¿MIEDO
A LA LIBERTAD?
RODOLFO ECHEVERRÍA RUIZ*
Merecíamos
el revolcón electoral del 2 de julio. Ni nos desgarremos
las vestiduras ni nos llevemos las manos a la cabeza con ademán
plañidero de lamento hipócrita.
Ante
todo debemos serenarnos: digerir con humildad el dictamen electoral
adverso; contar, uno a uno, a nuestros verdaderos efectivos y
preparar el ánimo para la aleccionadora travesía
del desierto. Vista con helado raciocinio, la derrota contribuirá,
de manera decisiva, a poner en marcha el tantas veces diferido
proceso de nuestra autorreforma y al ejercicio pleno de la autonomía
reclamada, hasta hoy sin éxito, por las bases partidarias.
Los
casi 14 millones de votos recibidos, acicate para el cambio, son
nuestro último aviso.
Sí,
perdimos la elección presidencial. Usos y abusos, anacrónicos
unos, escandalosos y delictivos otros, aunados a errores políticos
y económicos, repetidos una y otra vez, carentes del menor
propósito de enmienda o rectificación, produjeron
el resultado conocido.
A
todo ello añadamos los efectos letales sí,
letales que, en el alma de la enclenque economía
popular, ha causado y sigue causando la aplicación de un
modelo económico neoliberal importado y aplicado a machamartillo.
Olvidamos
principios y objetivos: un intempestivo golpe de timón,
hacia la derecha, varió de manera drástica el rumbo
de nuestro vuelo. El PRI fue forzado a respaldar medidas y decisiones,
proyectos legislativos y fórmulas económicas incompatibles
con sus ideas políticas y sus programas de reivindicación
social, aprobados por asambleas nacionales y a cuyo cumplimiento
obligan los estatutos.
El
neoliberalismo tecnocrático no es, no puede ser, la única
respuesta mexicana a la mundialización de las relaciones
de intercambio. El modelo económico, aplicado sin adaptaciones
ni matices, ignoró al mercado interno. ¿Podría
haber capitalismo próspero y productivo, como el que buscamos,
dentro de una economía castigada por la miseria de los
salarios, el desempleo incesante y el consumo siempre deprimido?.
Y
por si todo lo anterior fuera poco, agreguemos los errores cometidos
durante la reciente campaña presidencial. Nunca explicaron
por qué las primeras largas semanas de la campaña
nos sumergimos en el autista bajo perfil (¡qué manía
tenemos de trasladar a México las palabras y las costumbres
norteamericanas!). Los estrategos decidieron ir de menos a más,
mientras nuestros adversarios derechistas galopaban dejándonos
sin iniciativa, confinándonos a la triste y contraproducente
función de sólo reaccionar ante su incontenible
catarata de invectivas y despropósitos.
Nos
dormimos en nuestros laureles. No tuvimos la inteligencia de aprovechar
la notable velocidad adquirida durante el relativo éxito
obtenido al cabo del proceso interno desembocado en la postulación
democrática de nuestro candidato presidencial. Creímos,
con ese episodio, haber ganado la pelea. Trágico error.
Caímos
en la trampa de la encuestorrea. Las encuestas son indispensables
para aclarar el camino o ayudar a saber si vamos en la dirección
adecuada. Pero nada más. Las encuestas no sustituyen al=