LOS HECHOS QUE CONVIENE CONSIDERAR ANTE JULIO DEL AÑO 2000

MÉXICO ANTE LA TERCERA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
JUAN MARÍA ALPONTE*

Las elecciones presidenciales mexicanas han eludido un debate fundamental o ese debate ha tenido una importancia menor: el debate sobre la política internacional de México ante la III Revolución Industrial, es decir, ante la Revolución de la Información y la Revolución de las Telecomunicaciones. Asombra; quizá avergüence, esa apreciación cierta.

La Nueva Economía, expresión fundamental de la mutación del tiempo histórico, ha estado realmente ausente del debate. Las querellas personales y las contradicciones semánticas han dejado al margen el inmenso fenómeno de la globalización y el papel de México en ella, aunque haya elegido como opción a los dos bloques económicos que representan la Nueva Economía, es decir, la nueva Revolución científico-tecnológica: Estados Unidos-Canadá, de un lado, y la Unión Europea de los Quince, del otro.

No se trata de un olvido, sino de una peligrosa inversión de las prioridades y las responsabilidades. La primera Revolución Industrial, que es válido situarla entre 1750 y el año 1900, con distintas etapas y variables, significó un múltiplo de 2 de la producción mundial, con un crecimiento casi paralelo al de la población.

Los efectos de la primera Revolución Industrial fueron ingentes (James Watt transformó el movimiento al modificar la máquina de vapor de Newcomen en 1776) pero en unos espacios muy limitados: en los países que hicieran la Revolución Parlamentaria y fundaran las instituciones jurídico-políticas del Estado de Derecho. Todo lo demás fue, en gran medida, el mundo colonial, es decir, el suministrador de materias primas. Todavía, en 1914, sólo el Imperio británico representaba o controlaba una cuarta parte de la población y una cuarta parte de la geografía mundial. La misma que 86 años después está en la miseria.

La segunda Revolución Industrial, entre 1900 y el 2000, supuso una de las mayores mutaciones que haya visto la humanidad. El siglo XX, el siglo del progreso y del horror totalitario, el siglo portentoso del cambio y de las barbaries (barbaries que no están lejos de las extraordinarias palabras del Papa Juan Pablo II al hablar de los pecados de la Iglesia "al servicio de la verdad", es decir, al servicio de la intolerancia como fueran las Cruzadas o la Inquisición) significó algo impresionante: que la producción mundial tuviera, en esos cien años, un múltiplo por 19 mientras que la población se cuadruplicaba pasando de 1,600 millones de personas a 6,200.

Dicho en otras palabras, en el siglo XX la producción creció más que en el curso de milenios enteros. Ese es el punto de partida real, inexorable, para hablar de diferencias y desigualdades. Por ejemplo, Japón y Corea del Sur tenían, en 1900, un PIB por habitante equivalente al de México: Japón 1,135 dólares per cápita; Corea 850 y México, 1,135 (Datos del Banco Mundial, IERAL y Angus Madison). ¿Qué pasó a continuación?

En el siglo XX Japón multiplicó su producción por 18; Corea por 15.9 lo que permitió, en esos países, una explosión del crecimiento. Alemania, con dos guerras mundiales perdidas (con extremos paroxísticos de destrucción y con una inflación posterior, en 1919, a los doce ceros -digo 12 ceros detrás del uno- y con 4.5 millones de desempleados hecho que hizo posible la profecía de la barbarie llamada Adolf Hitler) tuvo un múltiplo de producción de 7.4 partiendo, en 1900, de 3,134 dólares. En el siglo XX el múltiplo de México fue sólo de 4.8 según las mismas fuentes. ¿Qué pasará en la III Revolución Industrial donde los cambios tendrán múltiplos mucho mayores y más rápidos?.

El último cuarto del siglo XX, con la aparición de la cibernética y la electrónica anunciaba ya la transformación de la Vieja Economía y, con ello, la entrada en juego de fuerzas sociales y económicas que dejarían, muy atrás, el "capitalismo salvaje" para generar una mutación que, en el inicio del siglo XXI, se ha denominado la Revolución del Conocimiento.

