DEMOCRACIA Y GOBERNABILIDAD
Marcos A. Bucio Mújica*

La discusión en torno a la gobernabilidad y sus repercusiones, en los regímenes democráticos, ha suscitado un interés particular a partir de la crisis del modelo del Estado de Bienestar.Ello derivó en la década de los setenta1 a estudios que aludían a interrogantes relacionadas con el orden político, en particular en los países desarrollados. Nuestro país no ha estado exento de esa discusión; por el contrario, las repercusiones en el campo social, cultural, económico y político, son hoy en día complejas.

Al igual que en toda América Latina, en México la discusión acerca de la democracia y la gobernabilidad está enmarcada por cuatro procesos históricos, mismos que comenzaron a manifestarse durante la década de los ochenta:

1. Proceso de presión histórica, movimientos ferrocarrileros, médicos y estudiantil;

2. Procesos de crisis económica, ello condujo a ajustes y reestructuraciones en materia política;

3. Agotamiento del modelo del Estado Interventor. Redefinición de las tareas de gobierno;

4. Transición y consolidación del espacio democrático.

En cuanto a los procesos de presión, podemos afirmar que dichos acontecimientos impulsaron cambios sustanciales en materia política; su incursión en la escena nacional obligó al gobierno mexicano a modificar su ejercicio de gobierno. Sin ello, tal vez no puedan entenderse las reformas políticas y sociales emprendidas por el Presidente Luis Echeverría Álvarez (1970-1976).
Las crisis económicas que, como efecto del endeudamiento de las finanzas públicas, sufrió el gobierno del Presidente José López Portillo (1976-1982), así como la desaceleración de la economía nacional en el mismo período, como resultado de la caída de la economía petrolera.

Derivada de esta crisis, se produjo una transformación en lo concerniente al modelo que, después de concluida la Revolución Mexicana, llevó a nuestro país a años de elevado desarrollo y crecimiento económico. Sin embargo, llegado el sexenio del Presidente Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988), la economía mexicana se liberalizó y dejó de conducirse por las directrices del Estado interventor.

En el campo de lo político, los cambios han llevado a la creación de mayores espacios y mejores condiciones de participación y competencia política, acentuado esto último en lo referente a la participación electoral. Prueba de esta experiencia en el terreno de la transición democrática es la reforma política de 1996, misma que condujo a cambios sustanciales en el marco de la competencia política, produciendo un marco legal que conduzca y resuelva, de manera institucional las desavenencias políticas2. Cabe destacar en este punto, que el PRI sacó adelante la reforma política de 1996 en ausencia de las otras dos fuerzas políticas más importantes: PAN y PRD.

Es importante advertir sobre el curso y el resultado de esta reforma política, pues ella ha generado un mejor ordenamiento político, debido en parte a que el resultado arrojado por la misma ha tenido repercusiones en materia democrática. Es decir, a partir de ésta se cuenta con un recurso institucional para prevenir y enfrentar los problemas de orden electoral y gracias a ello, a partir de las elecciones de 1997 son cada vez menos los conflictos postelectorales.

Aunque también debemos advertir que, en México, la transición democrática cuenta con recursos institucionales que, producto de la lucha política, han derivado en mejores instrumentos para hacer frente a los problemas de gobernabilidad. En ese sentido, tenemos plasmado en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos el federalismo, la separación de poderes, el sistema de partidos y elecciones periódicas y, como producto de la reforma política de 1996, la correlación entre mayorías y minorías, así como las posibilidades de alternancia y las distintas formas de participación ciudadana, que hacen del régimen democrático el espacio adecuado para dirimir los proyectos políticos.

Cada una de éstos ámbitos transformó de manera sustancial la vida política de nuestro país e incorporó la compleja diversidad sobre la que se asienta la sociedad mexicana. Todo ello nos hace derivar a una cuestión de suma importancia, la que se refiere al problema del orden político.
Cuestión trascendente si admitimos que el orden político se deriva del ejercicio de gobierno, en una palabra de la gobernabilidad a la que podemos definir como «un estado de equilibrio dinámico entre demandas sociales y capacidad de respuesta gubernamental»3.

