EDITORIAL
Para
el PRI sobrevivir equivale a modernizarse; es decir, adelantarse
a las exigencias de la sociedad y revolucionar su interpretación
del poder, su responsabilidad política. Al perder el vínculo
con el Ejecutivo perdimos también el fundamento histórico
de nuestra eficacia. De ahí la importancia de crear un
nuevo tipo de militante, a tono con los cambios.
La
democracia contemporánea exige de los partidos otra función
frente a la sociedad. Debemos entender con oportunidad sus problemas
y presionar a los gobernantes en la búsqueda de soluciones.
Hasta este año 2000, señalado por numerosas contradicciones,
el PRI tuvo que darse cuenta de que, después de 1929, 1938
y 1946, enfrentaba el mayor dilema de su historia: renacer como
alternativa de poder o extinguirse en definitiva.
De
su última reforma, fechada hace más de medio siglo,
nuestro partido conservó básicamente su misma estructura,
lineamientos y prácticas de autoridad vertical selladas
por una disciplina acrítica, a pesar de la doble presión
interna e internacional. Desatendimos señales de apertura
tan decisivas como los movimientos obrero y estudiantil de 1958
y 1968. Después desoímos la ruptura interna de 1987
que suscitó la creación de nuevos partidos, lo cual,
paradójicamente, favoreció el crecimiento de la
oposición en su conjunto como beneficiaria del presidencialismo
y de la inercia del Partido.
En
los últimos dos sexenios perdimos 10 gubernaturas y el
Distrito Federal; en 1997 dejamos de ser mayoría en la
Cámara de Diputados. Ni la proliferación de corrientes
discrepantes al interior del Partido y en la Legislatura, voces
y actitudes de alerta, fueron atendidas con seriedad.
Confiar
en que las prácticas políticas obsoletas nos permitirían
conservar el poder fue una de las grandes lecciones del 2 de julio.
Confiar
en que una organización cerrada seguiría sosteniéndonos
fue también error irremisible.
Confiar en que nuestro liderazgo dependía de la notoriedad
de la cúpula y no de la acción formada, cotidiana
y comprometida de las bases, fue el yerro más lamentable
De
estos tres puntos, entre otros, deben proceder las medidas para
renacer a la cuarta etapa histórica de nuestro partido.
Transformarnos, por tanto, equivale a atender e interpretar correctamente
el mensaje de los electores.
Perdimos
la Presidencia de la República y conservamos, en cambio,
nuestra presencia fundamental en el Congreso. Esto significa que
hay que reeducarnos para luchar por el poder desde la raíz
misma de la República: el Poder Legislativo.
Renovar
al Partido de la base a la cúpula es el reto. En el problema
está la solución:
*Uno,
garantizar la democratización que las bases exigen hace
años.
*Dos, romper en definitiva la rigidez estructural.
*Tres, recobrar nuestra capacidad de gestión mediante
un nuevo modelo formativo sobre todo destinado a los
*jóvenes para fortalecer nuestro significado
en la sociedad.
*Cuatro, promover la organización social con la
flexibilidad que demande la propia comunidad.
El
deber de nuestro partido es escuchar, observar, interpretar la
realidad y transformarnos a tono con las exigencias de nuestro
tiempo.
Ante
la responsabilidad de representar a la población en cargos
electorales, debemos enriquecer la variedad, formación
y procedencia de los candidatos. Hay que ser consecuentes y tolerantes
ante la pluralidad de ideas, posiciones, exigencias y reivindicaciones.
El partido moderno forja líderes a través de una
militancia responsable: quien desee acceder a la representación
popular y al gobierno habrá de comprometerse a trabajar
con la gente, servirle y prepararse integralmente con principios
éticos y responsabilidad social y política.
La
XVIII Asamblea del PRI definirá el rumbo de esta transformación.
Se trata de entender, dialogar y acordar tanto el marco jurídico
como el ideario y la nueva gobernabilidad democrática.
Si
la historia dota al PRI de sentido, el futuro también es
parte de nuestra responsabilidad.