LA GOBERNABILIDAD ¿a qué nos referimos?
Julio Derbez del Pino*

Un vocablo que se ha puesto de moda, en las últimas dos décadas, en el análisis político y jurídico que se relaciona con el Estado, es el de Gobernabilidad. No hay una definición única; lo que sí hay es una serie de opiniones de académicos de la ciencia política, sociología o del derecho, así como de gobernantes que tratan de aclararlo a través de la descripción de lo que implica en la administración pública. Incluso, parece ser que es más adecuado referirnos al vocablo gobernación, de acuerdo al estudio que sobre los problemas de la gobernabilidad realiza Yehezkel Dror, en su libro La Capacidad de Gobernar, editado por el Fondo de Cultura Económica.

Por nuestra parte, podríamos decir que la gobernabilidad tiene que ver con todos los instrumentos que hacen posible la buena conducción del gobierno; es decir, son las reglas que se desprenden de los usos y costumbres que constituyen una forma de gobernar en particular, y por lo tanto, vinculantes al ejercicio del Poder. Entonces, la gobernabilidad está íntimamente ligada al Poder e incluso podríamos decir que forma parte de él en un lugar y un momento determinado. La gobernabilidad se transforma en la misma relación proporcional y exponencial en que el Poder pasa de una dimensión a otra.

Si esto es verdad, entonces la gobernabilidad se ha transformado, porque el Poder, el que exige la nueva realidad política del siglo XXI, se ha transformado.

Hablar de gobernabilidad democrática no es otra cosa más que darle una categoría específica al vocablo; pero la gobernabilidad en sí no es lo democrático, sino el Poder; porque éste se encuentra en un proceso de regreso a manos de la sociedad o está en proceso de recuperarlo de la esfera de quien lo ejerce.

La gobernación o la gobernabilidad, entonces, tiene su naturaleza en ser una institución jurídico-política que tendrá objetividad vía los instrumentos que la integran. La gobernabilidad es una manifestación del ejercicio del Poder, dotada, al mismo tiempo, de un catálogo de instrumentos jurídicos para dar estabilidad al sistema de Representación del Estado.

El Estado, tendrá entonces dos manifestaciones diferenciadas para que la democracia pueda crear las condiciones supremas necesarias a la sociedad o comunidad política a fin de que pueda alcanzar su plena felicidad: Esas son el sistema electoral y el mecanismo de gobernabilidad. El primero garantizará la permanente renovación y perfeccionamiento de la idea de Estado, mientras que el segundo partirá del contrato social para facilitar los acuerdos sobre los diversos intereses que disputan el Poder que el pueblo entrega temporalmente a sus dirigentes o gobernantes, que actúan a través de los tres organismos dados por la Constitución para el gobierno del Estado: en el caso mexicano serían los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial y cada uno, de manera independiente y autónoma, tendría sus propias reglas jurídico-políticas de gobernabilidad.

La gobernabilidad, para que esté dotada de ética y responsabilidad social, tiene que estar detallada por reglas procedimentales, que se aplicarán sobre sujetos, así como serán aplicadas por sujetos subjetivos (gobernantes, legisladores, jueces). La gobernabilidad es impropia, moralmente, si no está ceñida a un sistema normativo construido ex profeso para clarificar las reglas del juego en que se desarrollaran los diversos actores que comparten el Poder del Estado, incluyendo por supuesto las reglas supletorias en caso de que la gobernabilidad primariamente acordada se quebrante.

Hay que dejar claro, que la gobernabilidad es una preocupación y no la que constituye la Agenda Política. La gobernabilidad es parte final de la Agenda Política. La agenda política conduce a los renovados o nuevos acuerdos políticos y es a través de la técnica de la gobernabilidad como esos acuerdos tomarán las características de reglas vivas, adjetivas, es decir, de derecho. Si los actores dejan de respetar esas reglas, se rompe la gobernabilidad y por tanto se vuelven nugatorios los acuerdos políticos.

Las reglas no pueden ser de facto, porque afectan la vida de la comunidad política; por ello, siempre será deseable que sean de iure, ya que además, debe trascender al hombre; la gobernabilidad debe persistir no por la existencia de un individuo o grupos de individuos pues sería finita y limitada, sino permanecer bajo el cambio permanente del hombre en los órganos del Poder.

La gobernabilidad puede deteriorarse por una permanente y sistemática desobediencia de grupos sociales y políticos. La aceptación de la gobernabilidad requiere de la obediencia de la comunidad política que se producirá sólo y exclusivamente por la comunión que impere en la comunidad política; sí hay convención social, los grupos y partidos y los diversos actores con poder se sujetarán a lo que dicta la gobernabilidad.

