Después de la alternancia
LUDOLFO PARAMIO*

Durante el último sexenio la política mexicana ha estado dominada por la cuestión de la alternancia, convertida en un verdadero mito que condicionaba radicalmente la acción de los partidos de oposición. El objetivo de éstos en cualquier régimen democrático, naturalmente, debe ser lograr que esa alternancia se produzca. Pero en México ese objetivo aparecía como un mito en el sentido de que distorsionaba la agenda política en dos aspectos. En primer lugar, no era posible -desde esa perspectiva- solucionar los problemas más importantes mientras el PRI siguiera ocupando Los Pinos.

En segundo lugar, mientras no se produjera la alternancia no existiría democracia en México.

La consecuencia del peso de ese mito sobre la oposición era la imposibilidad o enorme dificultad que encontraba el gobierno para negociar posibles acuerdos sobre políticas de Estado. Ciertamente existían factores coyunturales que dificultaban la negociación, en particular la falta de hábitos y reglas en una Cámara acostumbrada a funcionar en condiciones de mayoría absoluta del PRI hasta las elecciones de 1997. Pero no se puede ignorar la hipoteca que sobre cualquier acuerdo establecía la prioridad de la alternancia. Puesto que hasta que ésta no se produjera no existiría democracia ni se podría ir a la raíz de los problemas, cualquier acuerdo con el gobierno quedaba deslegitimado como complicidad interesada con un régimen autoritario, y la oposición podía rehuir cualquier responsabilidad en la resolución de los problemas del país.

Ahora ha quedado roto ese círculo vicioso. La alternancia ha tomado cuerpo a través de un proceso electoral transparente y ejemplar, que demuestra -aunque difícilmente pueda admitirlo la oposición de este sexenio que ahora termina- la existencia previa de condiciones democráticas en México. Nadie le va a poder regatear al presidente Zedillo el mérito histórico de haber culminado los 20 años de reformas electorales que han puesto a estas elecciones a salvo de cualquier denuncia o sospecha, y dice mucho a favor del presidente electo que haya sido el primero en reconocerlo así. Pero, como es lógicamente inevitable, el precio de la alternancia ha sido la derrota del primer candidato priísta elegido en unas elecciones primarias que tuvieron amplio eco y respaldo social, y por ello mismo resulta más dolorosa: parece necesario al menos reflexionar sobre las causas de esa derrota.

Y en este sentido conviene subrayar un componente casi fatal de la pulsión de cambio que ha determinado el sentido del voto de muchos ciudadanos: 71 años son muchos años en el gobierno, y esta prolongada continuidad del PRI en el poder convertía a México en una anomalía. Se puede pensar que ésta es una razón frívola, pero en un país crecientemente joven era inevitable que pesara cada vez más, especialmente cuando la globalización de la información permitía a los jóvenes mexicanos percibir la singularidad del régimen. Existe probablemente un importante peso de este factor cultural en el electorado más joven, y sería un error no tomarlo en cuenta por su aparente superficialidad.

Un segundo factor es que la crisis de 1995 ha dejado fuertes cicatrices, especialmente cuando se recuerda la recurrencia de las crisis -la maldición- de final de sexenio. La vulnerabilidad de la economía mexicana a los choques externos, manifiesta además en diciembre de 1994 tras unos años de expectativas muy altas, ha sido un fuerte pasivo que los electores han endosado al PRI, sin que los aspectos positivos de su gestión hayan podido compensarlo. Éste es, por cierto, otro de los aspectos en el que el presidente electo va a comenzar su mandato en una situación de notable ventaja: la cautela con la que el presidente Zedillo ha evitado que el vencimiento de deuda a corto plazo pueda amenazar la estabilidad financiera durante los meses de cambio de gobierno.

Un tercer factor, sin duda, ha sido la dificultad para conciliar dentro de un mismo proyecto a los sectores históricos y modernos del PRI. Ya la XIV Asamblea demostró la dificultad de ir sin rupturas a una renovación profunda de la estructura y los apoyos partidarios, y no conviene ser demasiado voluntaristas en este aspecto. Tanto la profundización de la renovación como su estancamiento tenían y tienen altos costos, y la heterogeneidad de las bases sociales, los cuadros y los planteamientos políticos dentro del PRI es un hecho indiscutible, que la identidad histórica del partido ha podido contener dentro de límites aceptables, pero cuya resolución es manifiestamente difícil. Ésta es una de las grandes incógnitas de los meses que se abren tras las elecciones del 2 de julio: la recomposición del proyecto política y la identidad del PRI ahora como fuerza de oposición.

Vicente Fox, como presidente electo, se va a encontrar en una situación extraordinariamente favorable, pero a la vez con unas desmesuradas expectativas que debe tratar de no defraudar. No sólo no tiene la hipoteca de unas finanzas desequilibradas o vulnerables, sino que en principio no tiene razones para temer que la oposición muestre las mismas reticencias a negociar que el gobierno del PRI encontró desde 1997. Si bien no cuenta con la mayoría relativa en San Lázaro, la legitimidad de su victoria electoral deberá ser una buena base para buscar acuerdos con la oposición en las grandes políticas de Estado. Y ahora ya, desvanecido el mito de la alternancia, no hay espacio para rehuir las reformas necesarias para afrontar los problemas de fondo. Es de esperar que Fox no caiga en el error de posponer estas reformas en nombre de la herencia recibida, sino que busque desde el primer momento el consenso para introducir los cambios necesarios.

Durante su campaña, y tras su victoria, Fox ha insistido en gobernar para todos los mexicanos y contar con todas las sensibilidades. Es en la Cámara donde debe cristalizar especialmente esa intención, y sobre todo frente a problemas que preocupan a todos los mexicanos. El problema de la inseguridad pública y la violencia, o la baja confianza en la administración de justicia, son cuestiones de Estado que exigen un amplio consenso en su resolución. Pues no se trata tanto de tomar medidas espectaculares como de diseñar políticas de amplio alcance en el contexto de una reforma general de la administración: la falta de preparación y la discrecionalidad de los funcionarios pueden ser el mayor obstáculo para culminar la modernización del Estado y la sociedad en México.

Pero éstas son reformas que exigen consenso en su diseño y puesta en práctica, y sobre todo tiempo para su maduración, ya que para la obtención de resultados significativos es necesaria su continuidad más allá de los cambios electorales. Son, por tanto, políticas de Estado, que no puede imponer un gobierno sin entendimiento con la oposición sobre los objetivos y las grandes líneas de actuación. Y es preciso insistir en que el nuevo gobierno va a contar con un clima extraordinariamente favorable para introducirlas en la agenda y ponerlas en práctica con apoyo mayoritario en el legislativo y en la opinión pública.

Las expectativas sociales en la alternancia proceden probablemente de un equívoco, pero eso no disminuye la importancia de esas expectativas. La experiencia de otros países demuestra que la incapacidad del sistema de partidos para ofrecer resultados satisfactorios puede dar origen a una peligrosa situación de desconfianza social hacia la política democrática, en la que la irresponsabilidad de líderes ajenos a ese sistema puede hacer vacilar la estabilidad de las instituciones. El candidato Vicente Fox realizó durante su campaña promesas de difícil cumplimiento y recurrió a veces a una retórica discutible: como presidente electo, en cambio, ha sabido estar desde el primer momento en su papel: cabe esperar que no defraude a quienes confiaron en él ni al conjunto de las mexicanas y mexicanos.

*Escritor y analista político español.