Para un inglés, que en 1900 contaba ya con 4,593 dólares per cápita, el cambio se evidenciaría en el hecho de que su distancia con una de sus colonias, Ghana, por citar un ejemplo, pasaría de diez veces a más de veinte y la diferencia entre un estadunidense (4,096 dólares en 1900) y un ciudadano de Bangladesh, a precios constantes, ha sido de 25 veces. La economía estadunidense es ya veinte veces mayor que la mexicana.

La referencia a la pobreza de las mayorías de la tierra, en el siglo XX, ha sido enorme (regiones que, paralelamente a la desigualdad económica, han padecido la desigualdad derivada de la explosión demográfica) como los "ejemplos-prueba", antes citados, lo acreditan. La denuncia, en sí misma, no cambiará los hechos. Sólo creando verdaderas alternativas racionales se impedirá que la "brecha" se convierta, sin más, en una nueva forma de barbarie multidimensional.

No obstante, no cabe olvidar que 1,000 millones de personas, según el Fondo Monetario Internacional, disponen de una renta diaria de 70 dólares y consumen el 78% de los bienes generados por el mundo entero. Al contrario, 2,800 millones de habitantes del planeta Tierra, en números redondos, cuentan con menos de 2 dólares diarios y de esos 2,800 millones nada menos que 1,200 millones deben contentarse con una cifra inferior a un dólar por día. En suma, casi la mitad de la población del mundo consumía nada más que el 6% de los bienes generados a nivel de la totalidad humana. Para el resto de la población, en el nivel intermedio, quedaba (algo más de 1,200 millones el 16% de la producción mundial). Fría lectura de un mundo implacable.

EL ESTALLIDO DE LA REVOLUCIÓN DEL CONOCIMIENTO
Y LAS TELECOMUNICACIONES EN LA EDAD CIBERESPACIAL

El siglo XXI, heredero ya de la cibernética y la electrónica del siglo XX -la segunda Revolución Industrial- ha transportado al hombre-mujer a una mutación (no el cambio ni al cambio del cambio con las referencias a la edad de las ilusiones) gigantesca que se explicita, en la apariencia, en la revolución llamada Internet.

Recordemos, como señalo en mi libro "La Revolución Ciberespacial y la Privatización del Estado-Nación", que hace un millón de años la producción de energía por un hombre, físicamente, en kilocalorías per cápita y día, se sujetaba a la sola potencia de sus músculos y equivalía a 2,000 kilocalorías. Hace 10,000 años, en el seno de las primeras sociedades sedentarias en Mesopotamia, su producción de energía se estimó entre 4,000-5,000 kilocalorías; 500 años después de Cristo ascendió a 12,000 kilocalorías y a 26,000 en el año 1,400 poco antes de que un desconocido llamado "Cristóforo" (el "Portador de Cristo") Colombo se preparaba para descubrir un mundo equivocado: América en vez de las Indias.

En 1870, ciento veinte años después de la Revolución Industrial, se llegó a las 70,000 kilocalorías per cápita y en 1970, en el centro de la nueva ideación tecnológica, a las 230,000 kilocalorías.

En estos momentos, con una simple presión digital, el ser humano moviliza la suficiente energía, en millones de kilocalorías de intensidad radial y en milésimas de segundo, para comunicarse, a escala, con el planeta entero. Centenares de millones de seres humanos (de los cuales 900 millones de analfabetas) siguen instalados, todavía, en poco más de las 2,000 kilocalorías por persona y jornada.

Estamos en el centro de una mutación espacial. La globalización vino para quedarse por la simple y sencilla razón de que la nueva ciencia, la nueva tecnología y los nuevos mecanismos de comunicación ciberespacial no caben ya en las fronteras nacionales. Esas fronteras son asaltadas por una revolución del conocimiento que sólo tiene un mercado: el mundo entero. Frente a ello resulta un escándalo ético y conceptual una interpretación parroquial que oscile entre Guanajuato y Sinaloa como ejemplos de conductas y desalientos sociales. Sobremanera si admitimos que la tasa de analfabetismo en Guanajuato en 1997 ("Agenda Estadística 1999, Estados Unidos Mexicanos, INEGI", página 29) era de 15.1% y la de Sinaloa de 7.5%. Las diferencias no eluden que esa confrontación (la tasa nacional de analfabetismo, como promedio, en el mismo documento, fue de 10.6%) está lejos de lo esencial: la transformación cultural, no sólo alfabetizadora, de la sociedad mexicana. El siglo XXI circulará entre proyecciones espaciales. ¿Es posible olvidar que mientras la UNAM estaba parada, y continúa con su tejido social grave y seriamente quebrantado todavía, el mundo del poder científico estaba en vías de la descodificación del secreto de la vida, es decir, el genoma?.

