Perú: el largo camino hacia la democracia
Erika Amoedo García*

La toma de protesta de Alberto Fujimori para un tercer mandato de cinco años al frente del gobierno peruano fue tan violenta que se esperaba. La ceremonia de investidura, enmarcada en la celebración del 179° aniversario de independencia, al que se pretendió dar un carácter histórico, generó en una jornada de violencia iniciada por supuestos infiltrados del Servicio de Inteligencia Nacional en la denominada Marcha de los Cuatro Suyos -puntos cardinales del antiguo imperio Inca-, encabezada por el excandidato presidencial Alejandro Toledo.

Fujimori inicia su tercer periodo de gobierno, tras una década en el poder, con un país polarizado entre quienes avalan sus logros y aquellos que rechazan su gobierno por las medidas antide-mocráticas con las que se postuló a la Presidencia al haber interpretado la Constitución de 1997 y el polémico proceso electoral en el que abundaron las denuncias sobre irregularidades, lo que ha llevado tanto a organismos internacionales, de derechos humanos y partidos de oposición a cuestionar la legitimidad de su mandato.

Aunque a nivel internacional no se han producido las reacciones que se esperaban como las sanciones económicas anunciadas por los Estados Unidos, si llama la atención que solamente los mandatarios de Bolivia y Ecuador, Hugo Bánzer y Gustavo Noboa, respectivamente, decidieran asistir a la toma de posesión, y que el resto de los gobiernos invitados fueran representados por funcionarios de segundo o tercer nivel, lo que sin duda no causó mella en el recién mandatario electo, quien a lo largo de estos diez años ha demostrado en más de una ocasión que no está dispuesto a ceder ante las presiones y mucho menos ante quienes considera sus enemigos.

La postura de Washington frente a Perú, posterior a la controvertida segunda vuelta electoral, fue un cambio total al grado de manifestar su disposición de «trabajar» con el gobierno reelecto. Pero ¿a qué obedeció el viraje de los Estados Unidos con Fujimori contra quien lideró las presiones internacionales para exigir, previo a las dos vueltas de los comicios, un proceso libre y justo y respaldó las gestiones de la Organización de Estados Americanos (OEA) para denunciar las irregularidades durante y después del proceso electoral? La única respuesta podría ser el Plan Colombia que forma parte de la estrategia geopolítica de Estados Unidos en la subregión andina, en donde el Perú del Chino juega un papel importante, si se toma en cuenta que ha garantizado cierto grado de «gobernabilidad».

Alberto Fujimori ha inaugurado su tercer mandato aferrado a su tradicional estilo de actuar, confiado en su férreo control sobre los tres poderes del Estado. Prueba de ello son las denuncias interpuestas en contra de los organizadores de la Marcha de los Cuatro Suyos, entre quienes figuran legisladores de oposición que deberán enfrentar sanciones parlamentarias y denuncias penales por negarse a legitimar al nuevo gobierno.

La situación para Fujimori no es fácil ya que los costos políticos podrían ser aún más altos lo que le dificultará asegurar una mínima gobernabilidad. Su discurso luego de ser ungido en el Congreso demostraron una vez más que no está dispuesto a la apertura democrática o la inclusión de sectores que le son hostiles y que su compromiso agendado ante la OEA de realizar reformas al sistema judicial, protección a los derechos humanos y libertad de expresión, permanecerán en la interrogante.

Los problemas del presidente peruano no se circunscriben sólo a la esfera política. En lo económico y social también enfrenta dificultades ya que los intereses de la deuda externa sextuplican el total de las exportaciones y en el cumplimiento con los compromisos externos, se calcula que la mitad de la población vive con menos de un dólar al día y que el desempleo y subempleo asciende al 63% de la Población Económicamente Activa (PEA).

Aunado a lo anterior, se rumora que Fujimori ha irritado a la comunidad empresarial que en otros tiempos fue su aliada y que ahora, como en el caso particular de las compañías mineras, importante motor de las inversiones en el país, han amenazado con cancelar proyectos si no se restauran las concesiones tributarias que el gobierno eliminó.

Es difícil vaticinar cuanto tiempo le queda al Chino en el poder, pero por su accionar a lo largo de una década todo parece indicar que su régimen se convertirá en el más prolongado de Perú si llega al 2005, año en el que no se puede descartar podría presentarse nuevamente como candidato presidencial y permanecer por un nuevo periodo. Es por ello que la oposición «recalcitrante» –como la denomina Fujimori– tiene que convertirse en una opción que permita encaminar y consolidar un verdadero proceso democrático.

Alejandro Toledo ha propuesto un Frente Democrático Nacional que agrupe a todos los sectores de oposición. Sin embargo, el triunfo de este Frente dependerá en buena medida de su capacidad para presentar y proponer una visión alternativa a los problemas que aquejan al país y no únicamente acciones de protesta y movilizaciones callejeras.

Esta nueva etapa de Fujimori, que es arriesgado afirmar será la última, promete ser turbulenta. ¿Sabrán los dirigentes de oposición mantener la unidad y el ánimo que los ha guiado en estos últimos meses para construir en los próximos años un orden democrático distinto al que han conocido los peruanos en el pasado?

*Secretaria Técnica de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe, COPPPAL.