SUPERAR
LA DERROTA
FRANCISCO GUERRERO AGUIRRE*
El
2 de julio del año 2000, es una fecha histórica
por muchas razones. Independientemente desde donde se vea, el
país entró de golpe a una nueva etapa en donde las
conclusiones son todavía inapropiadas y los veredictos
son casi siempre injustos.
Para
los que militamos en el PRI, el 2 de julio será recordado
como la fecha en que por diversas razones internas y externas,
perdimos la Presidencia de la República y nos colocamos
repentinamente como oposición ante quienes en el pasado
siempre habíamos logrado derrotar con victorias muchas
veces holgadas.
A
tan pocos días de un evento tan importante, resulta normal
y yo diría que hasta saludable que los priístas
estemos debatiendo en voz alta sin las ataduras propias de una
disciplina que a la luz de los hechos resulta por no decir lo
menos anacrónica.
Al
expresarnos libremente, se corren por supuesto muchos riesgos;
se lastiman muchas susceptibilidades y también se cometen
muchas injusticias.
¿Qué
pasó?. ¿Por qué perdimos?, ¿Quiénes
son los responsables?, ¿Qué sigue?.
Las
preguntas previas no pueden responderse de manera súbita.
El botepronto es siempre irreflexivo. Intentar hacerlo lo único
a lo que nos conduce es a dar explicaciones parciales que sólo
nos dividen si se hacen con mala fe o con una prisa sospechosa.
La
magnitud de nuestra derrota está todavía por verse.
Los efectos reales de nuestra pérdida del poder en el nivel
federal, comenzarán a sentirse en toda su magnitud a partir
del primero de diciembre. Es decir, aún no tenemos dimensión
de lo que viene, porque el carácter inédito de los
hechos los hará evolucionar aún más en los
meses por venir.
Teniendo
conciencia de que el psicoanálisis priísta está
apenas comenzando; yo soy de los que piensan que antes de pensar
en personas o en grupos, como Partido tenemos la obligación
inaplazable de digerir con tiempo e inteligencia lo que significa
nuestra derrota.
Con
el riesgo de aventurar opiniones que todavía pueden resultar
prematuras, a continuación me permito hacer 10 reflexiones
que tienen como propósito contribuir al debate pero que
bajo ninguna circunstancia son exhaustivas ni definitivas:
1.-
Francisco Labastida fue electo por la mayoría de priístas
que participaron en la jornada cívica del 7 de noviembre
de 1999. Él, así como todos los priístas
que participamos en su campaña, hicimos un esfuerzo genuino
por ganar. Escatimar ese esfuerzo o sacrificar sin misericordia
a quien fue nuestro candidato es una actitud mezquina que en nada
ayuda a la autocrítica que habrá de venir.
2.-
Sin embargo, en el equipo de campaña se cometieron errores
que a la postre resultaron fatales. No incluir a una nueva generación
de políticos en el poder legislativo es un ejemplo de cómo
el mensaje de cambio no trasminó a lo que verdaderamente
importaba. Esto es, a la creencia popular de que el PRI estaba
cambiando verdaderamente.
3.-
Sumado a nuestras ineficiencias, vale destacar que los lastres
del pasado, personificados en ocasiones, por compañeros
de poco prestigio social, fueron demasiado pesados para una ciudadanía
que si bien nos daba el beneficio de la duda, ya no estaba dispuesta
a seguir esperando eternamente que los cambios que tanto pregonábamos
fueran reales.
4.-
En política las ideas son el mejor patrimonio de los partidos.
Cuando las plataformas por buenas que sean no trasmiten ideas
claras al electorado, los resultados son desastrosos. Haber perdido
la idea del cambio conquistada el 7 de noviembre a manos de Vicente
Fox el 2 de julio, fue quizá el error táctico más
grave y de consecuencias más funestas.
5.-
Frenar el impulso de la democracia interna conquistada en 1999,
nos colocó en una posición más que delicada.
Las candidaturas de unidad disfrazadas de convenciones resultaron
insuficientes ante una sociedad expectante que confiaba en que
la democracia interna continuaría.
6.-
La derrota del 2 de julio es el resultado de un proceso histórico
en donde la concesión a ideas extrañas a nuestra
plataforma política terminó por desdibujarnos. Los
priístas del 2000 se vieron obligados a pagar de un solo
golpe facturas añejas y de origen muy dudoso.
7.-
La priocentría terminó por imponerse. Soberbios
e inconscientes nunca construimos alianzas reales con la sociedad
y ello nos impidió seguir siendo el reflejo fiel de lo
que la gente quiere. Que el poder sirva a la gente fue un lema
adecuado que se vio agotado ante una realidad compleja y una incredulidad
generalizada entre los electores. La intención era buena
pero la voluntad de millones de ciudadanos ya no creía
en la sinceridad de nuestras palabras.
8.-
La corrupción, el amiguismo y el autismo político
de muchos nos impidió renovar la esperanza, tal y como
lo hacíamos cada seis años. La paciencia del pueblo
se agotó y los resultados están a la vista.
9.-
Ernesto Zedillo cumplió como estadista al aceptar una derrota
inobjetable. Pretender culparlo o, peor aún, expulsarlo
de nuestras filas es un error táctico que ignora que millones
de mexicanos admiran de su Presidente el reconocimiento de lo
que perdimos simplemente en las urnas.
10.-
Nos guste o no, Vicente Fox es Presidente electo de México.
Nuestra labor como oposición será en erigirnos como
una fuerza política madura y responsable que piense en
el país por encima de los intereses sectarios. Con dignidad,
altura y sencillez, habremos de ser oposición al gobierno
federal, para con trabajo y dedicación intentar recuperar
la presidencia en el 2006.
Si
bien las reflexiones anteriores sintetizan lo que muchos pensamos,
seguramente son imprecisas y requerirán de un análisis
más profundo y equilibrado.
No
todo está perdido. Nuestra importante presencia en ambas
cámaras, la fortaleza de nuestros gobiernos estatales y
municipales y sobre todo los millones de simpatizantes en todo
el país nos ubican como una fuerza política indispensable
para la gobernabilidad de México.
Hoy
a pocos días de tan dolorosa derrota, lo único que
nos queda es lo que siempre hemos tenido. Esto es, nuestra inquebrantable
voluntad por construir un México del que nos podamos sentir
orgullosos. Un México tolerante y plural en donde debemos
de caber todos.
Pero
antes de construir lo que siga, debemos digerir con humildad y
altura de miras el más grande de nuestros fracasos. Debemos
generar una nueva actitud que comprenda los nuevos tiempos y que
configure nuevas estructuras y maneras de hacer política.
Se dice fácil pero el reto el mayúsculo, por ello
requerirá de inteligencia, patriotismo y sobre todo de
nuevos planteamientos que superen el agotamiento al que hemos
llegado.
Rejuvenecer
al partido. Incorporar nuevos cuadros a la dirigencia. Seguir
construyendo la democracia interna son sólo algunas tareas
pendientes con las que habremos de continuar. Ello requerirá
de una nueva actitud. De una actitud moderna que sin renegar de
nuestros orígenes se preocupe más por el futuro
y el futuro sólo está en las causas de la gente.
En nada más.
*Abogado,
académico, servidor público y expresidente del ICADEP
nacional.
