POLÍTICA
SOCIAL
Roberto
Salcedo Aquino*
Con
la teoría del Contrato Social, los Estados Nacionales determinaron
como su función principal el ser garantes de las libertades
individuales, de la libertad en su más amplia acepción.
Esta
tendencia generó el liberalismo. La libertad como el fruto
más preciado del surgimiento y consolidación de
los Estados Nacionales y la aspiración más grande
de todo ciudadano.
Tanto así, que el país cuyo paradigma se fundamenta
en la libertad de las libertades nos da la bienvenida con una
«Estatua de la Libertad». Hasta nuestros días,
en ningún país se ha concluido la construcción
de una «Estatua de la Igualdad». Se han levantado
innumerables pedestales y, sin embargo, no se ha logrado concretarla.
En
la construcción de la libertad, los pueblos democráticos
experimentan tropiezos ante los que sufren, pero no se resignan.
En cambio, en su lucha por la igualdad, los pueblos no cejan:
la meta es la igualdad en la libertad, y si no pueden obtenerla,
la quieren también en la esclavitud. Las satisfacciones
parciales de la igualdad no la calman; por el contrario, exacerban
su necesidad.
Se
creyó que era posible la convivencia de la libertad y la
desigualdad, recurriendo a la separación. Así, la
gran burguesía francesa encontró que para gozar
de sus bienes y libertades era necesario dejar París e
irse a Versalles. Por ello, en 1789 al grito de Libertad (nótese
el primer término), Igualdad y Fraternidad, el objetivo
era el regreso del Rey a París, para que viviera y sufriera
como los parisinos pobres.
Este
hecho es fundamental para la vida del Siglo XXI. A la pregunta
que hace Alain Tourraine de si ¿Podremos vivir juntos?
la respuesta es: no, pero tampoco separados. La única manera
de convivir es moderando los extremos; cerrando la brecha entre
quienes tienen todo y a quienes todo les falta; luchando pues,
por la igualdad en un clima de libertad.
En
1847, Tocqueville advertía a los diputados: «Mirad
lo que pasa en el seno de las clases obreras..., ¿no veis
que sus pasiones, de políticas, se han convertido en sociales?
¿No veis que poco a poco se extienden en su seno de opiniones,
ideas, que no van a derrocar solamente tales leyes, tal ministerio,
tal gobierno inclusive, sino la sociedad, a hacerla vacilar sobre
las bases en que reposa hoy? ¿No escucháis lo que
se dice todos los días en su seno? No oís que allí
se repite sin cesar que todo lo que se encuentra por encima de
ellas es incapaz o indigno de gobernarlas; que la división
de los bienes hecha hasta hoy en el mundo es injusta, que la propiedad
reposa sobre una bases que no son equitativas?...»
La
lucha por la igualdad fue fundamentalmente protagonizada por los
socialistas, quienes, en muchos casos, pisotearon las libertades
en el nombre de la igualdad.
En
las ciudades, la desigualdad se hace patente en la segregación
física: en los suburbios en los que algunos «gozan
de sus libertades» separados de los cinturones de miseria;
los ghettos conformados por colonias y barrios vigilados y enrejados,
separados de las zonas populares. Versalles demostró que
esto no es posible.
Hoy
día, por la desigualdad imperante, para el ejercicio de
libertades se recurre a la segregación. Es un retorno a
Versalles, es un retorno al fracaso.
La
«cuestión social» se ha integrado en leyes
secundarias y terciarias; no es parte esencial de los contratos
sociales; y, menos aún de pactos constitucionales. En 1876,
los constituyentes mexicanos consideraron que «dejar hacer,
dejar pasar» era primordial y que por ello, no se legislaba
a nivel constitucional la manera de cómo debería
superarse la indigencia. Cuando, en 1917, los constituyentes abordaron
la cuestión social y definieron los artículos 3,
27 y 123, los juristas se apresuraron a calificar a la Constitución
como el «almodrote de Querétaro.»
La
verdadera política social es aquella que acerca. Aquella
que propicia las condiciones para la satisfacción de las
necesidades básicas, condición necesaria de la igualdad.
En
este contexto la «cuestión social» adquiere
otra dimensión, como basamento para el ejercicio de la
libertad.
El
cambio de un estado benefactor a un estado neoliberal, consiste
en dejar al mercado la cuestión social. El mercado no se
interesa por las relaciones sociales; a la «mano invisible»
sólo le interesan las mercancías, no los hombres
y mucho menos la pobreza.
Mucho
se habla de los 40 millones de mexicanos que viven en condiciones
de pobreza; de los cuales, a 26 millones se les clasifica como
extremadamente pobres. Para atenderlos, las políticas sociales
los segregan: los pobres de los pobres, constituyen «nueva
clase social», a la cual los pobres, menos pobres aspiran,
en un afán igualitario, porque el mercado no crea las condiciones
para resolver sus necesidades básicas. De no incorporarlos,
a unos y a otros, a los beneficios del desarrollo, se corre el
riesgo de generar una creciente inestabilidad en la convivencia.
Para vivir juntos requerimos de una política social abierta,
incluyente y promotora de la igualdad.
Una
política social, debe proveer los elementos para la construcción
de la igualdad; contexto en el cual gobierno y sociedad, estarán
en posibilidad de reconstituir el tejido social y, con ello, replantear
su contrato social: generando condiciones de bienestar necesarias,
para con éstas, garantizar el pleno ejercicio de la libertad.
*Licenciado
en Ciencias Políticas y Administración Pública,
UNAM. Servidor Público. Actualmente es Subsecretario de
Desarrollo Urbano y Vivienda, Sedesol.
