Las
elecciones presidenciales mexicanas han eludido un debate fundamental
o ese debate ha tenido una importancia menor: el debate sobre
la política internacional de México ante la III
Revolución Industrial, es decir, ante la Revolución
de la Información y la Revolución de las Telecomunicaciones.
Asombra; quizá avergüence, esa apreciación
cierta.
La Nueva Economía, expresión fundamental de la mutación
del tiempo histórico, ha estado realmente ausente del debate.
Las querellas personales y las contradicciones semánticas
han dejado al margen el inmenso fenómeno de la globalización
y el papel de México en ella, aunque haya elegido como
opción a los dos bloques económicos que representan
la Nueva Economía, es decir, la nueva Revolución
científico-tecnológica: Estados Unidos-Canadá,
de un lado, y la Unión Europea de los Quince, del otro.
No se trata de un olvido, sino de una peligrosa inversión
de las prioridades y las responsabilidades. La primera Revolución
Industrial, que es válido situarla entre 1750 y el año
1900, con distintas etapas y variables, significó un múltiplo
de 2 de la producción mundial, con un crecimiento casi
paralelo al de la población.
Los efectos de la primera Revolución Industrial fueron
ingentes (James Watt transformó el movimiento al modificar
la máquina de vapor de Newcomen en 1776) pero en unos espacios
muy limitados: en los países que hicieran la Revolución
Parlamentaria y fundaran las instituciones jurídico-políticas
del Estado de Derecho. Todo lo demás fue, en gran medida,
el mundo colonial, es decir, el suministrador de materias primas.
Todavía, en 1914, sólo el Imperio británico
representaba o controlaba una cuarta parte de la población
y una cuarta parte de la geografía mundial. La misma que
86 años después está en la miseria.
La segunda Revolución Industrial, entre 1900 y el 2000,
supuso una de las mayores mutaciones que haya visto la humanidad.
El siglo XX, el siglo del progreso y del horror totalitario, el
siglo portentoso del cambio y de las barbaries (barbaries que
no están lejos de las extraordinarias palabras del Papa
Juan Pablo II al hablar de los pecados de la Iglesia "al
servicio de la verdad", es decir, al servicio de la intolerancia
como fueran las Cruzadas o la Inquisición) significó
algo impresionante: que la producción mundial tuviera,
en esos cien años, un múltiplo por 19 mientras que
la población se cuadruplicaba pasando de 1,600 millones
de personas a 6,200.
Dicho en otras palabras, en el siglo XX la producción creció
más que en el curso de milenios enteros. Ese es el punto
de partida real, inexorable, para hablar de diferencias y desigualdades.
Por ejemplo, Japón y Corea del Sur tenían, en 1900,
un PIB por habitante equivalente al de México: Japón
1,135 dólares per cápita; Corea 850 y México,
1,135 (Datos del Banco Mundial, IERAL y Angus Madison). ¿Qué
pasó a continuación?
En el siglo XX Japón multiplicó su producción
por 18; Corea por 15.9 lo que permitió, en esos países,
una explosión del crecimiento. Alemania, con dos guerras
mundiales perdidas (con extremos paroxísticos de destrucción
y con una inflación posterior, en 1919, a los doce ceros
-digo 12 ceros detrás del uno- y con 4.5 millones de desempleados
hecho que hizo posible la profecía de la barbarie llamada
Adolf Hitler) tuvo un múltiplo de producción de
7.4 partiendo, en 1900, de 3,134 dólares. En el siglo XX
el múltiplo de México fue sólo de 4.8 según
las mismas fuentes. ¿Qué pasará en la III
Revolución Industrial donde los cambios tendrán
múltiplos mucho mayores y más rápidos?.
El último cuarto del siglo XX, con la aparición
de la cibernética y la electrónica anunciaba ya
la transformación de la Vieja Economía y, con ello,
la entrada en juego de fuerzas sociales y económicas que
dejarían, muy atrás, el "capitalismo salvaje"
para generar una mutación que, en el inicio del siglo XXI,
se ha denominado la Revolución del Conocimiento.
