POR UN CAMBIO CON RUMBO Y SIN RUPTURA REGENERACIÓN
Miguel Yoldi Marín*

Enfrentamos unas elecciones difíciles. Libramos una batalla por la historia. Y se requiere entusiasmo, convicción, temple y vigor. Para la política se necesita corazón, cabeza y carácter -decía Reyes Heroles-, y hay que probar que los tenemos.

Somos el partido nacido de la Revolución, los herederos de las luchas libertarias. Nacimos en 1929 para organizar y unir a los vencedores, para dirimir las contiendas internas sin derramar más sangre. Nacimos como una organización nacional que aspiraba a convencer a las mayorías de que los ideales revolucionarios, consignados en la Constitución de 1917, eran los que debían conducir a México. Un partido -señalaba Calles-, el fundador, que avanzara entre los extremos de la intransigencia reaccionaria y el radicalismo impulsivo.

Debe quedarnos claro: libramos una batalla importante. Importante en términos electorales. Importante en términos de rumbo y definiciones. Importante en términos de unidad.

En términos de unidad. Porque la debilidad y la división internas son el peor enemigo. Se necesita la participación de todos. Hay aspirantes a puestos de elección que no fueron nominados (por razones no siempre justificadas ni acertadas), y si bien sumarse a un determinado aspirante es un acto político voluntario, acatar posteriormente la decisión partidaria es un acto de elemental disciplina. Negar las diferencias sería necio, pero el debate de las ideas debe librarse con inteligencia e imaginación, y el espíritu crítico debe fortalecernos.

En términos de rumbo y definiciones. Porque hay que hacer cambios. Con prudencia y sin desesperación, conservando lo viejo bueno y aprovechando la experiencia. Pero hay que hacer cambios. Aún subsisten graves carencias e injusticias. Hay que rescatar lo mejor de nuestra tradición liberal. El PRI es el partido en el gobierno, pero no el gobierno, y no debe favorecer a los neocientíficos que hoy, como a principios de siglo, se han incrustado en el gobierno y desprecian la política y al partido. Aspiramos a un México de ingreso repartido, no concentrado. A un México donde, como establece nuestra declaración de principios, "no haya hombres sin trabajo, ni capitales sin empleo". A un México sin corrupción de la justicia, donde se aplique cabalmente la norma jurídica. Un México con presencia del Estado, de un Estado que garantice la justicia, no sólo la de tribunales, sino la justicia general de la existencia, la que permite el desarrollo y alivia el desvalimiento; no el Estado obeso y omnipresente que asfixia la libertad económica y política. Un México, donde el Estado garantice la libertad y la seguridad de todos sus habitantes. Un México donde la cultura y la educación, laica y gratuita, sean prioritarias.

En términos electorales. Porque nacimos del gobierno y para gobernar, pero debemos convencer. Y para convencer hay que hacer política. Para gobernar -y para ganar elecciones- hay que contagiar entusiasmo, generar apoyos, lograr consensos. Y eso es hacer política. Política, no grilla.

No es tarea fácil. Enfrentamos críticas severas. Los últimos años han sido difíciles.

A partir de 1983, aunque ya hay acciones importantes desde 1971, el país busca insertarse en la economía mundial. También a partir de 1983 hay un marcado repliegue del Estado, una acelerada desregulación de actividades y un intenso proceso de privatización de empresas públicas.

También en estos años se desata una crítica intensa del PRI, de la burocracia, de las empresas paraestatales y su ineficiencia, de la corrupción del sistema y de los errores de los gobiernos anteriores. Y se deja correr la idea de que la política es un mal erradicable, que los políticos son deshonestos y no tienen función social justificable.

El país se ha transformado dramáticamente. El mundo también. El costo, para la población en general, ha sido alto. El partido ha tenido que apoyar y asumir medidas poco populares y, a veces, mal entendidas. La oposición pretende que paguemos solos, la factura completa. Por los abusos de algunos, atacan a todos; permítanme recordar una anécdota:

Hace años, en una recepción en el extranjero, al presentar al embajador de México, un diplomático ocurrente le dijo: "¡Ah, el país del señor Durazo!". "No-respondió nuestro embajador. Yo represento al país de Siqueiros, Rivera y Orozco; al de Sor Juana, Novo, Alfonso Reyes y Octavio Paz; el de Juárez, Vasconcelos, Zapata y Cárdenas; el de Camarena, el inventor de la televisión a color; y el de la primera Universidad que operó en el continente americano". Y se fue sin esperar respuesta.

Tenemos un reto que vencer.

Hoy, como cuando nació el partido, tenemos que convencer a las mayorías de que nuestros ideales deben dirigir a México. Que tenemos los mejores hombres y la mayor experiencia. Que somos el partido equidistante entre el radicalismo y la intransigencia. Que aspiramos a orientar voluntades hacia objetivos ambiciosos de Nación, compartidos más allá de las divergencias naturales en un país libre y democrático.

Ni la falsa izquierda, intransigente, intolerante y obsoleta. Ni la contrarrevolución neocristera. Ni las ocurrencias y disparates de la frivolidad mercadológica. Permitir el avance de las tendencias conservadoras es negar lo mejor de nuestro pasado. El país necesita líderes, no aventureros políticos.

Hay que dar lo mejor de nosotros mismos para convencer y ganar las elecciones claramente, de manera inobjetable. Pero la batalla es por la historia, y hay cambios, con rumbo y sin ruptura, que son ineludibles. Debemos encabezarlos y encauzarlos. Hay destrucciones necesarias para lograr una sana regeneración.

*Director General de Operaciones Financieras de ASERCA