La
fiesta del chivo
Carlos
flores vizcarra*
«La
fiesta del chivo» es la muerte de Rafael Leónidas
Trujillo Molina y su régimen dictatorial.
Es
también la narrativa de la vida en La Dominicana de los
años, más de treinta, en que gobernó este
ex marine, capataz en ingenios azucareros y dictador lujurioso
de la hermosa Quisqueya, mitad de la hispaniola, así nombrada
por Colón hace más de 500 años.
Pocas
veces ocurre que una novela de naturaleza histórico-política
aparezca al público con la oportunidad con la que hemos
conocido la más reciente obra narrativa de Vargas Llosa.
El
próximo mayo, habrán elecciones en este país
caribeño, en ellas se confrontarán la parte de realidad
que subsiste en los vestigios históricos de una prolongada
y cruel dictadura y las facetas de un personaje que las sobrevive
todavía hoy, el doctor Joaquín Balaguer, candidato,
casi exánime, a la Presidencia de la República.
En
esta obra, Vargas Llosa condensa valores literarios que combinan
y matizan con relativo éxito sus ya conocidas técnicas,
con su visión conservadora de la vida política.
El poder se constituye a partir del mesianismo redentor del «generalismo»,
y transcurre narrativamente ajeno a la lucha racionalizadora de
la política.
En
una sinergia que entrevera la historia, la política, la
vida en común y las experiencias existenciales de los personajes,
se configura una pieza literaria que finca las alusiones polarizadas
de las ideas políticas y su propuesta democratizadora como
una anécdota que se resuelve internamente con la eliminación
de las tres hermanas Mirabal, y hacia fuera, con la exitosa repelencia
al embate expedicionario intentado por el barbudo de La Habana.
Su
valor literario es expresión no sólo de elaboradas
técnicas, sino de una draconiana disciplina para construir
situaciones, personajes y detalles, a la vez reales y ficticios,
de la vida en República Dominicana de los treinta a los
sesenta.
Su
precisión estructural es apabullante. Sus formas casi quirúrgicas,
Trujillo, «El Padre de la Patria Nueva», «El
Benefactor», el Ejecutor de las tareas del Ser Supremo entre
los terrenales congéneres, es muerto no sólo en
el nódulo central de la novela, sino también en
la página más central.
En
la novela se detalla con impresionante rigor, como si aquella
realidad lo fuera hoy y por ende lo será siempre, el costumbrismo
de la vida dominicana en esas décadas. Refiere a la perfección
la nomenclatura y ramificación de las calles y los edificios
que la ocupan. Así mismo los laboratorios sociales y existenciales
que representan los jóvenes, mujeres y hombres que las
habitan.
En
el bullicio urbano trasciende la intriga, la ambición y
la decepción. «El Jefe» convierte poco a poco
a la sociedad dominicana en su sociedad anónima. Manipula
la concepción y practica de la política a manera
caprichosa entorno a su personalidad autocrática y autocentrada.
El
encumbramiento de Trujillo, como se nos recuerda noveladamente,
se corresponde con el desciframiento e interpretación de
la simbología de lo dominicano. La élite oportunista
y ambiciosa que rodea al «Chivo» se desnuda como una
plaga que medra de las oportunidades de modernización económica
y social, cuando en Europa surge y transcurren sucesivamente el
fascismo y luego la segunda gran guerra. Vargas Llosa sugiere
que de allí se nutre la aparición de dictadores
en la región como: Trujillo, Batista, Rojas Pinilla, Perón
y Pérez Jiménez, entre otros. Y luego también
por la expansión del poder hegemónico norteamericano
en la región.
Retrata
a través de una narrativa siempre viva, la naturaleza primero
lacayuna y luego rijosa de los autócratas latinoamericanos
y caribeños con respecto del poderío norteamericano.
Relata también la vulnerabilidad de estos frente al otro
poder subyugante que a todos los envuelve: la fuerza sincrética
de la religiosidad y el poder sutil y milenario de sus administradores
terrenales; la alta curia. ¿Qué acaso esta descripción
no tiene hoy valor presente? Aquí encontramos valía
intemporal y estética en el trabajo narrativo del peruano
de Arequipa.
Igual
se atiza el orgullo del ser dominicano, como se desprecia y antagoniza
cual, si fuera la otra cara de Jano, al principal enemigo de los
dominicanos: los bárbaros tahitianos. Sólo así
se comprende el nombre de esa herida de agua que divide isla,
pueblo y pobladores: el río Masacre.
Esta
novela es una pieza irresistible. Comprender la era Trujillo nos
mostrará mejor el porvenir. Es una obra que describe la
velación de la muerte. De una muerte, de muchas muertes
pero que atisba renacimiento, regeneración, recomposición.
Así
lo constata la muerte en vida de la adolescente violentada, Urania
Cabral, el tiranicidio del sátrapa que no sudaba y finalmente
la construcción a pulso de una sociedad cada vez más
democrática como lo ensoñaron todos los José
Francisco Peña Gómez de La Dominicana.
*Diputado
Federal a la LVI Legislatura