Para un inglés, que en 1900 contaba ya con 4,593 dólares
per cápita, el cambio se evidenciaría en el hecho
de que su distancia con una de sus colonias, Ghana, por citar
un ejemplo, pasaría de diez veces a más de veinte
y la diferencia entre un estadunidense (4,096 dólares en
1900) y un ciudadano de Bangladesh, a precios constantes, ha sido
de 25 veces. La economía estadunidense es ya veinte veces
mayor que la mexicana.
La referencia a la pobreza de las mayorías de la tierra,
en el siglo XX, ha sido enorme (regiones que, paralelamente a
la desigualdad económica, han padecido la desigualdad derivada
de la explosión demográfica) como los "ejemplos-prueba",
antes citados, lo acreditan. La denuncia, en sí misma,
no cambiará los hechos. Sólo creando verdaderas
alternativas racionales se impedirá que la "brecha"
se convierta, sin más, en una nueva forma de barbarie multidimensional.
No obstante, no cabe olvidar que 1,000 millones de personas, según
el Fondo Monetario Internacional, disponen de una renta diaria
de 70 dólares y consumen el 78% de los bienes generados
por el mundo entero. Al contrario, 2,800 millones de habitantes
del planeta Tierra, en números redondos, cuentan con menos
de 2 dólares diarios y de esos 2,800 millones nada menos
que 1,200 millones deben contentarse con una cifra inferior a
un dólar por día. En suma, casi la mitad de la población
del mundo consumía nada más que el 6% de los bienes
generados a nivel de la totalidad humana. Para el resto de la
población, en el nivel intermedio, quedaba (algo más
de 1,200 millones el 16% de la producción mundial). Fría
lectura de un mundo implacable.
EL
ESTALLIDO DE LA REVOLUCIÓN DEL CONOCIMIENTO
Y LAS TELECOMUNICACIONES EN LA EDAD CIBERESPACIAL
El
siglo XXI, heredero ya de la cibernética y la electrónica
del siglo XX -la segunda Revolución Industrial- ha transportado
al hombre-mujer a una mutación (no el cambio ni al cambio
del cambio con las referencias a la edad de las ilusiones) gigantesca
que se explicita, en la apariencia, en la revolución llamada
Internet.
Recordemos, como señalo en mi libro "La Revolución
Ciberespacial y la Privatización del Estado-Nación",
que hace un millón de años la producción
de energía por un hombre, físicamente, en kilocalorías
per cápita y día, se sujetaba a la sola potencia
de sus músculos y equivalía a 2,000 kilocalorías.
Hace 10,000 años, en el seno de las primeras sociedades
sedentarias en Mesopotamia, su producción de energía
se estimó entre 4,000-5,000 kilocalorías; 500 años
después de Cristo ascendió a 12,000 kilocalorías
y a 26,000 en el año 1,400 poco antes de que un desconocido
llamado "Cristóforo" (el "Portador de Cristo")
Colombo se preparaba para descubrir un mundo equivocado: América
en vez de las Indias.
En 1870, ciento veinte años después de la Revolución
Industrial, se llegó a las 70,000 kilocalorías per
cápita y en 1970, en el centro de la nueva ideación
tecnológica, a las 230,000 kilocalorías.
En estos momentos, con una simple presión digital, el ser
humano moviliza la suficiente energía, en millones de kilocalorías
de intensidad radial y en milésimas de segundo, para comunicarse,
a escala, con el planeta entero. Centenares de millones de seres
humanos (de los cuales 900 millones de analfabetas) siguen instalados,
todavía, en poco más de las 2,000 kilocalorías
por persona y jornada.
Estamos en el centro de una mutación espacial. La globalización
vino para quedarse por la simple y sencilla razón de que
la nueva ciencia, la nueva tecnología y los nuevos mecanismos
de comunicación ciberespacial no caben ya en las fronteras
nacionales. Esas fronteras son asaltadas por una revolución
del conocimiento que sólo tiene un mercado: el mundo entero.
Frente a ello resulta un escándalo ético y conceptual
una interpretación parroquial que oscile entre Guanajuato
y Sinaloa como ejemplos de conductas y desalientos sociales. Sobremanera
si admitimos que la tasa de analfabetismo en Guanajuato en 1997
("Agenda Estadística 1999, Estados Unidos Mexicanos,
INEGI", página 29) era de 15.1% y la de Sinaloa de
7.5%. Las diferencias no eluden que esa confrontación (la
tasa nacional de analfabetismo, como promedio, en el mismo documento,
fue de 10.6%) está lejos de lo esencial: la transformación
cultural, no sólo alfabetizadora, de la sociedad mexicana.
