Irresponsabilidad compartida
MARTHA ROBLES*


Injusticia es la palabra a la que más fácilmente se acude para ilustrar la situación femenina.

Infortunio, ausencia de esperanzas activas, frustración, humillaciones evitables: la lista podría repetirse como en una oración. Existe inclusive un lenguaje de términos para referirse al drama de ser mujer en el mundo, en un Continente, en la propia tierra, en una clase social, en grupos étnicos y religiosos o agrupadas por edad, ignorancia, ingresos o instrucción. Hay también denuncias pormenorizadas sobre la violencia infligida contra la población femenina y miles de ejemplos que ilustran, en pleno imperio de la propaganda democrática, la discriminación genérica hasta grados infrahumanos y con la complicidad estatal.

Del catálogo de vejaciones que ha inspirado incontables movimientos de protesta en el siglo XX, un hecho sobresale en el Tercer Mundo: la ausencia real, representativa, de la voz femenina. Con su silencio brilla la prueba de hasta dónde se condona tácticamente un delito de agresión física o sexual donde el maltrato por parte de los cónyuges causa más muertes y daños irreversibles que los accidentes automovilísticos, los atracos y el cáncer juntos.

Con ser inabarcable su espectro y estremecedores los testimonios, sin embargo, detrás de la injusticia hay causas menos examinadas, no obstante visibles, que activan la espiral vejatoria. Podría asegurarse que aquí el menosprecio genérico coincide con un proceder colectivo de más hondura: la ausencia del sentimiento de responsabilidad, sin el cual resulta imposible un régimen de derechos y libertades: la irresponsabilidad cívica afecta directamente los subsecuentes respeto y tolerancia a lo distinto, además de impedir la asimilación del alto valor de la dignidad.

Tal el filón donde se infiltra la gravedad de la condición femenina, siempre alimentada por las dos partes afectadas: los varones, mediante el abuso derivado de su supuesta supremacía privilegiada y extendida hasta el incumplimiento de obligaciones básicas; y, las mujeres, por no hacer valer sus derechos allí donde ninguno asume sus propios deberes en los límites y acciones que respectivamente les corresponden. Entre ambos se tiende el detonador que no únicamente habilita la arbitrariedad practicada desde las funciones gubernamentales, también participa de manera activa en el conflicto social que, en sus mayores aberraciones, determina el atraso femenino e infantil que reina en el país.

No es asunto menor que millones de hogares mexicanos sean «de padre ausente»; es decir, de jefas de familia que, obligadas por la costumbre irresponsable, son abandonadas a su suerte con todo y prole. Y literalmente a su suerte, pues doblegadas por la sumisión, la ignorancia y el silencio, saben que no hay instancias a las que pueda acudir y ni siquiera contemplan la virtual existencia del derecho. El Estado tampoco ofrece soluciones para subsanar el destino de lo que popularmente se conoce como «hijos de la tierra». De ahí la afirmación de que cada mujer es eje reproductor de la miseria. De no resolverse su situación nada se logrará en nombre del desarrollo con progreso. Enemigo de recursos precautorios, inclusive para evitar la transmisión de enfermedades, un mismo varón preña a distintas mujeres y de todas «se libra» con escapismo sin par, sustraído del compromiso o de una sanción que frene sus tránsitos veleidosos.

Observamos que lo que fuera una ancestral tendencia machista poco a poco se fue extendiendo a ejercicios más amplios de dominio personalizado: caudillismos, cacicazgos y abusos de poder que por igual han recaído históricamente en expresiones autoritarias que en políticas dictatoriales o meramente arbitrarias, hasta coronar con el amparo constitucional que legitima el presidencialismo. Así, como deslizado desde la raíz cultural hasta ceñir la estructura del sistema que nos rige, el machismo, con todas sus defecciones empezando por su distintiva irresponsabilidad, se ha instaurado en la cima de lo que, en rigor, debería funcionar como autoridad moral: el gobierno que, en nombre de la sociedad que representa, está obligado a ser el mayor vigilante de los principios y la procuración de justicia.

En vez de entender que toda república entraña el deber de garantizar el bienestar de las personas, aquí el sistema lo ha deformado con la máscara, siempre confusa, de un lenguaje que sustituye derechos y obligaciones del sujeto por una entidad «institucio-nal» tan imprecisa, divagada y proclive a encubrir el fenómeno de la corrupción y el engaño que, en estricto sentido, tampoco coincide con el término que la significa. No es de extrañar, por tanto, que en revoltura de demagogia, encubrimientos, complicidad delictiva e ignorancia de cuanto corresponde desempeñar y observar a cada uno en la sociedad se haya arraigado la irresponsabilidad más violenta hasta grados que nunca debieron ser mancillados: las mujeres y los niños, precisamente la mayoría demográfica del país y los que ocupan el último peldaño del desarrollo.

El primer síntoma de escasez de una mentalidad responsable es el impulso transgresor que ha saltado del coto delictivo de la minoría a rasgo distintivo de los mexicanos. Un rasgo tan absorbido en la rutina como el hábito de intercambios corruptos entre el gendarme y el supuesto ciudadano, entre jueces y truhanes, entre el burócrata y el consumidor de servicios y así sucesivamente, hasta abarcar tanto la intimidad doméstica como las funciones públicas. En atadura tan apretada de actitudes que afectan al punto de corroborar que no hay autoridad confiable a la que se pueda acudir ni fuerzas civilizadoras que eduquen el ejercicio de derechos y obligaciones, la fusión de violencia, arbitrariedad e intolerancia se impone con tal vigor que deforma hasta la abyección el uso y el abuso de la voluntad reducida a impulso.

