¿YA TRIUNFÓ LA DEMOCRACIA?
Víctor Manuel Barceló R.*

La transición a nuevas etapas es la prueba de fuego de la democracia. Todos esperábamos el cambio, pero nadie creía en él. Pensamos que las cosas iban a seguir igual, por la inercia y el prestigio del poder tradicional. Finalmente, se pagaron los costos políticos de haber asumido virilmente actitudes, como el rescate bancario y la defensa de conductas y personajes cuestionados.

Los resultados nos enseñan que la vida de la nación y del Estado que la conforma, está por encima de las eventualidades de gobierno que –lo habíamos olvidado– son transitorias y sujetas a los vaivenes de la aleatoria voluntad popular.

Maduramente debemos reconocer y aceptar la realidad que se nos impone y que, si no podemos modificar hoy, sí podemos pugnar porque cambie en el futuro inmediato. No podemos y no debemos sobreponer nuestros deseos a la realidad objetiva, esto sería una actitud irracional que nos alejaría de la confianza pública que es finalmente, la que cuenta y la que debemos reconquistar.

Entramos en un período, similar al de todas las naciones democráticas, en el cual se alternan las corrientes políticas en el poder, como resultado de las coyunturas internas y externas y de la capacidad de respuesta de los gobiernos en turno. No cargará más una sola facción política, con el pesado fardo de cambiar el rumbo, por intuición o decisión propia, como nos había ocurrido -aunque con excelentes resultados por décadas- manteniendo una misma fuerza política la sanción ciudadana, obligándose a implementar los cambios, pequeños o grandes, por su propia capacidad de decisión, fruto de la percepción del entorno y la consulta cotidiana en las urnas, aunque sin fuerzas opositoras de consideración.

Ahora, serán fuerzas dispares las que asuman la tarea de orientar los destinos nacionales, según los avatares que se vayan produciendo en el mundo, catalizando y canalizando las fuerzas de la comunidad mexicana hacia el rumbo que determine un gobierno, que haya convencido a la mayoría de su proyecto y oferta políticas. Se avecinan intensas y profundas discusiones.

De inicio tendremos que ofrecer ayuda para que se cumplan los planes y proyectos propuestos. Esto, sencillamente se llama madurez política y es una meta compartida por la casi totalidad de la población. Podíamos diferir en los acentos y en las modalidades, pero no en el objetivo común de entregar la facultad de escoger el camino correcto, a la mayoría de población que así lo decidiera. Esto, sin saberlo, estaba ocurriendo con los relevos de gobierno, sexenio por sexenio, pero sujetos a que fueran interpretadas correctamente las negociaciones con el exterior, conciliándolas con los problemas internos vigentes. Hubo aciertos notables y errores también ostensibles, pero se avanzó ineluctablemen-te hacia logros, que no son desdeñables, como los que formaron la base económica y de justicia social que hoy tenemos como estructura del país.

La oportunidad llegó de demostrar sus esquemas y proyectos de nación, para quienes, durante más de medio siglo propusieron una alternativa a la acción gobernante.Tienen los medios para imple-mentar sus propuestas y demostrar que son viables y eficaces para llevarnos por un tramo crucial de nuestra historia. El reto no es menor, si se considera que tendrán que reconfigurar nuevos esquemas de trabajo y –por supuesto– no perder lo ganado, sino acrecentar el patrimonio común, objetivo y subjetivo.

La inauguración de un nuevo siglo va aparejada con una tendencia a la integración de naciones en grandes bloques hemisféricos, proceso del que no podemos alejarnos, en el cual estamos inmersos, por medio de los Tratados que hemos signado, hacia todos los rumbos cardinales y que nos llevan a un ordenamiento global de dimensiones inconmensurables, sin que haya la posibilidad de plantear una autarquía -impracticable por cierto- porque son procesos irreversibles y abarcantes, que tratan de darle cierta racionalidad al uso de los recursos humanos y materiales, por encima de fronteras y nacionalismos. Es un Nuevo Orden Mundial, sin más.

Lo que no quiere decir que renunciemos, abandonemos, o perdamos nuestra identidad; al contrario, armados con nuestra idiosincrasia nos incorporamos e insertamos en este conglomerado, como lo han hecho, lo hacen y lo harán las demás naciones. No hay manera de eludir o marginarse voluntariamente de esta tendencia. Sería suicida tan sólo el intentarlo.

Pero los lastres del subdesarrollo –con indicadores muy claros en los rezagos educativo, de salud, vivienda y de métodos y modos de producción e intercambio– pueden significar una muy lenta participación en los asuntos globales. Lo sabemos, es imperativo alcanzar metas sociales y económicas que nos saquen verdaderamente del sótano o subsuelo del subdesarrollo.

De este tamaño es el reto que tienen los gobiernos del siglo XXI, no solamente Vicente Fox, sino todos los que le sucedan, porque el proceso de la recuperación y reconstrucción del país, es una cuestión de Estado y no sólo de un gobierno transitorio, como todos. Distinguir esta dimensión y asimilarla es algo que corresponde a las fuerzas políticas, que proponen sus propios puntos de vista y es una cuestión que concierne a todos y cada uno de los ciudadanos conscientes de que, los destinos de un país, no pueden ser dejados al arbitrio de buenas voluntades y deseos, deben estar a cargo de los representantes y líderes de todas las organizaciones sociales y fuerzas políticas que convergen en esta cuestión trascendental.

La manera de abordar este futuro -cierto en sus lineamientos generales pero incierto en su intensidad- la que decidirá para cada partido político, si recibe o no el sufragio popular mayoritario.

Pero, sobre todo, deben limpiarse la imagen pública que hizo: perder al PRI la oportunidad de gobierno; llevar al PRD a su mínima expresión, y dislocar el ritmo ideológico, sentido y costumbres del PAN Es imperativo que cada partido lave su conciencia y se desligue de compromisos espúreos, se deslinde de figuras controversiales, que le significan altos costos políticos y que no aportan, en realidad, la suficiente fuerza electoral, para seguir adelante.

En fin, la democracia fortalecida significa un abierto juego de partidos –que habrá de restablecerse con la refundación o cambios profundos en todos ellos– lo que se traducirá en la competencia leal y abierta de ofertas políticas acertadas y visionarias, desde una plataforma inatacable, tanto por sus propuestas, como por sus actores involucrados. El cambio, debe fortalecerlos, a todos, si se aplica con rigor el método de la autocrítica y no se queda solamente en la crítica ineficaz y estéril, por interesada o facciosa.

Correspondencia a: v_barceló@hotmail.com

*Profesor y Licenciado en Economía. Se ha desempeñado en el Servicio Exterior, Gobierno del Distrito Federal, Secretaría de Gobernación, Gobierno del Estado de Tabasco, actualmente es Director General del CAPFCE