El siglo XXI circulará entre proyecciones espaciales. ¿Es
posible olvidar que mientras la UNAM estaba parada, y continúa
con su tejido social grave y seriamente quebrantado todavía,
el mundo del poder científico estaba en vías de
la descodificación del secreto de la vida, es decir, el
genoma?.
Para mí, profesor universitario, este año dando
clase, al tiempo, en el Tecnológico de Monterrey y la UNAM,
se trata de un dolor incalificable.
El proyecto estadunidense y británico para aquella empresa
(en una ciudad perdida llamada Rockville que es el corazón
de las investigaciones biomédicas estadunidenses), esto
es, el Human Genome Project, ha dispuesto de una inversión
de 3,000 millones de dólares. Debajo de esas cifras emergen
cuatro Institutos de Investigación norteamericanos de carácter
público (más uno inglés). A su frente, el
Premio Nobel, James Watson. Figura notable de la ciencia. Hace
47 años ese mismo hombre descubrió el secreto de
la doble hélice del ADN. A su lado el doctor Collins, figura
eminente.
¿Cabe
recordar que la aventura que hoy llamamos la Revolución
del Conocimiento tiene, también, centros de dominación,
muy claros? En Química Estados Unidos ha obtenido 46 Premios
Nobel. Los países siguientes son claros: Alemania 27, Inglaterra
24. En Fisiología y Medicina Estados Unidos cuenta con
78 Premios Nobel, Inglaterra 23, Alemania 15 (no cito nada más
que a los tres primeros, obviamente). En Física, Estados
Unidos cuenta con 70 Premios Nobel, Inglaterra 20, Alemania 17.
En Ciencias Económicas, la joven novedad en ese balance,
Estados Unidos ha retenido 26, Inglaterra 7. En el total de los
Premios Nobel Estados Unidos aparece en cabeza con 241, Inglaterra
con 88 y Alemania con 69, Francia les sigue con 47.
Pero, en el caso del genoma no se trata sólo de los centros
de investigación públicos, sino también de
los privados. En 1995 Craig Venter, director del "Institute
for Genomic Research", hizo público el descubrimiento
(300 millones de dólares detrás) del genoma de la
bacteria Haemophilus influenza y en 1998 creó el "Celera
Genomic" para establecer y definir el proceso secuencial
del genoma. Una verdadera carrera hacia el secreto de la vida
que comprende, como se sabe, tres mil millones de pares de bases
químicas. Estamos ya en el proceso secuencial del proceso;
en su última instancia reveladora final. ¿Asumimos
sus inmensas consecuencias físicas y éticas? Véase
el proceso de la UNAM y la incapacidad notoria de la Secretaría
de Educación Pública para hablar de una nueva era
del saber activo.
Aquel debate será uno de los supuestos, inmensos, del tránsito
hacia una nueva edad de la medicina y la farmacia. La Vieja Economía
farmacéutica entrará en crisis ante los nuevos laboratorios
moleculares.
La
conquista de la secuencia de los tres mil millones de pares de
bases químicas ya está en marcha. La revolución
de la computación lo hace posible. Ahora bien, ¿cómo
participamos en esa revolución?
En los más grandes países desarrollados la educación
ha pasado a ser esencial y en la mayoría de ellos se ha
llegado a la consecuencia de que la discusión sobre la
gratuidad es de otro siglo. La consideran regresiva y desestimulante.
¿Abandonan, por ello, el principio de la igualdad de oportunidades?
Al contrario, en vez de hacer una sociedad subsidiada y prehistórica
en términos éticos, se dirigen a los estudiantes
como adultos. El 40% de los estudiantes europeos gozan de una
beca, las tasas o pagos se incrementan en todas las universidades,
pero también una serie de sistemas para que todo el mundo
pueda estudiar con becas o rentas-préstamo a pagar cuando
sean profesionales siempre que lleguen al promedio de Ingreso
medio de la nación, con un 4% anual, sin intereses (que
el Estado pagará a los bancos) y sólo si llegan
a ese promedio. Si se han quedado atrás el Estado recompra
la deuda a tenor de una realidad impositiva que nadie se atreve
a poner en duda. ¿Quién querrá quedarse atrás
y no pagar? Pasemos la página. Miremos hacia adelante sin
los dinosaurios. En suma, la imaginación al Poder.
