LA HISTORIA RECIENTE,
EL INMEDIATO PORVENIR

Carlos Arriola Woog*

Todos los caminos conducen a la historia y la historia está en la entraña de todo conocer o hacer.
Jesús Reyes Heroles.

En los últimos 30 años, nunca ha sido fácil convencer al lector o al elector de que la democratización de la sociedad mexicana es hazaña del PRI. Ciertamente no faltaron académicos, intelectuales y periodistas, tanto nacionales como extranjeros, que señalaron que la modernización política y económica del país con paz social había sido obra del PRI. La simple comparación con Sudamérica bastaba para marcar las diferencias y en la década de 1960 se habló de «el milagro mexicano», por alusión al alemán y al japonés. En esa misma década, López Mateos hizo la primera reforma constitucional para crear los diputados de partido, mientras que Argentina y Brasil conocieron otro golpe de Estado y Cuba se había proclamado socialista.

Sin embargo, a todos sorprendía que el PRI ganara las elecciones con tanta facilidad. A muchos les resultaba inaceptable la sencillez de la verdad: de un lado, el partido que encarnaba la tradición de la Revolución Mexicana contaba con el apoyo real de las mayorías obreras y campesinas del país, así como con la simpatía de las clases medias, o al menos no con su hostilidad. Las élites económicas, que veían asegurados sus intereses, tampoco tenían motivos para embarcarse en una aventura que intentara desalojar del poder a la élite política. ¿Con quién la sustituirían?

Del otro lado, la oposición carecía de fuerza. El Partido Popular, creado por Vicente Lombardo Toledano, junto con el PARM, vegetaban y dependían de ayudas y subsidios disfrazados. El PAN contaba con apoyos económicos de algunos empresarios, principalmente de Monterrey, la conexión Gómez Morín, así como con las simpatías y apoyos morales de la Iglesia católica, la conexión González Luna. Sin embargo, ni los empresarios ni la jerarquía eclesiástica pensaban en modificar el status quo. De ahí que no era extraño que los votantes del PAN terminaran donde acababa el pavimento, como escribió Rafael Segovia a principios de la década de 1970.

Todo cambió a partir del agotamiento del modelo de sustitución de importaciones, el alza del precio del petróleo y la nacionalización de la banca. Las indecisiones acerca del camino a seguir, la fugaz riqueza y las consecuentes crisis motivaron a las élites económicas a plantearse seriamente la posibilidad de sustituir a la tradicional élite política, incluyendo a la del PAN, de la que también desconfiaban por sus inclinaciones social-cristianas. Este viraje y la politización del empresario mexicano, los describí en mis libros Los empresarios y el Estado mexicano y Ensayos sobre el PAN.

El cambio en el modelo de desarrollo emprendido por Miguel de la Madrid, profundizado por Carlos Salinas y continuado por el Presidente Zedillo aceleró el asalto de los empresarios al poder intentado por vez primera en 1988 con Clouthier. El proyecto de gobierno fue expuesto en el libro Propuestas del sector privado, s.p.i. publicado por la Coparmex y Concanaco en cuya elaboración participó el actual presidente del PAN, Bravo Mena. (Ver mi artículo «El proyecto modernizador de la nueva derecha» en examen de septiembre de 1989).

Las sucesiones de 1988, 1994 y el 2000 mostraron que la cohesión del PRI se había visto en apuros crecientes, con lo cual la capacidad de gobernar, a los ojos de las élites económicas no estaba garantizada. Además, el nuevo modelo lastimó intereses de todos los grupos sociales y provocó animosidades e inquinas contra el PRI, ya que los cambios afectaron intereses y creencias. «Lo peor que un príncipe puede esperar de un pueblo que no lo ama es el ser abandonado por él; de los nobles, si los tiene por enemigos, no sólo debe temer que lo abandonen, sino que se rebelen contra él» escribió Maquiavelo.

Por su lado, los intelectuales y académicos, los profesores y estudiantes de las instituciones públicas dolidos por el movimiento del 68, se distanciaron del gobierno y del PRI. El mayor gasto en educación y cultura en los últimos 30 años, así como la creación del Sistema Nacional de Investigadores y la del Sistema Nacional de Creadores no fueron apreciados. El «aire de los tiempos» también cambió en el mundo en la década de 1980 y la caída del socialismo sólo acentuó la orfandad ideológica de estos grupos. Además, la modernización de la sociedad no fue aceptada ya que el auge de las universidades privadas acentuaba su marginalización, en particular la de los académicos ocupados de las Ciencias Sociales.