Para mí, profesor universitario, este año dando clase, al tiempo, en el Tecnológico de Monterrey y la UNAM, se trata de un dolor incalificable.

El proyecto estadunidense y británico para aquella empresa (en una ciudad perdida llamada Rockville que es el corazón de las investigaciones biomédicas estadunidenses), esto es, el Human Genome Project, ha dispuesto de una inversión de 3,000 millones de dólares. Debajo de esas cifras emergen cuatro Institutos de Investigación norteamericanos de carácter público (más uno inglés). A su frente, el Premio Nobel, James Watson. Figura notable de la ciencia. Hace 47 años ese mismo hombre descubrió el secreto de la doble hélice del ADN. A su lado el doctor Collins, figura eminente.

¿Cabe recordar que la aventura que hoy llamamos la Revolución del Conocimiento tiene, también, centros de dominación, muy claros? En Química Estados Unidos ha obtenido 46 Premios Nobel. Los países siguientes son claros: Alemania 27, Inglaterra 24. En Fisiología y Medicina Estados Unidos cuenta con 78 Premios Nobel, Inglaterra 23, Alemania 15 (no cito nada más que a los tres primeros, obviamente). En Física, Estados Unidos cuenta con 70 Premios Nobel, Inglaterra 20, Alemania 17. En Ciencias Económicas, la joven novedad en ese balance, Estados Unidos ha retenido 26, Inglaterra 7. En el total de los Premios Nobel Estados Unidos aparece en cabeza con 241, Inglaterra con 88 y Alemania con 69, Francia les sigue con 47.

Pero, en el caso del genoma no se trata sólo de los centros de investigación públicos, sino también de los privados. En 1995 Craig Venter, director del "Institute for Genomic Research", hizo público el descubrimiento (300 millones de dólares detrás) del genoma de la bacteria Haemophilus influenza y en 1998 creó el "Celera Genomic" para establecer y definir el proceso secuencial del genoma. Una verdadera carrera hacia el secreto de la vida que comprende, como se sabe, tres mil millones de pares de bases químicas. Estamos ya en el proceso secuencial del proceso; en su última instancia reveladora final. ¿Asumimos sus inmensas consecuencias físicas y éticas? Véase el proceso de la UNAM y la incapacidad notoria de la Secretaría de Educación Pública para hablar de una nueva era del saber activo.

Aquel debate será uno de los supuestos, inmensos, del tránsito hacia una nueva edad de la medicina y la farmacia. La Vieja Economía farmacéutica entrará en crisis ante los nuevos laboratorios moleculares.

La conquista de la secuencia de los tres mil millones de pares de bases químicas ya está en marcha. La revolución de la computación lo hace posible. Ahora bien, ¿cómo participamos en esa revolución?

En los más grandes países desarrollados la educación ha pasado a ser esencial y en la mayoría de ellos se ha llegado a la consecuencia de que la discusión sobre la gratuidad es de otro siglo. La consideran regresiva y desestimulante. ¿Abandonan, por ello, el principio de la igualdad de oportunidades? Al contrario, en vez de hacer una sociedad subsidiada y prehistórica en términos éticos, se dirigen a los estudiantes como adultos. El 40% de los estudiantes europeos gozan de una beca, las tasas o pagos se incrementan en todas las universidades, pero también una serie de sistemas para que todo el mundo pueda estudiar con becas o rentas-préstamo a pagar cuando sean profesionales siempre que lleguen al promedio de Ingreso medio de la nación, con un 4% anual, sin intereses (que el Estado pagará a los bancos) y sólo si llegan a ese promedio. Si se han quedado atrás el Estado recompra la deuda a tenor de una realidad impositiva que nadie se atreve a poner en duda. ¿Quién querrá quedarse atrás y no pagar? Pasemos la página. Miremos hacia adelante sin los dinosaurios. En suma, la imaginación al Poder.

