La Bandera Mexicana
Alejandro Villalobos Ortiz*

El reconocido y experto historiador Enrique Florescano reedita un notable trabajo de investigación, originalmente publicado en 1998, en el que nos hace partícipes de sus descubrimientos sobre la larga e interesante evolución de nuestra bandera, que el autor visualiza como un «proceso de choque y fusión de símbolos de identidad».

La aportación iconográfica contenida en esta obra, es por sí misma motivo de gran atractivo, y uno de importantes logros que hay que abonar a la destacada labor histórica del maestro Florescano, que en este caso abarca imágenes del surgimiento y evolución del escudo y lábaro patrios.

Respecto del águila devoradora de la serpiente, el autor nos remonta al que es considerado como el monumento más antiguo que se conoce sobre la fundación de Tenochtitlán, «Teocalli de la Guerra» existente en el Museo Nacional de Antropología, en el cual se ve un águila real parada en un nopal, lanzando el grito de guerra mexica atl tlachinolli», que quiere decir agua hirviente o quemada. Ahí se puede apreciar una piedra de la que brota el nopal, que se ha interpretado como el corazón de Cópil, sacrificado por su tío Huitzilopochtli. De ahí se ha inferido que Tenochtitlán se fundó sobre el inmolado corazón de Cópil.

Por otra parte, la imagen representando al águila devorando pájaros o una serpiente, alude a la victoria del sol sobre sus enemigos y también expresa el triunfo de los guerreros sobre los antiguos pueblos agrícolas. Florescano precisa que el águila era un símbolo solar común entre los pueblos cazadores y aludía a la fuerza violenta. La serpiente, en cambio, fue un símbolo de la fertilidad entre los pueblos agricultores. Así pues, los aztecas atribuyeron ese mismo simbolismo a la oposición entre el águila y la serpiente, y en el emblema, la primera asumió la representación del pueblo mexica guerrero, vencedor de los agricultores que poblaban el Valle de México, por lo cual, el símbolo de Tenochtitlán resulta una exaltación de la guerra que erigió la energía del pueblo azteca. El emblema tenochtitleco implicaba tanto la fundación de la ciudad insular, como el sacrificio de corazones, además del águila entonando un cántico guerrero.

Nos dice el autor reseñado, que el estandarte con el águila y la serpiente ondeaba en los triunfos del pueblo tenochca y «sus símbolos reiteraban la legitimidad de la ocupación territorial, la unidad del pueblo vencedor y la obsesión por la grandeza futura».

Parte medular e interesantísima del estudio de Enrique Florescano, consiste en el análisis de la evolución del escudo nacional a raíz de la conquista y colonización española. Para ello parte del escudo que Carlos V otorgó a la ciudad de México en 1523, que resultó una copia de tipo castellano, teniendo como elemento indígena solamente «el pálido reflejo de la laguna y la hojas sueltas del nopal».

El historiador da cuenta de que el nuevo escudo no fue aceptado y desencadenó una sucesión de rechazos, ya que no satisfizo a las autoridades de la ciudad, ni respondió a las expectativas de los religiosos encargados de la evangelización, además que decepcionó a los conquistadores y a sus descendientes. Todo ello se tradujo en múltiples y variadas formas de enlazar el símbolo indígena con la divisa española, llegando a una especie de mestizaje, en el que paso a paso fue superponiéndose lo autóctono, hasta prevalecer y constituir la representación generalizada y autenticamen-te aceptada.

En esta parte de la evolución de nuestro escudo nacional, Florescano revisa minuciosamente la relación que se produjo con la figura de la Virgen de Guada-lupe, que siendo ligada a las insignias de la antigua Tenochtitlán, «se convirtió en la representación más genuina del reino de la Nueva España: era el símbolo de lo propiamente mexicano; unía el territorio antiguamente ocupado por los mexicas con el sitio milagrosamente señalado para la aparición de la madre de Dios».

Al parecer fue don José María Morelos quien por primera vez colocó el emblema del águila y el nopal en el medio de una bandera insurgente. El centro de esta bandera tenía como motivo principal un águila de frente, con las alas extendidas, mirando hacia la derecha, parada sobre un nopal.

A su vez la insignia de Morelos fue el modelo adoptado en la bandera del Ejército Triga-rante, a la cual se añadió los colores verde, blanco y encarnado. Así, la bandera tricolor, en cuyo centro se encontraba el antiguo escudo de Tenochtitlán, se convirtió en el símbolo representativo de la nación independiente. Concluye Florescano que fue el primer emblema cívico, no religioso, que unió la antigua insignia indígena con los principios y banderas surgidos de la guerra de liberación nacional.

Tenemos que sumarnos a la agudeza y profundidad con la que escritor tan especializado, nos hace notar que después de tres siglos de dominio español, al consumar la independencia los mexicanos «recuperaron la antigua insignia azteca y la impusieron como icono de la bandera y el escudo nacionales». Ello fue consecuencia de que en la época colonial y en las primeras décadas del siglo XIX los grupos indígenas y mestizos defendieron tenazmente sus símbolos de identidad; «no sólo resistieron la cultura la cultura invasora, sino que imaginaron los artificios más sutiles para instalar sus propias tradiciones como símbolos representativos de grandes sectores de la población».

Es necesario señalar que el esfuerzo desplegado por Enrique Florescano, ha producido una obra de investigación y divulgación que habrá de marcar un hito en la reseña histórica del origen, evolución y significado de nuestra bandera, que constituye referencia obligada para el entendimiento de la identidad nacional y los símbolos que la representan.

Lic. en Ciencias Políticas y Administración Pública.