APROXIMACIONES AL 2 DE JULIO
Carlos Arriola*

Los pueblos de por sí son deferentes,
salvo cuando sus gobernantes cometen
la imprudencia de contrariar al mismo tiempo
sus intereses materiales y ciertos valores admitidos.
Guy Hermet

Pocos partidos políticos en el mundo pueden sentirse tan satisfechos de la labor realizada desde el gobierno, como el PNR-PRM-PRI en sus 71 años de ocupar la presidencia de la República. La hazaña del PRI puede sintetizarse en una frase: haber conducido a México de una sociedad tradicional a un mundo moderno sin el totalitarismo socialista o el autoritarismo franquista, mucho menos con la brutalidad de las dictaduras militares de Sudamérica.

Hoy, por voluntad de una mayoría de los electores que acudieron a las urnas, perdimos la presidencia, pero no la confianza de la mayoría de los mexicanos. Seguimos siendo el partido político que, sin alianzas, obtuvo el mayor número de diputados y senadores. Seguimos contando con el mayor número de gobernadores, diputados, senadores y presidentes municipales. Somos un partido de masas organizadas en una estructura nacional que ningún otro partido posee.

Gracias a ello tenemos tanto un acervo histórico envidiable que nos confiere legitimidad como una presencia en la sociedad que no depende de arrebatos efímeros, apiñados en torno a una persona.

A pesar de ello, los resultados electorales fueron un golpe que cimbró al partido. Acusaciones, negras sospechas y enfrenta-mientos han surgido más como resultado del shock que de la reflexión, sin que ésta haya estado ausente.

Estas líneas buscan contribuir al análisis de porqué perdimos la elección presidencial. Como toda reflexión primeriza no pretende ser exhaustiva y mucho menos definitiva. La reflexión sobre lo acaecido debe revestir un carácter colectivo debido al sinnúmero de temas que abarca pero, a la vez, es tarea inaplazable ya que sólo un diagnóstico acertado permitirá recuperar la presidencia de la República.

La hazaña del PRI

El siglo XX fue el siglo de la Revolución mexicana. La Constitución de 1917 preservó los elementos liberales de 1857 en lo que se refiere a la forma democrática, republicana y federal, a las garantías individuales, pero incorporó, por vez primera en la historia de las constituciones modernas, las garantías sociales. También conservó la libertad del mercado, pero recuperó para la nación la vieja prerrogativa de la Corona española: los derechos originales de propiedad sobre el subsuelo, así como sobre la tierra y las aguas, prerrogativa sobre la cual se fundó el derecho del Estado a imponer limitaciones a la propiedad privada. México había descubierto «la tercera vía».

Una revolución puede transformar, de inmediato, el marco jurídico de un país, pero no una sociedad. Ni la democracia ni el desarrollo económico se logran por decreto; menos la igualdad y el bienestar social. Ninguno de estos objetivos es excluyente de los otros, pero los medios para alcanzarlos son diferentes y en ocasiones pueden, al menos temporalmente, ser incompatibles.

Sólo la política, como arte que es, puede ir privilegiando los derechos del individuo o los del Estado, las exigencias del buen funcionamiento del mercado con las de la distribución del ingreso, los reclamos democráticos y étnicos con los requerimientos del orden y la preservación de la unidad nacional. Todos son derechos legítimos y necesarios para el buen funcionamiento de la república pero, dado que los recursos son limitados, no se puede alcanzar el ejercicio de todos estos derechos en forma inmediata y mucho menos en forma cabal.

La política requiere, ante todo, de políticos que ambicionen el poder y luchen por él, pero también de reglas aceptadas por todos que permitan regular la competencia. De lo contrario, ésta se convierte en enfrentamiento violento en donde se impone la fuerza, no la política y menos la voluntad de los ciudadanos. En el México de los años veinte carecíamos de un sistema que regulara la lucha por el poder y que asegurara su transmisión pacífica, pero, más grave aún, carecíamos de ciudadanos que arbitraran con su voto la lucha por el poder.

