PODER
Y NO PODER
Martha
Robles*
En
la imaginación arcaica se sintetizó la complejidad
del temor en una sola certeza: el Poder era el poder de matar.
Consagrar este miedo a lo tremendo fue una de las primeras respuestas
humanas para conjurar el azote de las fuerzas supremas sobre la
vida, el tiempo, la Naturaleza, las relaciones y el universo.
En su indefensión más extrema, las sociedades remotas
discurrieron el prodigioso recurso del mito no sólo para
explicarse, sino aprender a sortear la presencia de poderíos
sobrenaturales.
Mitificar el poder se trataba de la experiencia de estar vivos.
Los antepasados sabían que había seres, allá
lejos, en lo invisible, cuya incalculable preponderancia demostraba
que la esencia de la vida consiste de estar matando y devorando.
Ese es el gran misterio de que tratan los mitos; ése, y
el círculo mágico que suscitan para participar de
un ciclo místico e intemporal que identifique y repare.
Y mitos abundaron en Oriente y Occidente. Mitos de fundación,
sexuales, de ultratumba, de revelación... El poder, invariablemente,
cifraba el drama jamás resuelto entre hombres y dioses,
entre hombres y fuerzas oscuras o sólo entre hombres que
mediante la lucha, el engaño, la abyección, el crimen
o habilidades persuasivas hacían que los otros hicieran
lo no habrían hecho jamás de otro modo.
Todo se incluyó en este depósito fundamental de
la humanidad para entender la conducta: el principio y el fin
de la vida, la fábula que la envuelve, emociones, sueños,
deseos, enseñanzas y tradiciones; pero, especialmente,
los mitos atesoraron una lección perdurable: el poder,
en cualesquiera de sus modalidades, ha ocupado un sitio preponderante
en las edades de la conciencia, incluida la era y la cultura que
nos define.
Consagrar la potencia absoluta desde la noche de los tiempos significó
separar de lo cotidiano y posible el poderío más
alto, el fundador de un brote primitivo de orden. Inalcanzable
para grupos arcaicos, la atribución sobrenatural fue sin
embargo un motor que, junto al despertar de la magia, condujo
a los antepasados al establecimiento de ritos y religiones. Al
fincar jerarquías aparecieron héroes, daimones,
semidioses y seres de extraordinaria sagacidad al lado de monstruos
y eventualidades insólitas cuya función consistía
en engañar, combatir, rivalizar, compartir o con suerte
despojar a la divinidad de su absoluto y secreto dominio sobre
la creación, la destrucción y los asuntos del mundo.
Deseaban controlar las vicisitudes de la existencia; luego, mediante
la intervención de magos, sacerdotes, guerreros y autoridades
divinizadas, emular reglas supremas para dominar, multiplicar
o reproducir a voluntad el alcance de un poder que si bien se
mostraba plenamente en la capacidad primitiva de domesticar animales,
semillas o elementos tales como la tierra, el fuego o el agua,
pronto el impulso de mando sobre lo conocido, lo desconocido y
temido comenzó a transformarse en una compleja red de más
mitos, actitudes profanas y ritos religiosos que al tiempo devino
en fundamento de gobernabilidad, sometimiento y división
del trabajo, inseparables de aspiraciones morales, coacciones
e imperativos de orden social que habrían de elevarse a
leyes en sistemas fincados en derechos, libertades y responsabilidades.
La mitología coincide, de esta manera, con la conciencia
primordial del poder. Por oposición, el no-poder frente
a situaciones extraordinarias aparece antes, mucho antes de la
idea de la historia. Poder y no-poder constituyen por tanto una
fórmula indivisa del impulso de ofrecer reglas prácticas
y garantizar su eficacia en la subsistencia comunitaria y frente
al dominio exterior. Así, detrás de la absoluta
capacidad de dar vida, matar y señorear la fábula
del tiempo y la eternidad aparecieron indicios de cómo
la humanidad se las ha arreglado para gobernar, o siquiera pretender
gobernar desde su insondable sensación de orfandad, las
fases intermedias de tales orillas de vida y muerte que aprietan
el sello de la existencia. Las primeras expresiones del poder
humanizado se vinculan a la capacidad de sanar, emprender hazañas
nobles y beneficiosas o desafiar el hambre y el paso de calamidades,
hasta el establecimiento de preceptos de orden moral. A mayor
el conocimiento de la realidad y las debilidades humanas más
compleja sería la urgencia de crear cotos de autoridad
que desde lo místico, esotérico o en apariencia
trivial hasta expresiones depuradas de la política o la
religiosidad, demuestran que es propio de nuestra condición
mitificar la presencia de un jefe, sea para condenarlo o consagrarlo,
porque en torno del proceso que lo legitima se repite una rememoración
y una reactualización ritual de acontecimientos míticos
esenciales.
Sobre todo en culturas con tradición oral la idea de poder
no difiere en lo substancial de lo que se interpretaba dominio
en el remoto pasado. Si acaso, varían modalidades al asimilarlo
y ejercerlo, así como el alcance de la civilidad y la expresión
religiosa frente a lo ignoto que aún envuelve el sentido
de autoridad. Y no hay que olvidar que en el mexicano subyace
su orfandad ancestral: de ahí el influjo del señorío
y su indiviso paternalismo, elevado a estilo de gobernar quizá
como respuesta al transfondo mítico alojado en el inconsciente
colectivo por la escasa educación política de nuestro
pueblo.
