Soliloquio de Shakespeare en boca de un teporocho mexicano, miembro del escuadrón de la muerte
Jorge Hernández Campos*

Este es el invierno de nuestro descontento.

Allá arriba los poderosos están a punto de repartirse otra vez los gajes del poder, mientras nosotros salimos de noche a caminar titiritando con un frío de teporocho. Quien quiera saber qué es un frío de teporocho, haga la prueba siguiente: abandone su cama y con su mejor cobija en la mano salga a la calle y tiéndase en la acera –tapado lo mejor que pueda y tratando de calentar, con su aliento y con las brasas de su rabia, el espacio debajo de la cobija. Le garantizo que a las tres de la mañana descubrirá qué quiero decir por «frío de teporocho»; y eso si una camioneta de la beneficencia pública, y unos «enfermeros» toscos y malhablados no lo levantaron en vilo, una hora antes, para llevárselo a un refugio público que le resultará aún más frío que la calle.

Ahora bien, el teporocho puede recurrir a una medida heróica y, entre su cuerpo y la cobija, puede interponer un colchón formado por varios números del periódico La Jornada incluido el suplemento cultural. El ardor revolucionario de este diario es tal que en diez minutos cualquiera se siente como en un sauna y bañado de sudor tiene que salir corriendo hacia el norte en pos de algo de frescura. También puede suceder que, en plena madrugada y con la temperatura bajo cero, un grupo de junkies se le acerque, lo bañe con medio litro de gasolina, y le prenda fuego para divertirse, aplaudiendo y cantando, con un melodía improvisada que acompaña la danza frenética del hombre en llamas.

Ignoro el sentido del tiempo, no sé hacer predicciones, y si supiera serían todas funestas.

A veces, cuando se levanta el relente haciendo el invierno todavía más amargo, me pongo trabajosamente de pie y, si tengo la fuerza para levantar del suelo mis pesados zapatos viejos, empiezo a danzar el vals compuesto por Beethoven para su septeto opus 20. Pero mi baile no es alegre, es la danza a la miseria. Y nadie me pone atención salvo algún perro que sale a mi encuentro con intención de morderme, pero termina ladrándome hasta que me ve desaparecer detrás de la esquina más próxima; o alguna vieja que en mi presencia se persigna temerosa de que yo sea la encarnación de su futuro.

Cuando llueve la cosa es peor y dejo a la imaginación del lector pensar lo que siento con mis harapos mojados y mis viejos zapatones llenos de granizo. Yo sé que esto, si es un poema, es un poema triste pero no estoy con ánimos de escribir otra cosa. Por el momento se me han agotado los elogios para los políticos, y sólo tengo energía para pensar en platos de sopa caliente y en algunas mujeres que me calentaban con su cuerpo cuando me recibían en su cama, me abrazaban, me besaban con su boca dulce, y me decían: «amor mío».

No soy nadie. Quise ser poeta pero en el camino la poesía se encabritó, me arrojó al suelo, y me quebró el espinazo del entusiasmo. Ahora puedo ser el hombre olvidado por la política o una imagen de lo que es el país con sus frustraciones.

Cuando meto la mano en el bolsillo de mi abrigo remendado, siempre encuentro lo mismo: varios manojos de gorriones muertos, empapados por la misma lluvia que me empapa a mí. Alguna vez me cruzó la idea de comerme esos gorriones pero terminé usándolos para limpiarme la cara y el fango de los zapatos lo mejor que pude. En ocasiones he utilizado un manojo de gorriones a manera de estopa para limpiar automóviles. En una ocasión limpié el automóvil de una extranjera que era presidenta de un grupo ecologista y protector de animales. Cuando volvió por su vehículo y vio lo que yo tenía en la mano, empezó a dar de gritos. Entonces me paré junto a ella y le puse un puñado de gorriones en la cara, a manera de máscara, con lo cual la mujer se desmayó. De la farmacia más próxima salieron dos hombres de los cuales uno vino a atender a la mujer mientras el otro salía corriendo en busca de la policía. De ese modo terminé condenado a cuatro días de cárcel y a cien pesos de multa, pero por lo menos esos cuatro días dormí bajo techo y comí tres veces al día. Además llegaron periodistas a fotografiarme con mis pájaros en las manos y salí en todos los periódicos –lo que me valió una fugaz aparición en un canal televisivo que me pagó algo de dinero a cambio de que yo contara mi triste historia para el programa titulado Aquí nos tocó vivir. Mi ex mujer y mis tres hijas, al enterarse, llegaron de inmediato y me quitaron los míseros trescientos pesos que había ganado; y los policías me sacaron a empujones otra vez a la calle. Yo volví a La Merced para sentarme con los espantajos del escuadrón de la muerte a beber alcohol de noventa y seis grados mezclado con Orange Crush; y también para escribir, al ritmo del paso cansino con que recorro la ciudad, en espera de que alguna de las mujeres que me amaron detenga su auto, me suba en él, y me lleve a su casa para alimentarme –no sin musitarme «amor mío» entre cada cucharada de sopa.

Los compañeros del escuadrón y yo hemos hablado largamente de la situación política y hemos concluido que, marginados como estamos, todavía tenemos manera de devolver a los poderosos el afecto que nos tienen. Sócrates, el único del escuadrón que terminó la secundaria, nos lee y nos interpreta las notas políticas de los periódicos de modo que estamos enteradísimos y no hay nada de la elección del 2000, ni del mañoso minué que le antecede, que no sepamos –diría yo– minuciosamente.