En otras palabras, estamos ante una mutación de los principios de financiación de la educación superior. La ayuda a las familias, para que los hijos puedan estudiar, alimentarse adecuadamente y disponer de las herramientas culturales indispensables, ha pasado a ser una norma. Nadie fuera de la escolaridad, pero con otra idea del mundo. La República es la institucionalización de los derechos, pero también de los deberes, de las libertades, pero también de las responsabilidades. ¿No en la educación?.

¿Cuál será, pues, nuestro proyecto histórico? La revista "Le Nouvel Observateur", una de las grandes revistas democráticas de Francia, en su número del 13 al 19 de abril del 2000 titulaba uno de sus ensayos de esta forma: "La guerra del genoma sí tendrá lugar. El final de la carrera por la descodificación de nuestros tres mil millones de genes está a la vista. A la cabeza del pelotón un Laboratorio Privado y un Consorcio Público (ya los he citado previamente). ¿Quién ganará la carrera? La respuesta: antes del verano".

Ex ante, el 14 de marzo, el Presidente Clinton y Tony Blair hacían una declaración (perdida en la inmensidad de nuestra obstinada dedicación a la infamación codificada y descodificada de los unos contra los otros) de la mayor importancia: que estos inmensos descubrimientos tenían que ser públicos y transpasarse, por entero, a las comunidades científicas para evitar una guerra trágica por la optimización del beneficio a escala de las multinacionales privadas. Ya la Ley, el Estado de Derecho, se lo ha dicho, judicialmente, al hombre más rico del mundo: a Bill Gates y Microsoft. ¿Quién se atrevería entre nosotros ante monopolios movidos por una optimización oligárquica?

Esos son los grandes problemas de nuestro tiempo. Para México la entrada en la III Revolución Industrial es un tema capital. En los debates de la campaña electoral no han trascendido, prácticamente, ninguna de estas grandes secuencias derivadas de la mutación (no digo transformación ni cambio que son vocablos ya dinosáuricos) de los conocimientos.

Mutación que va acompañada por una gigantesca fusión de las grandes empresas que cambian la correlación de fuerza de la historia económica y científica del poder. Todo ello mientras asistimos, como si no fuera con nosotros, a la transferencia del sistema bancario mexicano al sistema bancario internacional. ¿Adopto, con ello, una posición al más viejo estilo del nacionalismo retórico y depredador? Al contrario, esas modificaciones de la estructura del poder son inevitables en la edad de la globalización. Lo perturbador no es ese problema, sino que seamos incorporados como maquiladores y no como inventores e innovadores del porvenir. Pareciera que cuanto más firmes sean las botas rudimentarias del energumenismo mejor nos irá. Al revés, la revolución está en lo alto: en las cabezas; en una mesura descubridora del porvenir.

Tema capital, ese, para México. Ello así porque, en 1999, no tuvo México, realmente, nada más que un mercado. En efecto, de los 136,703 millones de dólares exportados por México en 1999 (números redondos) el 88.36% fueron a Estados Unidos y sólo el 3.85% a los 12 mayores países de Europa. En total, a los "Quince" de la Unión Europea, únicamente el 4.64%. Baste añadir que más del 44% de las exportaciones fueron maquila y, por tanto, difícilmente tendrían la efectiva denominación de exportaciones. Estamos, pues, ante verdades crecientes e impacientes. Seamos capaces de asumirlas para idear el futuro sin fantasmas rituales.

