional de dominios reales que determinan el destino global de la política y politizan, de manera simultánea, a las fuerzas discrepantes. Así la capacidad de gestión, no obstante contar con instrumentos jurídicos y sociales que garantizan la seguridad ciudadana, enfrenta grandes obstáculos al desafiar el control de los dueños del dinero. Al lado de los países más poderosos es evidente que, en la defensa de sus intereses, durante el porvenir inmediato los empresarios no aceptarán equiparar su voto al de los asalariados. La creación de una Asamblea internacional prefigura una primera respuesta internacional para resguardar los derechos, aunque es de creer que, de acuerdo a sucesos ya experimentados por la ONU y otros organismos multinacionales, prevalecerán las decisiones más duras y cerradas en contra del espíritu de solidaridad distintivo de los demócratas.

Es innegable, en este aspecto, que cualquier expresión de la democracia requiere del establecimiento de fronteras para legitimarse y después resguardarse a partir, en principio, de un sistema de control fiscal. El libre tránsito de personas, ideas, bienes, servicios, tecnologías, capital, mercancías e inclusive derechos, responsabilidades y toda suerte de agrupaciones no gubernamentales, sin embargo, condiciona el nomadismo, el desarraigo social y la evasión tributaria. Tal anticultura, desprendida de una suerte de república flotante, transterritorial y extralimitadas en sus derechos, repercute directamente en las reacciones del hombre urbano quien, dividido a su vez en zonas de riqueza y miseria, hace ya en la actualidad lo propio para defender sus cotos de privilegio en una psicología que, desde los años ochenta, comenzó a identificarse bajo la terminología del Norte y del Sur, equivalente a las realidades inconciliables de la riqueza y la pobreza.

Una situación tan aciaga como la que se vislumbra en indicios desalentadores nos obliga a pensar el destino de la seguridad ante un panorama que, democrático sólo por el significado trascendental del
sufragio, en realidad descuida el imperativo de la justicia. Si la propia presión interpuesta por el libre mercado debilita al Estado y los gobiernos se reducen a sistemas de administración, ¿quién, quiénes velarán los derechos esenciales del Hombre? Todo parece indicar que nos encaminamos hacia la creación de instituciones jurídicas comunes. La modernización neoliberal, no obstante, es antidemocrática por excelencia, aunque sin democracia carecería de razón de ser. Se infiltra en las libertades para destruirlas, pues su obvio desinterés político sólo formula acciones autoritarias, sin las cuales resultan imposibles la acumulación desmesurada de la riqueza y el libre mercantilismo.

Este fenómeno de desigualdad insalvable entre la riqueza y la miseria engendrado por las libertades conlleva, paradójicamente, la causa que imposibilita el anhelado desarrollo de la democracia. De hecho, el modelo económico que inspira la rápida transformación de las instituciones republicanas a nombre de la justicia entraña una injusticia sin precedentes históricos, aunque de signos dictatoriales.

A la fecha, el mundo discurre rápidamente nuevas formas de participación ciudadana; pero al mismo tiempo cede a las presiones de la oligarquía monetaria. Es ésta, por tanto, la hora del tribalismo y el poder cerrado contra la sociedad abierta y sus beneficios. Tal peculiaridad, invariablemente en detrimento de la cultura política, no sólo impide la práctica de cualquier forma de solidaridad, sino que está suscitando una tremenda batalla entre los organismos democráticos.

El margen de acción de la burocracia, por otra parte, no sólo disminuye con más rapidez que la empeñada en la búsqueda de respuestas institucionalizadas, sino que prueba su impotencia para contrarrestar esta caricatura de poder nómada y sin embargo absolutista. En sus puntillosas observaciones de este proceso, Jacques Attali advirtió que, de seguir esta tendencia, quizá los propios partidos políticos remanentes se infiltren en la democracia para destruirla desde un supuesto poder gubernamental cuya capacidad de atender las demandas disminuye de manera irremisible.

Y, su conclusión: «la democracia podría desaparecer incluso en Occidente». Tal amenaza contra el que se considera el mejor o menos peor de los sistema de gobierno podría ciertamente cumplirse en el porvenir inmediato, a menos que se consoliden no sólo las instituciones, sino especialmente los instrumentos económicos y sociales para recuperar la función del Estado y asegurar, sobre todo con las clases medias, formas de vida responsable y capaces de participar en la transformación de su entorno con algo más que el sólo ejercicio electoral.

En contrapunto, el mayor atractivo de la democracia moderna consiste de anteponer el imperativo de los derechos humanos como condición de gobernabilidad. En principio, la aspiración de ampliar nuevas estrategias de participación ciudadana al través de asociaciones cada vez más representativas, exigentes y complejas se presenta como garantía de un sistema de justicia en equidad y con libertades. Empero, la expectativa de regular el orden de las comunidades locales es mínima en las condiciones actuales.

Los acontecimientos lo indican por sí mismos: el destino de la verdadera democracia depende de la formación de un nuevo político y de otra consciencia de acción partidista. La democracia no puede lograrse sin demócratas y estos, desde su origen remoto, están sólidamente educados en sentimientos de utilidad, fraternidad y solidaridad o se reducen a nada; si acaso, caricatura de acción limitada, gestores y pobres intermediarios entre la necesidad sedentario y el nomadismo de los poderes reales.

Los demógrafos calculan que la población mundial, hacia el 2030, se estabilizará en torno a los diez mil millones de habitantes. Abundarán los
viejos y el planeta conocerá los rigores verdaderos del deterioro ambiental. Para entonces la economía de mercado habrá cosechado los efectos devastadores de que son capaces algo más seis mil millones de miserables dispersos en el subdesarrollo. Se probará el azote de la cultura del adefesio, del desperdicio y del consumismo que ya existe en las zonas urbanas. Y, de no interponer un criterio de humanismo crítico en la responsabilidad política del presente, también nos daremos cuenta de lo que
es capaz la humanidad cuando se convierte en plaga de si misma, enmascarada de libertades.

Como nunca, por tanto, es inminente formar políticos a la altura de la necesidad y recobrar la tarea mediadora de los partidos. No es democracia en estos términos lo que habrá de salvar al planeta, sino la tarea cotidiana, responsable y ética de la nueva política.

* Ensayista de origen hindú. Especialista en historia de la cultura.