UN PRI DIFERENTE
CESÁREO MORALES GARCÍA*

A partir del 2 de julio, en un proceso contradictorio y, seguramente, espasmódico, irán quedando atrás los viejos usos del poder y una forma obsoleta de la política. Todo lo que huela a patrimonialismo, privilegio y corrupción, será intolerable. Los grupos cerrados que pretendan seguir defendiendo sus intereses unilaterales, inconscientes del lastre que los hunde sin remedio, a pesar de sus rutinas de factura más o menos mafiosa, se extinguirán de manera inevitable.

Asistimos al fin de la política «cratocentrada», una política colapsada como mera obsesión por el poder. No se trata, claro, de un corte abrupto, porque sobreviven inercias organizacionales y mentales. Desde el funcionamiento institucional y a través de innovaciones diversas, sin temor a una amplia dimensión experimental, comienza la búsqueda de los usos inéditos del poder.

La sociedad exige, entonces, otras formas de hacer política. Al parecer, todas ellas deberán sustentarse en una cultura de la iniciativa y la creatividad, con el fin de sumar voluntades, consensos y energía en torno a los propósitos que permitan a todos vivir con dignidad, en la tolerancia recíproca, y ser reconocidos plenamente en la radicalidad de su propia diferenciación como seres humanos.

El PRI, como organización política, aunque de manera abstracta admitía la posibilidad de su derrota, pero nunca previó realmente la pérdida del poder. Se puede discutir si esto se debe a una ceguera provocada por 70 años de gobierno o a causa de una concepción puramente pragmática de la competencia electoral y la democracia.

De ahí que a un mes de la fecha de la alternancia, el PRI aparezca todavía como un ente abrumado por el duelo. Son claras sus dificultades para reencontrar el camino de la realidad, una vez que la anterior ha desaparecido. Sin quererlo se muestra deprimido, no puede dar cuenta de sí mismo, como si la derrota hubiera también desdibujado su propia identidad.

No se puede afirmar, sin embargo, que el PRI esté perdido. Lo salvan sus contradicciones. Todas ellas son muy claras y oscilan entre la dimensión institucional y el ámbito individual de cada militante.

Si en tanto que organización se ha visto en estas semanas como un artefacto lento y torpe, cada priísta tiene un sinnúmero de ideas para su renovación y sobre lo que se debería hacer de urgencia y en el mediano plazo.

Si como fuerza política no ha podido posicionarse en el debate postelectoral, cada priísta expone en reuniones de amigos o en el café, las razones del orgullo y el cambio. Si institucionalmente adopta decisiones temerosas y poco claras, cada priísta imagina una rica multiplicidad de opciones. Si las burocracias y sus epígonos se ven agotados, cada militante se ha convertido en actor de la innovación. Si es patético que algunos grupos demanden la expulsión del Presidente de la República y no sé de quién más, es ejemplar que numerosos priístas, por propia iniciativa, hayan iniciado una reflexión de largo alcance en torno al qué hacer mañana y durante los próximos meses. Todo indica que la consigna sería la de dejar atrás el burocratismo y dejar libre el terreno a los priístas, a los militantes.

El PRI en la oposición abre a novedades impensadas. De entrada, por la decisión de una mayoría electoral, se encuentra en el Jordán de las aguas renovadoras de su legitimidad. Esa es su oportunidad, convertirse en una oposición inteligente, flexible, negociadora y visionaria.

Su agenda ahora es la de la ciudadanía, con bastante claridad en algunos de sus puntos y como una convocatoria a la imaginación en otros. La enuncio en sus líneas principales:

*Consolidar el Estado constitucional y democrático.
*Completar la legalidad económica.
*Alcanzar la nación justa.
*Calidad de la educación y una sociedad del
conocimiento.
*Una sociedad incluyente.
*Una sociedad informada.
*Derechos y obligaciones.
*México en la globalización.
*Una ética para las decisiones públicas.
*Riesgos a evitar.

El PRI deberá pasar a una siguiente etapa de su despliegue ideológico, defendiendo lo que ha sido y lo que es, en el contexto de la globalidad económica y cultural que viviremos de manera aún más rápida en los próximos años. Los principios que lo sustentarían son libertades y derechos, democracia, oportunidades, nación justa e identidad nacional abierta frente a la globalización.
La dirección política tendría que poner manos a la obra en los siguientes rubros:

1. Preguntar a los electores cuál es el PRI que quieren. Los principios de identidad partidista tienen una apertura y una riqueza tales, que admiten los diversos matices que el electorado pueda exigir.