La preocupación sobre la eficacia de la gobernabilidad vuelve como parte de la Agenda Política, al mismo tiempo en que el estado-nación es abatido por los efectos de la globalidad y la globalización; al momento en que las fronteras se diluyen, y se define la aldea global y las condiciones de convivencia de las nacionalidades diversas; también, la gobernabilidad parece ya no responder a los retos globales y por lo tanto es incapaz o es limitada para mantener los equilibrios de poder y la solución o distensión del enfrentamiento de intereses diversos de los antiguos y de los nuevos actores políticos (individuos, grupos de interés, facciones, cambio de cultura, reorganización de la comunidad política, primacía de las organizaciones no gubernamentales, sistema de pesos y contrapesos, entre otros problemas).

La gobernabilidad va en consonancia con las facultades del estado-nación hoy por hoy en franca búsqueda de su fortalecimiento o de su retrotraimiento, ante una sociedad cada vez más decidida a tomar en sus manos decisiones vitales de políticas que le eran reconocidas como propias. La gobernabilidad, no es un ambiente ni se sujeta a diversos ambientes políticos; la gobernabilidad produce, como productos finales, eficacia y legitimidad al orden político formal.

El vocablo de gobernabilidad, proviene del mundo del desarrollo, es decir tiene una interpretación sociológica; quizá de ahí provienen las distintas concepciones que sobre ella hay actualmente. Este uso indiscriminado del vocablo, ha permitido que sobre la gobernabilidad se coloquen los intereses de los diversos actores del Estado. Ahora, todo lo que no satisface a una determinada posición política, partido o grupo de interés se remite a la gobernabilidad. La gobernabilidad es el tema recurrente cuando una reforma económica o referente al Estado no satisface o pone en riesgo privilegios que grupos de interés o la sociedad política creen que están a punto de perder. En el nivel internacional la «buena» o «riesgosa» o «peligrosa» gobernabilidad se esgrime, cuanto más que fuera de las fronteras nacionales se acuñó con más ahínco, cuando los gobiernos deciden impulsar reformas al estado o a las estructuras económicas que no están consideradas como las reformas adecuadas para lograr la viabilidad en la globalización; en el vocablo se escudan organismos internacionales financieros, gobiernos desarrollados, o la comunidad empresarial y financiera internacional.

Cuando se habla de que la pobreza en la que se hallan importantes segmentos de la sociedad, pone en riesgo la gobernabilidad, quienes apoyan estas tesis, no nos están refiriendo el peligro de golpe de estado o guerra civil o que el gobierno o el propio estado perderán viabilidad; no, nada de eso, nos están queriendo decir que la sociedad civil necesita organizarse más rápidamente, y habrá falta de gobernabilidad o ésta estará en permanente riesgo, si el Estado no crea las condiciones para ceder funciones y espacios políticos, económicos y culturales a ella, pues es la que debe de abordar el tema de la pobreza con más creatividad (impulsar organizaciones de barrio, ONGs, comedores públicos, locales de salud o atención a los niños, entre otros).

La gobernabilidad implica, nada más ni nada menos, el discurso más puro de fin del siglo XX y por lo menos la mitad o un poco más del siglo XXI, sobre el antiestatismo. Por medio de la mención a ella (gobernabilidad) se pueden introducir todo tipo de temas para advertir a los sujetos subjetivos del Estado que están rebasando fronteras arrebatadas o que ya no les pertenecen, a fin de que la esfera pública sea cada vez menos avasalladora de la otra esfera: la privada; lugar de donde han de surgir las respuestas frescas e individuales de los retos que impone la globalidad y la globalización a toda la comunidad política mundial. El discurso que se va introduciendo al vocablo gobernabilidad sea a favor de más Estado o menos Estado, es antiestatista, porque ya no se puede debatir sobre las bases del Estado-Nación clásico, sobre lo que actualmente todavía conceptualizamos y vivimos como Estado de Derecho. La gobernabilidad nos remite forzosamente a buscar una idea distinta de Estado. Los estados débiles económicamente o porque sus instituciones se hallen sumamente alejadas del respaldo de la sociedad son presa fácil de la gobernabilidad. Los estados con una cultura arraigada, con instituciones fincadas a la cultura de la sociedad, con fuertes fundamentos políticos y económicos podrán hablar de discutir qué es en realidad la gobernabilidad y perfilar la verdadera naturaleza de dicho vocablo.

*Economista. Ha sido Director adjunto de Planeación y Fomento a la Inversión el FONATUR; Coordinador de Asesores del Secretario de Comunicaciones y Transportes.
Es miembro del Consejo Político Nacional del PRI.