En otras palabras, estamos ante una mutación de los principios
de financiación de la educación superior. La ayuda
a las familias, para que los hijos puedan estudiar, alimentarse
adecuadamente y disponer de las herramientas culturales indispensables,
ha pasado a ser una norma. Nadie fuera de la escolaridad, pero
con otra idea del mundo. La República es la institucionalización
de los derechos, pero también de los deberes, de las libertades,
pero también de las responsabilidades. ¿No en la
educación?.
¿Cuál
será, pues, nuestro proyecto histórico? La revista
"Le Nouvel Observateur", una de las grandes revistas
democráticas de Francia, en su número del 13 al
19 de abril del 2000 titulaba uno de sus ensayos de esta forma:
"La guerra del genoma sí tendrá lugar. El final
de la carrera por la descodificación de nuestros tres mil
millones de genes está a la vista. A la cabeza del pelotón
un Laboratorio Privado y un Consorcio Público (ya los he
citado previamente). ¿Quién ganará la carrera?
La respuesta: antes del verano".
Ex ante, el 14 de marzo, el Presidente Clinton y Tony Blair hacían
una declaración (perdida en la inmensidad de nuestra obstinada
dedicación a la infamación codificada y descodificada
de los unos contra los otros) de la mayor importancia: que estos
inmensos descubrimientos tenían que ser públicos
y transpasarse, por entero, a las comunidades científicas
para evitar una guerra trágica por la optimización
del beneficio a escala de las multinacionales privadas. Ya la
Ley, el Estado de Derecho, se lo ha dicho, judicialmente, al hombre
más rico del mundo: a Bill Gates y Microsoft. ¿Quién
se atrevería entre nosotros ante monopolios movidos por
una optimización oligárquica?
Esos son los grandes problemas de nuestro tiempo. Para México
la entrada en la III Revolución Industrial es un tema capital.
En los debates de la campaña electoral no han trascendido,
prácticamente, ninguna de estas grandes secuencias derivadas
de la mutación (no digo transformación ni cambio
que son vocablos ya dinosáuricos) de los conocimientos.
Mutación que va acompañada por una gigantesca fusión
de las grandes empresas que cambian la correlación de fuerza
de la historia económica y científica del poder.
Todo ello mientras asistimos, como si no fuera con nosotros, a
la transferencia del sistema bancario mexicano al sistema bancario
internacional. ¿Adopto, con ello, una posición al
más viejo estilo del nacionalismo retórico y depredador?
Al contrario, esas modificaciones de la estructura del poder son
inevitables en la edad de la globalización. Lo perturbador
no es ese problema, sino que seamos incorporados como maquiladores
y no como inventores e innovadores del porvenir. Pareciera que
cuanto más firmes sean las botas rudimentarias del energumenismo
mejor nos irá. Al revés, la revolución está
en lo alto: en las cabezas; en una mesura descubridora del porvenir.
Tema capital, ese, para México. Ello así porque,
en 1999, no tuvo México, realmente, nada más que
un mercado. En efecto, de los 136,703 millones de dólares
exportados por México en 1999 (números redondos)
el 88.36% fueron a Estados Unidos y sólo el 3.85% a los
12 mayores países de Europa. En total, a los "Quince"
de la Unión Europea, únicamente el 4.64%. Baste
añadir que más del 44% de las exportaciones fueron
maquila y, por tanto, difícilmente tendrían la efectiva
denominación de exportaciones. Estamos, pues, ante verdades
crecientes e impacientes. Seamos capaces de asumirlas para idear
el futuro sin fantasmas rituales.
LA
NACIÓN ANTE LAS ELECCIONES: OTRO ESTADO, OTRA
CONSTITUCIÓN Y OTRO MODELO DE CONVIVENCIA
En
estos momentos, 16 de mayo del año 2000, (cuando se redacta
este artículo que se me ha pedido, con inteligencia y noble
entereza, para que exponga con libertad mis ideas) lo más
importante no es ya quién gane, sino la responsabilidad
que implica entrar, desde la Vieja Economía, con un sistema
bancario y educativo todavía en serias crisis o quebrantamientos,
en la Nueva Economía, es decir, en la edad de la descodificación,
sin más, de los tres mil millones de pares de bases químicas
del secreto, criptográficamente, de la vida.
