EL PAPEL DEL GOBIERNO, LOS PARTIDOS , LOS CANDIDATOS, LOS MEDIOS Y LA SOCIEDAD
Miguel Quirós Pérez*

El Estado Nación tiene como elementos fundamentales la población, el territorio, el gobierno y el orden jurídico. La aparición de los partidos políticos en su concepción moderna es relativamente reciente, sus orígenes son situados en el gobierno parlamentario en oposición al origen divino del monarca, entendido éste como fuente de legitimidad de su poder soberano.

El nacimiento del Estado Nación que hoy es México, a su vez, tuvo rasgos parlamentarios, como lo muestra la Constitución de Apatzingán de 1814. Se trata, desde luego, de un texto con un valor simbólico, el que corresponde a un antecedente muy importante en la lucha por la independencia nacional, pero que propiamente no llegó a constituir la base de un gobierno más que localizado en los lugares de su predominio militar, fugaz y trashumante.

Dicho documento fundador estableció una república parlamentaria con un poder ejecutivo de tipo directorial, es decir, colegiado y rotativo. Iniciada la República después de los escarceos imperiales, la inestabilidad y la guerra civil fueron las experiencias más señaladas, hasta llegar, durante el siglo XIX, a los gobiernos encabezados por presidentes fuertes que consolidaron su poder institucional con la fuerza de las armas, particularmente dos de ellos: Benito Juárez y Porfirio Díaz, de entre los cuales Juárez emerge y permanece por su intransigente respeto a la legalidad republicana, en la paz y en la guerra.

En el siglo XX, después de la Revolución de 1910, la consolidación de las instituciones, marcadas con una clara preocupación social derivada de los fracasos del liberalismo décimonónico –particularmente en el caso de la tenencia de la tierra en el campo, que propició el despojo y la concentración de la propiedad-, ha conocido un largo recorrido caracterizado por el perfeccionamiento de las instituciones democráticas y su relación con las fuentes reales de poder -permanentes, emergentes y oscilantes.

El riesgo del militarismo fue superado gracias a la conducta patriótica e institucional de los presidentes militares, entre los que destacan, a su vez, los generales Lázaro Cárdenas del Río y Manuel Avila Camacho. Los gobiernos encabezados por presidentes civiles, a partir del presidente Miguel Alemán Valdés y hasta la fecha, han contribuido al fortalecimiento de un sistema de partidos políticos, hasta llegar al escenario presente, plural y competitivo, cuyo rasgo esencial es la posibilidad real de alternancia entre los diferentes partidos políticos que compiten a los cargos de gobierno sustentados en la elección popular.

La aportación de nuestro partido ha sido, como la obra de Juárez, ejemplar en la paz y en la guerra pero ahora político partidista, para señalar así, de manera metafórica, la etapa de predominio de un partido político surgido de la lucha armada y la otra etapa, la presente, de civilidad en una competencia basada en los principios de igualdad y equidad.

En el escenario actual, sostengo que la gobernabili-dad democrática debe tender a un pluralismo partidista moderado, de entre cuatro o seis partidos políticos nacionales, a fin de asegurar la representativi-dad y capacidad de gestión que tengan los partidos con representantes populares electos, para lograr la culminación de sus reivindicaciones. Sostengo, por lo tanto, que ni la polarización que entraña el bipartidismo ni la pulverización que implica un pluralismo desbordado, pueden ser convenientes para una adecuada gestión de las legítimas y diversas -sin duda en ocasiones antagónicas- demandas de la sociedad mexicana.

El principio o estrategia –en el artículo 89 constitucional es un principio normativo– de cooperación internacional para el desarrollo, se convirtió en una interrelación que ha conducido a las zonas de libre comercio e, incluso, a formas supranacionales de gobierno colectivo. Hoy, más que nunca, las fronteras de las naciones han sido derribadas por la tecnología, particularmente en el caso de los intercambios financieros y los medios de comunicación.

Sin duda las fuentes reales de poder son oscilantes y, paradójicamente, virtuales. El poder civil emergió de entre los revolucionarios triunfantes. El Reglamento para el Gobierno Interior del Congreso de la Unión hubo de ser reformado para señalar, expresamente, la prohibición de asistir con armas a las sesiones de las Cámaras. Esta disposición, por cierto, ahora anacrónica para fortuna nuestra, permanece vigente.

En ese movimiento pendular de las fuentes reales de poder que contribuyen a configurar la acción del Estado, los medios de comunicación se ubican en un lugar central. El perfeccionamiento de los instrumentos legales de control de la competencia electoral se acerca a una nueva etapa, correspondiente a la democracia interna, en el caso del financiamiento y la difusión de las campañas electorales para lograr la postulación de sus candidatos. Ha llegado también el momento de centrar nuestra atención en los medios de comunicación, cuyo impacto en la lucha político electoral es indudable.

En todos los casos, el juez de la última instancia se encuentra en la sociedad, que se manifiesta en el voto a favor o en contra de un partido político, en la compra de uno u otro medio de comunicación impreso o al encender, apagar o cambiar de canal el televisor.

La gobernabilidad democrática entraña, pues, una síntesis equilibrada y en armonía de la contribución de los actores sociales reseñados, que permita la consecución de los objetivos del Estado nacional. Los Constituyentes de Apatzingán consignaron -en un artículo de su obra- que dicho objetivo era la felicidad del pueblo. Con más realismo pero con igual ambición, los priístas proponemos que el poder sirva a la gente.

*Coordinador de la Diputación Federal por el Estado de Puebla y Secretario de la Comisión de Gobernación y Puntos Constitucionales de la LVII Legislatura de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.