La idea genial de Plutarco Elías Calles fue agrupar a todas las fuerzas revolucionarias, y más genial aún fue lograrlo para combatir al enemigo común: la reacción de un lado y la anarquía del otro. La primera no era un mito. Cuando se creó el PNR los cristeros habían estado en lucha desde 1926 y los patrones habían creado la Coparmex para oponerse a la reglamentación del artículo 123. El riesgo de anarquía tampoco era un mito. No sólo fueron las rebeliones de 1923, 1924 y el asesinato de Obregón. En 1929, cuando se encontraba reunida la Asamblea Constituyente del nuevo partido, estalló la revolución escobarista.

Asegurar la transmisión pacífica del poder y crear un sistema político que regulara la lucha para alcanzarlo no fue la única hazaña del PRN-PRM-PRI. También lo fue, y no de menor envergadura, promover el surgimiento de partidos políticos de oposición mediante sucesivas reformas políticas, así como de ciudadanos reales mediante la educación, la urbanización, la industrialización, las comunicaciones, etc. En suma, haber hecho de una sociedad rural, aislada, con valores tradicionales y sin prácticas ni cultura democráticas, otra moderna, laica y democrática.

La magnitud de la tarea sólo puede medirse por comparación con lo acaecido en Latinoamérica, incluso en sociedades que en 1910 se encontraban más desarrolladas que México.

En otro trabajo analicé el concepto de «transición a la democracia» elaborado en España a la muerte de Franco y concluí que no era aplicable a México. Baste señalar en este espacio que no se requirió de ninguna modificación al marco jurídico (como fue necesario en España, en los países socialistas y en las dictaduras militares) para que la oposición ganara la presidencia de la República. Cabe preguntarse entonces el porqué de la utilización abusiva de este concepto que legitimó una irracional campaña electoral que estuvo dominada no sólo por el desconocimiento en bloque de lo realizado por los gobiernos priístas, algo propio de una campaña, sino por la desnaturalización de su obra, su deformación deliberada. Más delicado resultó que algunos sectores de la sociedad, en particular los más beneficiados del desarrollo, lo hayan asimilado como dogma de fe. Tal fue el caso de muchos académicos y en general de una clase media poco interesada en la participación política y básicamente ayuna de conocimientos elementales en la materia.

Desafecto, indiferencia o rechazo

Los casi 16 millones de votos obtenidos por el candidato triunfador fueron inferiores en un millón a los alcanzados por el candidato del PRI hace seis años, a pesar del aumento en el padrón. Además, no votó más de una tercera parte de los electores y el voto por el PRI y el PRD en conjunto fue muy superior al del PAN. No puede hablarse, por consiguiente, de una victoria aplastante y menos si se considera la composición del Congreso, mencionada en la introducción de este artículo.

Sin embargo, esos 16 millones de votos derrotaron al candidato del PRI, a pesar de que la mayoría de las encuestas, incluyendo la última del diario Reforma, otorgaban una ligera ventaja a Francisco Labastida. Ciertamente esta ventaja, que al inicio de la campaña era muy amplia, se fue reduciendo. Pareciera, por consiguiente, que una buena parte de los electores fieles al PRI no acudió a las urnas, mientras que sí lo hicieron sectores que en otra ocasiones se abstenían. También pudo ocurrir que un importante grupo de perredistas haya transferido su voto al PAN para elegir Presidente de la República.

En cualquier caso, nos enfrentamos a una disímbola alianza de sentimientos, que no de intereses, que se propuso eliminar al candidato del PRI a como diera lugar.

Más que buscar en las personalidades de los candidatos, o en las bondades de la publicidad, las causas del triunfo de uno y la derrota del otro (factores que jugaron un papel importante) conviene hurgar en nuestro pasado reciente algunas razones que hicieron posible que el supuesto «cansancio» del PRI generara tácitas alianzas contra natura.

Nuestro pasado reciente, los último 30 años, conoció dos etapas claramente diferenciadas. Una comparación, aunque sea sumaria, entre los periodos 1970-1982 y 1983-2000 permitirá apreciar la magnitud y profundidad de los cambios realizados.

Primera etapa

Al asumir la presidencia el Lic. Luis Echeverría, México vivía una situación explosiva ya que, de un lado, la población crecía a una tasa del 3.5% anual y, del otro, la industria, bajo los moldes tradicionales, veía limitado su crecimiento. En el campo el aumento de la población impidió seguir dotando de tierras a los campesinos, lo cual llevó al parvifundismo. La ineficacia económica de la agricultura y de la industria, además de limitar el empleo, tendía a mantener bajos los salarios. A todo lo anterior había que sumar las secuelas del movimiento estudiantil.

Contra lo que se supone habitualmente, Echeverría intentó abrir la economía e incrementar las exportaciones de productos mexicanos, como lo manifestó en Estados Unidos su entonces joven subsecretario de la Presidencia, Muñoz Ledo, en mayo de 1971, y como lo mostró la creación del IMCE y los viajes del presidente al exterior.

Las circunstancias exteriores no eran propicias. De un lado, Estados Unidos enfrentaba serios problemas en su balanza de pagos que lo obligó a devaluar el dólar y a imponer, en agosto de 1971, una sobretasa del 10% a todas sus importaciones. Los esfuerzos mexicanos para obtener una dispensa, con base en «la relación especial» que se suponía existir entre los dos países, no tuvieron éxito, como tampoco las gestiones para acceder a los mercados del Tercer Mundo, a pesar de la retórica de solidaridad y fraternidad.

Los problemas políticos urgían para retomar rápidamente el crecimiento económico. De ahí, que se recurriera a un mayor gasto público para estimular la demanda interna, aumentar el empleo y el ingreso, ya que los mercados externos permanecieron inaccesibles. De ahí también el papel creciente del Estado en la economía y el intento de revivir la cultura de la Revolución mexicana. A pesar de las considerables reservas petroleras, éstas no alcanzaron a extraerse para financiar el gasto público, lo que condujo al endeudamiento externo, a la inflación y a la devaluación de 1976, la primera en 20 años.

En el siguiente sexenio, 1976-1982, el esfuerzo por continuar creciendo en el marco de una economía cerrada no tuvo éxito, a pesar de los enormes recursos que se obtuvieron por los ingresos del petróleo, que llegaron a representar el 90% de las exportaciones mexicanas.

A pesar de la gravedad de las crisis económicas de 1976 y 1982, y de sus repercusiones en el empleo y el ingreso, no asistimos, en ninguno de esos finales de sexenio, a un desafecto por el PRI como se vivió en la campaña electoral de 2000, quizá debido a que las creencias políticas no se tocaron, como señalaba el politólogo Guy Hermet en la cita del inicio del trabajo.

Segunda etapa

En el periodo 1983-2000 se llevó a cabo la ya inaplazable apertura de la economía, lo que implicó cambiar el papel del Estado, la naturaleza de las tareas gubernamentales y, por consiguiente, al personal responsable de ejecutarlas. Sería imposible, en este espacio, analizar a fondo la amplitud y profundidad de los cambios realizados. Sin embargo, algunos ejemplos pueden proporcionar los trazos principales del cuadro.

Nadie puede objetar la necesidad de sanear las finanzas públicas y ello se puede hacer simultáneamente aumentando los ingresos y / o disminuyendo los egresos. El énfasis ha sido puesto en la segunda opción y, así, se procedió a la venta o liquidación de empresas estatales, a la reducción del personal ocupado en el aparato gubernamental y a la cancelación de subsidios al consumo que fueron calificados de «onerosos y generalizados».

Las dos primeras medidas enviaron un mensaje claro de que el empleo no dependería en lo sucesivo del Estado, sino del mercado. La eliminación de los subsidios, a su vez, indicó que el consumo popular sería también un problema de oferta y demanda. La rapidez y eficacia con que se procedió a la disminución de los egresos contrasta con la lentitud y torpeza con que se han llevado a cabo las reformas fiscales y el combate a la evasión a fin de aumentar los ingresos.

