MÉXICO: LA HORA DE LA VERDAD;
LA HORA DE LOS PARTIDOS
Y DE UN CONGRESO DEL SIGLO XXI

JUAN MARÍA ALPONTE*

Agradezco mucho al licenciado José R. Castelazo, director de esta revista, que me pidiera, ex ante de las elecciones del 2 de julio, dos artículos sobre el estado de la Nación. Fueron –quedaron negro sobre blanco– implacables o, en su lenguaje, «letales».

No era mi propósito la desmesura, sino afirmar y establecer, como investigador, que si el Estado, genéricamente, es una nación organizada y esa organización se fundamenta, históricamente, en el Estado de Derecho, México –eso señalaban esos dos artículos– no es una nación organizada.

No puede serlo la nación que tiene 45 millones de pobres y una estructura económica que ha diseñado la redistribución del ingreso hacia arriba. Esa doble implicación, en una sociedad urbana y escolarizada (pese a las imperfecciones y asimetrías en esos dos niveles) auguraban, de forma inexorable, una respuesta social que no podía ser la repetición del pasado. Los hechos lo demostraron. Se me pide ahora, un análisis post-electoral.

Lo hago pensando en que, si los dos artículos anteriores no sirvieron para crear la conciencia de que se estaba ante un país nuevo y que ese país nuevo requería otro lenguaje y que ese lenguaje no podía ser el del Estado-Cliché, ahora es imprescindible asumir otra edad y otro sistema de interpretación de la Política. Sobre todo, para hacer posible, a la vez, la gobernabilidad y la pasión, objetiva, de la recreación del papel de la Oposición en la Democracia.


EL PAÍS DESPUÉS DEL 2 DE JULIO

Las elecciones del 2 de julio del año 2000 han generado, sin más, un presidente indudablemente legitimado por el voto popular. Negar esa evidencia es formular la utopía en su sentido etimológico de «utopos», es decir, «lugar que no existe». El voto ha sido un voto ilustrado y complejo. En el latín clásico «complexus» significaba el tejido social completo. En efecto, los electores mexicanos ofrecieron la particularidad de un voto contra el PRI, pero no un voto contra la posibilidad de una nación organizada.

Dicho de otra forma, el sufragio reveló extrema madurez. En suma, no proporcionó al presidente electo una mayoría y, menos aún, se le propuso un «carro completo». Ello hubiera sido una respuesta de significado irrelevante, revanchista y primaria.

No fue así. Tampoco lo fue accidentalmente. Lo prueba el hecho de que la mayoría histórica del PRD en el Distrito Federal (el 23% del PIB de la nación sobre 1,499 kilómetros cuadrados), así no más, generó una ratificación de gobierno, pero con una Asamblea sin mayoría. En resumen, el voto de una sociedad madura.

La sociedad fue por delante de los partidos, de los líderes y, desde luego, de los medios de comunicación social de masas. Estos, en su gran mayoría, todavía tienen que aprender a utilizar la libertad que es inseparable, indisociable, de la solidaridad y la civilidad. Es inútil decir, por ello, que las encuestas fracasaron y, más aún, que no convencieron a los votantes dubitativos. Estos persistieron en su propósito previo no declarado. Querían cambiar, sin duda, pero no asumían la responsabilidad del «carro completo». El resultado del sufragio postula, pues, la negociación y, en la democracia, la negociación –que no tiene nada que ver con la deshonestidad de la «cargada» o el «acarreo»– supone el ejercicio delicado, antiabsolutizador, de establecer el proceso de la convivencialidad política para hacer posible, antes del diálogo político, el reconocimiento, a plenitud, de la existencia del otro.

Es de añadir, por tanto, algo que no puede ser excluido: que el largo, costoso, insufrible y aplastante derroche de la campaña electoral no impidió, sin más, dos cosas importantes: primo, que la participación, un 64%, fuera reducida en comparación con el esfuerzo compulsivo para que se votara en el cuadro de una asumida fiabilidad; secundo, que la personalidad de Vicente Fox, al margen de los pros y los contras, de los prejuicios o juicios de valor, superó la proyección de los partidos y, desde luego, de su propio partido.

Esos dos primeros cuestionamientos no pueden eludirse del análisis. Es patente que faltó un porcentaje respetable de posibles votantes y que, en la Alianza por el Cambio, el «derredor ideológico» de los «amigos de Fox» superó, en perspectiva dialéctica, a su propio partido.

En otras palabras, en ese derredor estaba claro un hecho primordial: que era preciso, antes que ninguna otra cosa, el desmantelamiento del sistema y, por consiguiente, el «voto útil» se transformaría, como diría Lacan, en «un voto significante», es decir, en un voto histórico de ruptura real con el poder. Sin ese análisis de contenido sería difícil contender y entender el papel de los partidos en la siguiente etapa. Etapa que, centrada en la Reforma del Estado, no tiene otra conclusión lógica que ser una etapa constituyente posterior, esto es, una etapa que contemple una nueva Constitución. Así está centrado, a medio plazo, el universo del ex post electoral.