No se trata, simplemente, de recortar al partido a la medida de la demanda, sino de establecer una comunicación eficiente entre ambas partes. Los electores expresan aspiraciones y deseos. La organización política, si tiene talento y capacidad, los procesa como propuestas de un proyecto.

2. Transformar los sectores. La propia evolución social los empuja hacia otros perfiles organi-zativos, acordes al papel que los sindicatos pueden desempeñar en las empresas ubicadas ya en la competencia de los mercados mundiales o que lo harán más temprano que tarde. Como sucede en otros países, deberán abrirse a la pluralidad, dejando a la libertad de cada quién su opción política, o rápidamente el anquilosamiento los reducirá a su mínima expresión. Si cambian en la dirección correcta, el PRI encontrará en el mundo del trabajo los liderazgos acordes a su vocación social histórica.

3. Las nuevas organizaciones y las redes. Llegó el tiempo de atender a la sociedad diversa en sus luchas y sus causas. La segunda generación de derechos y los temas que van de la ecología a la defensa de la vida privada, son campos fértiles para una política renovada. Ya no es cuestión de convertir a los ciudadanos en burócratas partidistas, sino de acompañarlos en sus inquietudes, sus preocupaciones, y hasta en sus arrebatos de altruismo.

4. Liderazgos y nuevos rostros. La circulación de cuadros se hizo lenta y casi todas las figuras se han desgastado. En la organización campesina, en la fábrica, en los barrios y las universidades, así como a lo largo y ancho de la estructura territorial, existen liderazgos que han de ser reconocidos y alentados. Un partido sin caras nuevas, se debilita de manera irreversible y dibuja su propia desaparición.

5. Democracia interna. Los procesos para elegir candidatos y dirigentes, por su equidad y transparencia generan una cultura de la competencia y el respeto a los resultados. Este será un aspecto fundamental de la unidad del partido en la pluralidad. La democracia interna, además de legitimidad, eleva la competitividad electoral.

También, la dirección política deberá abrir a los gobernadores y a los grupos parlamentarios de la Cámara de Diputados y el Senado de la República, los espacios para que se reposicionen hacia adelante, en la perspectiva de las nuevas formas de hacer política. Lo que sucedió hasta ahora es pasado. La pérdida de la presidencia es un dato objetivo propio de la democracia y, también, si se le ubica correctamente, una oportunidad. La concepción burocrática del poder ya no sirve para nada.

Las exclusiones y la «grilla» clásica son apenas vestigios de la obsolescencia. Se requieren liderazgos de la inteligencia, la sobriedad y la responsabilidad. El PRI debe recuperar la inspiración en la política y la sensibilidad. Luego, ponerse a trabajar.

Para concluir esta reflexión, en un ánimo ligeramente provocativo, propongo 10 axiomas prácticos de una política priísta:

1. Una política de fines que excede la lucha por el poder.
2. Política de cada militante alentada por grandes ambiciones, pero mediada siempre por la cultura y la responsabilidad.
3. Política de partido sólida, de propósitos claros y con capacidad de conducción.
4. Una política atenta, ágil, eficaz y sin torpezas; una política para defender y promover las causas de la sociedad.
5. Una política flexible, no oxidada, ni cansada.
6. Una política de posiciones, no de ocurrencias.
7. Una política que suma, no que divide.
8. Una política que exige a cada priísta estar en forma, sin adiposidades ni excrecencias.
9. Una política que demanda un militante bien recortado, sin desparramamientos, como un corredor de fondo o de 100 metros.
10. Una política de un ciudadano por las libertades, los derechos y la justicia.

En su XVIII Asamblea Nacional el PRI podrá dar brillo a sus perfiles de partido de oposición inédito, de nuevo cuño, listo para convocar la confianza de los electores en el año 2003 y dispuesto a hacer todo lo necesario para merecer su voto.

Los resultados electorales de ese día demostrarán que aprendió la lección o, en caso contrario, que habrá de continuar el desciframiento de su quehacer.

* Coordinador de la Comisión Nacional de Ideología. Coordinador de Asesores de la Presidencia de la Junta de Coordinación Política del Senado de la Republica.