El México de 1910, con el 72% de población rural,
se ha transformado en un país donde el 75%, en el año
2000, es urbana. Esa población exige, con infraestructuras
que estallan ante la presión de una sociedad en movimiento
explosivo, una nueva versión del arte de saber vivir y
convivir civilizadamente. Sus demandas son inexorables en orden
al empleo, la educación, la vivienda, los equipos y la
seguridad pública. El Estado, antes que nada, es la "nación
organizada". Y la nación organizada requiere de instituciones,
de un orden jurídico-político, por tanto, a tenor
de la inmensa transformación sufrida por México
en los últimos 90 años.
Ahora bien, una nación organizada no puede admitir la existencia
de 45 millones de mexicanos en la pobreza. Tampoco se pueden ganar
las elecciones con el "núcleo duro" de los pobres
subsidiados, sino con la cooperación del México
moderno fundado en un descontento lógico que tiene que
dirigirse hacia un nuevo Proyecto de Nación porque la Nación,
sin más, es otra. Esta nación se ha integrado en
la globalización, esto es, en los dos grandes bloques de
poder del mundo, es decir, Estados Unidos-Canadá y la Unión
Europea de los Quince. Pero, estructuralmente, dependemos de un
mercado dominante y el peso de la innovación y de la invención,
con los créditos que los hacen posibles, se producen y
generan fuera. Todo ello supone, por tanto, la necesidad de instituciones
nuevas que impliquen la refundación del Estado. El Estado,
a su vez, es inviable sin un Pacto Social constituyente.
Nuestras constituciones, por la gran crisis histórica de
la independencia, las revoluciones civiles, las intervenciones
extranjeras, las dictaduras, han sido constituciones de guerra
y de vencedores. No hemos tenido una verdadera Constitución
de consenso, es decir, en la que estén todos. La vigente,
que nadie reconocería después del parto de 1917,
fue la Constitución reformada de 1857 -proposición
lógica porque aquella, por la guerra de los tres años,
las guerras contra el Imperio y el Porfiriato, no fue nunca vigente-
apostó, cierto, por un cambio social. Sin embargo, los
constituyentes de Querétaro fueron protagonistas y víctimas
de la Guerra Civil.
Grandes fuerzas políticas, pese a la perspectiva social
del proyecto, quedaron fuera y en conflicto entre sí. Los
casos de Pancho Villa y Zapata lo evidencian y, a su vez, la contradicción
entre Obregón y Carranza. Nada lo explica mejor, sin palabras,
que el asesinato de los cuatro. Precedido por el crimen contra
Madero. Ahora es indispensable un nuevo consenso. El consenso
no es la eliminación del disenso. Deberá ser, al
contrario, el triunfo de la razón ante la III Revolución
Industrial. No podemos perder ese tren para vivir en la retórica
de la protesta con el afrodisiaco, cada vez más equívoco
y vulnerable, del subdesarrollo conceptual. Por ello, gane quien
gane, es preciso instalar en nuestras cabezas la idea básica
de un gobierno provisional que trabaje, con ideas claras, precisas,
rigurosas, sin reyertas virreinales, por un Pacto de Gobernabilidad
que diseñe las bases jurídico-políticas del
nuevo Estado, es decir, de una nación organizada sin la
pobreza y la miseria intelectual de la maquila y la emigración.
Esa inmensa fuerza social, en huida hacia la frontera o hacia
la sociedad marginal (¿no se gana más limpiando
parabrisas en la calle que en muchos puestos de trabajo de ocho
horas diarias?) representa un inmenso potencial de talento y de
energía que tiene que ser la base de la nueva nación
organizada de todos con todos y no de todos contra todos y bajo
la premisa -entre homicidas y suicidas en el Periférico-
del "yo primero" y "detrás de mí
el diluvio".