Somos, pues, una sociedad irresponsable. La complacencia con la inseguridad que suscita se aloja en una conducta enraizada en el inconsciente colectivo. Nada parece dispuesto a modificarse con técnicas correctivas o punitivas ni posiciones críticas. Nuestra irresponsabilidad complica un fenómeno social tan completo que, respecto del infortunio femenino, resulta infructuosa y desalentadora la institucionalización del problema, así como el supuesto procedimiento para aliviar su injusticia bajo iguales términos y con elementos que la generan.

Insistimos: afectadas co-mo están la mentalidad política, la ineficacia normativa, la burocracia y la actitud individual que roza su mayor crueldad en el ámbito de la miseria, no es de esperar que una oficina pública concentrada en asuntos de la mujer se aparte del tono general del gobierno que le imprime carácter. En absoluto se ha modificado su realidad durante los años que lleva en funciones este organismo oficial; antes bien, ha empeorado el infortunio de mujeres y niños con los índices de pobreza, a causa del modelo económico imperante. Esto puede comprobarse no sólo a simple vista, sino mediante el dudoso auxilio de cifras estadísticas. Si acaso, su desempeño participa del estilo de gobernar y en ejemplo alguno se ha dado el caso de un proyecto, una decisión o una postura que, destinada a subsanar esta trágica realidad, anteponga el interés de las víctimas a las políticas establecidas.

Ese es el punto a considerar. Lo demás es cualquier otra cosa, menos lo que pueda decirse conquista a favor del respeto y las libertades. Cuando se trata de eludir la obligación de responder de los propios actos, que entre mexicanos ocurre invariablemente con el agregado de la omisión, la crueldad, el desamparo familiar y la permanente ineficacia del derecho, no queda más que acudir a la presión vigilante de una o varias organizaciones no gubernamentales. Y tal es el estado de irresponsabilidad que éstas ni siquiera han podido conformarse ni prosperar en nuestra sociedad porque ni las condiciones políticas lo permiten ni la inconsciencia cívica se aproxima siquiera a la capacidad de ejercer la denuncia y la crítica: primeros peldaños en la asimilación de obligaciones y derechos.

La concepción de responsabilidad pública o privada se desvanece a efecto de la condescendencia con la incivilidad y un ensanchamiento incontrolado de conductas delictivas. La irresponsabilidad se acentúa mediante una paradójica reacción a las deterioradas figuras del castigo, la sanción judicial y el sentimiento de pertenencia a una comunidad: prepotencia y desafío de una parte, y sujeción paralizante de otra.

El deslinde de responsabilidades es lo único que nos permite entender, de acuerdo a cálculos de la ONU1, por qué 2 de cada 3 analfabetos adultos son mujeres, así como 3 de 4 pobres en límites de miseria, 8 de cada 10 desempleados, 9 de cada 10 entre quienes carecen de hogar en niveles de mínima dignidad, 8 de cada 10 desnutridos y maltratados, sin servicios asistenciales ni condiciones básicas de salubridad u obligados por su circunstancia a ejercer la prostitución desde la infancia. La injusticia, no obstante, es apenas fragmento de una verdad más aterradora. Sólo el 2% de las víctimas de la violencia doméstica se atreve a denunciarla y, en la mayoría de ellas, se repiten sanciones discrecionales que confirman la desconfianza en el Poder Judicial. Punta de un iceberg que las autoridades esquivan para evitar confrontaciones religiosas, aun la instancia dedicada a atender asuntos de la mujer elude comprometer cualquier acción para mitigar lo que se oculta detrás de los 500 mil abortos anuales que se reconocen oficialmente, aun a sabiendas de que las prácticas clandestinas superan escandalosamente esta cifra, con todo y sus agravantes.

Nada confiable se dice tampoco de la precariedad de los servicios asistenciales ni de la insuficiencia, hasta límites trágicos, en la salud infantil y femenina, siempre interdependientes, igual que las muertes prematuras y penurias evitables, en general provocadas por abandono, ignorancia, ínfimas condiciones de vida y malos tratos.

Desalentador, el tema femenino es el menos valorado y del mayor desafío para alcanzar algo parecido al progreso. Y es que desconcertante, enigmática y con una suerte de sombra que la envuelve, la mexicana asimila y refleja de manera contradictoria su presencia en la historia. Es la historia. Avanza a cuenta gotas respecto de su capacidad transformadora donde se concentran las mayores carencias; y retrocede en mezcla de actitudes masculinizadas donde la lucha por sobrevivir le impone pruebas de embate y resistencia. La diversidad de contrastes afianza más que modificar costumbres teñidas de agresividad. En torno de ella priva una verdad doblemente distintiva del subdesarrollo y de nuestra cultura local: no importa cuán preparada académicamente sea la mujer porque, tarde o temprano, ha de toparse con el cerco de inequidad, con la irresponsabilidad que le impide realizar un destino social digno y a la altura de lo conquistado no únicamente por sus homólogas en otros países, sino incluso respecto de lo previsto idealmente en nuestros principios republicanos.

Sólo en el despertar del sentimiento responsable puede esperarse una solución expedita y digna de crédito. Esto parece tan lejano como agobiante la realidad impuesta a las mujeres con el señuelo de una democracia que no está sostenida por demócratas ni avalada por la capacidad electiva. En la educación cívica se aloja la única esperanza. Ya se sabe que así como no hay civilidad sin ciudadanos ni la dicha democracia sin demócratas, tampoco existirá responsabilidad mientras los mexicanos no asuman la consecuencia de sus actos: primera condición del ejercicio de deberes y derechos en un sistema de libertades.

1 Que servirían de sustento a la Conferencia de Pekín, en 1996.

*Voz independiente. Escritora. Autora de novela, cuento, ensayo y periodismo político.