De poder a poder
V.S. ATMAN*

Los diálogos entre el Hombre de razón y el Hombre de Estado son escasos, aunque aleccionadores. A uno toca dar el impulso; al otro el vuelo. El primero entiende; el segundo actúa. Al estadista lo anima su apetito de trascendencia; al intelectual, su genio creador. El magnetismo entre ellos es disímil en el tiempo y la geografía. El poder del pensamiento y el poder de la acción tienden a estrecharse durante episodios culminantes de cada cultura. Lo opuesto ocurre en fases de oscurantismo, hasta límites criminales. Es remota una mutua atracción y antiguo también el deslinde entre ambos. Cada uno aspira a encontrar su par. De ahí la vieja certeza de que la medianía distingue a la medianía y nunca se pierde el poder de mandar. La supeditación intelectual, en cambio, se corresponde con los peores dominios.

Entre protagonistas mayores se trama la proximidad con distancia desde los propios terrenos. El pensante cuestiona, crítica u orienta al otro. El gobernante absoluto puede hacer callar, corromper o matar. Ambos se temen, se incitan, se desafían. Grandes, medianos o bajos gobiernos se espejean con sus homólogos en razón, interés compartido o sin razón. En vínculo tan revelador y diverso, un hecho es inequívoco, al menos en nuestra época: donde existe respeto entre el poder de la razón y la razón del poder se imponen las libertades, es más abierta la sociedad y la vida se encauza hacia alternativas inno-vadoras.

Lo contrario deriva en una sucesión de calamidades que van desde el exilio y la persecución de las ideas hasta recursos de control más sutiles y «orgánicos», entre los que se cuenta la práctica de corromper o intimidar a las voces discrepantes, empezando por periodistas; y, en niveles más individualizados, la costumbre de repartir dádivas y distinciones a discreción, en vez de regular condiciones, incluso de confianza, que permitan sobre todo la independencia económica de artistas e intelectuales.

Misterioso, el encuentro que Alejandro de Macedonia tuviera con los yoguis de la India fue parteaguas entre la culminación absolutista del Conquistador y el hombre que, fatigado de excesos y muestras de adoración, se encaminó hacia la muerte. Antes que él, los sofistas probaron en Grecia diálogos o discrepancias con los tiranos que fortalecieron la democracia o el acoso al saber. El juicio encabezado por Anitas contra su maestro Sócrates anticipó el declive del mundo clásico. Los nombres de Isócrates, Demóstenes, Platón y el mayor de todos, Aristóteles, demuestran hasta dónde son decisivos los momentos en que gobernantes y pensadores se miran, se hablan y, espejeados cada uno en su respectivo poder, deslindan su situación en la historia.

Así como no pasa inadvertida ni en vano la expresión del talento, tampoco la política se puede entender sin los aspectos personales en que sólo la inteligencia repara al desentrañar ciertos secretos. Mucho hemos perdido respecto de la exploración del destino por la ausencia de tales registros. Otros en cambio, como el diálogo sostenido en diciembre de 1969 entre Charles de Gaulle y André Malraux, dejan páginas tan memorables como Les chênes qu’on abat... (Los robles que se abaten o, en una mala traducción, La hoguera de encinas), que muestran al poder o, mejor aún, al hombre en la historia de cuerpo entero, con sus ironías, sus sueños, su grandeza o insignificancia y, sobre todo, su versión de una etapa en la que De Gaulle, literalmente, encarnaba a Francia.

Después de sus deslumbrantes Memorias, el nonagenario e influyente economista John Kenneth Galbraith relató, en Con nombre propio, sus experiencias con personajes determinantes en la política del siglo XX: Roosevelt y su mujer Eleonor, Kennedy, Harry Truman, Adlay Stevenson, Albert Speer, Nerhu, Reagan... Nombres y hombres cuyas decisiones modificaron el orden del mundo. Kissinger, por su parte, legó en White House Sears una traza monumental de la política internacional estadounidense, especialmente durante la era de Nixon. Son las memorias de mentalidades sensibles al signo aleccionador de su tiempo. Por obras como estas se desentrañan pasajes ocultos, peculiaridades, errores y aciertos de aquellos personajes que, instrumentos del destino, afectan para bien o para mal la vida de una o varias naciones, una o varias generaciones.

Sin embargo, el encuentro del hombre de la historia y un gran artista ha sido tan importante, como escasa, casi inexistente, la memoria que lo evoque. Culto él mismo, Augusto trató con los mayores poetas y, como Adriano o Marco Aurelio, no tenemos idea de hasta dónde sus juicios influyeron decisiones de Estado. Salvo indicios menores, casi nada quedó de los diálogos y enfren-tamientos entre Julio II y Miguel Ángel. Lo propio ocurrió entre Timur e Ibn Khaldum. A Voltaire no interesó registrar sus conversaciones con Federico. Y Diderot, según apuntara Malraux, «que contaba genialmente a Sophie Volland sus veladas en el castillo de Holbach, no anotó sus diálogos con Catalina la Grande.» Ni qué decir de los largos monólogos de Napoleón o de su «audiencia» con Goethe. La lista sería interminable: Víctor Hugo con Luis Felipe; Chateaubriand, en Praga, con un Carlos X exiliado, a quien sólo interesaba preguntar anécdotas sobre el Santo Sepulcro...

Siempre a la saga, la experiencia de México aparece tramada de batallas desgarradoras entre los poderes de la razón y del mando. No obstante, entre nosotros hay episodios tan peculiares como el fundador de la República en un siglo XIX en el que los hombres de acción eran también de pensamiento. Momento decisivo en la historia, sin la obra de aquellas plumas hubiera sido imposible abolir resabios coloniales. Atareado en ordenar el caos nacional, un puñado de escritores y periodistas creó las bases del Estado moderno y contemporáneo. Durante las más enconadas crisis sociales y ante la escasez de verdaderos políticos, la razón educada no sólo tomó posiciones frente al invasor, sino que en lo interno y desde la trinchera indistinta de liberales o conservadores, trabajaron en los fundamentos culturales para las siguientes generaciones.

Así la obra de Bustamante, Ponciano Arriaga, Ignacio Ramí-rez, Guillermo Prieto, Altamirano o Francisco Zarco, por citar sólo algunos, quedaría fusionada a un fenómeno peculiar en la historia política de los mexicanos: durante los episodios más conflictivos, la presencia intelectual ha sido tan ostensible que resultaría imposible entender nuestras contradicciones sin considerar encuentros, desencuentros y en ocasiones también la fusión o la lucha del poder de la razón y la razón del poder.

Justo Sierra aparte, los «ilustrados» apenas dejaron huella de algún compromiso moral a la sombra de Porfirio Díaz. No obstante limitada por el cerco de ignorancia que reinaba en la dictadura, la herencia del humanismo crítico sería decisiva para formar a los hombres de acción y de pensamiento que construyeron, ordenaron o rectificaron la mayor parte de las instituciones contemporáneas. Las caricaturas, dibujos e ilustraciones de José Guadalupe Posada, sin embargo, perdurarían entre los mayores registros no de un «grabador popular» como se ha dicho de él por consignar sucesos extraordinarios y escenas de la vida cotidiana, sino por ser un verdadero precursor de la Revolución y del movimiento nacionalista en las artes plásticas.

Caso único por su trascendencia, José Vasconcelos llegó al extremo de encarnar en el espíritu de su tiempo. Tiempo dual, del fin del Porfirismo al Maximato de Calles, la confusión fue propicia para imbuirse de mesianismo y ánimo redentor. El caudillismo, la fiera ignorancia colectiva y la posición de mutua necesidad o complacencia asumida por líderes culturales y políticos, contribuyeron a estrechar ligas entre ellos. De Venustiano Carranza proviene la costumbre de incorporar talentos connotados a su administración: Luis Cabrera, Isidro Fabela y Vas-concelos, entre los principales. En La caída de Carranza, en un libelo apenas conocido por estudiosos, Vasconcelos no sólo registró los sucesos políticos que concluyeron con el asesinato del Presidente el 21 de mayo de 1920, sino que volcó su posterior repudio contra la que calificó de «corrompida dictadura carrancista», al grado de extender denuestos a las páginas de El Heraldo de México que motivaron las célebres reacciones de Luis Cabrera y Enrique González Martínez, ya constituidos en sus enemigos jurados.