A la par existe, sin embargo, la vertiente transformadora de la
experiencia y el pensamiento. En nuestra civilización,
derivado del latín potere, el poder significa según
Weber, "la facultad o probabilidad, en el marco de una relación
social, de imponer la propia voluntad incluso contra la resistencia."
Desde los días de Aristóteles existen varias maneras
de definir, ejecutar y hacer valer las instrucciones de una orden
de determinado contenido. De entre su clasificación nos
interesa la democracia o poder del pueblo que, conforme a los
principios republicanos que nos rigen, está constituido
idealmente en nuestro tiempo por tres partes o poderes funcionales
que la dotan de sentido: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.
Acaso por sus raíces míticas, los mexicanos encontraron
en el presidencialismo discurrido por Lázaro Cárdenas
una respuesta "natural" o cultural a su sensación
de orfandad. Disímil de la tiranía arcaica por su
paternalismo distintivo, además de su compleja adaptación
a las normas constitucionales vigentes, este sistema, al menos
durante décadas de esplendor, asimiló una remota
magia persuasiva para legitimar las "bondades" de un
estilo personal de gobernar, sobre fundamentos republicanos, anidada
en la imaginación popular.
Contradictoria, tal peculiaridad fusionó mágicamente,
con atributos constitucionales depositados en el Ejecutivo, el
ejercicio de un cuerpo legislativo que representa al pueblo. Quizá
el punto de mayor fortaleza y también de debilidad de un
poder personalizado y vertical, la delicada misión de hacer
las Leyes -que desde los días de Stuart Mill debería
corresponder no solamente a espíritus cultos, "sino
también a hombres formados para este oficio, por medio
de estudios determinados y laboriosos"- fue cedida a voluntades
dóciles al Presidente en turno, no obstante el compromiso
que entrañaba su origen electoral, indiviso de cualquier
régimen democrático de nuestro tiempo.
Supeditado a su vez al rumbo presidencial, no obstante su carácter
independiente, el Poder Judicial perdió en legitimidad
cuanto ganó en fuerza coercitiva discrecional, según
la temperatura social y las tendencias políticas del Ejecutivo.
En vez de fortalecer al régimen, su deterioro gradual contribuyó
a desacreditarlo, por una causa: la degradación moral de
la sociedad resulta inevitable cuando el poder se concentra en
una sola persona. Es tal la crisis que sufre el país por
el declive presidencialista, que las tendencias democráticas
están obligando a los políticos a modificar este
sistema de interdependencia entre los tres poderes, a pesar de
que incluso entre partidos de oposición pueda abolirse
el sello paternalista que subyace en nuestra cultura. Incertidumbre
es lo único que deja este choque entre herencia cultural
y necesidad. Incertidumbre y un imperativo: educar y educar cívicamente
a la mayoría, pues de otra manera será imposible
cualquier adaptación civilizada en el actual estilo mexicano
de gobernar.
Como les ocurre a otros países latinoamericanos, con los
que compartimos una misma presión global por la vía
económica, nuestro dilema consiste de ceder al cambio mediante
adaptaciones consecuentes con la tradición o dar un salto
invertido -y también impuesto- hacia las modalidades de
la democracia moderna. En el primer caso, consecuente con la limitada
o casi nula educación política, se ensayaría
una fórmula de gobernabilidad con poder efectivo sobre
la mayoría de los que no tienen poder; en el segundo, se
incorporaría al sistema el poder de los sin poder, al través
del fortalecimiento legislativo y judicial.
La figura presidencial, en ambos casos, parece condenada a limitar
sus atribuciones. Más próxima a la supremacía
norteamericana, nuestra realidad política se inclina al
establecimiento de un sistema dual, propio del federalismo: la
potestad del pueblo representada en la Cámara de Diputados;
y, en el Senado, los representantes de los poderes federados como
tales unidades políticas. Aunque esta fórmula subsistiera
con adecuaciones presidencialistas, los nuevos tiempos auguran
una transformación radical al someter a sus miembros a
un cumplimiento verdadero y expedito de sus funciones. Imposible
preveer, en nuestra circunstancia, el destino final de choque
tan dramático entre la vigencia cultural y la presión
ineludible del modelo de desarrollo elegido.
Lo interesante no es cuestionarse si México se inclina,
poco a poco, hacia un régimen parlamentario al modo español
o francés, ni si en verdad es viable un equilibrio entre
los tres poderes, sino considerar el significado que entraña
la ruptura con ligas míticas que han permanecido durante
cientos de años en la costumbre de ser tutelados, más
que gobernados.
Si atendemos una interpretación rigurosa de la doctrina
de separación de poderes tendríamos que concebir
en la práctica cómo la mayoría habrá
de ejercer su potestad y proclamar que la ley es lo que el pueblo
quiera: lex est quod populus jussit. Cuesta imaginar una transición
del estado de orfandad, ávido de figuras paternalistas,
al parlamentarismo. Por su trasfondo mítico, el pueblo
no está preparado aún para asimilar un autogobierno
con representantes elegidos. La orfandad es raíz de nuestra
identidad. Esto no puede pasarse por alto en tanto y no exista
una educación política que penetre el inconsciente
colectivo para hacer viable la substitución del poder de
uno al poder de todos. Tal el desafío del imperativo civil,
indispensable en cualquier sociedad democrática de nuestro
tiempo.
*Voz
independiente. Escritora. Autora de novela, cuento, ensayo y periodismo
político