También es difícil objetar la necesidad de desregular la economía, eliminar disposiciones innecesarias que fomentaban la corrupción, así como reducir y simplificar trámites. Todo ello abatía lo que, pomposamente, se denomina «costos de transición» y permitía, además, la utilización de nuevos materiales, como envases y empaques que abarataron el precio final de los productos. Hasta aquí muy bien, pero de ahí a hacer de un simple proceso administrativo un dogma de la nueva economía para generalizarlo es dar un paso muy importante. Así, el nuevo dogma se aplicó a ciegas a otros ámbitos de la actividad productiva, como el bancario. El deliberado abandono de la supervisión y el control de las operaciones de los bancos nos llevó a la necesidad del Fobaproa, que requirió subsidios fiscales muy superiores al concedido a la tortilla.

Nuevamente el mensaje era muy claro: se daba preferencia al mercado y se olvidaba el papel rector del Estado, establecido en la Constitución. En su lugar se adoptó la tesis del Estado «promotor». Una simple revisión de los documentos de la Secretaría responsable permite constatar que sus programas de desarrollo se limitaron al fomento y la promoción o a propiciar y estimular diversas actividades, sin ningún compromiso de la Secretaría, salvo desregular. Nuevamente el mensaje, en particular a los pequeños y medianos empresarios, fue que, en lo sucesivo, el éxito dependía de su capacidad de competir en el mercado y no de la protección del Estado, del otorgamiento de créditos blandos o de estímulos fiscales. Huelga comentar que los funcionarios responsables de las acciones promotoras carecieron del tiempo, el entusiasmo o la dedicación para hacerlo.

Y con ello se abordará un segundo aspecto del tema, el del personal responsable de las tareas gubernamentales. En un estudio reciente la profesora I. Rousseau analiza el perfil de la nueva élite en el poder, desde 1983. A grandes rasgos puede afirmarse que su origen social es más elevado, que se educó en instituciones privadas y que realizó estudios de postgrado en Estados Unidos.

Este grupo, identificado como tecnócrata, calificado de neoliberal, tenía que entrar en conflicto con la clase política. Pero lo que hubiera sido rivalidad se convirtió en acre enfrentamiento por muchas de las orientaciones de la nueva élite: un desconocimiento insolente de la historia de México, un desprecio manifiesto por la Revolución mexicana y su herencia y, sobre todo, una ciega admiración por el modelo estadunidense, acompañado de una ignorancia supina acerca de los procesos de modernización llevados a cabo por otros países como los europeos y los latinoamericanos que son más ilustrativos del esfuerzo modernizador mexicano, liberal en el siglo XIX y priísta en el XX.

Repercusiones del jalón modernizador

Al modificarse el papel rector del Estado se abandonó a su suerte a las clases populares, que en el nuevo lenguaje se denominó consumidor y cuyo bienestar dependería, en lo sucesivo, de que encontrara productos de precio y calidad «acordes» a sus necesidades.

A los pequeños y medianos empresarios se les prometió que se convertirían en los nuevos agentes del desarrollo y que el Estado apoyaría su iniciativa, pero ni su cultura productiva los preparaba para desempeñar su nuevo papel, ni las políticas promotoras suplieron insuficiencias o deficiencias.

A todos los mexicanos, sin distingo de clase, ocupación o profesión, se les pidió que aumentaran su competitividad para enfrentar los nuevos retos y aprovechar las oportunidades que ofrecía el nuevo modelo económico, pero los programas de capacitación para y en el trabajo han tardado en ponerse en práctica.

El cambio en el lenguaje manifestó claramente la modificación de valores y creencias que habían regido, durante varias décadas, el desarrollo económico. Naturalmente las repercusiones de este cambio sólo se hicieron sentir lentamente, cuando los requisitos de los nuevos empleos eran más elevados; cuando el empresario, con independencia de su tamaño, se percató de su falta de competitividad; cuando los estudiantes y egresados de las universidades públicas percibieron que su formación o la carrera estudiada dejaba mucho que desear.