Privados de ideales, con una progresiva pérdida de estatus social y muchos de ellos con grandes frustraciones personales, los llamados «científicos sociales» tenían que buscar en el exterior de las universidades una razón de existir y, a la vez, un chivo expiatorio que resultó el PRI y el neoliberalismo, también obra del PRI. Por lo mismo, no son de extrañar los súbitas conversiones de antiguos marxistas en favor de la democracia «burguesa» y el apoyo, en las pasadas elecciones, de muchos izquierdistas a un candidato que en otras circunstancias lo hubieran tachado de lacayo del imperialismo yanqui y le hubieran colgado otros sambenitos en boga hasta hace unos pocos años.

La quiebra del paradigma marxista también provocó la adopción apresurada e indiscriminada de tesis y modelos sociales elaborados para otros regímenes: el coorporativismo de O’Donell, el autoritarismo de Linz y otros más que eximían a los académicos de la investigación y a los intelectuales de la reflexión, pero que resultaron de gran utilidad para deslegitimar al PRI.

En lo acaecido, el PRII puso lo suyo por omisión. Desde hace muchos años, y en repetidas ocasiones, Jorge Hernández Campos advirtió que las oposiciones, «tratando de alcanzar el poder manosean la tesis de que el PRI es una manifestación patológica, un tumor en el cuerpo de la nación que requería ser extirpado». El trabajo de Hernández Campos se tituló «La batalla por la historia» y se publicó en marzo de 1998. En él también advertía: «el PRI, lastrado por un antiintelectualismo germinado en un pragmatismo cerrado a las ideas, porque las ideas significaban espíritu crítico, (el PRI) perdió la iniciativa desde las primeras escaramuzas. No sólo no participó con inteligencia, con imaginación, sino que ni siquiera participó. Es posible que ni siquiera haya advertido aún ahora cómo las oposiciones –que si entienden el valor de la cultura en la política– han estado ganando las mentes de los ciudadanos.»

No es de extrañar, por consiguiente, el éxito en las tres últimas décadas de expresiones sin sentido, tontas en su mayoría, como «la democracia sin adjetivos», «la dictadura perfecta», así como la calificación del PRI como partido de Estado y su grotesco equiparamiento con los partidos comunistas, el régimen franquista y hasta con la dictadura de Pinochet.

Lo más grave fue que la ausencia de reflexión interna hizo mella en los propios priístas, muchos de los cuales asimilaron toda esa chatarra intelectual, que hoy se traduce en ocurrencias peregrinas que incluyen el «dar cristiana sepultura al PRI», afirmar que no está preparado para ser oposición y la propuesta de cambiar su nombre y sus colores. Todo ello sólo muestra desconocimiento de la historia, de la hazaña priísta en el siglo XX y del capital político que esta tarea representa. Se quiere tirar el agua sucia de la bañera, sin importar que el niño vaya con ella.

La tesis más socorrida por propios y extraños es que el PNR nació desde el poder para conservarlo, por lo cual es difícil que hoy el PRI aprenda a ser oposición. Esta opinión ha sido aceptada sin ningún análisis crítico y está incluida en uno de los trabajos del anterior número de examen. De ahí que convenga, aunque sea brevemente, formular algunas consideraciones al respecto, por sus repercusiones en el debate que apenas comienza.

En primer lugar, cuando Calles decide fundar el PNR el poder se encuentra disperso. El hombre fuerte de la Revolución, el general Obregón, había sido asesinado en julio de 1928 y la posibilidad de que se reiniciara la guerra civil no era remota. Los esfuerzos y las medidas del general Amaro por poner fin al sistema que hacía de las unidades militares pequeños ejércitos privados y de las zonas feudos de generales, solo tenían cuatro años de haber sido puestos en marcha.

Los otros dos poderes importantes eran la Iglesia católica y los empresarios: la primera desafió al Estado hasta con las armas y los segundos intentaron frenar la política social y se opusieron a la reglamentación del artículo 123 aprovechando la inestabilidad originada por la muerte de Obregón. En 1929 crearon lo que llamaron Sindicato de Patronos, la Coparmex. (Los hacendados se quedaron solos, resignados a su suerte).

Por consiguiente, el problema de Calles no era conservar un poder que sólo parcialmente ejercía, primero por la presencia de Obregón, después por su ausencia; así como por la existencia de caudillos-generales en las zonas militares y por la fuerza de los enemigos de la Revolución. La gran aportación de Calles no sólo fue emprender la centralización del poder sino institucionalizar este proceso poniéndolo a salvo de las contingencias caudillistas.

En segundo lugar, la necesidad de centralizar el poder ha sido puesta de manifiesto por los escasos pensadores que no se han amilanado al estudiar su verdadera naturaleza. Tal es el caso, por sólo citar autores recientes, de Georges Burdeau, Romano Guardini y Bertrand de Jouvenel. Este último, después de analizar la «gloriosa» revolución inglesa, la de 1789 y la soviética, concluía que la verdadera función histórica de una revolución es renovar y reforzar un poder, ya que los pueblos, por instinto de conservación, detestan la debilidad, la flaqueza de los gobernantes. Más aún, Jouvenel afirma que los cadalsos no se levantaron para los déspotas (Enrique VIII, Luis XIV o Nicolás I) sino como «sanción biológica» a la impotencia de Carlos I, Luis XVI y Nicolás II.

