El Estado mexicano debe renacer*
Agustín Basave Benítez*

El México del siglo XXI será un México renacentista o no será. Ya no bastará una reforma del gobierno como se ha planteado aquí desde hace más de dos décadas: será necesario un verdadero renacimiento de nuestra sociedad políticamente organizada. Más pronto de lo que pensamos será imprescindible refundar el Estado y hacer un nuevo pacto social. Chiapas, la UNAM, el Mexe y similares son evidencias palpables y crecientes de que los mecanismos de articulación entre el pueblo y el poder público están dejando de funcionar satisfactoriamente. En otras palabras, la brecha que normalmente separa a los gobernantes de los gobernados se ha llenado de maleza –en doble sentido– y ya es difícil transitar de un lado al otro. A riesgo de sonar a disco rayado lo reitero por enésima ocasión: los mexicanos necesitamos un nuevo acuerdo en lo fundamental.

El problema va más allá de la representatividad. Con todas las asignaturas pendientes que aun existen en el ámbito de la equidad, hace tiempo que tenemos elecciones cuyas anomalías no son suficientes para determinar los resultados. Cada vez son mayores las coincidencias entre las cifras oficiales y las encuestas serias, incluidas las exit polls, y el número de presidentes municipales, gobernadores, diputados y senadores de los partidos distintos al PRI aumenta año con año. No se trata pues de un asunto de ilegitimidad, o al menos no en el sentido de que la mayoría de la gente no reconozca a la autoridad como la que ella eligió. La sociedad no está cuestionando tanto a sus representantes cuanto a su representación, es decir, a la estructura legal e institucional que los sustenta.

¿Por qué estamos enmendándole la plana a Weber? ¿Por qué estamos presenciando el surgimiento de un oligopolio de violencia legítima? ¿Por qué hay conflictos sociales que implican una ilegalidad flagrante frente a la cual el gobierno abdica a su potestad monopólica de emplear legalmente la fuerza para poner orden? Por varias razones: porque nuestras leyes no se hicieron para aplicarse siempre, porque la simulación es parte de nuestra cultura política y, sobre todo, porque la terrible desigualdad que tiene a millones de mexicanos en la miseria ha procreado un Estado con remordimiento de conciencia. He aquí el dilema. Cuando quienes se hacen justicia por propia mano no son individuos sino comunidades, o cuando quienes se sitúan al margen del Estado de Derecho cuentan con la aquiescencia tácita de una porción significativa de la sociedad, la señal es inequívoca: hay que revisar el tejido social.

Nuestras tres Constituciones, ya lo sabemos, han sido producto del triunfo de un grupo sobre otro. En cierta forma los acuerdos en lo fundamental que han supuesto han sido impuestos a la ciudadanía por la élite triunfadora, que en buena tesis ha representado a la mayoría. Sea como fuere, el hecho es que la que hoy nos rige fue capaz de implantar un consenso práctico, operativo, que durante mucho tiempo fue aceptado en lo general y por lo general.

Pero ese consenso vertical, que operó en un contexto de mayor homogeneidad y pasividad sociopolítica, ya empieza a dar muestras de disfuncionalidad y de la necesidad de ser sustituido por otro horizontal. Vuelvo a la reiteración: se trata de sustituir los viejos amarres intrapartidistas por nuevos amarres interpartidistas. O, mejor, de incluir explícitamente a todos en un pacto que no sea el resultado de una guerra sino de una conciliación.

La gente no puede admitir a un tiempo injusticia social y reglas ajenas. Mientras esté inconforme con la distribución de la riqueza –la económica y la educativa– sólo habrá una manera de que acepte que la ley se les aplique también a los que la violan por una causa justiciera, y ésa es que perciba como propias las normas con las que se ha de ordenar ese enjambre de intereses tan desiguales. Y, en contraparte, para legitimar el castigo al débil que se rebela contra esas normas no hay más camino que el de crear las condiciones que le permitan vivir con dignidad y en igualdad de oportunidades. Ambas cosas son indispensables en nuestro país, aunque ciertamente ambas son terriblemente difíciles de lograr: convocar a un Congreso Constituyente exitoso en esta transición enrarecida en la que los partidos no pueden ponerse de acuerdo en temas mucho menores está en chino, y alcanzar la justicia social en una realidad preñada de rezagos y marginaciones ancestrales está en sánscrito. Pero tarde o temprano tendremos que hacer una y otra.

El Estado mexicano debe renacer. Eso no significa partir de cero ni mucho menos reinventar a México, sino confeccionarle un traje adecuado a este cuerpo social que se ha desarrollado tanto que está a punto de romper los tirantes de unos viejos pantalones cortos que ya le aprietan al grado de la irritación. El desafío es portentoso pero, si ponemos los pies en la tierra y la cabeza en el cielo, el potencial también. Todo es cuestión de concebir lo que un futuro renacentista nos puede dar.

*Artículo publicado el 25 de febrero de 2000,
en los periódicos Reforma y El Norte, con el título «La oligarquía de la violencia».
Se publica en examen, con autorización del autor.

*Director del Departamento de Ciencia Política del
Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey