Perú: fin o continuismo de la era fujimorista
Erika Amoedo García*

Perú atraviesa por una transición política peculiar, en la que los peruanos se encuentran ante la disyuntiva de ponerle fin a la era fujimorista o continuar en la misma. Los resultados de la primera vuelta electoral realizada el domingo 9 de abril mostraron una clara polarización de los electores peruanos que volcaron su voto hacia dos de los nueve candidatos que se presentaron en la contienda: el actual presidente Alberto Fujimori de Perú 2000, quien obtuvo el 49.8% de la votación y Alejandro Toledo de Perú Posible, quien se aseguró el 40.3%, de acuerdo con los resultados oficiales de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE).

El panorama preelectoral y postelectoral peruano estuvo marcado por una serie de denuncias sobre irregularidades que en su momento difundieron diversos organismos internacionales de observación electoral como la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Centro Carter entre otros, así como la institución Transparencia, asociación civil creada en 1994 por reconocidas personalidades de la sociedad peruana, cuya labor e imparcialidad le han ganado prestigio a nivel nacional.

En los últimos años, pocos procesos electorales han estado con tanta intensidad en la mira de la comunidad internacional, la cual, al avalar los reclamos de las fuerzas de oposición, jugó un papel determinante para presionar la realización de la segunda vuelta que se efectuará en junio próximo, en donde Toledo, conocido popularmente como el «cholo», tiene grandes posibilidades de vencer a Fujimori, no sólo por el respaldo que le otorgan todas las fuerzas políticas de oposición, sino porque lo han convertido en el estandarte del Perú democrático. Sin embargo, no pueden obviarse algunos elementos que podrían influir a favor de una virtual victoria de Fujimori como es el hecho de que su gobierno ha encauzado gran parte del gasto social a las zonas rurales y es precisamente en éstas y en otros sectores marginados del país donde mantiene su mayor caudal de votos, los cuales no logró atraer Toledo en la primera vuelta, pese a haber manejado de manera hábil su condición étnico-social.

Toledo quien en sólo dos meses pasó del 9% en las preferencias del electorado para colocarse como el rival a vencer del candidato–presidente en la segunda vuelta, hace recordar algo similar a lo que le ocurrió a Fujimori en 1990 cuando salió a desafiar a Mario Vargas Llosa, favorito entonces en las encuestas.

El fenómeno Toledo al igual que entonces el fenómeno Fujimori podría explicarse a partir del debilitamiento y desaparición de los principales partidos políticos que dominaron la escena política en Perú, lo que lleva a que en la contienda electoral se enfrenten personalidades y no partidos organizados en torno a programas. Si se analizan los últimos procesos electorales peruanos, se puede observar que desde la década de los noventa ha habido una proliferación de nuevas formaciones políticas, muchas de las cuales surgieron en plena coyuntura electoral para apoyar candidaturas personalistas, lo cual es preocupante si se toma en consideración que los partidos políticos juegan un papel decisivo en la democracia y que de no emerger y consolidarse un nuevo sistema de partidos en Perú, los fenómenos Fujimori y Toledo continuarán surgiendo.

Crear un paralelismo entre el proceso electoral peruano y el mexicano sería caer en un grave error si se parte de la premisa del sistema de partidos, ya que mientras en Perú la escena política está dominada a partir de líderes independientes en la que sólo un partido tradicional ha logrado su sobrevivencia como ha sido el Partido Aprista Peruano, en México encontramos partidos históricos que continúan consolidándose y modernizándose de acuerdo a las exigencias de los nuevos tiempos como es el caso particular del Partido Revolucionario Institucional.

El próximo mes de junio, los peruanos acudirán a las urnas y sólo entonces se conocerá al vencedor de esta contienda. Cualquiera que sean los resultados que emanen de la decisión popular, lo más deseable es que este país andino inicie la construcción y consolidación de su sistema partidista, ya que democracia y partidos políticos son dos conceptos que se entrelazan y se implican mutuamente.

*Secretaria Técnica de la Conferencia Permanente
de Partidos Políticos
de América Latina COPPPAL.