EL PRI EN LA NUEVA ERA DE LA COMPETENCIA PARTIDISTA EN MÉXICO
John Bailey*

El resultado de la elección presidencial me sorprendió en tres sentidos. Primero, la pérdida de Francisco Labastida significó el término de 70 años de control de la Presidencia por parte del PRI.

Segundo, Vicente Fox ganó por amplio margen, alrededor de seis puntos de acuerdo al resultado oficial. Tercero, como ningún partido obtuvo la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, la misma situación prevalecerá en el Senado. El Instituto Federal Electoral manejó muy bien este proceso y no obstante que hubo quejas por algunas irregularidades, el público, por mucho, calificó esta elección como válida. Se trata de la tercera elección nacional considerada como tal por la mayoría de los observadores. Consecuentemente, la dimensión electoral de la transición democrática, una entre varias dimensiones, parece estar sólidamente establecida.

Las encuestas de opinión crearon la expectativa de un resultado mucho más cerrado. La mayoría de ellas daban a Francisco Labastida una ligera ventaja. Los expertos en la medición de la opinión pública habrán de revisarlas y sistematizarlas para explicar el margen de la victoria del PAN ¿dónde se desviaron técnicamente? ¿cuál el momento durante los últimos días que no fue detectado? ¿el bloque de indecisos sufragó mayoritariamente por Fox? ¿los que respondieron las encuestas disfrazaron sus preferencias reales y por lo tanto distorsionaron los resultados?

Cualquiera que sea el caso, la elección cierra un largo capítulo de la vida política mexicana, cuyo declive inició en la elección de 1997 cuando el PRI perdió el control de la Cámara de Diputados. La elección del 2 de julio marcó definitivamente el fin del sistema hegemónico. Es la última elección que será recordada en términos de PRI-gobierno vs. la oposición. Las elecciones del futuro se significarán por ser una competencia entre partidos cuyas victorias estarán determinadas por la calidad de los candidatos, de las campañas y por la adopción de los temas prioritarios que se logren establecer entre el electorado.

Una vez que se ha abierto el capítulo de la competencia política en México, lo que encuentro particularmente interesante es la emergencia de un nuevo sistema de partidos y su influencia sobre la gobernabilidad general y la sociedad ¿Cómo veremos este sistema los próximos años? ¿cómo se van a relacionar unos con los otros? ¿cómo lo van a hacer frente al electorado?

En estos días he escuchado con frecuencia una especulación: que la derrota del PRI lo llevará a cimbrarse de tal forma que se provoque su derrumbe. Dudo mucho que esto acontezca.

Mi hipótesis es que los tres partidos principales continuarán consolidando las elecciones en el futuro inmediato, y que la materia más interesante a observar será cómo el PRI logre redefinirse y qué espacios procure ocupar en el nuevo sistema. El «viejo PRI» trataba de ser todo para todos. Mi apuesta es que el «Nuevo PRI» tratará de buscar el centro programático y de forzar al PRD a moverse más hacia la izquierda en los temas económicos y al PAN más hacia la derecha en lo relativo a políticas sociales.

Se puede afirmar que el sistema de partidos continuará consolidándose simplemente haciendo cuentas entre el pasado no muy remoto y el presente: número de cargos gubernamentales en manos de cada uno de los partidos; vinculación entre cada partido y el electorado a través de distintas organizaciones y número de funcionarios públicos. El avance frente al PRI ha sido notable en tan sólo 12 años.

Aunado a los anterior, considero que las normas legales existentes también juegan un importante papel en la configuración de un sistema competitivo de partidos. La ley mexicana apoya la presencia de partidos fuertes y ha creado una inercia que favorece a los tres mayores. La Constitución define a los partidos políticos como «entidades de interés público» y deja en sus manos el control de acceso a los cargos electorales. Es decir, solamente los partidos que cumplan con todos los requisitos legales pueden aparecer en las boletas electorales y únicamente ellos determinan sus procedimientos internos destinados a seleccionar candidatos. Las llamadas candidaturas «autoinscritas», o «independientes» no están permitidas.