En sus magistrales cursos, Rafael Segovia sintetizó el pensamiento de Jouvenel: una revolución centraliza el poder o no sirve para nada, y este fue el gran logro de Calles que permitió que el país se modernizara con paz social. En su prólogo a El príncipe, Antonio Gómez Robledo está de acuerdo con la censura de Maquiavelo a Julio César, destructor de la República Romana, y con el elogio a César Borgia «que no destruyó nada, sino que organizó políticamente la región que no era sino una madriguera de bandidos» (los condotieri). Al crear el PNR, Calles tampoco destruyó ninguna República democrática, pero sí sentó bases para su edificación

En tercer lugar hay que considerar que la centralización del poder no implicó que la lucha para alcanzarlo desapareciera, ni que los priístas hayan dejado pasar un solo día sin pelear por él. Gracias a ello, priístas que se fueron al PRD no requirieron de ningún entrenamiento para ganar el poder en el DF y los que se quedaron supieron recuperar Chihuahua.

Estas tres consideraciones vienen al caso para señalar, de una parte, que la lucha para recuperar la presidencia en un marco de competencia, no requiere de un entrenamiento sustancialmente diferente. Del otro, que si algo se perdió, en los últimos años, en algunos priístas, fue la legitima ambición y la voluntad de conservar el poder, que se tradujo tanto en la intención de «despolitizar» los actos de gobierno, como en la voluntad de desacralizar la presidencia, operación realizada tanto por la demagogia de los populistas, como por las gráficas de los tecnócratas.

Con respecto a la propuesta de cambiar el nombre, los colores o el emblema del partido considero que sería suicida. De un lado, equivale a reconocer y aceptar las calumnias infundidas y las imprecisiones que se han dicho y escrito acerca del PRI y, sobre todo, de la Revolución Mexicana por ignorancia, por mala fe o por ambas. Hacerlo equivaldría a prostituir la historia de México y dejar sin legitimidad histórica tanto la lucha para recuperar la presidencia como las políticas nacionalistas y populares que el partido debe seguir impulsando desde la oposición.

De otro lado, sería caer en el juego neoliberal y en la pretensión tecnocrática de que existen políticas «de Estado» al margen de intereses concretos de grupos, clases y regiones. Aceptar este juego equivale a no volver a ganar una elección, ya que un nuevo y desconocido partido, sin arraigo, que intentara competir con la élite empresarial, con reglas definidas por ellos, estaría condenado de antemano al fracaso. El nuevo partido tendría que ser más papista que el Papa y entonces sí se enterrarían los ideales de democracia y justicia social de la Revolución.

Pretender una vía intermedia entre el neoliberalismo y algo que no quiere decir su nombre (la Revolución Mexicana) no conduciría a sitio alguno, tal y como aconteció con los expriístas que han fundado y «refundado» partidos. Un país con un rico pasado, el más rico de Latinoamérica, no puede prescindir de la legitimidad que otorga la historia. Hasta los neoliberales que pretenden borrón y cuenta nueva tuvieron que acogerse a la legitimidad proporcionada por los 61 años de existencia del PAN.

Además, la pregunta pertinente en este porvenir que ya nos rebasa, no es el nombre del partido, sino saber si se puede ser modernizador sin ser neoliberal. La respuesta es un sí rotundo y, nuevamente, el fundamento de está afirmación categórica está en la historia de México en el siglo XX, lo que he llamado la hazaña del PRI que fue, justamente, haber promovido la modernización económica, social y política del país con una fuerte intervención del Estado para mitigar la acentuación de las desigualdades que todo proceso modernizador apareja.

El dilema para los próximos años será entre un proyecto de modernización con intervención del Estado y otro en que se deje el desarrollo del país a las supuestas leyes del mercado que siempre han favorecido a los que más tienen.

Al liberalismo brutal de los tecnócratas del porfiriato, los llamados científicos, los gobiernos de la Revolución opusieron el llamado «liberalismo social». Hoy, a la modernización neoliberal de los tecnócratas hay que oponer una modernidad «bien temperada» por los políticos, basada en la recuperación del papel rector del Estado y de su obligación de ser «árbitro y regulador de la vida social». El único partido capaz de modernizar al país con justicia social, por su legitimidad histórica y su experiencia gubernamental, es el PRI, el de ayer y el de hoy.

*Escritor y analista político. Fue investigador y secretario de El Colegio de México.