Los componentes básicos de la gobernabilidad son la eficacia, la legitimidad y la estabilidad. En el caso del primero, y como nos referimos al caso de la relación entre gobernabilidad y democracia, se alcanza en la medida que la acción de éste incorpora el consenso de un grupo de ciudadanos; en cuanto al tema de la legitimidad, la gobernabilidad debe recoger y agregar en su toma de decisión la demanda de la sociedad civil e incorporarla como criterio de utilidad colectiva; por último, en cuanto a la estabilidad, la gobernabilidad implica poseer mayor capacidad de adaptación y flexibilidad en torno a los cambios que sufre lo social, político y económico, de tal suerte que la estabilidad se relaciona con la capacidad del gobierno para durar en el tiempo.

Por tanto, podemos hablar de crisis de gobernabilidad justo cuando existe un desequilibrio entre las demandas sociales y la capacidad de respuesta de los gobiernos. En este sentido es oportuno mencionar que, en la medida que un gobierno recupera y atiende las demandas de grupos sociales, gana para sí un importante recurso, aquel que tiene que ver con el grado de legitimación de sus acciones de gobierno.

Si la principal cuestión de la gobernabilidad es la construcción de consensos que permiten ejercer el poder con el reconocimiento, es decir, de la construcción legítima de uso de la autoridad. Y en este caso podemos mencionar que en el futuro de ésta, esto es, de la gobernabilidad, la clase política juega un papel fundamental, pues en ella radica la capacidad para adaptarse a las transformaciones que sufre el entorno político, social y económico de una nación.

Y en esta materia es oportuno considerar la cuestión de la democracia, pues ella, por su misma naturaleza, inspira a interacción entre diversos actores. Según Seymour Lipset, «la amenaza constante de que los conflictos de grupos que constituyen el nervio de la democracia puedan hacerse tan consistentes como para amenazar con la desintegración de la sociedad, es inherente a todos los sistemas democráticos. En consecuencia, las condiciones que sirven para moderar la intensidad de la lucha partidaria se encuentran entre los requisitos clave del gobierno democrático». Así entendido, la democracia tiene como uno de sus rasgos principales el conflicto, lo que significa en última instancia mayores dificultades para lograr la gobernabilidad.

Y en esta recuperación de los regímenes democráticos, cabe hacer la comparación con los sistemas autoritarios, pues en estos últimos la gobernabilidad juega un papel de suma importancia para su futuro, dado que en la medida que dejan de lado las demandas de los grupos minoritarios y de aquellos que se encuentran al margen de las decisiones de orden político, por lo que su ejercicio tiende, por la inercia de su propio ejercicio, a resolver los conflictos por otras vías no políticas, como la violencia.

Podemos concluir entonces, que del equilibrio surgido de la conjunción entre gobernabilidad y democracia, los gobiernos democráticos logran construir un importante capital social que invariablemente juega a favor de los gobiernos, quienes ganan en una mejor aplicación administrativa de proyectos y en mejor políticas públicas para resolver problemas de gobernabilidad.

1 En torno a esta compleja temática surgió, en 1973, la Comisión Trilateral, que agrupó a hombres de negocios, académicos y líderes políticos, con el fin de reflexionar sobre los principales problemas en el área de las relaciones internacionales y de la política interna de los países desarrollados (EU, Europa y Japón). Una de las cuestiones a discutir, era analizar en que medida las demandas sobre el gobierno democrático se elevaban, mientras que la capacidad de dar respuesta de ese mismo gobierno disminuía.
2 Autonomía de los órganos electorales, en este sentido se crea la figura de consejero ciudadano; se incorpora el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación; las condiciones de la competencia electoral mejoran porque los recursos materiales y en materia de medios entre los partidos se equiparan; se abre la cuestión de la representatividad en la Cámara de diputados y en la de senadores, entre otras.
3 Antonio Camou, Gobernabilidad y Democracia, Cuadernos de Divulgación de la Cultura Democrática, Instituto Federal Electoral; p.22.

*Licenciado en Ciencias Políticas, Sociales y Administración Pública; Diputado Federal a la LVII Legislatura; miembro de las comisiones unidas de Gobernación y Puntos Constitucionales; miembro de la Comisión de Hacienda y Crédito Público y de la Comisión del D.F. Coordinador de Prensa del CEN del PRI.