Todo ello no podía dejar de causar un malestar difuso, un desasosiego íntimo, un vago sentimiento de frustración personal. Justamente el carácter indefinido de esos sentimientos impedía, en el ciudadano común y corriente, en particular de clase media con aspiraciones de ascenso social y de mejoramiento económico, formular un diagnóstico acertado, identificar el jalón modernizador experimentado por el país y tomar las medidas (capacitación, adiestramiento o estudio) para salir adelante.

En lugar de ello se buscó un chivo expiatorio en el cual descargar frustraciones individuales y rencores colectivos, ¡y qué mejor que el PRI! Su larga permanencia en el poder, las historias de corrupción reales y las de fantásticas e imaginarias fortunas alimentaron la irracionalidad colectiva que desembocó en expresiones como «más de lo mismo», cuando todo había cambiado, en la falsificación de cifras acerca del número de pobres, en los juicios generales sobre la educación y los servicios de salud... todo lo cual desembocó en la expresión «sacar a patadas al PRI de Los Pinos».

En cambio nadie quiso reparar en los programas y plataformas del «cambio». Quizá se hubieran percatado de que ahora sí vendrá «más de lo mismo», un neoliberalismo sin los atenuantes de «la tercera vía» con la que el PRI supo conducir al país a lo largo del siglo XX en su larga marcha a la modernidad.

Conclusión

La descripción de algunos de los trazos con que se llevo a cabo el jalón modernizador de los últimos 18 años, a los que habría que añadir las crisis económicas de 1986 y 1994, permiten apuntar que el cambio de modelo de desarrollo afectó intereses económicos y creencias básicas de la sociedad que eran consideradas pilares de la cultura política mexicana, como fueron el nacionalismo, la relación con las Iglesias, el denigrado y ahora añorado paternalismo, y varios temas más que exigirían otro trabajo.

Nada de lo anterior invalida la necesidad de que México abriera su economía, se vinculara con otros países y regiones e hiciera un gigantesco esfuerzo por aumentar su competitividad. Lo que no queda claro, fue la necesidad de afectar el papel del Estado, la legitimidad de la Revolución mexicana y el papel del Partido Revolucionario Institucional, quien pagó la mayor parte de los costos del jalón modernizador, el último la pérdida de la presidencia de la República.

Dicho lo anterior, sólo queda preguntarse por el futuro, un futuro que aparece promisorio, en lo económico, para aquellos que puedan adaptarse a las crecientes exigencias de la competitividad y frustrante para los que no puedan recibir una capacitación o una educación de calidad. Existe el gran ries

go de que se acentúen las diferencias entre personas y empleos, entre empresas y regiones del país, si no hay una enérgica y deliberada política del Estado.

En lo político, dada la composición de fuerzas, el futuro es incierto. El riesgo de tomar el camino venezolano es muy grande. Y esto no es una suposición. El candidato triunfador declaró a La Jornada que era necesario un nuevo pacto social, ya que desde 1917 no se ha modificado. M. Ledo será el responsable de «la mesa de la transición» que estudia ya el proyecto de nueva Constitución. Por lo pronto ya afloró el diferendo con el poder judicial.

El camino venezolano comenzaría con la inclusión del referéndum en el actual texto constitucional para que el futuro presidente, dirigiéndose al ciudadano por encima de los partidos, comenzando por el propio PAN, pueda derogar el marco jurídico vigente, cuando éste no fue el mandato electoral.

Las responsabilidades del PRI y de otros partidos de oposición en los próximos años, aunque diferentes, serán mayores y en primerísimo lugar defender el orden jurídico. De ahí la importancia de no dilatar el análisis de la situación a fin de acometer las próximas tareas. El autor de estas líneas sólo desea haber contribuido al esfuerzo de reflexión colectivo que hoy inicia examen.

*Escritor y analista político. Fue investigador y secretario del Colegio de México.

*Político, diplomático, legislador.