LA NACIÓN ANTE LAS ELECCIONES: OTRO ESTADO, OTRA
CONSTITUCIÓN Y OTRO MODELO DE CONVIVENCIA

En estos momentos, 16 de mayo del año 2000, (cuando se redacta este artículo que se me ha pedido, con inteligencia y noble entereza, para que exponga con libertad mis ideas) lo más importante no es ya quién gane, sino la responsabilidad que implica entrar, desde la Vieja Economía, con un sistema bancario y educativo todavía en serias crisis o quebrantamientos, en la Nueva Economía, es decir, en la edad de la descodificación, sin más, de los tres mil millones de pares de bases químicas del secreto, criptográficamente, de la vida.

El México de 1910, con el 72% de población rural, se ha transformado en un país donde el 75%, en el año 2000, es urbana. Esa población exige, con infraestructuras que estallan ante la presión de una sociedad en movimiento explosivo, una nueva versión del arte de saber vivir y convivir civilizadamente. Sus demandas son inexorables en orden al empleo, la educación, la vivienda, los equipos y la seguridad pública. El Estado, antes que nada, es la "nación organizada". Y la nación organizada requiere de instituciones, de un orden jurídico-político, por tanto, a tenor de la inmensa transformación sufrida por México en los últimos 90 años.

Ahora bien, una nación organizada no puede admitir la existencia de 45 millones de mexicanos en la pobreza. Tampoco se pueden ganar las elecciones con el "núcleo duro" de los pobres subsidiados, sino con la cooperación del México moderno fundado en un descontento lógico que tiene que dirigirse hacia un nuevo Proyecto de Nación porque la Nación, sin más, es otra. Esta nación se ha integrado en la globalización, esto es, en los dos grandes bloques de poder del mundo, es decir, Estados Unidos-Canadá y la Unión Europea de los Quince. Pero, estructuralmente, dependemos de un mercado dominante y el peso de la innovación y de la invención, con los créditos que los hacen posibles, se producen y generan fuera. Todo ello supone, por tanto, la necesidad de instituciones nuevas que impliquen la refundación del Estado. El Estado, a su vez, es inviable sin un Pacto Social constituyente.

Nuestras constituciones, por la gran crisis histórica de la independencia, las revoluciones civiles, las intervenciones extranjeras, las dictaduras, han sido constituciones de guerra y de vencedores. No hemos tenido una verdadera Constitución de consenso, es decir, en la que estén todos. La vigente, que nadie reconocería después del parto de 1917, fue la Constitución reformada de 1857 -proposición lógica porque aquella, por la guerra de los tres años, las guerras contra el Imperio y el Porfiriato, no fue nunca vigente- apostó, cierto, por un cambio social. Sin embargo, los constituyentes de Querétaro fueron protagonistas y víctimas de la Guerra Civil.

Grandes fuerzas políticas, pese a la perspectiva social del proyecto, quedaron fuera y en conflicto entre sí. Los casos de Pancho Villa y Zapata lo evidencian y, a su vez, la contradicción entre Obregón y Carranza. Nada lo explica mejor, sin palabras, que el asesinato de los cuatro. Precedido por el crimen contra Madero. Ahora es indispensable un nuevo consenso. El consenso no es la eliminación del disenso. Deberá ser, al contrario, el triunfo de la razón ante la III Revolución Industrial. No podemos perder ese tren para vivir en la retórica de la protesta con el afrodisiaco, cada vez más equívoco y vulnerable, del subdesarrollo conceptual. Por ello, gane quien gane, es preciso instalar en nuestras cabezas la idea básica de un gobierno provisional que trabaje, con ideas claras, precisas, rigurosas, sin reyertas virreinales, por un Pacto de Gobernabilidad que diseñe las bases jurídico-políticas del nuevo Estado, es decir, de una nación organizada sin la pobreza y la miseria intelectual de la maquila y la emigración.

Esa inmensa fuerza social, en huida hacia la frontera o hacia la sociedad marginal (¿no se gana más limpiando parabrisas en la calle que en muchos puestos de trabajo de ocho horas diarias?) representa un inmenso potencial de talento y de energía que tiene que ser la base de la nueva nación organizada de todos con todos y no de todos contra todos y bajo la premisa -entre homicidas y suicidas en el Periférico- del "yo primero" y "detrás de mí el diluvio".