Ahora bien todos y cada uno de nosotros tenemos nuestra credencial de elector y nos estamos poniendo de acuerdo, puesto que somos varios, sobre la manera de perjudicar al jodido sistema lo más que se pueda: o sea que vamos a votar para negar el poder a esos altaneros señores. Además hemos empezado a formar, con nuestras relaciones en el barrio, un grupo cada vez más numeroso de gente que simpatiza con nosotros y que votará como le digamos. No digo que vayamos a decidir la elección pero nuestro Sócrates afirma que nuestros votos pueden inclinar la balanza hacia uno u otro lado. Ya vino Cristina Pacheco a entrevistarnos y cada vez nos vemos rodeados por más y más cámaras de televisión. Yo me froto las manos pensando en la mecha que podemos encender. Después de todo ser un teporocho harapiento, jodido, y patético tiene que representar alguna ventaja.

Todos los días, hacia las doce y media, vamos en grupo a buscar nuestros «crioques». Las sobras de las cocinas y de las mesas de los restaurantes son echadas en unos enormes tambos y servidas en cubos pequeños de hojalata que nosotros mismos fabricamos con latas de otros productos y con pedazos de alambre. Estos «cubos de crioques», como les decimos, nos son vendidos por pocos centavos o incluso regalados. Después, en el centro de cuatro ladrillos, prendemos una lumbre con papel periódico, astillas que recogemos en las carpinterías, y varas que encontramos tiradas por ahí. Cuando la masa empieza a hervir y a burbujear, sacamos nuestras cucharas que son muy grandes y empezamos a comer aquello –mientras adivinamos: «’crioque’» esto es pollo»; «‘crioque’ esto es pescado»; «‘crioque’ esto es res»; «’crioque’ esto es arroz»...; y empujamos los bocados con tragos de nuestro veneno de noventa y seis grados. Por eso los llamamos «crioques», pero como la comida es poco nutritiva morimos muy fácilmente de frío.

Yo soy algo así como el presidente del grupo desde que hicimos unas elecciones de burla para demostrarnos que también nosotros somos democráticos. Pues bien, el otro día, un estudiante me puso en a mano un librito delgado y se fue corriendo. Leí el nombre del autor: José Gorostiza, y el título del trabajo: Muerte sin fin. Abrí el librito y me encontré con estas líneas que me produjeron una extraña conmoción: «lleno de mí, sitiada en mi epidermis por un dios inasible que me ahoga...». Entonces guardé el librito debajo de la chaqueta y me encaminé hacia el lugar del escuadrón. Llegado que fui, me senté en mi sitio, saqué el libro, miré uno por uno a mis amigos, y luego dije con solemnidad: «Escuadrón, hoy voy a leer algo a lo que no estamos acostumbrados. Agárrense de lo que puedan». Entonces empecé a leer desapasionadamente Muerte sin fin poniendo distancia entre mis sentimientos y las palabras para resaltar mejor el valor de éstas. Leí el libro en una hora, terminada la cual lo volví a guardar debajo de mi saco. Advertí entonces que mis compañeros –quienes habían seguido la lectura absortos, con una atención concentrada– ahora daban muestras de una emoción de la que no los hubiera creído capaces. Uno de ellos se llevó un nudillo calloso a su ojo para enjugar una lágrima, y nos descubrimos hermanados por una vibración que jamás habíamos sentido. En ese momento las campanas del templo se echaron a repicar llamando al rosario, y el tañido de los bronces hizo explotar un vuelo de palomas que llenaron de alas el aire de la calle, y confieso que nos sentimos como tocados por un ángel. Tiramos al suelo lo que quedaba de «crioques», encendimos unos cigarros, y cada uno se fue por su rumbo.

Entonces empecé a soñar despierto que nosotros, semejantes a los indígenas de Chiapas, podíamos organizar un ejército teporocho de liberación nacional: el ETLN. Y, con éste, podríamos comprar veinte litros de gasolina para pegarle fuego el Palacio Nacional, a la Secretaría de Hacienda, o al Palacio del DDF; u organizar rebeliones de los teporochos de otras ciudades; o inclusive formar alianzas de combate con los homeless de Nueva York, Chicago, Los Angeles, y otras ciudades de Estados Unidos. Con varios meses de boteo y de entrevistas pagadas, reuniríamos un «tesoro» de varios miles de pesos con los cuales podríamos comprar explosivos –aquí mismo en la Merced– y un par de pistolas que ya nos habían sido ofrecidas por algún contacto en Tepito. Así, montaríamos una operación de terrorismo relámpago que estremecería «a la ciudad y al mundo» (como dice el Papa) y entonces sí se apreciaría de lo que son capaces inclusive basuras humanas como nosotros. También imaginé la consigna que nuestros intelectuales y sociólogos amateurs emitirían orgullosos:

«Ha surgido un fenómeno nuevo en la historia; un alzamiento de los lumpen, de los verdaderamente marginados de la sociedad neocapitalista del consumo. Nuestros teporochos evidencian la creatividad política de los mexicanos y ya se organizan en Europa grupos de ONG’s que piensan venir a hablar con el escuadrón de la muerte».

Así, pensé, entraríamos a la historia con paso orgulloso y firme; y todo gracias a las ideas que se nos ocurrieron en éste, el invierno de nuestro descontento.

*Escritor y poeta, fundador de examen.
Nuestra revista le manifiesta solidaridad y reconoce la grandeza de espíritu que le lleva a producir profundas reflexiones como la que el lector tiene en sus manos.