LAICISMO: CULTURA DE LA TOLERANCIA
Cesáreo Morales García*

El marco constitucional y normativo del laicismo mexicano, acreditado en las distintas expresiones de una cultura de la tolerancia, resulta de un largo aprendizaje político y social, durante la segunda mitad del siglo XIX y todo el XX, ante el propósito de edificar una nación democrática, soberana, de libertades y justa. Su fundamento radica en los principios esenciales de las sociedades modernas, tal como aparecieron en las Leyes de Reforma; las luchas por la democracia y la justicia social de 1910; las experiencias dolorosas de la guerra cristera de los años veinte y la maduración institucional de México en las últimas décadas.

Los tres pilares constitucionales de nuestro laicismo son: la separación del Estado y las iglesias, según el Artículo 130; la libertad de creencias establecida en el Artículo 124 y la educación laica consagrada en el Artículo 3º. Con relación al primer punto, Juárez fue un reformador adelantado a su tiempo, pero de una inteligencia y una sensibilidad extraordinarias, para aplicar a la concreción del país, el principio evangélico: "Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es de César". La libertad de creencias, en correspondencia estricta con lo anterior, fue vista y defendida con la misma radicalidad, por el hombre que no vaciló en mandar ejecutar a Maximiliano como representante de una potencia externa.

De un lado, autonomía del Estado y la sociedad frente a la iglesia o las iglesias, del otro, libertad de creencias como ejercicio de la soberanía del hombre. La educación laica, es una de las consecuencias doctrinales prácticas de la conjunción de estos dos aspectos esenciales de la democracia; otras más se siguieron en la misma dirección, registro civil, divorcio, ubicación de los panteones fuera de los recintos de la iglesias, desaparición de las figuras discriminatorias de hijo natural y concubina, el aborto por razones terapéuticas, entre las principales.

Por este cauce normativo, después de la tragedia cristera, con buenas dosis de pragmatismo y prudencia, tanto del gobierno como de los obispos católicos, pastores protestantes y rabinos, hemos accedido como sociedad a una cultura de la tolerancia, manifiesta en el respeto a la libertad de creencias, a la pluralidad social, a la privacidad y a la diferencia en las formas de vida.

Hemos alejado entre nosotros las exclusiones por motivos religiosos y a nadie se intenta quemar en la hoguera por sus creencias o sus posiciones en este tema. Ninguna monja o maestro por más católico que sea, mandará castigado al alumno que confesara ante la sorpresa de sus compañeros que no es cristiano, ni cree en Dios, ni va a misa. No podemos pasar por alto la importancia de este rasgo de la convivencia nacional que, como el aire, no apreciamos en la cotidianidad, sino cuando desgraciadamente nos falta.

El laicismo es un bien público que hemos de defender. Vicente Fox, en su propuesta de diez puntos a los obispos católicos, hay que decirlo sin ambajes, amenaza el clima de tolerancia en que vivimos. Al proponer un fundamentalismo religioso en el que, simuladamente o de manera abierta, el catolicismo sería el único fundamento del entero orden jurídico y social, así como de la moralidad, estaríamos ante el peligro de una reedición de la guerra cristera en escuelas, hospitales, cárceles, medios de comunicación, universidades, entre familias y, más grave aún, entre partidos políticos.

No se pueden interpretar de manera deferente sus propuestas. El respeto a la vida para Fox sería el desconocimiento de los causales de aborto legal, como la violación, el peligro de muerte de la madre y el riesgo de graves enfermedades. Se inspira en un concepto muy estrecho de lo humano y desconoce que la libertad siempre es responsabilidad.

Llevar la educación religiosa a las escuelas sería provocar enfrentamientos entre mayoría y minorías. Bastante tenemos con la desigualdad social, para redoblarla en una desigualdad de los paternalismos. Parecería que Fox quiere dispensar a los padres de familia, a los niños y a las iglesias de sus respectivos compromisos. Bajo la vestidura de las buenas intenciones, se oculta el autoritarismo de una religión trasmitida con sangre por algún profesional de su enseñanza. ¿No apostará a vaciar las iglesias y a convertir el país en un gran templo de adoctrinamiento?

Lo mismo puede decirse del libre acceso a la asistencia espiritual en centros de salud, cárceles e instituciones asistenciales. En cuanto a la unidad familiar, no se sabe si a partir de su experiencia personal, piense que con prédicas se puede superar lo insuperable al interior de la relación de las parejas. Hasta a los medios de comunicación quisiera llevar la batalla entre religiones y criterios éticos. Cada creyente tendría su canal, su radio y su periódico, luego, su estrategia para enfrentarse a los demás.

Acabar con lo que afirma ser una contradicción entre los Artículos 24 y 130 constitucionales significa, en resumen, que los ministros de las iglesias puedan no sólo votar, sino también, ser candidatos, por tanto, convertir sus homilías y sermones en propaganda electoral, sus iglesias en oficinas de partidos; la de la Santa Cruz del Pedregal sería panista, la parroquia de Coyoacán perredista, la Catedral de Tlalnepantla priísta, las sinagogas de La Condesa se dividirían entre PRI y PRD y en las de Polanco se predicaría contra el abstencionismo. Situación absurda, ciertamente. Hasta aquí quisiera llevarnos Fox.

Lo más preocupante, sin embargo, es la sensibilidad y las ideas que se revuelven en la cabeza de Fox y, sin duda, en la de alguno de sus asesores. Hay oscuridad en cuanto al carácter del Estado, la naturaleza de la sociedad, el lugar de la fe y las iglesias. En sus mentes se ha borrado nuestra historia, a menos que quieran tendernos una trampa y pretendan engañarnos. Ya un diácono católico, en Aguascalientes, proclamó a Fox como el "cristero mayor".

Uno de sus asesores explicaba que el propósito de Fox, con esta propuesta, era ganarse al electorado más católico. Estaríamos aquí ante una manipulación intolerable, en la utilización de lo más sagrado que tiene el hombre, su creencia de Dios.

En este contexto, Francisco Labastida, congruente con los valores y principios del PRI, ha de confirmar su vocación de respeto a las libertades, entre ellas, la de creencias; de defensa de la separación entre Estado e iglesias y de la educación laica como fuente de una cultura de la tolerancia, el respeto a nuestra historia, a lo que somos, y el respeto a los demás. Hemos de concluir, el ataque al laicismo es el riesgo de un fundamentalismo indeseable e inaceptable.

*Coordinador de Asesores de la Presidencia de la Junta de Coordinación Política del Senado de la República. Coordinador de la Comisión Nacional de Ideología del CEN del PRI.