Los países totalitarios que se ejercitaron en ese proceso, lo han probado. Yugoslavia que desconoció los problemas nacionales tiene ahora el nacionalismo religioso como bandera y el fin de la nación. La Alemania hitleriana creyó poder construir una industria de guerra sin ser destruida y fue aniquilada. La URSS pensó en eliminar, para siempre, el nacionalismo xenófobo y la explotación del hombre por el hombre y se encontró al final, con la exaltación trágica de lo que se quiso evitar con la violencia coercitiva y el discurso único. La Italia mussoliniana de los "gestos", que nada tenían que ver con las palabras ni con los actos, terminó con su líder colgado boca abajo en una plaza de Milán. Todas ellas, por no citar nada más que a las más poderosas tiranías, todas ellas fracasaron dejando a los países en ruinas.

La creación, entre nosotros de otro Estado no supone nada más que asumir, de verdad, el Estado de Derecho, es decir, la fundamentación montesquiana de la división de poderes y la limitación del Ejecutivo. No hay que olvidar que Montesquieu publicó "El Espíritu de las Leyes" en 1748. Señalaría que la Constitución es el Pacto Social, pero, bien entendido, Montesquieu nos advertiría, sin equívocos, que un país NO tiene Constitución, aunque esté promulgada, si no existe una auténtica división o separación de poderes. También nos señaló, para terminar con los sermones angelicales que adornan la ausencia de una verdadera cultura política, que la corrupción "no es un problema ni una categoría moral" como florece, casi siempre, en la mayor parte de nuestros discursos conventuales.

Indicó Montesquieu, al contrario, que la corrupción (que no es un problema moral) es el fruto histórico del despotismo, esto es, que todo despotismo propicia la corrupción. Ello no apunta a un callejón sin salida: que en el Estado de Derecho, por serlo, no haya corrupción. La inteligencia del barón de Montesquieu (Charles-Louis de La Brede) no era tan superficial. En el Estado de Derecho, como en cualquier sociedad, cabe la corrupción. Lo que define al Estado de Derecho es el fin de la impunidad y, finalmente, el doble ejercicio intelectual que nos legaron los griegos: la igualdad ante la ley (isonomia) y la igualdad de la palabra (isologia) que hemos convertido en la libertad de opiniones y en la pluralidad de las ideas.

Ese nuevo modelo de convivencia está transpasado por la idea central de la democracia, es decir, por el espíritu y la letra de la tolerancia. Si "El Espíritu de las Leyes" ilumina la ciencia política, "La Carta de la Tolerancia" de John Locke (1689) y "El Tratado de la Tolerancia" de Voltaire (1763) proponían al hombre, iluminado por Rousseau, la posibilidad de un concilio convivencial. ¿Dónde están nuestros Tratados de la Tolerancia?.

Sobre esas premisas se tendrá que construir el poder, después de julio del año 2000. Sobre todo, si no existe una mayoría bien explícita, clara y legítima. Aún existiendo, tendremos que trabajar por la refundación del Estado, la preparación inteligente de la Constitución para la III Revolución Industrial y para un nuevo modelo de convivencia que no deje sin salida hacia el porvenir a los millones de mexicanos (casi cuarenta millones) entre los 15 y los 30 años que no han sido preparados para la Revolución del Conocimiento. No olvidemos que la SEP nos ha anunciado, en su último "Perfil de la Educación en México", que el 58.6% de la población mexicana de más de 15 años no ha terminado la educación básica...

Tendremos que crear, con los subsidios que hoy van a la mar, un nuevo sistema de Seguridad Social que integre, a la vez, la salud, la educación permanente (como un trabajo adicional indispensable) el empleo y el bienestar de las mayorías como supuesto esencial para tomar el tren, en marcha, como el genoma, de la III Revolución Industrial. Desconocerlo y quedarnos, moralmente, con la vieja conciencia autocomplaciente y, conceptualmente, con la Vieja Economía, sería igual que reconducir a las viejas oligarquías endogámicas al pedestal de una sociedad que ya no lo aceptará de ninguna forma. Eso es todo...para comenzar.

*Profesor de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Director del Centro de Documentación y Estudios, S. C., y autor de 22 libros de historia y análisis de las ideas.