Otras normas que refuerzan a los partidos grandes, tienen que ver con el financiamiento público (muy generoso en México juzgado bajo estándares internacionales) cuya distribución es proporcional a los resultados electorales obtenidos en la contienda más reciente. La cuota del 2% de la votación total que está prescrita para recibir el registro de un partido, permite la inscripción de nuevos partidos pequeños, lo cual ayuda a preservar la disciplina entre los mayores.

Por otro lado el sistema presidencialista «del que gana obtiene todo», crea poderosos incentivos para los partidos pequeños a objeto de formar coaliciones con los grandes. Es mejor conservar una pequeña influencia sobre una victoria potencial, que afrontar el riesgo de exclusión por haber competido solo. Así, los incentivos que crea la coalición se refuerzan doblemente por aquellas campañas gubernativas en los estados y por la posibilidad de participar en distritos uninominales para integrar la Cámara de Diputados a nivel nacional y en las legislaturas estatales.

Una regla más que favorece a los partidos grandes, reforzando su liderazgo nacional, es que en México, como en Japón e Italia, se utiliza un sistema híbrido para integrar la Cámara baja. 200 de los 500 diputados son de representación proporcional. Es el liderazgo nacional del partido quien selecciona a los 40 candidatos que cada partido puede nombrar en los cinco distrito plurinominales. En México también se elige a 32 de 128 senadores por medio de una lista nacional y a otros 32, mediante la aplicación de la fórmula de Primera Minoría (de hecho el segundo lugar en cada Estado).

Todas estas reglas sugieren que hay mecanismos reales para que permanezcan los partidos grandes, y que los incentivos evitan rompimientos. Para los partidos pequeños, el camino consiste en buscar coaliciones con las fuerzas mayores.

Hasta donde entiendo, este razonamiento nos conduce a pensar que el PRI no va a explotar internamente ni mucho menos a desaparecer. Más bien, algunas de sus personalidades y grupos harán sus cálculos electorales y en su caso decidirán defeccionar, práctica común durante los años recientes, sobre todo como producto de las disputas que se generan cuando hay que nominar candidatos a distintos cargos. No debería sorprendernos ver más de estos ajustes en el futuro cercano, pero tampoco habrían de sorprendernos algunas «defecciones en reversa» a lo largo del camino en unos cuantos años, cuando los primeros desencantados dejen los partidos a los que acudieron para volver a reunirse con el PRI.

Mas que una crisis de desintegración, el futuro previsible para el PRI consiste en asumir una serie de luchas internas por el poder entre distintas personalidades y corrientes. Los actuales gobernadores priístas serán los jugadores más importantes junto a un número reducido de políticos competentes que ya han servido como gobernadores, legisladores, alcaldes, miembros del gabinete y equivalentes.

Las distintas luchas por el poder probarán ser muy difíciles y por supuesto crearán divisiones, pero todos finalmente reconocerán el gran beneficio de mantener al partido unido. La unidad preservará el registro, garantizará los subsidios públicos y dará una mejor oportunidad para competir por los grandes premios: las gubernaturas, las mayorías legislativas y la presidencia.

Los debates que seguirán a la derrota serán fascinantes. Algunos pugnarán para regresar a las raíces populistas del PRI, como el fuerte nacionalismo, el gobierno grande, la extensión del bienestar y proyectos de grandes obras públicas. Atractivas como son estas propuestas, sospecho que las corrientes más importantes se inclinarán por alcanzar un término medio en cuanto a políticas económicas y sociales. En este marco, la vieja pelea «técnicos vs. dinosaurios» va a perder importancia. Experimentados políticos buscarán programas que promuevan el crecimiento económico y al mismo tiempo provean el bienestar esencial para los ciudadanos más pobres y generen incentivos para el desarrollo de las regiones más atrasadas. La política social puede conectarse en el contexto de las tradiciones de un México moderado, liberal y laico. Dos temas más requerirán atención especial: la inseguridad pública y el gobierno honesto. En estas materias el PRI tiene la ventaja de su estatus como oposición para establecer las propuestas más importantes.

Si el PRI sobrevive a la inminente lucha interna por el poder, y considero que así será, la cuestión será resolver qué clase de perfil programático adopte el partido. La tentación populista puede cobrar mucha fuerza, pero al final la posición ganadora será aquella cercana al centro.

*Estudioso de la política de México.
Georgetown University
(Washington, D.C., E.U.A.)