GOBERNABILIDAD DEMOCRÁTICA: PESOS Y CONTRAPESOS
MANUEL QUIJANO*

¿Será acaso delirante afirmar que la vida actual se mantiene en su anacrónica atmósfera de caos, de desorden, de locura crónica, de deshonestidad buscada cual bufones medievales, de afirmación permanente de que al mundo lo estamos depredando y de que los gobiernos están al servicio de las grandes compañías transnacionales?

La pregunta parece mal intencionada u ociosa pues los gobernantes son –en principio– quienes mejor deben saber acerca del quehacer político-administrativo, de leyes, de ética, de economía, de planes y de programas de gobierno.

Aunado a lo anterior, por principio de honestidad y responsabilidad, los gobernantes deben ser individuos preparados técnica y académicamente, además de ser mujeres y hombres con vocación y sensibilidad de servicio pues son -en principio. Los representantes del sentimiento popular y los conductores políticos para lograr la oportuna satisfacción de las demandas y necesidades sociales de manera honesta, congruente, eficiente y eficaz.

Por lo mismo, parecería ocioso afirmar que ya no hay mucho qué hacer y solo nos queda esperar al cataclismo político final.

Es más, sin el ánimo de perturbar el conformismo larvario de los pesimistas, hay quienes consideran que ya no es necesario o deseable instrumentar nuevas reformas políticas al país, ni pensar acerca de la gobernabilidad y los pesos y contrapesos.

Empero, existe en el mundo de las ideas políticas el ideal permanente de augurar el advenimiento del digno acompañamiento de la vida gobernable con una democracia legítima sustentada en la participación ciudadana que reconfigure pesos y contrapesos y, en consecuencia, mayores posibilidades de una vida digna para todos.

La propuesta de la reflexión se origina en el mismo espíritu que inspiró a pensadores tales como Tocqueville que plantearon ideas de lo que hoy denominamos, entre otras, la división de poderes, con el objeto de evitar que los gobernantes se sientan mesías omnipotentes que pueden de todo y con todo.

La división de poderes obedece a cuatro razones fundamentales. La primera –y probablemente la más importante– es la permanente desconfianza que sienten los gobernados de sus gobernantes. La segunda a la necesidad de organizar el trabajo gubernamental, con el fin de facilitar el desempeño de las funciones de las autoridades y lograr con ello una gestión más eficaz. La tercera tiene como razón de ser la garantía política de que quien promulga las leyes no las ejecute y mucho menos que el responsable de realizar y materializar los actos de gobierno sea quien procure, administre o imparta injusticia. La cuarta –y no por eso menos significativa– es la razón político-administrativa de que la gobernabilidad se sustenta en pesos y contrapesos entre los poderes ejecutivo y legislativo con lo cual se abren dos posibilidades. La primera es que, en un momento dado, se viva en lo que se ha denominado «gobiernos divididos», es decir que la titularidad del poder ejecutivo la asuma un individuo de un partido político «X» y la composición del poder legislativo sea predominantemente mayoritaria de un partido diferente. La segunda es la usualmente llamada «gobiernos unificados» cuya característica es que en los poderes ejecutivo y legislativo impere el mismo partido político. En cualquiera de ambos casos lo que otorga legalidad y legitimidad al proceso político es la decisión soberana y democrática del pueblo.

La división de poderes es, entonces, lo que comúnmente se denomina «pesos y contrapesos». Lo cual significa tender los lazos de articulación y enlace que disminuyen la brecha de la desconfianza entre gobernantes y gobernados, pues la representación de intereses entre los diversos actores políticos y la diversidad de singularidades de una sociedad obligan a la conciliación de soluciones y negociaciones políticas entre las partes involucradas, lo cual crea una democracia incluyente, participativa y plural.

El más influyente teórico de la división de poderes es, sin duda, Montesquieu, quien vislumbró la amenaza de la degeneración del absolutismo en despotismo. Por ello planteó la siguiente pregunta: ¿Existe acaso un medio operativo y organizativo apropiado para conjurar ese peligro? La respuesta la encontró en la división de poderes, pues consideró que ésta es un freno contra la corrupción, el principio de los contrapesos es el elemento del buen gobierno y virtud contra el ejercicio arbitrario del poder, pues la ventaja del acotamiento de las funciones garantiza la representación de la soberanía nacional.

Los norteamericanos Adams, Jay, Hamilton y Madison acogieron las ideas de la división de poderes y en largas discusiones sobre el ejercicio del poder y la democracia propusieron instrumentar en la naciente unión americana un equilibrio de «checks and balances»; es decir de controles y contrapesos que les permitiera sentar las bases para vivir y convivir con actos formales de gobernabilidad y, en consecuencias, lograr la consecución de su proyecto nacional.

La idea de la gobernabilidad en las democracias modernas sigue sustentándose en la división de poderes que se manifiesta en la interdependencia, la intercomunicación, la interconexión y la interrelación de los poderes fácticos con el objeto de garantizar que la mayoría no se convierta en una dictadura que someta a la minoría, ni que una minoría se asuma como víctima y recurra al chantaje y se apropie de los instrumentos que benefician a las mayorías.

Por ello, gobernabilidad y división de poderes son una unidad y emblema que evita la paralización del gobierno y la desintegración de la comunidad, pues la primera solo se puede reconocer en la legalidad y legitimidad a fin de satisfacer las demandas y necesidades sociales y la segunda en la pluralidad y en la tolerancia que sienta las bases de la convivencia armónica que permite la viabilidad política de una nación.

Dicha unidad es una característica esencial de la forma republicana del gobierno y por ende una cualidad de la vida democrática. Es más, permite al pueblo la posibilidad de la realización del juicio político y la factibilidad de cambiar de gobernantes sin derramamiento de sangre.

Además de lo anterior existe lo que hoy en día algunos teóricos han denominado la existencia de otros poderes que no son gubernamentales, pero que están involucrados en el ejercicio del poder. Ejemplo de ello son los medios de comunicación masiva y las organizaciones no gubernamentales que ejercen su actividad política creando opinión, pesos y contrapesos y se convierten en interlocutores entre los poderes formales y los ciudadanos.

Dicha interlocución opera más en el campo de la coordinación que en el de la subordinación, pues es otra de las formas que permite la gobernabilidad. Además es una veta que permite mejorar las relaciones entre gobernantes y gobernados.

La pregunta que se formularon Montesquieu, Tocqueville, Hamilton o los constituyentes mexicanos de 1824, de 1857 o de 1917 sigue sin respuesta definitiva y probablemente nunca se tenga de manera absoluta. No obstante, es fundamental seguir hurgando en la discusión sobre el tema aquí expuesto, con el fin de que la gobernabilidad democrática sea el adecuado equilibrio político recolector de la pasión humana por la justicia social.

*Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.