Los países totalitarios que se ejercitaron en ese proceso,
lo han probado. Yugoslavia que desconoció los problemas
nacionales tiene ahora el nacionalismo religioso como bandera
y el fin de la nación. La Alemania hitleriana creyó
poder construir una industria de guerra sin ser destruida y fue
aniquilada. La URSS pensó en eliminar, para siempre, el
nacionalismo xenófobo y la explotación del hombre
por el hombre y se encontró al final, con la exaltación
trágica de lo que se quiso evitar con la violencia coercitiva
y el discurso único. La Italia mussoliniana de los "gestos",
que nada tenían que ver con las palabras ni con los actos,
terminó con su líder colgado boca abajo en una plaza
de Milán. Todas ellas, por no citar nada más que
a las más poderosas tiranías, todas ellas fracasaron
dejando a los países en ruinas.
La creación, entre nosotros de otro Estado no supone nada
más que asumir, de verdad, el Estado de Derecho, es decir,
la fundamentación montesquiana de la división de
poderes y la limitación del Ejecutivo. No hay que olvidar
que Montesquieu publicó "El Espíritu de las
Leyes" en 1748. Señalaría que la Constitución
es el Pacto Social, pero, bien entendido, Montesquieu nos advertiría,
sin equívocos, que un país NO tiene Constitución,
aunque esté promulgada, si no existe una auténtica
división o separación de poderes. También
nos señaló, para terminar con los sermones angelicales
que adornan la ausencia de una verdadera cultura política,
que la corrupción "no es un problema ni una categoría
moral" como florece, casi siempre, en la mayor parte de nuestros
discursos conventuales.
Indicó Montesquieu, al contrario, que la corrupción
(que no es un problema moral) es el fruto histórico del
despotismo, esto es, que todo despotismo propicia la corrupción.
Ello no apunta a un callejón sin salida: que en el Estado
de Derecho, por serlo, no haya corrupción. La inteligencia
del barón de Montesquieu (Charles-Louis de La Brede) no
era tan superficial. En el Estado de Derecho, como en cualquier
sociedad, cabe la corrupción. Lo que define al Estado de
Derecho es el fin de la impunidad y, finalmente, el doble ejercicio
intelectual que nos legaron los griegos: la igualdad ante la ley
(isonomia) y la igualdad de la palabra (isologia) que hemos convertido
en la libertad de opiniones y en la pluralidad de las ideas.
Ese nuevo modelo de convivencia está transpasado por la
idea central de la democracia, es decir, por el espíritu
y la letra de la tolerancia. Si "El Espíritu de las
Leyes" ilumina la ciencia política, "La Carta
de la Tolerancia" de John Locke (1689) y "El Tratado
de la Tolerancia" de Voltaire (1763) proponían al
hombre, iluminado por Rousseau, la posibilidad de un concilio
convivencial. ¿Dónde están nuestros Tratados
de la Tolerancia?.
Sobre esas premisas se tendrá que construir el poder, después
de julio del año 2000. Sobre todo, si no existe una mayoría
bien explícita, clara y legítima. Aún existiendo,
tendremos que trabajar por la refundación del Estado, la
preparación inteligente de la Constitución para
la III Revolución Industrial y para un nuevo modelo de
convivencia que no deje sin salida hacia el porvenir a los millones
de mexicanos (casi cuarenta millones) entre los 15 y los 30 años
que no han sido preparados para la Revolución del Conocimiento.
No olvidemos que la SEP nos ha anunciado, en su último
"Perfil de la Educación en México", que
el 58.6% de la población mexicana de más de 15 años
no ha terminado la educación básica...
Tendremos que crear, con los subsidios que hoy van a la mar, un
nuevo sistema de Seguridad Social que integre, a la vez, la salud,
la educación permanente (como un trabajo adicional indispensable)
el empleo y el bienestar de las mayorías como supuesto
esencial para tomar el tren, en marcha, como el genoma, de la
III Revolución Industrial. Desconocerlo y quedarnos, moralmente,
con la vieja conciencia autocomplaciente y, conceptualmente, con
la Vieja Economía, sería igual que reconducir a
las viejas oligarquías endogámicas al pedestal de
una sociedad que ya no lo aceptará de ninguna forma. Eso
es todo...para comenzar.
*Profesor
de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas
y Sociales de la UNAM, Director del Centro de Documentación
y Estudios, S. C., y autor de 22 libros de historia y análisis
de las ideas.