Desde ese enclave logístico, los tres grandes partidos nacionales, el PAN, el PRI y el PRD, tienen que comprender un fenómeno dramático: que Vicente Fox encarnó el cambio mucho mejor que el PRD, que se ofrecía como alternativa, y mucho mejor que el PRI. La proposición del cambio y el tránsito, pese a las simplificaciones fue foxista. El PRI, ofrecía el cambio sin producir, ni por asomo, un discurso original que le acercara al siglo XXI: al siglo del genoma y al siglo de la Revolución del Conocimiento. Su discurso no pasó, nunca, del Estado-Cliché.

Peor aún: el PRI pensó que podía conservar una posición hegemónica en el país con la aportación de los sectores más pobres (el Sector Primario, es decir, la Agricultura, Silvicultura y Pesca representa el 4.5% del PIB) sin asumir que los 166 distritos fundamentales del país, constituidos por ciudades con más de 100,mil habitantes, transformaban dialécticamente el proceso electoral. Dicho de otra forma, los estratos más informados y con demandas urgentes votarían, y lo hicieron, en contra. Por si ello fuera poco, la resistencia a votar de un 10%, al menos, de la abstención también fue una prueba de oposición tácita.

Esa realidad, latente y explícita,–el país es otro– no podía ser resuelta, sino al revés, por el reencuentro del PRI con los notables, caciques o dinosaurios. Fue una apelación poco afortunada y reveladora de una tendencia neurótica ostensible: no desprenderse del pasado cuando ese pasado era ya, históricamente, impresentable.

El error, en el fondo, denunciaba, como acontece en psicología de las profundidades, una renuncia al encuentro con la verdad. Ante la soledad, pues, de inventar un nuevo discurso creíble y defendido lúcidamente. Ello suponía aceptar, repito, que el país era otro. Se había anunciado ya, de manera ostensible, en 1968 –en el nacimiento del país urbano y en el alba del ascenso de las primeras minorías a la educación superior– y maduró ya, con dudas, en 1997. Era previsible que ese país no diera marcha atrás en el año 2000. No lo hizo, pero lo hizo, a la vez, con una dimensión lúdica y lúcida. Ya se ha explicado, antes, la complejidad, el universo, complexus, de ese voto.

Los partidos, si tienen una memoria crítica, deben saber que no pueden repetir 1997. En ese año el país impulsó a la creación, previa a las elecciones presidenciales del 2 de julio, de un régimen parlamentario, pacificador y dueño del logos, de un discurso fundado en el argumento. Al contrario, el impulso compulsivo del protagonismo y la antagonización, desde el primer día, determinó que la experiencia no fuera creativa, sino de antítesis. El subdesarrollo tiende a hacer protagonistas, como la pistola pretende ser el pene de las impotencias disimuladas al margen de los que, bien entendido, tienen la pistola como un arma profesional.

Desde el 2 de julio es evidente que, en orden a los partidos, el votante ha implantado dos hechos duros, enormes e inocultables: que las urnas quieren que los partidos recuperen, en el Congreso, su soberanía, es decir, la recuperación de la iniciativa legislativa, confiscada por el Gobierno, pero, al mismo tiempo, los votos han enterrado, sin honores, a toda la vieja clase dirigente.

El 12 de marzo del 2000, en España, en la misma noche de las urnas el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) perdió, en números redondos, por dos millones de votos. En esa noche, el líder del partido, Joaquín Almunia, no sólo reconoció la derrota, sino que «dimitió irrevocablemente y señaló que no se había podido transmitir –a una sociedad moderna– el mensaje de cambio adecuado». El ejercicio histórico del PSOE, a continuación, ha sido la reconstrucción del partido con otra generación. Ello, patentemente, sin degüellos. Ni la generación de la victoria de 1982, la de Felipe González y Alfonso Guerra, ni la nueva generación de los gobernantes de las regiones autonómicas más destacadas en los últimos tiempos (Chaves y Bono) lograron reducir la tentación, calma, unificadora y crítica de la base social: elegir a otro núcleo dirigente. El nombramiento de un desconocido de 39 años (a 13 días de cumplir los 40 cuando fue elegido), José Luis Rodríguez Zapatero, profesor de Derecho, con una dirección colectiva de 42.8 años y unos secretarios ejecutivos de 40 años, identificó, ante el país, que el partido había comprendido la lección. Incluido que no podía ir a las elecciones, en la Europa del capitalismo moderno y las estructuras suprana-cionales, con el Partido Comunista. Requiescat in pace. El propio Felipe González se había jubilado, jubilosamente, antes de que pasara la guillotina histórica.