Años de turbulencia, Álvaro Obregón no dudó en integrarlo en su gabinete. De tal experiencia, conflictiva a fin de cuentas, surgiría la secretaría de Educación Pública, ideada y fundada por Vasconcelos y, con ella, uno de los proyectos más ambiciosos para modernizar al país al través de una revolución de la enseñanza y el conocimiento. Salvo por el «Plan de Once Años» (destruido nada menos que por Agustín Yáñez), del también escritor y secretario que fuera del propio Vasconcelos, Jaime Torres Bodet, ninguno de sus sucesores o tentativas en la SEP ha sido capaz de emular sus alcances ni competir con su brote civilizador. De ahí el desolador panorama de nuestra realidad.

Miembro del connotado Ateneo de la Juventud, por sobre la actitud también decisiva de sus colegas y antiguos miembros de la Sociedad de Conferencias y Conciertos, creada en 1911, Vas-concelos asumió para sí la certeza de que no era él en la historia, sino el hombre elegido para transformarla y, en su defecto, también condenarla. Esa pérdida de fronteras entre «su verdad» y la realidad nacional quedaría consignada en los cinco tomos de su autobiografía: obra monumental, sin antecedentes ni continuidad, inclusive hoy resulta invaluable para entender la relación de odio y encantamiento que ha subsistido entre el poder y las letras aquí, donde la mayoría de los gobernantes se ha distinguido por exhibir una asombrosa incultura.

Tres generaciones de intelectuales, coronada por la de Los siete sabios, realizaron en conjunto la gran reforma cultural del México moderno. Los más activos serían el propio José Vasconcelos, Antonio y Alfonso Caso, Alfonso Reyes, Vicente Lombardo Toledano, el arquitecto Jesús T. Acevedo, Alberto J. Pani, Martín Luis Guz-mán, Manuel Gómez Morín, Alberto Vázquez del Mercado, Antonio Castro Leal, Jesús Moreno Baca y Teófilo Olea y Leyva. Otros escritores, conferenciantes, artistas y eruditos se unirían a la empresa, pero desde espacios que se iban deslindando al ritmo en que la política, el arte y las ideas probaban su discrepancia: Diego Rivera, Manuel M. Ponce, Carlos González Peña, Saturnino Herrán, Genaro Fernández Mc Gregor, Ángel Zárraga, Nemesio García Naranjo, José María Lozano...

Ninguno ignoró que el analfabetismo era el mayor impedimento para ascender a un régimen de libertades. Comprendieron, también, que el arte y el pensamiento requerían del brazo político para la empresa transforma-dora del espíritu. Sólo difundiendo valores universales entre la mayoría, diría Vasconcelos, es posible la democracia en un pueblo que ni siquiera comprende rudimentos del derecho. No es extraño que de tales mentalidades provinieran desde la creación de la SEP, y Banco de México a la Nacional Financiera, la moderna concepción de la UNAM, el INAH, la arqueología contemporánea, la Casa de España (ahora Colegio de México) y los principales partidos de oposición; primero, el Partido Popular Socialista, por Lombardo Toledano y, el de Acción Nacional, por Gómez Morín.

Eso, sin descontar la propia candidatura a la Presidencia de Vasconcelos, en 1929.

Al ritmo en que el presi-dencialismo institucionalizaba la Revolución se gestaban nuevas condiciones de trato entre el pensamiento, el arte y la política. Durante los últimos setenta años se ha tendido un arco entre la supeditación y la rebeldía, invariablemente sujeto al control o a la referencia directa o indirecta del Estado. A la fecha es todavía una hazaña la autonomía moral y económica del pensamiento. Sin embargo, los cambios sociales comienzan a despertar una nueva conciencia, anticipo de la transformación radical de nuestra cultura.

Como nunca sería valioso el registro personal de esos encuentros decisivos. Alfonso Reyes, Jesús Reyes Heroles, Octavio Paz... son nombres que conocieron de cerca el poder, pero ninguno de ellos se interesó en develar los misterios del dominio personal. Otros artistas, periodistas y escritores, vivos aún, participan de cerca o a distancia de esa maraña de seducción y de mando. Empero, la realidad política de México también se muestra por sus ausencias. Y eso es lo que hay que observar en ésta, una etapa de cambio que quizá nos disponga a la democracia.

¿Estaremos ante una nueva edad del pensamiento y de la política? En la actuación de las minorías pensantes se verá la respuesta.

*Ensayista de origen hindú. Especialista en historia de la cultura.