EL
GALLO SÓLO PERDIÓ UNA PLUMA
VÍCTOR MANUEL BARCELÓ R.*
El
tejido social no se ha roto. La sociedad mexicana no está
dividida entre gobiernistas y oposición, sino entre mexicanos
más o menos favorecidos, que es muy distinto. Todavía
no conocemos una sociedad en este planeta que no tenga tales diferencias,
que son nuestra preocupación, pero aún no al punto
de confrontarnos irremisiblemente. De ninguna manera estamos al
borde de una catástrofe, pero urge atender a la equidad
social.
Es
un error de apreciación confundir la pérdida de
posición política de un partido -por fuerte y consolidado
que sea- como el PRI, que será substituído por otro
partido al poder, con una tragedia nacional. Las instituciones
nacionales son fuertes - creadas así por el partido en
el poder, durante siete décadas- y el equilibrio de poderes
no permite augurar el escenario de una ruptura, sino, en todo
caso, de una manera diferente de hacer las cosas. A eso se reduce
todo.
Tampoco
es acertado hacer pronósticos derrotistas en el cambio
de poderes, porque el PRI encarna valores que son permanentes
e irreductibles, conservando la adhesión de millones de
connacionales que le confiaron sus destinos en múltiples
ocasiones y que fueron rebasados por circunstancias coyunturales,
pero no borrados del escenario político nacional.
Muy
por el contrario, podemos y debemos de considerar esta nueva jornada,
como una ocasión favorable para depurar filas, ajustar
mandos y cambiar estilos de liderazgo, de tal manera que desde
ahora, nos preparemos para refrendar lauros en las próximas
campañas y presentar un frente unido ante los demás
partidos.
Se
nos ofrece la ocasión de despojarnos de oportunismos y
arribismos y sobre todo, de lastres que demeritaron la imagen
del partido, que es lo más urgente de preservar y revalorar
a la luz pública; porque ha sido la opinión desfavorable,
fincada en ciertas figuras y ciertos actos negativos, lo que -entre
otras cosas- inclinó la balanza en contra nuestra.
El
elemento predominante en la jornada que culminó el 2 de
julio, fue la necesidad de cambios, de renovaciones y depuraciones,
que nosotros mismos debimos de haber realizado, con la amplitud
y energía producto de su conocimiento, cuando tuvimos la
ocasión de hacerlo. Esto nos enseña que, desde la
oposición, nuestro partido se someta a una autocrítica
sincera y de fondo, que llegue a las causas reales de los problemas
sociales no atendidos y de las formas no idóneas de abordarlos
y resolverlos.
El
dilema que confronta la sociedad mexicana es el de un progreso
sostenido y orientado a la prosperidad general, que permita a
todos participar en un mundo que se transforma y se unifica a
pasos agigantados y reclama, de cada nación, lo mejor de
sí misma, y de sus pueblos, una clarificación de
objetivos más ambiciosos. Cualquier gobierno que hubiera
tomado las riendas en este tiempo, tendría que abordar
este reto. La diferencia estaría en la intensidad y el
ritmo, en la orientación y en la oportunidad, pero no en
el fondo y contenido del asunto a discernir. Ya no hay lugar para
radicalismos, ni para experimentos de ingeniería social,
porque ahora se privilegia la iniciativa y la audacia, en lugar
del conformismo y la pasividad.
El
papel que corresponde a partidos como el PRI, es el de apoyar
las acciones positivas y proponer sus propias iniciativas, de
manera que quede claro, para todo el mundo, que hay otra manera
de resolver las grandes cuestiones nacionales y que la experiencia
acumulada por el partido, precisamente por su largo ejercicio
del mando, y los extraordinarios resultados obtenidos en la construcción
de la nación, le capacitan para implementar soluciones
a corto, mediano y largo plazos, de modo que los intereses de
la patria -que no pueden ser otros que los de la inmensa mayoría
de su población- sean mejor servidos y consolidemos el
sitio que merecemos en el concierto internacional.
La
experiencia de gobierno -probada en múltiples ocasiones-
constituye un patrimonio nacional que no puede ser desdeñado
y al cual, ahora se agregarán las aportaciones que hagan
los nuevos gobernantes, que tendrán la oportunidad de probar
la eficacia de su oferta política, o bien, sufrir las consecuencias
de sus errores. Es la ley de la vida y en nada se manifiesta con
mayor rigor, que en la práctica de la democracia, la del
ayer que ya vivimos o la del futuro, que tiene que moverse en
la esperanza.
El
problema, para el PRI, es otro. Es el de un partido que tiene
que reconquistar el consenso ciudadano, volver a entender y entenderse
con los jóvenes de todas las clases sociales; pero no el
de un partido que tenga que probar, en la práctica, su
capacidad de liderazgo y de iniciativas de gobierno. Esa ha sido
su tónica y su éxito.
Por
eso, hemos dicho y redicho que está a la orden del día
revalorar la imagen pública del Partido, depurando sus
hechos, dichos, gentes y formas de actuación, ya que en
esta operación de limpieza radica la reconquista del territorio
político perdido y de ello depende que tal pérdida
sea transitoria y ocasional. Creemos que el Partido está
arraigado firmemente en la conciencia nacional y que no son hechos
circunstanciales los que pueden desalojarlo de ahí. Pero
creemos también, con igual firmeza, que sin corregir los
errores y ponerlo en manos limpias y nuevas, no habrá oportunidad
de reconstrucción.
Y
mucho menos ayudarán las disputas internas por lograr un
posicionamiento, que mucho tiene de ambición personal y
poco de institucional, porque éste y no otro, es el principal
error en que incurrimos reiteradamente, al apoyar, no a las ideas
y a los proyectos, sino a los hombres y a los grupos que, por
decir lo menos, no tenían ni tienen la calificación
adecuada o suficiente para merecer el soporte partidario.
La
fuerza del PRI provino de haber promovido los cambios que transformaron
a México, de una nación de escasas o nulas oportunidades,
en una nación dotada de los recursos de infraestructura,
estructura y superestructura, suficientes como para ambicionar
y merecer su incorporación al Primer Mundo, llevando como
estafeta el abatimiento de los rezagos sociales y culturales que
todavía padecemos.
Todo
es posible en el futuro, si mantenemos la convicción de
que el Partido, nuestro Partido creador de una nación
es fuerte y salió incólume de la prueba y puede
y debe demostrar que le esperan muchos triunfos en el futuro.
Parafraseando a Juárez, digamos que «el gallo sólo
perdió una pluma». Eso, es fundamental.
*Licenciado
en economia. Servidor público y diplomático. Actual
director del Comité
Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas.