Los tres grandes partidos nacionales, en México, tendrán que asumir la inmensa reflexión de las urnas. El PAN que ganó Fox y, en gran medida, su derredor ideológico y que ello le obliga, ante la Reforma de Estado y el proyecto constitucional, a digerir, extrapolar y dimensionar su proposición histórica, urbana y laica, ante el país. No tiene de otra. Debe reflexionar sobre una elección muy compleja y dura.

El PRI no puede dar el espectáculo, inverosímil, de una disputa de residuos y nichos eco-lógicos en los estados tradicionales. Tiene que enfrentarse con los 167 distritos urbanos y más escolarizados que concentran la población y la riqueza moderna y, por tanto, los conflictos históricos de clase puesto que las mayorías han sufrido una gigantesca expropiación y los salarios, a su vez, han sido tragados por la desigualdad y la ilegitimidad. Esa mutación no podrá hacerla el PRI con su pasado si quiere tener un porvenir. Es patente que yo discrepo, totalmente, con Hugo Chávez que quiere hacer tabla rasa del pasado (los 40 años de vida democrática de Venezuela después de la caída de la dictadura de Pérez Jiménez) porque todo discurso fundado en la tabla rasa es fundamentalmente arbitrario. Prueba de ello es que el golpista llamado Hugo Chávez está vivo porque la demoracia imperfecta de 1992 (cuando se sublevó con las armas y la sangre el 3-4 de febrero) le salvó la vida.

En otras palabras, toda actitud de tabla rasa es energuménica y vana. Pero ello impone, como antítesis ética, la clarividencia. La actitud de Joaquín Almunia en España y la de su partido es, en ese sentido, ejemplar. No se puede restaurar, como si nada hubiera pasado, a un nomenklatura staliniana.

Si la lección del PRI, como pasado, es enorme, la lectura que debe asumir el PRD es de connotaciones igualmente graves. Su pérdida de escaños, el deterioro de su mensaje, la lección del Distrito Federal, primera ciudad del país cuyo «portal» se cerró al PRI, no puede ser desatendida. El PRD ha sido, en demasía, un partido de tras-nochadores en tránsito que, difícilmente podían ser la vieja izquierda histórica (porque ésta no es posible en el nuevo país) y difícilmente podían representar una izquierda, indispensable, que asumiera la Tercera Vía. Esa gran operación, legítima e indispensable, la creación de una socialdemocracia moderna sin el lenguaje de los entierros ceremoniales, es el porvenir que queda al PRD ante los votantes. Otra generación tiene que asumir ese papel. En síntesis, si los sufragios han sido implacables con el PRI, y justamente, no han impedido, tampoco, al PRD, que pueda eludir, olvidar o excluir la magnitud de su decisión en las urnas.

Ante esas realidades, inamovibles, se requiere una visión ética de los acontecimientos. Los tres partidos son indispensables, como representantes de la Sociedad Civil, en un proceso –sin mayorías– que planteará la transformación del Estado, la previsión de una Constitución que, por vez primera, deberá conformar la idea del consenso.

Ello supone una sociedad establecida sobre la idea, básica, de que la creación del Estado de Derecho es el propósito y el problema fundamental del futuro. México, según el Informe del Banco Mundial 2000 es la décimoquinta economía, en tamaño, del mundo, pero la 75 en términos de PNB per cápita y la 55, por otro lado, en orden a los Indicadores de Desarrollo Humano también en el Informe 2000 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. En el informe de 1999 eramos el país 50.

Cinco puntos de pérdida debería haber alertado las conciencias. No ha sido así porque, perdidos en el mundo parroquial, ignoramos, muchas veces, el exterior. Pero el exterior, en la Edad de la Revolución del Conocimiento, existe totalizadamente.

Los partidos, si no quieren ser suplantados por las personas o por los numerosos profetas de la personalización del poder, tendrán que replantear su tejido direccional y transformarse en verdaderas manifestaciones de inteligencia convivencial –sin la cual es impensable la gobernabilidad– para atender a las demandas de una sociedad que no podrá enterrar el Fobaproa ni, obviamente, las demandas de cambio fiscal, social, cultural, educativo y cognitivo de una sociedad en tránsito hacia la III Revolución Industrial.

Si los partidos, en suma, no mudan su piel dinosáurica entregarán el poder a lo arbitrario y la Sociedad Civil empleará, contra ellos, la cirugía histórica de la tabla rasa. Ya he dicho que estoy contra ello, pero hay que ganarse el porvenir porque el futuro es nuestro único porvenir.

*Profesor de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM; director del Centro de Documentación y Estudios, S. C., y autor de 22 libros de historia y análisis de las ideas.